Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 418
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Capítulo 418: 415) Problemas de mentalidad
Entramos al pueblo y la alegría nos golpeó como una marea física. La euforia era contagiosa; desde los ancianos hasta los niños, todos habían abandonado sus hogares para cantar y bailar bajo un cielo iluminado por esferas de luz mágica que bañaban las calles con un brillo festivo y vibrante.
Los gritos de júbilo, el aroma de la carne asada y el fluir constante de la bebida creaban una atmósfera eléctrica en mitad de la selva. Cuando nos vieron aparecer, un rugido arrollador sacudió el asentamiento: éramos los invitados de honor, los catalizadores de su nueva era.
Hannah y yo fuimos descendidos de los hombros de las guerreras en la plaza principal. Tras unas breves palabras de las líderes, la música retomó su ritmo frenético. Al principio observamos desde un lateral, pero el alcohol y el ritmo de los tambores no tardaron en surtir efecto. Hannah, aprovechando la soltura que ganó durante nuestra aventura en el pasado, se mezcló entre las guerreras con una gracia sorprendente, bailando como si hubiera nacido en esa misma tribu. Yo no tardé en seguirla, convirtiéndome en el centro de atención de un círculo de guerreras que celebraban cada uno de mis movimientos.
Con el paso de las horas, me retiré a un lado junto a una Hannah agotada pero sonriente. Desde nuestra posición, contemplé cómo la fiesta evolucionaba. Las Amazonas, liberadas del peso de la guerra, sacaban a sus hombres a bailar con una energía renovada; el afecto se volvía cada vez más explícito, y no pocas parejas comenzaban a retirarse hacia la penumbra de los árboles o la discreción de sus chozas.
Una sonrisa depredadora se dibujó en mi rostro. Mis pensamientos empezaron a derivar hacia un terreno más… tentador.
Al notar que los niños ya se habían retirado y que solo quedaban los adultos entregados al festejo, comencé a liberar [Lujuria] de forma sutil, dejando que el aura se filtrara entre el vapor del alcohol y el calor de los cuerpos. El aire se volvió denso, cargado de una necesidad primitiva .
Parece que, después de todo, tendré mi orgía con las Amazonas…
…
Aunque para Hannah este regreso al presente fue un alivio, para mí supuso el retorno inmediato al estrés. En el instante en que puse un pie fuera de la aventura, mis clones reanudaron sus tareas pendientes de forma automática. Estoy acostumbrado a esta multitarea constante, pero no puedo evitar pensar que hace mucho que no hago algo sencillo. Siempre estoy sumergido en proyectos complejos, y aunque los tolero, estoy empezando a sentirme cansado.
En fin, aqui estaba de mis clones, en medio de un bosque primitivo y apartado en el feudo, realziando uno de mis trabajos masgrandes.
Uno de mis clones se encontraba en medio de un bosque primitivo y apartado dentro del Feudo, entregado a uno de mis trabajos más ambiciosos. Parecía estar simplemente de pie, jugando con el aire, pero en realidad realizaba un experimento de una complejidad peligrosa.
No estuvo solo mucho tiempo. El avatar de Elise apareció, caminando con elegancia hacia su lado. Se sentó en silencio, sin molestar, limitándose a admirar el proceso hasta que terminé. Al final, fruncí el ceño; sentía que, aunque estaba cerca de la solución, aún faltaba pulir detalles vitales. Rindiéndome por ahora, me senté junto a ella.
“¿En serio es tan importante? Nunca te veo tan serio por tanto tiempo…” dijo Elise, frotando su hocico contra mi pelo. “Aunque intentes ocultarlo, puedo sentir que estás estresado con más frecuencia. ¿Qué es lo que te atormenta?”
Suspiré profundamente antes de hablar.
“Estoy envejeciendo, Elise” dije con una solemnidad que pareció enfriar el aire.
“¿Seguro?” preguntó ella, inclinando la cabeza. “Mis sentidos me dicen que no es así. Tu cuerpo es joven, y creía que era un problema que habías solucionado hace tiempo. Si necesitas mi poder divino, yo podría…”
“No… no es de esa forma. Físicamente estoy intacto, pero mental y espiritualmente…” Me quedé mirando el horizonte, contemplando el paisaje de ríos, bosques y montañas que yo mismo había construido en el Feudo con el paso del tiempo. “He vivido demasiado. Las campañas, las aventuras del Tablón… la verdad es que ya ni recuerdo qué edad tengo. Sellé mis recuerdos como una medida superficial, pero con el tiempo me doy cuenta de que el peso sigue ahí. Además, me he vuelto demasiado poderoso. He llegado a un punto en el que puedo mirar de frente a los semidioses.”
“¿Y eso no es bueno?” (Lys)
“Sí y no. Lo que ocurre es que cada vez me siento más alejado de todo. De mis chicas, de mis objetivos… El mundo se está volviendo algo tan inferior a mí que mi percepción sobre él se distorsiona. Tiende a la indiferencia.” Solté una risa amarga. “Estuve investigando el tema. Al principio pensé que era algo relacionado con lo divino… con empezar a acercarse al estado de un dios… pero no es exactamente eso…”
Me levanté y estiré el cuerpo, tomándome unos segundos para ordenar mis pensamientos antes de continuar.
“Es lo que sucede cuando un mortal se vuelve inmortal, o cuando sube de rango demasiado rápido sin un crecimiento gradual. Existe algo llamado ‘Mente Inmortal’, algo que un ser eterno necesita para no terminar aburriéndose de la existencia y buscando la muerte. Muchos buscan la inmortalidad sin entender que, si consigues un cuerpo eterno pero mantienes la mentalidad de un mortal, te condenas a una tortura futura.”
Me detuve, mirando a Elise a los ojos.
“La muerte es, en parte, un descanso para el alma. La reencarnación es un reinicio para las almas saturadas; es vaciarse para empezar de nuevo, eliminar la tensión y volver a fluir ligeras. Pero para seres como tú o como yo, que tendemos a vivir sin final… necesitamos esa mentalidad de inmortal para no saturarnos de realidad.”
“¿Y eso es lo que te ocurre?” preguntó Elise, con esa preocupación constante que marca cada una de sus reacciones cuando se trata de mí. “¿Te falta esa… mentalidad inmortal?”
“Je… casi. En realidad, descubrí que la estoy desarrollando, pero de forma tan lenta que apenas me doy cuenta” respondí con una mezcla de ironía y melancolía. “Quizás nace de mi propia naturaleza al alcanzar estos niveles, o de habilidades como [Esencia de la Infinidad].”
“¿Entonces solo tienes que… esperar? ¿Significa que no hay un peligro real?” insistió, intentando simplificar lo complejo.
“En teoría, sí. Si simplemente me aislara de todo, como lo hace tu cuerpo principal en el vacío durante quién sabe cuánto tiempo… probablemente se resolvería solo.” (Red)
Los ojos de Elise brillaron al instante.
“¡Entonces hagámoslo!” exclamó con una chispa de emoción en su avatar. “Acurruquémonos en el vacío juntos.”
Su entusiasmo era casi infantil. Pero negué con la cabeza.
“Pero no puedo” sentencié, viendo cómo su ánimo se desinflaba al instante. “Sabes que tengo asuntos pendientes… y no me digas que no son importantes, porque sabes que lo son para mí. La razón por la que no lo entiendes del todo es porque tú ya posees esa mentalidad inmortal.”
“¿Yo la tengo?” Elise parpadeó.
“Ajá… y no es que la hayas tenido que trabajar como yo. Es algo innato en ti. Creo que se debe a tu sencillez, y no lo digo de forma peyorativa” dije, sosteniendo su cabeza entre mis manos. “Desde el principio fuiste alguien simple en tus deseos. Más allá de las emociones fuertes que pudiste sentir en algunos momentos, solo anhelabas un lugar tranquilo. Y desde que estamos juntos, tu única ambición es que estemos unidos, sin importar nada más. Si nos quedáramos durmiendo en una cueva por toda la eternidad, tú estarías satisfecha. Esa es la base perfecta para la inmortalidad; al alcanzar la divinidad, simplemente construiste sobre esa base.” Froté mi nariz contra la suya en un gesto de ternura absoluta. “Pero yo no soy así, Elise. Soy inquieto, ambicioso y complejo. A mí me costará mucho más alcanzar ese estado de paz perpetua.”
Elise guardó silencio, debatiéndose entre la frustración y la aceptación. En el fondo, su deseo más profundo era que ambos nos alejáramos del ruido del mundo, pero jamás me impondría esa soledad si supiera que me haría infeliz. Al menos, no su yo actual.
“Entonces… ¿qué vas a hacer?” preguntó Elise finalmente.
“He planeado algo mucho más poderoso que un simple sellado. Una partición total de mi ser. Volver a lo básico, en cierto modo” dije, sintiendo una chispa de emoción; estaba muy cerca de lograrlo. “Necesito debilitarme, dejar de ser tan abrumadoramente poderoso, al menos en el exterior. Lo que también ayudara con el otro problema… debo dejar de usar tantos clones simultáneamente; no es sano procesar tantas vidas en tan poco tiempo. Mi plan es separar la mayor parte de mi poder y contenerlo aquí, en el Feudo. Crearé una versión durmiente de mi máximo potencial y dejaré fuera una proyección más limitada… algo inspirado en tu propio avatar.
“¿Entonces… será como uno de tus clones?” inquirió Elise.
“Sí y no. Mi cuerpo real conservará un poder base, más acorde a los desafíos del mundo exterior, mientras que el grueso de mi energía, mi experiencia acumulada y ciertos conocimientos complejos serán retenidos aquí. Me convertiré en un mortal común, por así decirlo.”(Red)
“Eso… ¿no sería peligroso?” preguntó con una preocupación palpable. “Si pierdes tu poder y tu agudeza mental allá afuera, ¿no podría pasarte algo malo?”
“No, porque estableceré condiciones de seguridad. He diseñado una programación interna: si yo o alguna de mis chicas estamos en peligro real, ese poder regresará a mí de forma instantánea. Quiero recuperar la alegría de vivir al nivel de un mortal, pero no voy a ser negligente. Tendré que equilibrar esa distribución de poder” expliqué con confianza. “Mientras yo vuelvo a ser alguien normal, este poder retirado no se quedará estancado; lo usaré para seguir expandiendo el Feudo, pero para eso necesitaré tu ayuda.”
La miré con absoluta seriedad, pero con una sonrisa ladeada.
“¡¿Yo?!” se señaló ella misma con su pezuña, sorprendida.
“Exacto. No puedo gestionarlo yo mismo a través de mis clones, o no estaría solucionando el problema de saturación mental. Pero, si te confío esa esencia a ti para que la controles en mi lugar…” sonreí con astucia. “Podrías dirigir mis recursos sin que mi ‘yo’ exterior se diera cuenta. Sería como un videojuego para ti. Eres la única con la capacidad y la afinidad para manejar algo así.”
“¿Controlar… tu poder?” repitió ella lentamente, soltando un pequeño relincho involuntariamente pervertido.
“¡Oye! No de esa forma… y si vamos a hacer algo pervertido, ¡quiero estar plenamente consciente de ello!” protesté divertido. “En esencia, sería como crear un avatar nacido de ambos. Con ese poder, tú seguirías supervisando las campañas y las aventuras más grandes mientras yo vivo mi vida.”
“Mmm… creo que podría hacerlo” asintió finalmente, procesando la magnitud de su nueva tarea.
“Genial, porque quiero empezar cuanto antes. Además del tema de la mentalidad inmortal, descubrí que cuanto más poderoso soy, más difícil me resulta obtener nuevas habilidades. Parece existir una limitación biológica o mística: la última habilidad me costó enfrentar a un Dios, mientras que al principio las obtenía por simples logros cotidianos.”
Me quedé pensativo, revisando mi lista de habilidades. La frecuencia de nuevas adquisiciones había caído en picado desde que empecé a fortalecerte a gran velocidad; la mayoría solo se limitaban a mejorar lo que ya tenía. Para volver a evolucionar, primero tenía que volver a ser “inferior”.
“¿Por qué pareces tan desesperado por esas nuevas habilidades?” preguntó Elise, ladeando la cabeza con genuina confusión. “Te he visto crear hechizos, y si necesitas algo más, yo misma puedo otorgarte poder divino.”
“Es cierto, crear hechizos es cuestión de técnica… y al alcanzar la divinidad puedes manifestar casi cualquier cosa usando el poder divino. Pero esto es diferente”, negué con la cabeza. “Mis habilidades son la base de lo que soy. Son piezas únicas, extrañas… algunas incluso muestran resistencia al poder divino. Son mi esencia. Aunque, irónicamente, son también el origen de mi crecimiento asimétrico; aun así, es la única forma de seguir avanzando. Como mucho, si vuelve a pasar, repetiré lo que estamos a punto de hacer ahora.”
“Hmm…” Elise inclinó la cabeza, claramente poco convencida de mis palabras. Podía sentir mi deseo de poder, y eso la hacía dudar. “¿Y por qué pareces tan desesperado por volverte más fuerte?¿No eres ya lo suficientemente fuerte?” Se acomodó un poco más cerca de mí. “Además, me tienes a mí. La experiencia anterior me enseñó mucho… y dentro de todo eso aprendí que estoy alcanzando un nivel bastante alto como diosa. O lo estaré cuando termine de consolidar mi poder.” Me miró con seriedad. “No tienes que temer encontrarte con enemigos más fuertes. Después de todo, tú mismo me explicaste que es posible que el mundo tenga algún tipo de limitador para evitar que seres del nivel de los dioses permanezcan demasiado tiempo.”
“Sí, cada vez estoy más convencido de que existe alguna ley cósmica que limita a los dioses.” La miré con cierta preocupación. “Por eso no deberías sacar tu cuerpo real fuera del feudo… al menos por ahora. Creo que aquí dentro esa ley no debería afectarte. Hasta que no lo comprobemos, es mejor no arriesgarse. No queremos que, por alguna razón, termines degradando tu poder divino como le ocurrió a aquella esfera. No creo que fuera tan ignorante como para no notarlo. Tal vez su mente fue nublada de alguna forma para que sucediera… porque, de lo contrario, habría sido una decepción absoluta de dios.” Negué con la cabeza.
Elise se puso seria. Podía sentir que yo estaba esquivando el núcleo de su duda.
“Aún no has respondido. Si existe ese límite, ¿qué te aterra tanto como para buscar más y más poder?”
Me tomé un momento, sintiendo cómo el peso de mis propios secretos presionaba mi pecho.
“No es… que quiera volverme más fuerte para derrotar a alguien” dije lentamente. “Quiero… respuestas.”
“¿Sobre qué?” preguntó ella, intrigada.
“Sobre mí. Mi magia de sangre, la naturaleza de mis habilidades… la verdadera razón de por qué estoy aquí. Siento que, si sigo ascendiendo, algún día podré obtener respuestas sobre todo eso.”
Al decir esto, cerré el puño con tal fuerza que todos mis clones en el Feudo sufrieron un lapsus simultáneo de un milisegundo. Fue una sacudida colectiva en mi red de conciencia.
“No entiendo…” murmuró Elise. A través de nuestra conexión, ella solía vislumbrar mis pensamientos, pero en este tema solo encontraba un vacío absoluto. “¿Razón de estar aquí? ¿No es… la misma para todos?” intentó razonar, pensando en conceptos simples como nacer o vivir.
“Es mucho más complicado” respondí con una risa nerviosa, sin querer mencionar nada de mi reencarnación. “Muy en mi interior escucho dos voces. Una me dice que, si ignoro la verdad, podré vivir feliz aquí por toda la eternidad. La otra me incita a descubrirlo, aunque eso signifique perder mi felicidad actual. No sé qué es lo mejor… pero quiero tener la capacidad de elegir. Quiero ser lo bastante poderoso como para decidir si quiero saberlo o no.”
Elise me observó, viendo cómo me consumía en mis propios dilemas. Sin poder ofrecerme una respuesta lógica, simplemente se acercó y frotó su cabeza contra la mía en un gesto de consuelo puro.
“Entonces… ¿qué tengo que hacer?” preguntó, sacándome de mis cavilaciones.
“Déjame terminar esta separación. Después… actuemos como si esta conversación nunca hubiera ocurrido. Para el mundo, solo seré un mago mortal un poco especial con una relación increíble con una diosa en ciernes” dije, acariciando su rostro. “Sigamos, hay mucho que preparar.” Miré el cielo. “Necesito vacaciones… pero todavía no. Aún queda mucho por hacer.”
…
En el poblado amazona, el ambiente ya había cruzado la frontera de lo febril. Aquellas parejas que inicialmente buscaban la discreción de las sombras habían abandonado toda pretensión de decoro; se entregaban a besos y manoseos frenéticos allí donde estaban. La escasa ropa que vestían empezó a desaparecer, cayendo al barro entre gemidos que competían con la música. El aire, antes cargado de incienso y comida, ahora apestaba a sudor, vino y una lujuria animal que lo impregnaba todo.
Las líderes amazonas notaron el cambio, pero ya era tarde para intervenir. En realidad, no querían hacerlo. Al ver mi sonrisa malévola, comprendieron quién era el arquitecto de aquel caos y, en un acto de rendición hedonista, ayudaron a avivar las llamas con más alcohol y predisposición.
Pronto, el sexo dejó de ser un susurro en los rincones para convertirse en el motor de la fiesta. Hannah, sintiendo la vibración familiar de mi habilidad recorriendo su espina dorsal, me encontró entre la muchedumbre.
“Red, tú…” No pudo terminar. Un coro de gemidos colectivos ahogó sus palabras mientras veía a hombres y mujeres dejarse arrastrar por sus instintos más primarios.
“Sí… yo” asentí. Extendí la mano y, con un tirón firme, la subí a la plataforma elevada donde yo me encontraba, a la vista de todos.
Antes de que pudiera protestar, hundí mis manos en sus ropajes y, de un solo movimiento, se los arranqué.
“¡Kyaaaa!” Hannah soltó un grito que se fundió en un gemido, intentando cubrirse desesperadamente con las manos.
No se lo permití. La sujeté de los brazos y la obligué a darse la vuelta, haciendo desaparecer mi propia ropa en el proceso.
“¡Miren todos!” rugí hacia la multitud, atrayendo cada par de ojos hacia nosotros. “¡Miren a su Niña de las Flores!”
“¡Red! ¡¿Qué estás haciendo?!” sollozó Hannah, roja de una vergüenza que le quemaba la piel al sentir cientos de miradas clavadas en su desnudez.
“Disfruto dejando que todos vean a mi nena así de expuesta” susurré en su oído antes de penetrarla con fuerza. “¡Vamos, muéstrate ante todos como la perra que puedes ser!” grité, sosteniéndola de los brazos mientras la embestía rítmicamente sobre la tarima.
“¡No!” Hannah gimió, sacudida por el impacto.
Su corazón galopaba desbocado. El calor de la humillación la consumía, pero la [Lujuria] que yo desprendía volvía su cuerpo traicioneramente débil. Amazonas, guerreros, jóvenes y ancianos… conocidos y desconocidos por igual contemplaban cómo su “heroína” era poseída sobre la plataforma como si fuera el acto principal de un circo perverso.
El sentimiento de traición y ultraje fue devastador para ella. Se sentía usada, un objeto de exhibición, pero el ambiente pronto se distorsionó. Entre las miradas de consternación de unas pocas amazonas, lo que predominaba era la envidia y el deseo más crudo. Ver a una figura de su estatus en ese estado terminó de dinamitar los restos de moralidad del pueblo; la fiesta se transformó en una orgía a toda regla.
Desde su posición, Hannah vio cómo la escena se volvía una pesadilla de cuerpos entrelazados. Ya nadie vestía ropa. Los rencores antiguos se resolvían en encuentros rudos; personas que jamás se habrían hablado ahora se devoraban entre sí. Algunos la señalaban mientras copulaban, usando su imagen como combustible para su propio frenesí. Incluso algunos de los más jóvenes, despertados por el estruendo, observaban desde las ventanas con miedo y una curiosidad prohibida. Eran esas miradas infantiles, llenas de asombro inocente, las que más terminaban por quebrar la voluntad de Hannah mientras yo seguía reclamándola ante su pueblo.
“¡Eres odioso!” protestó Hannah entre dientes, pero sus palabras se perdieron cuando sus gemidos contenidos finalmente estallaron en gritos a pleno pulmón.
Tras superar la barrera inicial de la vergüenza y ver cómo el pueblo entero se ahogaba en un mar de cuerpos, ella decidió dejarse arrastrar por la corriente. No era la única: había visto a las orgullosas líderes amazonas soltando gemidos impropios de su rango, e incluso a Niara, que con una ferocidad renovada devoraba a una superior mientras obligaba a un joven a poseerla por detrás.
Llegadas a este punto, las inhibiciones se habían calcinado. Hannah comenzó a moverse por iniciativa propia, golpeando sus caderas contra las mías con una urgencia eléctrica. Agitaba sus pechos al aire y gritaba con una fuerza que buscaba dominar el estruendo de la plaza. En cierto modo, se sentía la estrella absoluta de la noche, y bajo la luz de las hogueras, lo era.
“Te gusta…”me burlé, hundiendo mis dientes en la curva de su cuello. “Te encanta que todos te miren en este estado.”
“Cállate y solo fóllame…” me regañó con la voz rota. “¡Esto no se va a repetir! No quiero que nadie piense que soy esta clase de… Todo esto es culpa de tus ideas perversas” añadió con un rastro de angustia, consciente de que ahora, en su propio tiempo, el riesgo de que sus amigos o padres se enteraran era una posibilidad aterradora.
“Jeje… mi pequeña exhibicionista” dije, dándole una embestida que la hizo arquearse antes de voltearla para que quedáramos cara a cara, permitiendo que la multitud admirara su trasero saltando rítmicamente.
“Tú, cabrón…” gruñó, buscándome en un beso hambriento. “En serio… nadie debe saber esto jamás” suplicó entre gemidos que desmentían su supuesto arrepentimiento.
“Está bien. Considéralo una locura de la selva. Con la cantidad de [Lujuria] que estoy liberando, esto es solo el preámbulo. Para mañana, todos habrán cometido actos tan impíos que nadie se atreverá a mencionar lo que ocurrió esta noche” me burlé mientras bajaba de la plataforma con ella aún ensartada en mi cuerpo.
Caminamos a través de la masa de carne humana que se retorcía en el suelo. Hannah seguía pegada a mí, envuelta en mis brazos mientras avanzábamos por el epicentro del deseo. Decenas de manos sudorosas se extendían para tocarnos al pasar, buscando una chispa del poder que emanábamos, pero nada detenía nuestra marcha. Era una escena surrealista: mientras nos entregábamos a un sexo frenético en mitad de una orgía descontrolada, nuestras mentes permanecían lo bastante lúcidas como para charlar, como si estuviéramos paseando por un jardín privado.
“¿Está bien que hagamos esto…?” jadeó Hannah, aferrada a mi cuello como un koala. Se separó de mi pene apenas un segundo para alcanzar su clímax, antes de volver a ensartarse con una urgencia eléctrica.
“Mmm… solo es una pequeña e inocente diversión” respondí, encogiéndome de hombros. Mientras la sostenía, manifesté varios tentáculos de sangre que empezaron a poseer a las mujeres que se aferraban a mis piernas suplicando una migaja de atención.
“Pero… no deberíamos… ¡AAhhhh!” Su protesta murió en un gemido agudo al sentir una lengua recorriendo su trasero. Al girar la cabeza, se encontró con Niara; la guerrera tenía los ojos nublados y la mirada perdida en un trance de lujuria absoluta.
“¡Ey! ¡A ella sí le dejas!” me quejé con una carcajada burlona.
“¡No la dejé! Solo que…” A Hannah le costaba mantener la coherencia siendo atacada desde dos flancos. “¡Ayúdame con ella!”
Asentí y, con un movimiento fluido, levanté a Hannah separándola de mi entrepierna. Empujé mis caderas hacia adelante e introduje mi pene en la boca de Niara, quien, aunque confundida por la rapidez, comenzó a succionar con una devoción salvaje. Simultáneamente, subí a Hannah a mis hombros, dejando su coño a la altura de mi rostro, y comencé a devorarla con la lengua.
“¿No deberíamos… volver ya a Castelobruxo?” logró articular ella entre gemidos, tirando de mi cabello. “No recuerdo hace cuánto nos fuimos… Deben estar preocupados… ¡Y si avisan a Hogwarts!”
“Tranquila. No seremos los primeros alumnos que se pierden en la selva unos días. Y respecto a Hogwarts… bueno, allí tienen sus propios problemas de los que ocuparse” respondí antes de morder su clítoris con suavidad, provocándole un espasmo.
“¡Pido relevo! ¡No te concentres solo en mí!” suplicó Hannah. Estar en contacto directo conmigo mientras [Lujuria] operaba la estaba sobreestimulando; necesitaba un respiro antes de que su mente colapsara.
La solté, dejándola caer sobre la masa de cuerpos jadeantes que nos rodeaba. Inmediatamente, me lancé sobre Niara y comencé a reclamar su cuerpo de guerrera con una ruda intensidad. Hannah, tendida a pocos centímetros, suspiró mientras recuperaba el aliento; estaba convencida de que algún día la mataría de puro placer… pero, afectada por mi aura, no pudo evitar empezar a masturbarse mientras me veía poseer a la amazona.
“Esto… solo por hoy. Mañana… volveremos a la vida normal” me ordenó entre gemidos, como si quisiera autoconvencerse. Deseaba frenar esta espiral de perversión antes de que se convirtiera en su nueva norma… o peor aún, antes de admitir cuánto le gustaba.
Me dejé llevar entre aquella marea de mujeres: desde Niara hasta las líderes de la tribu, pasando por las soldados rasos y las más jóvenes e inexpertas. La noche se volvió un borrón de carne y deseo para todos, pero cada una de ellas supo, en lo más profundo de su ser, que esa noche se habían cruzado límites.
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