[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 34
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
34: Capítulo 34 34: Capítulo 34 El regreso a Guadalajara fue un ejercicio de gestión de daños.
Mi cuerpo se sentía como si hubiera sido arrollado por un camión de carga, retrocedido y vuelto a arrollar.
La cacería humana en Coapa me había dejado un mosaico de moretones en los muslos, un corte en el labio y una fatiga muscular tan profunda que cada paso que daba en el aeropuerto me exigía un cálculo consciente de equilibrio.
Pero el dolor físico era, en mi esquema corporativo, un gasto operativo totalmente deducible.
Habíamos regresado con un dos a cero a favor.
El capital estaba seguro.
El martes tres de mayo de 2016, tres días antes de nuestro partido de vuelta de las semifinales, el Profe Coyote nos dio la mañana libre de entrenamiento en cancha, ordenando una sesión exclusiva de fisioterapia y regeneración muscular.
Pasé cuarenta minutos en la cámara hiperbárica y otros veinte recibiendo un masaje de tejido profundo que casi me hace saltar lágrimas de los ojos, aunque mantuve la expresión tan rígida como una estatua de sal.
El hardware necesitaba estar al cien por ciento para el fin de semana.
Al mediodía, el punto de reunión obligado fue, otra vez, la sala de descanso de Verde Valle.
Era el día de la resolución.
La semifinal de vuelta de la Champions League en el Allianz Arena de Múnich.
El Bayern recibía al Atlético de Madrid con la urgencia de remontar el uno a cero que los españoles habían conseguido en la ida gracias a la genialidad de Saúl.
Cuando entré a la sala con mi batido de proteínas y carbohidratos perfectamente medido, casi no había asientos libres.
El ambiente olía a loción deportiva, pizza de la cafetería y nerviosismo.
Valdés me hizo un espacio en uno de los sillones largos, recorriéndose hacia un lado.
—Siéntate, genio.
Esto va a ser una masacre —me dijo el capitán, frotándose las manos—.
El Bayern salió con sangre en los ojos.
Míralos, parecen máquinas.
Me acomodé, estirando las piernas doloridas sobre un reposapiés.
En la inmensa pantalla, el equipo alemán estaba ejecutando un asedio que rayaba en lo inhumano.
Ribéry, Lewandowski, Thomas Müller, Douglas Costa.
Era una nómina de cientos de millones de euros lanzada en tromba contra la trinchera del Atlético de Madrid.
Los primeros treinta minutos fueron un monólogo.
El Atlético apenas si podía cruzar el medio campo.
El equipo de Simeone estaba atrincherado, aguantando el bombardeo con una disciplina defensiva que me recordaba a un escudo fiscal bien estructurado: absorbían el impacto y minimizaban las pérdidas.
Pero la presión del mercado a veces es insostenible.
Al minuto treinta y uno, Xabi Alonso cobró un tiro libre al borde del área.
La pelota desvió su trayectoria tras pegar en las piernas de Giménez, el central uruguayo, y se coló en la portería de Jan Oblak.
—¡Gol del Bayern!
—gritó Sánchez, llevándose las manos a la cabeza—.
¡Se rompió el cerrojo!
Ya empataron el global.
Se los van a comer vivos ahora.
Y parecía que así iba a ser.
Tres minutos después, el árbitro marcó un penal a favor del equipo alemán.
Un agarre dentro del área.
La catástrofe financiera para el Atlético parecía inminente.
Thomas Müller tomó el balón.
Si metía ese penal, el Bayern le daba la vuelta a la eliminatoria.
—Observen la depreciación del valor psicológico —murmuré, tomando un sorbo de mi batido—.
Si Oblak no ataja esto, el Atlético entra en bancarrota emocional.
Müller disparó.
Jan Oblak, el arquero esloveno, se lanzó a su derecha y, con un manotazo salvador, desvió el disparo.
La sala de Verde Valle estalló en gritos, como si el propio portero de Chivas hubiera hecho la atajada.
Valdés saltó del sillón.
—¡Hay vida, cabrones!
¡El Atleti sigue respirando!
—festejó el capitán.
El primer tiempo terminó con el Bayern dominando abrumadoramente, pero con el marcador global empatado a uno.
—La posesión del Bayern es del setenta y dos por ciento —les dije a mis compañeros durante el medio tiempo, revisando las estadísticas en mi teléfono móvil—.
Están haciendo un gasto energético brutal.
El Atlético solo necesita capitalizar un error.
El reglamento de esta competencia tiene una anomalía que los equipos alemanes suelen menospreciar: el multiplicador del gol de visitante.
Sánchez me miró, confundido por la terminología.
—¿El gol de visitante?
—En caso de empate en el marcador global, los goles anotados en estadio ajeno valen doble como criterio de desempate —le expliqué, señalando la pantalla—.
En términos corporativos, si el Atlético mete un gol hoy, el Bayern no necesita meter uno para ganar, necesita meter dos.
Un gol del Atlético devalúa automáticamente los goles del Bayern en un cincuenta por ciento.
Es un apalancamiento perfecto.
Comenzó el segundo tiempo.
El Bayern volvió a la carga, pero el desgaste físico de tener que abrir una línea de cinco mediocampistas y cuatro defensas estaba mermando su fluidez.
Al minuto cincuenta y tres, ocurrió.
Un rechace de la defensa rojiblanca cayó en los pies de Fernando Torres, cerca del medio campo.
El Atlético, que había estado embotellado durante casi una hora, vio la grieta en el mercado.
Torres mandó un pase de primera intención, un trazo milimétrico que rompió la adelantada línea defensiva de los alemanes.
Antoine Griezmann arrancó desde su propio campo, evitando el fuera de lugar.
Fue una descolgada fulminante, económica, sin regates innecesarios.
Un sprint en línea recta hacia la portería de Neuer.
Toda la sala contuvo el aliento.
Griezmann llegó al área, aguantó la salida del gigante portero alemán y definió con un toque suave, preciso, por debajo de sus brazos.
¡Uno a uno en el partido!
¡Dos a uno en el global a favor del Atlético!
Griezmann corrió hacia la esquina, celebrando como loco.
En Verde Valle, Valdés y un par de defensas más gritaban y chocaban las palmas.
—¡El multiplicador de rendimiento!
—les dije, elevando un poco la voz sobre el escándalo, aunque yo no me moví de mi sillón—.
Acaban de inyectarle inflación a la eliminatoria.
Ahora el Bayern Múnich necesita ganar el partido tres a uno para clasificar.
El empate a dos no les sirve.
Los alemanes tienen que conseguir dos goles más, y el reloj es su peor enemigo.
La última media hora del encuentro fue una de las exhibiciones de resistencia más asombrosas que había visto.
El Atlético de Madrid no jugó al fútbol; se dedicó a construir barricadas.
Simeone metió más contenciones, cerró las bandas y convirtió su área en un campo minado.
Al minuto setenta y cuatro, el empuje alemán volvió a dar frutos.
Lewandowski empujó un balón de cabeza tras una jugada de Arturo Vidal.
Dos a uno a favor del Bayern.
El global estaba empatado a dos.
—Si el partido termina así, pasa el Atlético por el gol de visitante —dijo el Profe Coyote, que había entrado sigilosamente a la sala y estaba recargado en el marco de la puerta, observando la pantalla con los brazos cruzados—.
Son quince minutos más el agregado de puro sufrimiento.
Fueron, de hecho, veinte minutos de agonía.
El Atlético tuvo un penal a favor que Fernando Torres falló, atajado por Neuer, dándole una última inyección de esperanza a los alemanes.
El Bayern tiró centros, remató desde fuera del área, llenó el área de jugadores.
Oblak sacó balones imposibles.
Los defensas colchoneros se barrían, bloqueando disparos con el pecho, con la cara, despejando pelotas a la tribuna con tal de que el reloj avanzara.
El sudor, la frustración, el desgaste extremo.
Era exactamente lo que yo había experimentado en Coapa, pero elevado a la máxima escala del fútbol mundial.
Y lo respetaba profundamente.
Veía a Griezmann, la estrella ofensiva del equipo, metido en su propia área robando balones.
Eso es sudar por el contrato, pensé.
Sin ego.
Solo pura ética laboral y orientación a resultados.
Cuando el árbitro pitó el final después de cinco eternos minutos de compensación, el Atlético de Madrid había perdido el partido dos a uno.
Sus jugadores cayeron fulminados sobre el césped del Allianz Arena, llorando de alivio y agotamiento.
Habían perdido el partido, pero habían ganado la guerra.
El gol de visitante los metía a la final de la Champions League.
La sala en Verde Valle se quedó en silencio por un par de segundos, asimilando la lección táctica de la que habíamos sido testigos.
Valdés apagó la televisión con el control remoto y se giró para vernos a todos.
—Qué huevotes tienen esos cabrones —sentenció el capitán, con una mezcla de admiración y respeto—.
Se fueron a meter a la casa del monstruo y lo dejaron fuera a puros golpes y resistencia.
Me puse de pie lentamente, sintiendo que mis músculos respondían mejor tras el largo descanso, aunque aún quedaban vestigios de la batalla en mis piernas.
Caminé hacia el centro de la sala, atrayendo la atención del grupo.
—Lo que acaban de ver no fue un milagro de garra, fue una obra maestra de gestión de activos bajo presión —les dije, cruzándome de brazos—.
El Bayern Múnich pensó que el fútbol era un concurso de belleza estadística.
Tuvieron la pelota, tuvieron los pases, tuvieron el dominio.
Pero el Atlético de Madrid entendió el reglamento.
Entendieron que perder dos a uno era exactamente igual de rentable que ganar uno a cero, siempre y cuando el gol de Griezmann pesara el doble.
Miré al Profe Coyote, que asintió levemente, dándome la palabra para que cerrara la idea.
Me dirigí de nuevo a mis compañeros.
—El sábado recibimos al América aquí, en nuestra casa.
Tenemos un colchón financiero de dos goles a cero.
Ellos van a salir a matarnos, van a salir a correr como el Bayern, desesperados porque el reloj es nuestro mejor empleado.
No necesitamos salir a buscar cinco goles.
No necesitamos dar el partido de nuestras vidas a la ofensiva.
Caminé hacia la puerta, deteniéndome justo al lado de Sánchez.
—Si somos un muro atrás, si dejamos que se desgasten persiguiendo el empate y capitalizamos un solo error en el contragolpe…
la eliminatoria está acabada.
Voy a correr el doble que en Coapa, me voy a barrer por cada balón y voy a sudar sangre si es necesario para proteger esos dos goles de ventaja.
Y espero que todos ustedes hagan exactamente lo mismo.
El sábado, el Club América se declara en bancarrota en esta cancha.
Dejé la sala de descanso en el más absoluto silencio.
Había plantado la semilla corporativa en el vestidor.
No íbamos a jugar con miedo; íbamos a jugar con la frialdad de los números.
Si el Atlético de Madrid podía sobrevivir a Múnich, nosotros íbamos a convertir Verde Valle en una fortaleza impenetrable.
La final me estaba esperando, y no había margen de error en mi hoja de cálculo.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com