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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 425

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Capítulo 425: 422) Cerca de la verdad

La mañana siguiente se filtró por las ventanas de Hogwarts, encontrando a las chicas en plena rutina. En estos días de paranoia y pasillos acechantes, la Guarida se había convertido en su mundo; un refugio donde no faltaba nada y donde el peligro exterior parecía no poder atravesar las paredes seguras.

Susan, como el corazón culinario del grupo, ya tenía el desayuno listo. Gracias a los artefactos mágicos de la cocina —diseñados para la eficiencia—, el banquete estaba servido para cuando todas se reunieron en el salón principal. Pero no era una mañana tranquila: el ataque a los estudiantes de Castelobruxo exigía un análisis exhaustivo. Habían montado una pizarra improvisada en el salón, llena de recortes y diagramas, prefiriendo la calidez de los sillones a la frialdad de la sala de investigaciones ahora que no había más que ellas.

Discutían entre bostezos y café cuando, de la nada, una voz amable fracturó el silencio.

“Buenos días…”

“¡Director Dumbledore!” exclamaron varias, saltando en sus asientos. A Pansy por poco se le cae el plato de las rodillas por la impresión.

“Oh, mis disculpas. No era mi intención sobresaltarlas “dijo Albus con esa mirada chispeante que ocultaba tanto como revelaba.

Aunque no lo pareciera, llevaba un rato observando discretamente la improvisada “sala de investigación”. Su sigilo le había permitido escuchar parte de sus deducciones, y no pudo evitar suspirar con cierta admiración ante la energía y agudeza de la juventud.

Aún no tenían todas las respuestas, pero se estaban acercando. Con tiempo, no dudaba de que llegarían a la verdad.

Solo lamentaba que aquellas chicas estuvieran más alineadas con cierto estudiante problemático. Si Harry contara con un equipo así, no tendría que preocuparse por si encontraría o no las pistas necesarias para enfrentarse a Riddle.

Aunque… quizás no fuera una idea tan descabellada.

Dumbledore no pudo evitar considerar la posibilidad de acercarlas a Harry. Sería, sin duda, más efectivo que depender de Lockhart, como había planeado.

“¿Director?” preguntó Penélope, rompiendo el trance del anciano.

“Perdonen, uno se pierde en sus propios pensamientos con la edad” rio él, acariciando su barba plateada.

“¿Qué necesita, profesor Dumbledore?” preguntó Hermione.

“¿No puedo simplemente venir a ver cómo están?” respondió él, con tono ligero.

“¡No, no! Claro que sí” se apresuró Hermione, algo avergonzada. “Siempre es bienvenido.”

“Lo sé, lo sé” rió Dumbledore. “Aunque sospecho que los jóvenes no disfrutan demasiado de la compañía de un anciano como yo.” Luego, como si fuera una pregunta casual, añadió: “En realidad… quería saber si sabían algo de Red. Supongo que, siendo sus amigas, podrían saber más que los informes del profesor Kettleburn.”

Su tono era relajado, casi despreocupado. Sin embargo, observaba atentamente sus reacciones.

Sabía bien que ese alumno era cualquier cosa menos ordinario. Incluso lo había sorprendido en más de una ocasión. Por eso, su desaparición resultaba… inquietante.

Si alguien sabía algo, eran ellas.

Claro que también podría recurrir a “los Dragones de Albión”, pero prefería evitarlo. Esperaba una respuesta más sencilla. Algo que indicara que todo estaba bien.

“No, profesor… Red no nos ha contactado últimamente” respondió Daphne, midiendo cada palabra para no mencionar el sistema de [mensajes] que compartían.

“Creo que la última vez que supimos de él fue en San Valentín”, añadió Pansy, corrigiéndose rápidamente para no revelar que lo habían visto físicamente ese día.

“¿Están seguras? ¿Nada de nada?” insistió Dumbledore, su ceja alzándose apenas un milímetro. Si ni ellas sabían nada, la situación en la selva era más grave de lo que temía.

“¿Por qué lo pregunta, director?” intervino Parvati, ahora preocupada. “¿Pasó algo?”

Las demás intercambiaron miradas. Ya les había parecido extraño que la comunicación disminuyera en los últimos días. Habían asumido que era por la distancia —los mensajes solían llegar con retraso—, pero ahora la duda comenzaba a pesar.

También les había resultado raro el silencio de Hannah durante algunos días. Pensaron que era lo mismo.

Lo que no sabían era que Hannah había dejado de escribir por miedo a revelar más de lo debido. Tras lo ocurrido, no quería arruinar los planes de Red. Solo cuando él le indicó qué podía contar y qué no, retomó el contacto… aunque sus mensajes, al igual que los de él, se habían vuelto breves y cuidadosamente medidos.

“No, no… nada de eso. Solo quería saber cómo iban las cosas por Brasil; me han llegado rumores de que la situación allá se ha vuelto… complicada últimamente” explicó Dumbledore, suavizando la voz para restarle gravedad al asunto. “Ya saben que Red puede ser un joven algo impredecible, y solo quería asegurarme de que estuviera bien. Si alguien conoce sus andanzas, son ustedes. Considérenlo la simple preocupación de un viejo por sus alumnos. Si llegan a saber algo, por favor, háganmelo saber.”

El silencio que siguió fue tenso. Las chicas tenían órdenes estrictas de no revelar el sistema de comunicación, pero la mención de “problemas” sembró la semilla de la duda en las más jóvenes. Penélope, notando que el nerviosismo en sus rostros estaba a punto de traicionarlas, decidió dar un paso al frente antes de que el secreto se desmoronara colectivamente.

“En realidad… él se comunicó conmigo hace poco” soltó Penélope con una rapidez calculada.

Daphne captó la jugada al instante. No era un crimen ocultarle cosas al Director, pero quedar como mentirosas ante Albus Dumbledore era un error estratégico que no podían permitirse. Con una puntería actoral digna de una Slytherin, Daphne se giró hacia su compañera con un falso resentimiento.

“¿En serio, Penélope?” preguntó Daphne, fingiendo indignación. “¿Por qué no nos dijiste nada? ¿Ahora resulta que nos ocultas cosas?” Hizo un puchero perfecto, mirando de reojo a Hermione. “Se supone que Hermione es su novia, ¿por qué se pondría en contacto contigo primero?”

El resto del grupo, lejos de ser ingenuo, entendió la señal. En cuestión de segundos, la sala se convirtió en un nido de chismes, quejas y murmullos enfurruñados. Incluso Hermione, que detestaba mentirle al Director, se obligó a participar en la farsa, bajando la mirada con una mezcla de celos fingidos y vergüenza real.

Dumbledore, viéndose de pronto envuelto en una riña de adolescentes, levantó las manos en un gesto de paz. Por un momento, se preguntó cómo ese niño había logrado gestionar a un grupo tan volátil.

“Por favor, señoritas, calma” pidió el Director, centrando su atención en la mayor. “¿Podría decirme qué fue lo que escribió, señorita Clearwater?”

“Nada de gran importancia, profesor. De hecho, sus mensajes han sido exasperantemente cortos últimamente”, respondió Penélope con una sinceridad. Los mensajes realmente se habían vuelto crípticos y breves. “Solo decía: ‘Practiquen sus Patronus’.”

Las demás asintieron al unísono. No era un mensaje privado para Penélope, sino uno del chat grupal que todas compartían.

“¿El Encantamiento Patronus?” Dumbledore arqueó ambas cejas, genuinamente sorprendido. Era un mensaje tan escueto que no le permitía deducir si estaban a salvo en la selva o si alguien más estaba interceptando la comunicación. “¿Espera que dominen un Patronus a su edad, señorita Clearwater?”

“Todas nosotras, profesor” intervino Hermione, recuperando su voz académica. “Antes de irse, Red insistió en enseñarnos las bases del encantamiento. Nos dijo que debíamos dominarlo antes del próximo año, pase lo que pase.”

Aunque no era un secreto prohibido, la confidencialidad tácita del grupo lo había mantenido oculto hasta ese momento. Ahora, frente a la mirada inquisidora de Dumbledore, y con la presión del momento, algunas verdades comenzaban a filtrarse.

“Ese encantamiento es bastante avanzado para muchas de ustedes” comentó Dumbledore.

Parecía genuinamente sorprendido. No entendía del todo el motivo, aunque recordaba que, en los informes de Kettleburn, se mencionaba que Red poseía cierto talento para la profecía, reconocido por la profesora de Adivinación de allí. Tal vez aquella orden tuviera alguna relación con eso.

“Lo sabemos, pero él insiste en que lo dominemos” dijo Padma, encogiéndose de hombros con una mezcla de resignación y orgullo.

“Bueno, es una tarea ardua para su edad. Sería más propio de alguien como la señorita Clearwater, pero supongo que Red tiene sus razones” concluyó Dumbledore, preparándose para partir. “Aun así, son jóvenes muy sensatas; confío en que sabrán cuándo detenerse. No se sobreexijan, aún tienen toda una vida para aprender estas artes. No les quito más tiempo. Disfruten del día y no olviden que el partido de Quidditch se adelantó para esta tarde. ¡Suerte, señorita Chang!” Con una última sonrisa, se retiró del salón.

Con una última inclinación de cabeza, el Director abandonó la Guarida.

Cuando la puerta se cerró, las chicas soltaron un suspiro colectivo de alivio.

La presencia del director en aquel lugar —su lugar— las había puesto nerviosas. No solo estaban solas allí, sino que también llevaban a cabo actividades que, probablemente, los profesores desaprobarían. Como Dumbledore no había dicho nada, algunas pensaron que no había descubierto nada.

No sabían que él ya lo había visto… y oído todo.

Tras su partida, intentaron retomar la discusión, pero ya no fue lo mismo. Las preocupaciones pesaban demasiado: lo que estaba ocurriendo en Brasil, el silencio de Hannah, la incertidumbre sobre Red… y, en menor medida, el partido de quidditch de esa tarde.

El resto del día transcurrió con una extraña normalidad.

Algunas lograron distraerse —especialmente con el partido—, pero otras no podían apartar la mente de la investigación. Sabían que no podían hacer nada por lo que estuviera ocurriendo en Brasil más que esperar… pero al menos podían intentar resolver lo que sucedía en Hogwarts antes de su regreso.

Hermione era una de esas personas.

Durante el día, junto a las demás, había recopilado información, pero aún no la había procesado por completo. Las piezas estaban ahí… solo faltaba encajarlas.

Y entonces, de camino al estadio de quidditch, algo hizo clic. Sus ojos se iluminaron de repente. Sin decir una palabra, se detuvo, se giró sobre sus talones y salió corriendo de vuelta al castillo.

“¿Hermione?” alcanzó a decir una de las chicas, demasiado tarde.

Tal vez fue la emoción del momento. Tal vez el impulso de resolver aquella pista por sí sola. Pero se fue sin esperar a nadie.

Si su teoría era correcta, podría reducir drásticamente el número de sospechosos. Y para comprobarlo, necesitaba hablar con los alumnos restantes de Castelobruxo.

Sabía que no asistirían al partido. Desde los ataques, apenas salían de la sala común de Hufflepuff. Y ahora, con todo el mundo en el estadio, el castillo estaría prácticamente vacío. Además, conocía la forma de entrar. Susan y Hannah se la habían revelado tiempo atrás.

Hermione atravesó los pasillos desiertos a paso rápido… hasta que el silencio empezó a pesar.

Entonces dudó.

Quizás no era buena idea ir sola.

Quizás debía avisar a las demás.

Incluso llegó a pensar en enviar un [mensaje], dejando de lado cualquier gloria individual. También dudó si simplemente debía volver, dejarlo para después, y no perderse el partido que Cho estaría jugando.

Apretó los labios, indecisa.

Y en ese momento—

Una mano tocó su hombro.

“¡Ah!” gritó Hermione, girándose de golpe, con el corazón acelerado.

Al reconocer a la persona frente a ella, dejó escapar un suspiro.

“Oh… eres tú. Me asustaste.”

“¿Qué haces sola por los pasillos? No es seguro.”

“Lo sé…” respondió Hermione, recuperando el aliento. “Pero necesito encontrarme con los alumnos de Castelobruxo. Tengo que preguntarles algo… es importante.”

…

-En el Feudo-

“¿Dónde está Chiara?” le pregunté a Lottie mientras observaba a lo lejos cómo Astrid, con su llamativo cabello verdoso, dirigía la construcción del invernadero subterráneo.

“Chiara y Abigail están organizando a los hombres lobo…” respondió ella sin levantar la vista de su libreta en la cual seguía anotando sin parar. “¡Por cierto! Poppy me…”

El resto de sus palabras se ahogó en un vacío. Un dolor agudo y ominoso me perforó el pecho, obligándome a encogerme. Fue un parpadeo. Cuando Lottie finalmente alzó la vista, solo encontró el aire donde yo acababa de estar.

“¿Red…?”

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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