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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 423

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Capítulo 423: 420) La determinación de McGonagall

El silencio se instaló en la mesa mientras ambos perdían la mirada en el vacío del local. Aunque Minerva quería rechazar las conclusiones de su hermano, sus palabras habían sido flechas directas al centro de su confusión.

“Te conozco, Mini. Puedes engañarte a ti misma, pero a mí no” sentenció él con suavidad.

Ella no quería aceptarlo; seguía intentando convencerse de lo contrario, pero sabía que Malcolm portaba una chispa de verdad. Quizás sí sentía algo por Tom… tal vez no de la forma romántica que su hermano sugería, pero deseaba verlo a salvo con una intensidad que la asustaba. Intentó racionalizarlo: se dijo que era un instinto maternal, una conexión nacida de haber conocido su fragilidad. Esa explicación le otorgó una paz momentánea.

Esa pequeña aceptación también pareció ordenar sus pensamientos dispersos. Tal vez había una solución. Tom simplemente no conocía otra vida, pero eso no significaba que no pudiera tenerla. Quizás, si lograba sacarlo de ese lugar, podría adoptarlo, convertirse en su madrina, ayudarlo… aliviar ese peso en su corazón de esa manera.

Sería, en cierto modo, una forma de compensar lo ocurrido. Aunque no tuviera una responsabilidad real en ese torbellino de depravación, seguía sintiendo que debía hacer algo. Ella era la adulta que se había dejado seducir; él era solo un niño que no conocía nada más que la depravación.

“¿Ya terminaste tu catarsis?” preguntó Malcolm tras observar a su hermana atrapada en su propio laberinto durante un largo rato.

“Más o menos… puede que tengas razón en algo, aunque no del modo en que lo planteas”, respondió ella, abriendo los ojos con una serenidad recobrada.

“Cree lo que quieras, pero entre los dos, yo soy el que se arriesga y tú eres la previsora estricta… Me aterra lo que pueda pasar si intercambiamos los roles”, Malcolm dio otro sorbo a su whisky. “Entonces, ¿cuál es el plan? ¿Harás lo mismo que todos los que se prendan de un trabajador sexual? ¿Olvidarlo con alcohol o convertirte en cliente habitual?”

“Malcolm, sabes perfectamente que no soy esa clase de persona” le reprochó Minerva con una mirada gélida. “Tengo que actuar. Ese lugar no puede seguir existiendo.”

“Buena suerte con eso. Si son tan buenos escondiéndose como dices, te será casi imposible cerrarlo… a menos que pidas ayuda a Albus” sugirió él.

“No será fácil, especialmente si hay tanta gente influyente involucrada. Pero que sea difícil no significa que no deba hacerse” declaró con la firme determinación que la caracterizaba como Jefa de Gryffindor.

“Bueno, que sepas que aquí me tienes si me necesitas” se ofreció Malcolm.

“En realidad… puede que te necesite muy pronto”admitió Minerva, bajando la voz con una vergüenza mal disimulada.

“Mmm… ¿para qué?” preguntó él, arqueando una ceja.

“No creo que pueda desmantelar ese lugar con rapidez…” comenzó ella, “pero quisiera saber cómo está Tom. Y los demás muchachos, por supuesto” añadió rápidamente, intentando generalizar.

“Je, ¿y dices que no estás enamorada?” se burló Malcolm, hasta que la comprensión lo golpeó. “¡No! ¡Minerva, ni lo sueñes! ¡No voy a hacerlo!”

“Solo quiero saber si están bien…” suplicó ella con una vulnerabilidad casi imperceptible.

“¡No puedo entrar en ese sitio! ¡Isobel me mataría!” replicó él de inmediato.

“Es solo echar un vistazo, hacer algunas preguntas discretas… no tienes que hacer nada más. Puedes ir por su tienda, tienen mucha variedad… quizás incluso encuentres algo que le guste a Isobel” insistió ella, conteniendo el sonrojo. Le costaba horrores pedirle algo así a su hermano.

“¡No voy a entrar en ese burdel, Minerva! Si lograron engañarte a ti, ¿qué crees que me pasará a mí?” negó él con un miedo genuino. “Si llego a ponerle los cuernos a mi esposa con una cortesana, tú serás la que lloré en mi funeral… y luego en el tuyo por haberme enviado allí.”

“Sí… quizás no estoy pensando con claridad” admitió ella, aunque la ansiedad por la seguridad de Tom seguía punzando en su pecho.

“¿No puedes simplemente enviarle una lechuza? ¿Algo… normal?” sugirió Malcolm, esperando quitarle la idea de enviarlo a la boca del lobo.

“Dudo que la reciba. Seguramente vigilan todos sus mensajes”, dijo ella con el ceño fruncido y los puños apretados. “No deben de tener permitido comunicarse con el exterior. Así es como los controlan, cortando todo vínculo hasta que no les queda más vida que esa depravación.”

“¿No estás siendo un poco… paranoica?” preguntó Malcolm, observando a su hermana con una mezcla de lástima y preocupación. “Sé que el amor nubla el juicio, Mini, pero deberías pensarlo con calma. ¿Estás segura de que es así? Quizás la situación no es tan oscura como imaginas.”

“¡Es un burdel que emplea a menores!” afirmó McGonagall, tratando de dotar a su angustia de una base moral sólida. Sin embargo, al escuchar su propia voz, notó el rastro de histeria que mencionaba su hermano. “Yo solo… estoy preocupada.”

“Mira, puedes investigar un poco más antes de asaltar el lugar con la varita en alto”, sugirió Malcolm, intentando encauzar la energía de su hermana. “Dijiste que hay exalumnos de Hogwarts trabajando allí, ¿no? Intenta contactarlos de forma casual, con cualquier excusa académica. Verifica si tienen vida fuera de ese sitio. Así confirmarás si están confinados o si es una elección… y de paso, podrías obtener información sobre ese tal Tom que te tiene el corazón en un puño.”

Minerva ignoró la última pulla, asintiendo con rigidez. Era una idea factible y mucho más segura; un recordatorio punzante de que su mente no había estado funcionando con la lucidez habitual al no habérsele ocurrido a ella misma.

“Claro que también podrías ir en persona a corroborarlo”, añadió Malcolm con una sonrisa traviesa. “Si es que puedes controlarte…”

“¡Malcolm!” le reprendió ella, fulminándolo con la mirada. “No voy a volver a ese lugar.” Un rastro de miedo cruzó sus ojos. “Quién sabe qué podrían obligarme a hacer de nuevo…”

“Estarías más preparada esta vez. Sabrías a qué te enfrentas y podrías tomar precauciones mágicas. Además, si ya tienen pruebas de que estuviste allí, volver una vez más no destruirá mucho más tu reputación si deciden hablar” argumentó él con pragmatismo.

Minerva no respondió. La verdad era que su reputación le importaba poco en comparación con el temor de volver a caer en la cama de Tom… o algo peor. Sabía que su hermano tenía razón y que podía protegerse, pero temía que, si la historia se repetía, se hundiría definitivamente en el pozo emocional del que apenas lograba salir. En el fondo, el miedo que se negaba a admitir era que su deseo por el muchacho no fuera tan “maternal” como se decía a sí misma, y que un nuevo encuentro lo demostrara de forma irrevocable.

Siguieron hablando hasta que el whisky se agotó y sus gargantas quedaron secas. Discutieron sobre Tom, la moralidad del burdel y la vida solitaria de Minerva, permitiéndole finalmente el desahogo que tanto necesitaba. Al caer la noche, se dispusieron a abandonar el pub.

“Gracias, Malcolm…” dijo Minerva, contemplando el cielo estrellado sobre Hogsmeade. “Realmente necesitaba hablar con alguien. Gracias por todo.”

“Para eso estoy. Siempre puedes contar con tu hermano” rio él cariñosamente, apoyando una mano en su hombro. “Y… ¿puedo contárselo a Isobel? Quizás ella tenga una perspectiva distinta y mejores ideas para ayudarte.”

“Preferiría que cuantas menos personas lo sepan, mejor, pero… confío en tu criterio. Cuéntale si lo crees correcto” respondió con un deje de vergüenza, imaginando lo incómoda que sería la próxima reunión familiar.

“Está bien. Ten cuidado al volver… y no hagas nada loco” se despidió Malcolm. Pero tras dar unos pasos, se volvió con una última chispa de burla en los ojos: “¡Pero avísame si termino teniendo un cuñado más joven que mis propios hijos!”

“¡Malcolm!” gruñó ella, aunque esta vez no pudo evitar que una pequeña sonrisa asomara a sus labios.

Tras verlo marchar, Minerva recuperó su expresión severa y miró hacia el castillo, pero no regresó de inmediato. Las ideas de su hermano habían germinado en un plan concreto. Sabía que no recuperaría la paz sin calmar su ansiedad de forma activa. Sin dudarlo, redactó una carta para Dumbledore solicitando varios días libres con una firmeza que no admitía réplicas. Durante años había cargado con tareas que no le correspondían, y decidió que, si Albus podía delegar su trabajo en ella, ella podía exigir un respiro sin dar explicaciones.

Lo que Minerva no sospechaba era lo que sucedería en Hogwarts precisamente durante su ausencia…

…

Recostado sobre una colina que dominaba el paisaje del Feudo, contemplaba el cielo con una paz que no había sentido en bastante tiempo. A un costado, la silueta del castillo en construcción. La partición de mi poder había sido un éxito; y aunque me sentía físicamente más vulnerable, experimentaba una libertad embriagadora. Al no tener energía para abarcarlo todo, simplemente había dejado de intentarlo. Incluso el número de clones que podía mantener era ahora limitado, lo cual suponía un alivio mental inconmensurable. Sabía que había sido la decisión correcta: este retorno a la “debilidad” me obligaba a recuperar los viejos hábitos de estratega, a pensar antes de actuar y a exprimir cada recurso disponible para asegurar la victoria.

Era una calma idílica, hasta que el eco de unos pasos firmes y una voz cargada de veneno la interrumpió.

“¡Red! ¡Dile a Ismelda que no se atreva a volver a cruzarse en mi camino! ¡Más te vale controlarla o juro que le atravesaré el corazón con su propia varita!”

Giré la cabeza y me encontré con la figura de una joven de diecinueve años cuya belleza cortaba la respiración. Rubia, de ojos verdes y con un lunar distintivo bajo el ojo izquierdo, poseía esa elegancia letal propia de su octava parte veela. Sin embargo, su expresión era de pura furia; pequeñas corrientes eléctricas chispeaban en la varita que empuñaba y la tensión en su rostro amenazaba con estallar.

Me incorporé con parsimonia y palmeé mis muslos, invitándola a acercarse. Cassandra refunfuñó, pero terminó ocupando su lugar entre mis piernas, aunque con cierta dificultad

“Tranquila, Cassandra…” murmuré, acariciando su cabello con suavidad.

“¡Hablo en serio! ¡Si vuelve a hacer que me salgan babosas gigantes del culo, la mato!” gruñó, comportándose como una bestia herida en su orgullo.

“Vaya… parece que Ismelda está progresando”, comenté de forma casual. Cassandra me lanzó una mirada que me convirtió en su próximo objetivo. “No digo que esté bien lo que hizo, solo que ha mejorado mucho desde sus años en Hogwarts. Al menos está creando hechizos… creativos” añadí, bajando el volumen ante la promesa de muerte en sus ojos.

“¡Si ella no deja de maldecirme cada vez que discrepamos, serás tú quien descubra cuán creativa puedo ser yo!” amenazó, con esa arrogancia que le salía de forma natural.

“Está bien, hablaré con ella” dije, levantando las manos en señal de rendición. “Pero espero que todos aprendan a convivir, incluso en los peores momentos. Somos una familia… No me obliguen a darles otra lección erótica grupal para que aprendan a llevarse bien”, sentencié, intentando sonar tan amenazante como seductor.

“Ja, eso dices ahora…” replicó ella con reproche, pero terminó rodeando mi cuello con sus brazos y apoyando la cabeza en mi hombro. “¿Crees que no nos hemos dado cuenta de que estás más débil? Quizás aún puedas vencer a una de nosotras por separado… pero si nos unimos varias, te aseguro que dejaremos tu pene hecho un desastre.” Me lanzó un desafío directo con la mirada. “De hecho, ya hay varios grupos conspirando para vengarse de ti.”

No pude evitar un estremecimiento real. La abracé con más fuerza, fingiendo una mueca de súplica para pedir su clemencia, aunque por dentro no podía evitar sonreír.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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