Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 426
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Capítulo 426: 423) Hermione: Rescate y Decisión
El clon que había dejado en Hogwarts, uno de los pocos restantes tras mi debilitamiento voluntario, fue el primero en reaccionar. Había permanecido en un estado de hibernación absoluta, inerte en los rincones de la Guarida, hasta ese preciso instante.
Despertó.
El sello recién impuesto que contenía mi poder se fracturó.
Mi clon atravesó puertas y pasillos a toda velocidad, mientras su aterradora aura recorrió el castillo durante un breve segundo, desplazándose hacia un punto concreto. Fue algo fugaz, tan sutil que muchos lo confundirían con un simple escalofrío.
Pero hubo quienes no se dejaron engañar por la brevedad.
En su oficina, Albus Dumbledore se puso en pie de un salto. El impacto fue seco y desapareció tan rápido como llegó, pero dejó un rastro de alarma en sus sentidos. Creyendo que Tom Riddle había perdido finalmente la paciencia y estaba actuando con un desenfreno suicida, Albus no perdió un segundo. Llamó a Fawkes y desapareció en un estallido de llamas, dispuesto a interceptar lo que fuera que estuviera ocurriendo antes de que el plan se le escapara de las manos.
Por otro lado, el Heredero y su serpiente milenaria estaban sumidos en la confusión. Hasta ese momento, las petrificaciones habían sido una decisión táctica; necesitaban sembrar el miedo gradualmente para cerrar la escuela y operar con libertad. Pero la paciencia se había agotado y Hermione Granger iba a ser su primera víctima mortal, el sacrificio que marcaría el inicio del terror real.
Sin embargo… ella tampoco murió.
La niña, que estaba destinada a repetir el trágico final de Myrtle medio siglo después, yacía ahora fría y dura como el granito, con sus ojos fijos que mostraban sutiles grietas cristalinas. Pero el Heredero no tuvo tiempo de analizar el fallo. El aura mortal los alcanzó de lleno. El Basilisco, poseedor de un instinto ancestral muy superior al humano, sintió un terror tan abyecto que sus músculos casi colapsaron. Aquello que se aproximaba superaba en esencia a su propio creador. Sin esperar órdenes de su amo, la gran serpiente huyó hacia las sombras de las tuberías, buscando el refugio de piedra de su guarida.
Riddle no se molestó en reprenderla. Convencido de que esa presión asfixiante era el preludio de un Dumbledore decidido a cazarlo de una vez por todas, él también se desvaneció en la oscuridad, dejando atrás a su presa.
Ambos bandos, convencidos de que el otro era la fuente de aquel poder, se movieron en consecuencia. Esto permitió que el verdadero “monstruo”, el origen de esa presencia letal, llegara frente a Hermione.
El clon contempló la estatua de la niña durante un breve instante antes de que ambos desaparecieran del lugar, como si nunca hubieran existido.
Segundos después, Dumbledore emergió de una llamarada dorada… para encontrar el vacío.
No relajó la guardia. Varita en mano, lanzó una red de hechizos de rastreo de alto nivel, buscando ecos de magia oscura, rastros de calor o firmas de alma. El resultado fue un nulo absoluto. No había rastro de lucha, ni de personas, ni siquiera el residuo térmico de un hechizo. Era como si la realidad misma hubiera sido lavada en ese pasillo. Gilderoy Lockhart, quien merodeaba cerca para ser el “sacrificio” planeado por Albus, estaba ileso y tan ajeno a la realidad como siempre.
Dumbledore se quedó allí, solo en el silencio sepulcral del castillo, dudando por primera vez si su edad le estaba jugando una mala pasada o si todo había sido una ilusión. Pero no había nada. Ni Riddle, ni víctima, ni rastro de lucha. Por precaución, incluso vigiló a Tom en secreto durante las horas siguientes, pero el fragmento de alma parecía haber entrado en un estado de repliegue total, como si intentara pasar desapercibido ante un depredador superior.
El plan de usar a Lockhart se había arruinado. Dumbledore no lo sabía, pero Riddle no se atrevería a mover un pie en mucho tiempo, creyendo que el Director finalmente le había mostrado los dientes. Ambos estrategas vieron sus planes colapsar, culpándose mutuamente, mientras el verdadero responsable del caos permanecía oculto.
…
En lo más profundo de la Sala de los Menesteres, se había materializado una estancia de elegancia antigua. En el centro, una imponente cama con edredones en azul y plata —al más puro estilo Ravenclaw— armonizaba con el resto de la decoración clásica. Sobre ella, Hermione yacía en silencio.
Me acerqué a observarla. Su expresión estaba congelada; no llegaba a ser terror puro, gracias a la fulminante velocidad con la que todo había ocurrido. Podía sentir su pulso latente bajo la superficie pétrea, una chispa de vida atrapada en una prisión.
Me acerqué a observarla. Su expresión estaba congelada en el tiempo; no llegaba a ser terror puro, gracias a la fulminante velocidad con la que todo había ocurrido. Podía sentir su pulso latente bajo la superficie pétrea, una chispa de vida atrapada en una prisión de granito.
Con cuidado, acerqué mis manos a su rostro. Mis dedos recorrieron sus ojos para retirar los fragmentos de cristal multicolor, ahora fracturados y ligeramente calcinados. Eran los restos de los lentes de contacto que les había obligado a usar. Habían cumplido su función, aunque su imperfección era evidente; ahora sería capaz de mejorarlos mucho más si quisiera.
Una vez limpia de esquirlas, extraje un objeto singular de mis recientes aventuras: una larga aguja dorada. Tras contemplarla un instante, la hundí en la piel petrificada de Hermione, que cedió sin resistencia ante el metal encantado. Entonces… esperé.
Pasaron los segundos. Como si un mecanismo oxidado volviera a recibir aceite o un cuerpo inerte recuperara el aliento, Hermione comenzó a cambiar. El proceso no fue instantáneo, pero sí constante. Vi cómo sus dedos recuperaban la flexibilidad y cómo, de pronto, sus pulmones succionaban aire en un espasmo repentino. Tras el movimiento, llegó la palidez absoluta del miedo y la confusión.
Sus ojos enfocaron los míos. No sé si logró procesar la secuencia de los hechos, pero no necesitó lógica para lanzarse a mis brazos. Se aferró a mí sollozando, buscando en mi pecho un escudo contra el horror que acababa de presenciar.
“Tranquila, ya todo está bien2 susurré, rodeándola con mis brazos y acariciando su espalda con ritmo pausado.
La dejé llorar. Necesitaba ese desahogo. Hermione había mirado a la muerte a los ojos y se había salvado por el más delgado de los milagros: una protección ocular experimental. Ella era demasiado inteligente para no comprender lo cerca que había estado de desaparecer. Si no hubiera borrado sus recuerdos de las arañas, quizás el shock habría sido menor, pero la había dejado desarmada ante el verdadero peligro, sintiendo el abismo bajo sus pies por primera vez.
“R-Red…” tartamudeó entre sollozos, recuperando un ápice de compostura pero sin dejar de temblar. “El her-heredero… él…”
“Lo sé” la interrumpí con calma, besando la coronilla de su cabeza.
Ella levantó la mirada. Sus ojos estaban inyectados en sangre por el llanto y sus labios aún vibraban. Al encontrarse con mi mirada, solo halló una serenidad absoluta, una calma contagiosa que parecía decirle que no quedaba nada que temer en este mundo.
“Deja de pensar en eso. Resolveremos el asunto del Heredero muy pronto. Ahora solo descansa. Tengo chocolate…” intenté relajarla. Podría haber usado [Calma], pero decidí no hacerlo. En parte porque mis poderes se habían sellado de nuevo tras rescatarla, y en parte porque no quería arrebatarle por segunda vez una experiencia traumática que, a la larga, forjaría su carácter y su valor.
“No quiero chocolate…” murmuró, aunque en otras circunstancias habría aceptado. Se aferró con más fuerza a mi túnica y tras un tiempo, tirando de mí. “Yo… quiero…”
No terminó la frase. Simplemente hundió el rostro en mi cuello, temblando con una intensidad renovada.
“¿Qué quieres, Hermione?” pregunté con ternura, notando el peso de lo que no se atrevía a nombrar.
“Yo… quiero… eso”, susurró, acercándose más, buscando mi calor.
Me quedé inmóvil un instante. Su vulnerabilidad y el trauma del momento podrían haberme hecho dudar de sus intenciones, pero mi instinto me decía lo contrario. He conocido a muchas mujeres en situaciones límite, y esa incapacidad para sostener la mirada tras una petición así era la señal definitiva. Aun así, decidí dudar.
“¿Estás hablando de…?” pregunté, dejando que el peso de la duda flotara en el aire.
“Sí…” susurró ella contra mi pecho, todavía tensa por el terror residual. “Lo que tú… lo que querías en la enfermería” se obligó a decir antes de aferrarse a mí con una fuerza renovada.
“¿De verdad quieres esto? ¿No habías dicho que no estabas lista?” No pude evitar cuestionarla. Todo había sucedido demasiado rápido y su estado emocional me hacía dudar de si era una decisión racional. No es que yo no la deseara, pero…
“¿Es que tú no quieres?” preguntó ella, empezando a temblar de nuevo.
“No es que no quiera, Hermione. Claro que quiero… pero, ¿por qué aceptarías precisamente ahora?” pregunté con un escepticismo cargado de preocupación.
“Porque… tengo miedo” admitió, y las lágrimas volvieron a brotar con fuerza. “¡Pensé que iba a morir! Sentí que todo se acababa…”
“Tranquila, estoy aquí. No dejaré que nada te pase” le aseguré con solemnidad mientras la envolvía en mis brazos.
“Pero, ¿y si pasa?” replicó ella entre sollozos. “Pensé que si moría hoy… todo se terminaría. No más mamá, ni papá, ni Hogwarts… ni tú. No más Hermione. Y no quiero que termine así, todavía no hemos hecho nada. Yo… quiero vivir esto. Quiero que, si vuelvo a estar en una situación así, no pueda arrepentirme de lo que dejé pasar.” Dijo en un estado contemplativo, ignorándome y atrapada en sus propias divagaciones.
“¿Eres consciente de lo que estás pidiendo?” pregunté, aunque mi resistencia empezaba a desmoronarse.
“Quiero hacerlo”, sentenció, secándose las lágrimas con determinación. “Así, pase lo que pase… habremos consumado lo nuestro. No quiero irme de este mundo sin haber vivido esto… en nuestra relación. Dejarte solo y… Por favor, no me digas que no ahora.”
“¿Segura? ¿Totalmente segura?” pregunté por última vez. Me resultaba casi imposible rechazarla, pero sabía que si no la detenía en ese instante, ya no habría vuelta atrás.
“Sí… estoy lista” murmuró con la voz apenas perceptible, mientras su palidez se transformaba en un sonrojo encendido.
Sin perder un segundo, me separé lo justo para capturar sus labios en un beso profundo y hambriento. Mi lengua invadió su boca mientras nuestros labios se sellaban. Hermione se tensó; su corazón, que antes galopaba por el miedo a la muerte, ahora lo hacía por el vértigo hacia lo desconocido que ella misma había sugerido. Respondió torpemente, todavía entorpecida por la falta de experiencia, pero entregándose por completo a la sensación.
Mis manos comenzaron a recorrer su silueta mientras la guiaba hacia el centro de la gran cama. La recosté con suavidad, posicionándome sobre ella sin romper el contacto de nuestros labios, robándole el aliento en un beso que parecía no tener fin.
“¿Me dejas desvestirte?” pregunté, aunque mis manos ya trabajaban con destreza sobre su túnica.
Hermione, abrumada por el calor, la falta de aire y la adrenalina, solo pudo emitir un pequeño sonido de asentimiento. Para cuando logró recuperar la compostura, su ropa había desaparecido casi en su totalidad y mis manos ya estaban quitándole las bragas, dejándola expuesta bajo la suave luz de la habitación. Sus manos volaron instintivamente a cubrirse en un gesto de pánico y modestia.
“Sabes que cubrirte ahora es inútil, Hermione”, le dije con una sonrisa tierna. “Además, eres hermosa… mi novia perfecta.”
Ella se puso roja hasta la raíz del cabello. Intentó retirar sus manos, pero su cuerpo se tensaba al ser consciente de que mis ojos recorrían esos lugares que siempre le enseñaron a ocultar. A pesar de haber sido ella la proponente, el corazón le martilleaba en la garganta.
“¿No podemos… hacerlo con la luz apagada?” preguntó con un hilo de voz, recordando eso de sus padres.
“No. Quiero verte” sentencié con una dominancia suave antes de besarla de nuevo. “Eres tan linda que prefiero que me odies a perderme un solo detalle de ti ahora mismo.”
La besé con tal intensidad que sus dudas se disolvieron en el calor del momento. Mientras nuestras lenguas se entrelazaban, me despojé de mi propia ropa en un parpadeo. Hermione, cuya experiencia cercana a la muerte la había llevado a querer dejar un recuerdo inborrable en nuestra relación, ahora tenía que enfrentar lo que había provocado.
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