Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 424
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Capítulo 424: 421) Problemas en Hogwarts
Los ataques en Hogwarts eran una realidad sombría, pero hasta entonces Albus Dumbledore había logrado mantener el hilo de la situación bajo un control relativo. Sin embargo, ese día el tablero cambió drásticamente. Ocurrió un nuevo incidente, uno cuya relevancia política amenazaba con derrumbar los cimientos de la institución.
Hubo más de una víctima. Aunque no hubo muertes —la petrificación seguía siendo el sello del heredero de Slytherin—, el problema radicaba en la identidad de los afectados: los estudiantes de intercambio de Castelobruxo.
Nadie lo esperaba. Los jóvenes brasileños apenas se aventuraban por el castillo, siguiendo las estrictas órdenes del profesor Marcos, quien los vigilaba con un celo. De hecho, tras los primeros ataques y ante lo que él consideraba una “incompetencia flagrante” del Ministerio de Magia, Marcos ya habría regresado a la selva amazónica con sus alumnos si no fuera por las constantes garantías de Dumbledore. Pero ahora era demasiado tarde.
En la enfermería yacían dos nuevos cuerpos rígidos como la piedra, hallados en las profundidades de las mazmorras. Habían sido encontrados juntos, cumpliendo irónicamente la orden de su profesor de no separarse jamás, ni siquiera para ir al baño. Marcos los acompañaba siempre que sus obligaciones como maestro invitado se lo permitían, pero en un descuido fatal mientras impartía clase, el grupo se fragmentó. Lo más inquietante era que los jóvenes habían desobedecido activamente, tomando un camino lateral que nadie más notó. El resultado era evidente y desastroso.
Al enterarse, el profesor de Castelobruxo estalló. Con la varita en mano y el rostro encendido por la rabia, marchó hacia el despacho del director. Ni siquiera se molestó en pronunciar la contraseña; lanzó una amenaza directa a la gárgola de piedra que custodiaba la entrada. Por suerte, Dumbledore, que ya lo esperaba, abrió la puerta antes de que el mobiliario escolar sufriera daños.
Marcos se plantó frente a él, descargando una tormenta de insultos y reproches en una mezcla frenética de inglés, portugués y español.
“¡Le confiamos la vida de nuestros jóvenes!” rugía, soltando chispas de indignación. “¡¿Cómo puede funcionar una escuela bajo este nivel de negligencia?! ¡Debimos habernos ido en cuanto el primer gato cayó! ¡Ni siquiera el Ministerio es capaz de rastrear una amenaza tan obvia! ¡Son unos incompetentes!”
Dumbledore, impasible pero con una sonrisa forzada y cansada, intentaba apaciguar el incendio. La situación era gravísima: que un estudiante extranjero fuera herido durante un viaje diplomático era un golpe demoledor para la imagen de Hogwarts, para el Reino Unido y para la carrera del propio Marcos.
Tras vaciar el veneno de su boca y jadear por aire, el profesor brasileño se detuvo un instante.
“Entiendo su furia, y créame que compartimos su pesar “dijo Dumbledore con tono solemne. “Nos encargaremos personalmente de que sus alumnos sean tratados y devueltos…”
“¡Nada de eso!” lo cortó Marcos de forma tajante. “En este mismo instante me llevaré mis estudiantes de vuelta a Castelobruxo, los petrificados serán tratados allá. No permanecerán ni un segundo más en esta trampa mortal. Me importa un bledo su reputación o los lazos entre nuestras escuelas. ¡Nos vamos!”
Salió del despacho con paso fuerte, haciendo que las túnicas ondearan tras él. Dumbledore se quedó solo, dejando escapar un suspiro profundo. Sabía que esto era un desastre de relaciones públicas. No había contado con que el Heredero elegiría víctimas internacionales. Planteándose seriamente acelerar sus planes, Albus consideró que era hora de entregarle a Harry las herramientas necesarias para enfrentar la prueba final antes de que el castillo fuera clausurado.
Mientras tanto, el profesor Marcos llegó a la sala común de Hufflepuff y ordenó a sus alumnos empacar de inmediato. Entró en su habitación provisional con los nervios de punta, dispuesto a recoger sus pertenencias, pero justo entonces, el espejo de dos caras que descansaba sobre su mesa se activó…
…
Vagando por su oficina, Albus Dumbledore meditaba sobre la situación. Debía encontrar la forma de filtrar la información necesaria para que Harry actuara, pero sus opciones se agotaban. Con Hagrid en Azkaban, había perdido a su mejor opción, aunque este ataque podría usarse para intentar sacarlo, no sería prudente posponerlo hasta que fuera liberado. Tenía que actuar con rapidez.
Todo parecía ser cada vez más complicado. Ahora, además de orquestar la madurez forzada de un niño, debía soportar el escrutinio público y la inminente colisión diplomática con Brasil.
Era una carga pesada, incluso para él. Forzar a un niño a enfrentarse a un fragmento del Señor Oscuro era una crueldad necesaria, pero difícil de digerir.
Finalmente, Albus tomó una decisión: adelantaría el partido de Quidditch para el día siguiente. Un poco de espectáculo mantendría la moral alta mientras él terminaba de preparar el escenario para el acto final. Necesitaba que Riddle atacara de nuevo, pero esta vez con una pista irrefutable. No podía sacrificar a más alumnos, pero tenía a un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras cuya utilidad académica era nula, pero cuya disposición al sacrificio —involuntario, por supuesto— servía perfectamente a la causa.
Justo cuando se disponía a comenzar sus planes, la puerta de su oficina se abrió con un chirrido suave. La cabeza del profesor Marcos asomó por la abertura, luciendo una sonrisa que no encajaba con el hombre que hace poco había salido gritando.
“Disculpe… ¿se puede? “preguntó con una amabilidad casi melosa.
“¿Profesor Gutiérrez?” Dumbledore parpadeó, ajustándose las gafas de media luna. Esperaba que el hombre se marchara sin despedirse, no que regresara con ese semblante.
“Nada, solo… venía a disculparme por lo que dije. Me pasé de la raya” dijo Marcos, entrando con un paso ligero y una actitud que rayaba en lo servil. “Mis palabras fueron desmedidas y, para ser sincero, inciertas. Hogwarts es una institución gloriosa. Usted es un director magnífico y estoy seguro de que tiene la situación bajo un control absoluto. Fue solo el calor del momento, ya sabe… los nervios.”
“Oh…” respondió Dumbledore, quien se sentía confundido. “Es… ciertamente sorprendente escuchar eso.”
“¡Para nada! Olvide lo que dije sobre marcharnos. Fue una rabieta infantil. Mis estudiantes no pueden permitirse perder la oportunidad de estudiar en esta escuela milenaria” dijo Marcos, inflando el pecho con un orgullo impostado. “Accidentes así ocurren en todas partes; están fuera de nuestro control. No se puede culpar a nadie.”
“Me alegra que sea tan comprensivo. Los recibiremos con los brazos abiertos el tiempo que deseen quedarse” replicó Albus, devolviendo la sonrisa mientras sus ojos buscaban cualquier rastro de Imperius o poción Multijugos.
“¡Excelente! Debo volver con mis muchachos para decirles que retomen sus libros. No se preocupe, confiamos en que usted solucionará este… inconveniente, y curará a los petrificados a su debido tiempo. No hay prisa. Castelobruxo y Hogwarts son escuelas hermanas, ¡aliadas milenarias! Jamás nos culparíamos por minucias como estas. ¡Buen día, Director!”
Marcos se retiró casi trotando, dejando tras de sí un silencio denso. Los retratos de los antiguos directores en las paredes se quedaron mudos, intercambiando miradas de absoluta confusión.
“¿Qué le pasa a ese sujeto?” soltó finalmente uno de los cuadros.
“¿Poción Multijugos?” sugirió una directora, entornando los ojos con sospecha.
“¡Es una trampa, Albus! ¡Seguro es una trampa!”añadió otro, agitando su marco.
Dumbledore permaneció en silencio, con los dedos entrelazados sobre el escritorio. Mantuvo la mirada fija en la puerta cerrada, analizando el vacío. En su larga vida había visto arrepentimientos, pero nunca una metamorfosis tan abrupta y carente de lógica. Algo, o alguien, había intervenido en esos escasos minutos.
…
—Minutos antes, en la habitación de Marcos—
“¡¿DESAPARECIDOS?!” rugió Marcos, pegando el rostro al espejo.
“Sí… Por lo que sabemos, la corriente de un río se los llevó y ahora su paradero es desconocido. Ya van varios días sin ninguna pista. Ni siquiera podemos adentrarnos demasiado en la selva: algo está ocurriendo, y el ministerio parece no querer actuar. De hecho, están estorbando… como si no quisieran que investigáramos a fondo” se escuchó la voz al otro lado del espejo. “
Marcos sintió que el suelo se inclinaba. La parálisis se apoderó de sus facciones mientras el informe se volvía cada vez más lúgubre.
“La adivinación no arroja resultados. Los profesores que enviamos a la zona no siempre regresan… Me temo lo peor. Grupos peligrosos se están moviendo en las sombras, posiblemente los mismos responsables del conflicto donde se perdieron los chicos. Hemos cancelado todas las excursiones y estamos en alerta máxima.” La voz soltó un suspiro que pareció envejecer diez años. “La pérdida de contacto con las Amazonas es la señal definitiva del peligro. Sin ellas, nuestra mayor ayuda en esa sección de la selva, las esperanzas de hallar a esos niños con vida son… pocas…”
Marcos tragó saliva, el sudor frío resbalando por su nuca.
“Necesito que contengas el asunto allí, Marcos. Tranquiliza a Dumbledore antes de que las noticias crucen el océano. Debemos reducir el impacto antes de que Castelobruxo quede marcada por esta tragedia”, concluyó la voz antes de que el espejo se apagara.
Marcos forzó una sonrisa nerviosa frente a su reflejo. Se ajustó la túnica, practicó su expresión más diplomática y salió disparado hacia el despacho del director, transformando su furia en una máscara de cordialidad hipócrita.
…
—Esa misma noche, en el despacho de Dumbledore—
“¡¿Desaparecidos?!” exclamó Snape, arrebatándole la carta a Dumbledore con un movimiento brusco.
“Eso es lo que dice el papel” murmuró Albus, observando cómo Severus escaneaba las líneas con ojos febriles. “Aunque sospecho que omiten la mitad de la historia. Dicen que los encontrarán pronto, que es un percance común en la selva… Pero conociendo a ese muchacho, y viendo el cambio radical en el profesor Gutiérrez, me temo que la situación es desesperada. Además, Katteblurn también tuvo un accidente cuando salió a buscarlos y se encuentra inconsciente, despertará en un par de días…”
“¿Cómo demonios pueden perder a dos alumnos en una excursión? ¿Acaso son tan incompetentes como Potter en mis clases?” escupió Snape, furioso.
“Supongo que de una forma similar a como pudieron quedar petrificados dos estudiantes aquí” suspiró Dumbledore. “Ahora entiendo la actitud del profesor Gutiérrez… probablemente espera una especie de silencio mutuo.”
“¡Es evidente que lo busca!” Snape arrojó la carta sobre el escritorio como si quemara. “Sus alumnos están petrificados, un inconveniente temporal que ocurre hasta en la clase más mediocre. ¡Pero los nuestros han desaparecido en territorio salvaje! ¡Y tenemos un profesor herido! Quién sabe cuántos días llevan perdidos… Seguro que nos mienten hasta en las fechas.”
“Ciertamente, debemos intervenir” asintió Dumbledore, frotándose la sien. Su alumno más atípico seguía siendo un imán para el caos, incluso en otro continente.
“¡Déjemelo a mí!” gruñó Snape, empezando a caminar de un lado a otro como un animal enjaulado. “Iré allí y lo traeré de las orejas. ¡Lo castigaré por el resto de su vida por ser tan incompetente como para perderse en una excursión y arrastrar a su compañera consigo! ¡Seguro se apartaron del grupo para hacer de novios! Es un peligro público… jamás debimos permitir que se fuera.”
“No creo que haya sido su culpa, Severus. Si Red fuera el responsable directo, la carta no sería tan cortés; Castelobruxo estaría exigiendo reparaciones, no pidiendo discreción. Algo más grande está ocurriendo en Brasil.”
“¡No me importa!” escupió Snape, sus ojos brillando con una intensidad peligrosa. “¡Cuando lo encuentre, procesará ingredientes en mi almacén hasta que sus manos queden tan rojas como su maldito cabello!”
“Severus…” intervino Albus con cierta sorpresa e intriga, “¿estás preocupado por él?”
Snape se tensó, deteniéndose en seco.
“Me preocupa el daño que puede causar a la reputación de esta escuela” siseó fríamente. “Ya ha desprestigiado bastante nuestro nombre en el extranjero. Consígame un traslador hacia Brasil. Ahora.”
Sin esperar respuesta, Snape salió del despacho envuelto en sus túnicas negras, directo a sus mazmorras para preparar un arsenal de pociones de supervivencia, maldiciendo en voz baja el nombre del pelirrojo que, una vez más, le robaba el sueño.
La mañana siguiente se filtró por las ventanas de Hogwarts, encontrando a las chicas en plena rutina. En estos días de paranoia y pasillos acechantes, la Guarida se había convertido en su mundo; un refugio donde no faltaba nada y donde el peligro exterior parecía no poder atravesar las paredes seguras.
Susan, como el corazón culinario del grupo, ya tenía el desayuno listo. Gracias a los artefactos mágicos de la cocina —diseñados para la eficiencia—, el banquete estaba servido para cuando todas se reunieron en el salón principal. Pero no era una mañana tranquila: el ataque a los estudiantes de Castelobruxo exigía un análisis exhaustivo. Habían montado una pizarra improvisada en el salón, llena de recortes y diagramas, prefiriendo la calidez de los sillones a la frialdad de la sala de investigaciones ahora que no había más que ellas.
Discutían entre bostezos y café cuando, de la nada, una voz amable fracturó el silencio.
“Buenos días…”
“¡Director Dumbledore!” exclamaron varias, saltando en sus asientos. A Pansy por poco se le cae el plato de las rodillas por la impresión.
“Oh, mis disculpas. No era mi intención sobresaltarlas “dijo Albus con esa mirada chispeante que ocultaba tanto como revelaba.
Aunque no lo pareciera, llevaba un rato observando discretamente la improvisada “sala de investigación”. Su sigilo le había permitido escuchar parte de sus deducciones, y no pudo evitar suspirar con cierta admiración ante la energía y agudeza de la juventud.
Aún no tenían todas las respuestas, pero se estaban acercando. Con tiempo, no dudaba de que llegarían a la verdad.
Solo lamentaba que aquellas chicas estuvieran más alineadas con cierto estudiante problemático. Si Harry contara con un equipo así, no tendría que preocuparse por si encontraría o no las pistas necesarias para enfrentarse a Riddle.
Aunque… quizás no fuera una idea tan descabellada.
Dumbledore no pudo evitar considerar la posibilidad de acercarlas a Harry. Sería, sin duda, más efectivo que depender de Lockhart, como había planeado.
“¿Director?” preguntó Penélope, rompiendo el trance del anciano.
“Perdonen, uno se pierde en sus propios pensamientos con la edad” rio él, acariciando su barba plateada.
“¿Qué necesita, profesor Dumbledore?” preguntó Hermione.
“¿No puedo simplemente venir a ver cómo están?” respondió él, con tono ligero.
“¡No, no! Claro que sí” se apresuró Hermione, algo avergonzada. “Siempre es bienvenido.”
“Lo sé, lo sé” rió Dumbledore. “Aunque sospecho que los jóvenes no disfrutan demasiado de la compañía de un anciano como yo.” Luego, como si fuera una pregunta casual, añadió: “En realidad… quería saber si sabían algo de Red. Supongo que, siendo sus amigas, podrían saber más que los informes del profesor Kettleburn.”
Su tono era relajado, casi despreocupado. Sin embargo, observaba atentamente sus reacciones.
Sabía bien que ese alumno era cualquier cosa menos ordinario. Incluso lo había sorprendido en más de una ocasión. Por eso, su desaparición resultaba… inquietante.
Si alguien sabía algo, eran ellas.
Claro que también podría recurrir a “los Dragones de Albión”, pero prefería evitarlo. Esperaba una respuesta más sencilla. Algo que indicara que todo estaba bien.
“No, profesor… Red no nos ha contactado últimamente” respondió Daphne, midiendo cada palabra para no mencionar el sistema de [mensajes] que compartían.
“Creo que la última vez que supimos de él fue en San Valentín”, añadió Pansy, corrigiéndose rápidamente para no revelar que lo habían visto físicamente ese día.
“¿Están seguras? ¿Nada de nada?” insistió Dumbledore, su ceja alzándose apenas un milímetro. Si ni ellas sabían nada, la situación en la selva era más grave de lo que temía.
“¿Por qué lo pregunta, director?” intervino Parvati, ahora preocupada. “¿Pasó algo?”
Las demás intercambiaron miradas. Ya les había parecido extraño que la comunicación disminuyera en los últimos días. Habían asumido que era por la distancia —los mensajes solían llegar con retraso—, pero ahora la duda comenzaba a pesar.
También les había resultado raro el silencio de Hannah durante algunos días. Pensaron que era lo mismo.
Lo que no sabían era que Hannah había dejado de escribir por miedo a revelar más de lo debido. Tras lo ocurrido, no quería arruinar los planes de Red. Solo cuando él le indicó qué podía contar y qué no, retomó el contacto… aunque sus mensajes, al igual que los de él, se habían vuelto breves y cuidadosamente medidos.
“No, no… nada de eso. Solo quería saber cómo iban las cosas por Brasil; me han llegado rumores de que la situación allá se ha vuelto… complicada últimamente” explicó Dumbledore, suavizando la voz para restarle gravedad al asunto. “Ya saben que Red puede ser un joven algo impredecible, y solo quería asegurarme de que estuviera bien. Si alguien conoce sus andanzas, son ustedes. Considérenlo la simple preocupación de un viejo por sus alumnos. Si llegan a saber algo, por favor, háganmelo saber.”
El silencio que siguió fue tenso. Las chicas tenían órdenes estrictas de no revelar el sistema de comunicación, pero la mención de “problemas” sembró la semilla de la duda en las más jóvenes. Penélope, notando que el nerviosismo en sus rostros estaba a punto de traicionarlas, decidió dar un paso al frente antes de que el secreto se desmoronara colectivamente.
“En realidad… él se comunicó conmigo hace poco” soltó Penélope con una rapidez calculada.
Daphne captó la jugada al instante. No era un crimen ocultarle cosas al Director, pero quedar como mentirosas ante Albus Dumbledore era un error estratégico que no podían permitirse. Con una puntería actoral digna de una Slytherin, Daphne se giró hacia su compañera con un falso resentimiento.
“¿En serio, Penélope?” preguntó Daphne, fingiendo indignación. “¿Por qué no nos dijiste nada? ¿Ahora resulta que nos ocultas cosas?” Hizo un puchero perfecto, mirando de reojo a Hermione. “Se supone que Hermione es su novia, ¿por qué se pondría en contacto contigo primero?”
El resto del grupo, lejos de ser ingenuo, entendió la señal. En cuestión de segundos, la sala se convirtió en un nido de chismes, quejas y murmullos enfurruñados. Incluso Hermione, que detestaba mentirle al Director, se obligó a participar en la farsa, bajando la mirada con una mezcla de celos fingidos y vergüenza real.
Dumbledore, viéndose de pronto envuelto en una riña de adolescentes, levantó las manos en un gesto de paz. Por un momento, se preguntó cómo ese niño había logrado gestionar a un grupo tan volátil.
“Por favor, señoritas, calma” pidió el Director, centrando su atención en la mayor. “¿Podría decirme qué fue lo que escribió, señorita Clearwater?”
“Nada de gran importancia, profesor. De hecho, sus mensajes han sido exasperantemente cortos últimamente”, respondió Penélope con una sinceridad. Los mensajes realmente se habían vuelto crípticos y breves. “Solo decía: ‘Practiquen sus Patronus’.”
Las demás asintieron al unísono. No era un mensaje privado para Penélope, sino uno del chat grupal que todas compartían.
“¿El Encantamiento Patronus?” Dumbledore arqueó ambas cejas, genuinamente sorprendido. Era un mensaje tan escueto que no le permitía deducir si estaban a salvo en la selva o si alguien más estaba interceptando la comunicación. “¿Espera que dominen un Patronus a su edad, señorita Clearwater?”
“Todas nosotras, profesor” intervino Hermione, recuperando su voz académica. “Antes de irse, Red insistió en enseñarnos las bases del encantamiento. Nos dijo que debíamos dominarlo antes del próximo año, pase lo que pase.”
Aunque no era un secreto prohibido, la confidencialidad tácita del grupo lo había mantenido oculto hasta ese momento. Ahora, frente a la mirada inquisidora de Dumbledore, y con la presión del momento, algunas verdades comenzaban a filtrarse.
“Ese encantamiento es bastante avanzado para muchas de ustedes” comentó Dumbledore.
Parecía genuinamente sorprendido. No entendía del todo el motivo, aunque recordaba que, en los informes de Kettleburn, se mencionaba que Red poseía cierto talento para la profecía, reconocido por la profesora de Adivinación de allí. Tal vez aquella orden tuviera alguna relación con eso.
“Lo sabemos, pero él insiste en que lo dominemos” dijo Padma, encogiéndose de hombros con una mezcla de resignación y orgullo.
“Bueno, es una tarea ardua para su edad. Sería más propio de alguien como la señorita Clearwater, pero supongo que Red tiene sus razones” concluyó Dumbledore, preparándose para partir. “Aun así, son jóvenes muy sensatas; confío en que sabrán cuándo detenerse. No se sobreexijan, aún tienen toda una vida para aprender estas artes. No les quito más tiempo. Disfruten del día y no olviden que el partido de Quidditch se adelantó para esta tarde. ¡Suerte, señorita Chang!” Con una última sonrisa, se retiró del salón.
Con una última inclinación de cabeza, el Director abandonó la Guarida.
Cuando la puerta se cerró, las chicas soltaron un suspiro colectivo de alivio.
La presencia del director en aquel lugar —su lugar— las había puesto nerviosas. No solo estaban solas allí, sino que también llevaban a cabo actividades que, probablemente, los profesores desaprobarían. Como Dumbledore no había dicho nada, algunas pensaron que no había descubierto nada.
No sabían que él ya lo había visto… y oído todo.
Tras su partida, intentaron retomar la discusión, pero ya no fue lo mismo. Las preocupaciones pesaban demasiado: lo que estaba ocurriendo en Brasil, el silencio de Hannah, la incertidumbre sobre Red… y, en menor medida, el partido de quidditch de esa tarde.
El resto del día transcurrió con una extraña normalidad.
Algunas lograron distraerse —especialmente con el partido—, pero otras no podían apartar la mente de la investigación. Sabían que no podían hacer nada por lo que estuviera ocurriendo en Brasil más que esperar… pero al menos podían intentar resolver lo que sucedía en Hogwarts antes de su regreso.
Hermione era una de esas personas.
Durante el día, junto a las demás, había recopilado información, pero aún no la había procesado por completo. Las piezas estaban ahí… solo faltaba encajarlas.
Y entonces, de camino al estadio de quidditch, algo hizo clic. Sus ojos se iluminaron de repente. Sin decir una palabra, se detuvo, se giró sobre sus talones y salió corriendo de vuelta al castillo.
“¿Hermione?” alcanzó a decir una de las chicas, demasiado tarde.
Tal vez fue la emoción del momento. Tal vez el impulso de resolver aquella pista por sí sola. Pero se fue sin esperar a nadie.
Si su teoría era correcta, podría reducir drásticamente el número de sospechosos. Y para comprobarlo, necesitaba hablar con los alumnos restantes de Castelobruxo.
Sabía que no asistirían al partido. Desde los ataques, apenas salían de la sala común de Hufflepuff. Y ahora, con todo el mundo en el estadio, el castillo estaría prácticamente vacío. Además, conocía la forma de entrar. Susan y Hannah se la habían revelado tiempo atrás.
Hermione atravesó los pasillos desiertos a paso rápido… hasta que el silencio empezó a pesar.
Entonces dudó.
Quizás no era buena idea ir sola.
Quizás debía avisar a las demás.
Incluso llegó a pensar en enviar un [mensaje], dejando de lado cualquier gloria individual. También dudó si simplemente debía volver, dejarlo para después, y no perderse el partido que Cho estaría jugando.
Apretó los labios, indecisa.
Y en ese momento—
Una mano tocó su hombro.
“¡Ah!” gritó Hermione, girándose de golpe, con el corazón acelerado.
Al reconocer a la persona frente a ella, dejó escapar un suspiro.
“Oh… eres tú. Me asustaste.”
“¿Qué haces sola por los pasillos? No es seguro.”
“Lo sé…” respondió Hermione, recuperando el aliento. “Pero necesito encontrarme con los alumnos de Castelobruxo. Tengo que preguntarles algo… es importante.”
…
-En el Feudo-
“¿Dónde está Chiara?” le pregunté a Lottie mientras observaba a lo lejos cómo Astrid, con su llamativo cabello verdoso, dirigía la construcción del invernadero subterráneo.
“Chiara y Abigail están organizando a los hombres lobo…” respondió ella sin levantar la vista de su libreta en la cual seguía anotando sin parar. “¡Por cierto! Poppy me…”
El resto de sus palabras se ahogó en un vacío. Un dolor agudo y ominoso me perforó el pecho, obligándome a encogerme. Fue un parpadeo. Cuando Lottie finalmente alzó la vista, solo encontró el aire donde yo acababa de estar.
“¿Red…?”
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com