Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

[Fútbol] Me retirare a los 21 - Capítulo 5

  1. Inicio
  2. [Fútbol] Me retirare a los 21
  3. Capítulo 5 - 5 Capítulo 5
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

5: Capítulo 5 5: Capítulo 5 El ambiente en las canchas de la unidad deportiva aquel sábado por la mañana era el típico de cualquier torneo amateur en México: un calor asfixiante que levantaba el olor a tierra seca, familias enteras gritando desde las gradas de cemento desportillado, vendedores de nieves y chicharrones paseando por las bandas, y árbitros con barrigas prominentes que parecían odiar estar ahí tanto como yo.

Para Gudiel y el resto de mis compañeros, esto era el evento del año.

Estaban calentando con un entusiasmo que me daba migraña.

Para mí, era simplemente el inicio del año fiscal.

Había venido a inflar mis números, a establecer mis Indicadores Clave de Rendimiento (KPIs, por sus siglas en inglés) y a llamar la atención de la gerencia de algún club profesional.

—¡Vela, anímate, cabrón!

¡Hoy nos llevamos ese trofeo a casa!

—me gritó Gudiel, pasándome una botella de agua mientras me terminaba de atar los botines.

—Sí, claro.

El trofeo —respondí con voz monótona, levantándome de la hielera en la que estaba sentado—.

Solo recuerden el plan de negocios: recuperen el balón y pónganlo en mis pies.

Yo me encargo de la logística de entrega.

El torneo relámpago consistía en jugar varios partidos cortos de cuarenta minutos a lo largo del fin de semana.

El desgaste físico iba a ser considerable, pero había optimizado mi estilo.

Ya no iba a caminar, pero tampoco iba a correr a lo tonto.

Sería un bisturí, no un mazo.

Nuestro primer partido fue contra un equipo de otra preparatoria.

En cuanto el árbitro pitó el inicio, activé el “Talento Brasileño”.

Recibí el primer balón de espaldas en el círculo central.

Sentí la presión de un rival respirándome en la nuca.

En mi vida pasada, en la oficina, cuando un jefe me presionaba con una fecha límite, yo no me ponía a discutir; simplemente ejecutaba el trabajo más rápido.

Aquí hice lo mismo.

En lugar de pelear el balón, usé el peso del defensa como pivote, me giré con un solo toque y arranqué.

La aceleración fue tan violenta que el pobre chico cayó de bruces contra la tierra.

Emprendí mi carrera en línea recta hacia la portería.

Cero filigranas, cero bicicletas.

Solo pura velocidad y zancadas largas.

Cuando el defensa central salió a cortarme el paso, adelanté la pelota un metro y lo rebasé por velocidad pura.

Llegué al borde del área y solté un latigazo cruzado con la zurda.

El portero ni siquiera levantó los brazos antes de que el balón reventara la red.

Me di la vuelta y caminé hacia el centro del campo.

—¡Golazo, Vela!

¡Vamos!

—Gudiel saltó sobre mi espalda, festejando.

—Bájate, Gudiel, hace demasiado calor para abrazos —le dije, sacudiéndomelo de encima—.

Uno a cero.

Sigan trabajando.

El resto de los partidos de la fase de grupos fueron una exhibición grotesca de superioridad.

Yo era un adulto jugando contra niños de kínder.

El sistema defectuoso me había dejado un físico capaz de emular el mejor momento de Kaká sin apenas desgastarme.

Metí tres goles en el primer partido, cuatro en el segundo y cinco en el tercero.

Mi estilo de juego se volvió la comidilla de todo el torneo.

Los padres en las gradas señalaban hacia mí, los otros equipos se acercaban a la malla de alambre para verme jugar.

Yo ignoraba todo ese ruido.

Para mí, cada gol era como marcar una casilla en una lista de tareas.

Anotar gol.

Listo.

Superar a la defensa.

Listo.

Regresar al medio campo para no gastar energía celebrando.

Listo.

Llegamos a la final el domingo por la tarde, casi sin sudar.

El equipo rival era diferente.

Eran los “Veteranos de la Colonia”, un grupo de chicos un par de años mayores que nosotros, fornidos, con tatuajes mal hechos y una clara inclinación por jugar sucio.

Habían llegado a la final a base de repartir patadas y codazos.

—Ten cuidado con esos, Carlos —me advirtió nuestro portero antes de entrar a la cancha, secándose el sudor—.

El central de ellos, el pelón, ya lesionó a dos delanteros hoy.

Van a ir por ti.

Levanté una ceja.

—No puedes lesionar lo que no puedes alcanzar —respondí fríamente.

El pitazo inicial de la final sonó bajo el sol rojizo de las seis de la tarde.

Desde el primer minuto, quedó claro que su estrategia era intimidarme.

En mi primera recepción, el famoso “pelón” se lanzó con los tacos por delante directo a mis tobillos.

Mi cuerpo reaccionó con la velocidad de un felino.

Pisé el balón, lo jalé hacia atrás medio metro y di un saltito.

El defensa pasó de largo, barriendo solo tierra y polvo.

Antes de que se levantara, ya había reiniciado mi carrera.

Dos toques, disparo ajustado al poste.

1-0.

El partido se convirtió en un monólogo.

Ellos intentaban golpearme, yo los evadía con la frialdad de un matador y definía con una precisión quirúrgica.

Veinte minutos.

3-0.

Treinta y cinco minutos.

5-1.

(Nos metieron un gol porque Gudiel se quedó mirando a una chica en la grada).

Para el minuto ochenta, el marcador era una humillación total.

Íbamos ganando 6-2.

De esos seis goles, yo había metido cinco.

Pero quería redondear mis estadísticas.

Quería dejar claro que yo era el empleado más valioso de toda la maldita unidad deportiva.

Recibí el balón casi en nuestra propia área.

Levanté la vista.

Quedaban tres defensas y el portero.

Inhalé profundamente y puse en marcha el motor.

Empecé a correr.

El primer defensa intentó hacerme una falta táctica agarrándome de la camiseta.

Con un simple movimiento de hombros impulsado por mi inercia, me lo quité de encima como si fuera una mosca.

El segundo intentó una barrida frontal.

Le tiré un “sombrerito” suave, pasé por un lado, dejé que el balón cayera frente a mí y seguí corriendo sin perder velocidad.

El último defensa, el pelón, estaba aterrado.

Empezó a retroceder torpemente.

Yo no le di tiempo de pensar.

Hice una finta con el cuerpo hacia la izquierda, él plantó el pie para seguirme, y en ese mismo instante di un toque seco con la parte externa del botín hacia la derecha.

El cambio de dirección fue tan brutal que el defensa se enredó con sus propias piernas y cayó sentado en el pasto sintético.

Quedé solo frente al portero.

Podía haber reventado el arco, pero la eficiencia dicta que la precisión gasta menos energía que la fuerza.

Toqué el balón suavemente por debajo de sus piernas.

El portero cayó de rodillas mientras la pelota cruzaba la línea de gol a paso de tortuga.

7-2.

Mi sexto gol del partido.

El árbitro hizo sonar el silbato tres veces, marcando el final.

Mis compañeros estallaron en gritos de júbilo, invadiendo el campo y abrazándose.

Yo me quedé quieto, respirando hondo, sintiendo cómo mis pulsaciones volvían a la normalidad.

Había terminado la jornada laboral.

Caminé hacia la banca, ignorando la celebración y tomé mi mochila.

Saqué mi teléfono; casi era hora del partido de la NBA y no quería perderme el salto inicial.

—Carlos Vela, ¿tienes un minuto?

Me di la vuelta.

Frente a mí estaba un hombre de unos cuarenta y tantos años.

Vestía una camiseta tipo polo impecable, pantalones de vestir y llevaba una libreta negra en la mano.

Pero lo que realmente destacaba era el escudo bordado en su pecho izquierdo: las rayas rojas y blancas del Club Deportivo Guadalajara, las famosas Chivas.

Lo evalué de arriba a abajo.

Esta era la gerencia.

Este era el departamento de Recursos Humanos que había venido a contratarme.

—Dígame —respondí, colgándome la mochila al hombro sin mostrar un ápice de emoción.

El hombre parecía ligeramente desconcertado por mi actitud.

Cualquier otro adolescente de quince años en este país habría empezado a temblar o a llorar de emoción al tener a un ojeador del Guadalajara enfrente.

—Soy visor oficial del club —se presentó, extendiéndome la mano—.

Llevo todo el fin de semana viéndote jugar.

Lo que hiciste hoy…

esa velocidad, esa forma de definir…

es talento puro.

Tienes un instinto que no se puede enseñar.

Le di un apretón de manos firme, puramente profesional.

—Se lo agradezco.

Trato de ser eficiente —contesté.

El visor parpadeó un par de veces, como si no estuviera seguro de haber escuchado bien la palabra “eficiente”.

—Claro…

eh, mira.

Voy a ser directo.

Quiero invitarte formalmente a una prueba con nuestras fuerzas básicas en las instalaciones de Verde Valle.

El club está buscando talento para la categoría Sub-17, y creo que tú podrías saltarte un par de filtros e integrarte casi de inmediato si muestras este mismo nivel.

Ahí estaba.

La oferta inicial.

Mi mente oficinista comenzó a calcular.

Verde Valle estaba lejos de mi casa.

Entrenar en un club profesional implicaría invertir muchísimas horas al día.

Horas que no podría pasar viendo a mi amado Stephen Curry lanzar triples.

Lo miré a los ojos con la seriedad de quien está negociando un contrato de arrendamiento.

—Tengo un par de preguntas antes de aceptar —le dije.

—Claro, muchacho, lo que quieras saber.

Instalaciones, entrenadores, oportunidades de debut…

dime.

—No, nada de eso —lo interrumpí, levantando una mano—.

Primera pregunta: ¿El club cubre los gastos de transporte y alimentación durante las pruebas?

Segunda: Si me quedo en el equipo, ¿a partir de qué mes empiezo a percibir un salario o beca económica?

Y tercera: ¿Los entrenamientos interfieren con el horario nocturno?

Necesito mis noches libres.

El ojeador se quedó boquiabierto.

Su libreta negra resbaló un par de centímetros de su mano antes de que la apretara con fuerza.

Miró a mi alrededor, casi esperando ver a un representante legal escondido detrás de los botes de basura.

—Eh…

Carlos, tienes quince años —titubeó—.

La mayoría de los chicos pagarían por tener una oportunidad de vestir esta camiseta.

El amor al club, la pasión por los colores…

—Con el amor al club no pago la suscripción a los canales deportivos, señor —repliqué con total sequedad—.

Yo sé jugar al fútbol y ustedes necesitan a alguien que meta el balón en la red.

Es una transacción.

Si el club no ofrece viáticos o un plan de compensación claro, este negocio no me resulta rentable.

El ojeador soltó una carcajada ronca, negando con la cabeza.

Parecía no poder creer lo que estaba escuchando.

—Eres el bicho más raro que he visto en toda mi carrera, Vela.

Tienes la técnica de un brasileño, pero hablas como un contador de cuarenta años —dijo, sonriendo de medio lado y arrancando una hoja de su libreta—.

Sí, el club tiene una casa club que te cubre hospedaje, alimentación y estudios si te quedas.

Durante las pruebas te daremos un apoyo para transporte.

Te aseguro que no vas a gastar un peso.

Me entregó el papel.

Tenía una dirección, un número de teléfono y una fecha: el próximo martes a las 8:00 a.m.

—Martes a las ocho.

Llegaré puntual —dije, tomando el papel y guardándolo en mi bolsillo con cuidado.

—Más te vale, muchacho.

Y un consejo: en Verde Valle, trata de sonreír de vez en cuando cuando metas un gol.

Los entrenadores allá son un poco más tradicionales —me guiñó un ojo antes de darse la vuelta y caminar hacia la salida de la unidad deportiva.

Lo vi alejarse.

Ya tenía mi boleto de entrada a la élite.

Me di media vuelta y comencé a caminar hacia mi casa, ignorando a Gudiel que me gritaba a lo lejos con el trofeo de plástico en las manos.

Tenía cosas más importantes en las que pensar.

Los Warriors jugaban hoy y necesitaba preparar mis botanas.

El martes comenzaría mi nuevo empleo formal, y pensaba cobrar cada centavo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo