Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 428

  1. Inicio
  2. Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo
  3. Capítulo 428 - Capítulo 428: 425) Yendo a causar problemas al M...
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 428: 425) Yendo a causar problemas al M…

Caminé por las calles de Londres oculto bajo el peso de una pesada capucha, aproximandome a la cabina telefónica que servía de entrada al Ministerio de Magia.

Lo que estaba a punto de ejecutar era problemático, una maniobra de alto riesgo, pero un paso inevitable para que mis planes siguieran su curso. En otras circunstancias, con todo mi poder, no habría sido difícil. Pero ahora… limitado, con apenas unos pocos clones operativos —todos ocupados en tareas críticas—, mi margen de acción era reducido. Incluso el clon que estaba Hannah tuvo que ser usado aqui, dejandola sola.

Mientras Castelobruxo lidiaba con la “desaparición” de sus alumnos y Hogwarts se sumía en el caos por el fracaso de los planes de Dumbledore, yo me disponía a traer mas problemas.

Marqué el código 62442 con dedos firmes. Una voz femenina, brotó del receptor solicitando mi nombre y el motivo de mi visita.

“Red Weasley. Vengo a buscar justicia” respondí. Mi voz sonó seca, carente de cualquier matiz de duda.

No hubo réplica humana; sospechaba que el sistema no era más que un encantamiento pregrabado de respuesta automática. Tras un breve silencio, el aparato dispensó una pequeña placa metálica de identificación. La tomé, y la cabina comenzó su descenso hacia las profundidades del Londres mágico.

Al entrar en el Atrio, me dirigí directamente a la recepción, siguiendo el protocolo. Tras la ventanilla, una mujer me observaba; a los lados, dos guardias —simple personal de seguridad, no Aurores— vigilaban el flujo de visitantes. Ver aquel lugar me provocó un suspiro involuntario. Los recuerdos de mi tiempo trabajando allí junto a Tonks se sintieron, a la vez, como si hubieran ocurrido ayer y hace una vida entera.

Me acerqué al mostrador y, antes de que mediaran palabra, deposité mi varita de Jarjacha en la bandeja de inspección.

“Buenos días…” dijo la recepcionista, entrecerrando los ojos ante mi figura encapuchada.

“Buenos días. Proceda, por favor; tengo prisa” repliqué con una impaciencia cuidadosamente fingida.

Mi aspecto era, por diseño, sospechoso. La capa ocultaba mis rasgos, pero mi altura y el tono de mi voz dejaban entrever que tras la tela se escondía alguien joven. La mujer consultó la lista de visitantes donde mi respuesta al teléfono se había materializado por arte de magia. Sus ojos se abrieron de par en par al leer el nombre.

“¿Red Weasley? ¿El hijo de Arthur?” preguntó, la sospecha transformándose en pura sorpresa.

“El mismo” dije, permitiendo que un mechón de cabello pelirrojo asomara bajo el borde de la capucha.

No me preocupaba que mi padre se enterara de mi presencia; de hecho, era parte del ruido que quería generar. Había elegido este momento sabiendo que él estaría fuera del edificio, aunque no por mucho tiempo.

“¿No deberías estar en clase, muchacho?” La vigilancia en su tono disminuyó, reemplazada por una especie de curiosidad protectora. Arthur no era el hombre más poderoso del Ministerio, pero su amabilidad le había ganado simpatías en varios departamentos.

“Debería” respondí con una frialdad cortante.

“¿Te has escapado?”insistió, incapaz de contenerse. “¿Ha pasado algo? Ese motivo de visita…” Miró la lista nuevamente con consternacion “¿necesitas que localicemos a tu padre?”

“No será necesario. Yo me encargo de mis asuntos… Limítese a hacer su trabajo” sentencié. Aunque apreciaba su preocupación, por lo menos parecia una buena persona.

LLa mujer frunció el labio, claramente incómoda con mi actitud. Sentía que algo estaba pasando en secreto, pero la burocracia exigía continuar. Fue entonces cuando surgió el primer obstáculo real.

Al posar sus ojos sobre mi varita, una sensación de vértigo absoluto invadió a la recepcionista. Un susurro perverso, como el siseo de una criatura hambrienta, pareció llenar sus oídos, nublando su juicio por un instante.

La mujer retrocedió de golpe, tropezando con su propia silla. Su mano voló hacia un botón de pánico oculto bajo el mostrador mientras desenfundaba su varita con dedos temblorosos.

“¡Objeto maldito!” gritó, su voz quebrándose por el pánico. “¡Código de contención en recepción!”

Los guardias, cuya lentitud delataba una preocupante incompetencia, reaccionaron a trompicones. Me rodearon con las varitas en alto, apuntándome con una puntería errática que delataba su nerviosismo.

“¡Suelte la varita y levante las manos!” ordenó uno de ellos, su voz subiendo una octava por los nervios.

“No tengo la varita en las manos…” repliqué, lanzándole una mirada de absoluto desprecio mientras elevaba las palmas apenas unos centímetros en un gesto cargado de sarcasmo.

La recepcionista lanzó una mirada de incredulidad a su propio guardia; el hombre parecía estar en su primer día de servicio, a pesar de llevar meses en el puesto. Era la prueba viviente de lo poco acostumbrado que estaba el Ministerio a enfrentar amenazas reales en su propia casa.

“No es un objeto maldito” le dije a la mujer, manteniendo un tono gélido. “Es simplemente mi varita.”

“Esa cosa emana un aura maligna que perturba la mente” rebatió ella, empezando a recuperar su confianza. “Es un artefacto oscuro. El Departamento de Seguridad Mágica debe confiscarlo de inmediato. Supongo que por eso estás aquí, muchacho…” afirmó suponiendo que era un niño viniendo a entregar un objeto peligroso a las autoridades.

“Se equivoca. Solo es una varita con mal carácter” respondí, extendiendo un dedo para darle un pequeño y audaz golpecito a la madera.

Mi movimiento repentino fue la chispa en el polvorín. El guardia, presa del pánico, disparó un sin previo aviso. Con un movimiento fluido de mi torso, esquivé el rayo de luz roja, dejando que se estrellara inútilmente contra el suelo.

El ataque electrizó el ambiente. La conmoción atrajo las miradas de todos los presentes en el Atrio, deteniendo el flujo constante de magos y brujas. En medio del silencio tenso que siguió, un Auror de paso se detuvo y se abrió paso entre la multitud con una autoridad natural.

“¿Qué significa esto?” La voz profunda de Kingsley Shacklebolt resonó en el vestíbulo. “¿Por qué has atacado a un civil, y mucho menos a un niño?”

“Yo… él…” balbuceó el guardia, palideciendo ante la imponente figura de Kingsley.

En ese momento, el anonimato ya cumplio su papel y era hora de mostrarse. Con un movimiento seco, retiré mi capucha. Mi cabello, de un rojo tan intenso que parecía sangre, quedó al descubierto. haciendome muy reconocible.

“¿El hijo de Arthur?” preguntó Kingsley, con una mezcla de sorpresa y reconocimiento.

“Sí, es su hijo, Red. Él trajo una…” La recepcionista desvió la mirada hacia la bandeja de inspección, pero las palabras se le murieron en la garganta.

El susurro fantasmal que le había taladrado los oídos se había esfumado. La varita de Jarjacha yacía ahora sobre el metal como un simple trozo de madera inerte, carente de aquella aura perversa que casi la hace pulsar el botón de pánico.

“¿Por qué has atacado a un mago menor de edad?” insistió Kingsley, dirigiendo una mirada severa al guardia al ver que la recepcionista se había quedado sin habla.

“Él… hizo un movimiento brusco” balbuceó el guardia. Sabía que su reacción había sido precipitada y, ante los ojos de un Auror de la talla de Shacklebolt, su excusa sonaba patética.

“¿Lo atacaste solo porque se movió?” La irritación en la voz del mago era palpable.

“¡Trajo un objeto maldito!” intervino el otro guardia, intentando salvar a su compañero del escrutinio de Kingsley.

“¿Qué objeto maldito?” preguntó Kingsley, endureciendo el gesto.

Todas las miradas convergieron en la bandeja. Con una parsimonia deliberada, tomé la varita. Ya no irradiaba malicia porque le había ordenado contenerse; por supuesto, la Jarjacha me cobraría el favor más tarde, exigiendo actos de una naturaleza mucho más oscura, pero eso era para el futuro.

“Esta es una varita con núcleo de Jarjacha, adquirida en Brasil” expliqué con una calma que desentonaba con la tensión del Atrio. “Técnicamente, podría considerarse un objeto maldito bajo ciertos estándares ministeriales, pero solo representa un peligro para quien no sabe portarla. Si tienen curiosidad, busquen en los registros de “Varitas Célebres de América”; les aseguro que es bastante famosa. No me pareció correcto ocultarla, así que la presenté tal cual es para evitar malentendidos. Ahora, ¿podemos proseguir? Hay una fila entera de personas esperando para entrar.”

Señalé con la barbilla a la multitud que empezaba a agolparse tras de mí, observando el espectáculo con una mezcla de morbo y fastidio. La recepcionista y los guardias miraron a Kingsley. Aunque no era su departamento, su prestigio como Auror era incuestionable, y todos prefirieron delegar la decisión en él antes de que el incidente escalara a oídos de los superiores.

“Yo me encargaré de realizar las comprobaciones pertinentes” sentenció Kingsley de inmediato. Consideraba a Arthur un amigo cercano y un aliado leal en la Orden del Fénix, y no iba a permitir que su hijo terminara en una celda de detención por la ineptitud de unos guardias de recepción.

Sin dudarlo, le entregué la varita. Kingsley realizó una inspección rápida, moviendo el objeto con la destreza de un experto. A pesar de mis órdenes, la esencia de Jarjacha no estaba totalmente suprimida; Kingsley debió sentir ese rastro de malignidad visceral propia de las criaturas más oscuras del Amazonas. me pidió que repitiera la situación anterior y así lo hice, dejandolo visiblemente impresionado. La oscuridad que emanaba de aquella madera, unida a una vibración de poder crudo y salvaje, era algo que rara vez se veía en los pasillos del Ministerio británico.

“Esta varita debería ser remitida de inmediato al Departamento de Artefactos Peligrosos para su estudio” sentenció Kingsley, impulsado por un instinto protector que rozaba la desconfianza profesional.

“Dudo que eso sea posible” repliqué con una calma . “Si investigan un poco más, lo entenderán: esta varita no abandona a su dueño sin buscar a otros. Además, no tengo intención de entregarla. Es valiosa, es mía y la necesito. Por muy siniestra que parezca, no deja de ser solo una herramienta fabricada con materiales de criaturas oscuras; no es la primera en su clase, ni será la última.”

Mis palabras sonaron razonables, al menos para los curiosos que presenciaban la escena. Kingsley frunció el ceño, atrapado en un dilema legal y personal. El Ministerio no podía confiscar la varita de un joven mago sin una causa penal abierta, y aunque las leyes sobre artefactos oscuros eran severas, aplicarlas contra el hijo de un colega —especialmente tras el escándalo del coche volador de Ron— dañaría irremediablemente la reputación de Arthur. Incluso solo esta breve escena y la idea de que yo portaba un artefacto maligno ya traería problemas. Kingsley quería cerrar este incidente cuanto antes.

Se procedió a la comprobación final mediante el encantamiento . El resultado fue una bruma errática. Solo usaba las varitas de jarjachas para magias de un nivel que la mayoría de los presentes no alcanzarían en diez vidas; sin el flujo de poder adecuado de su portador, la varita no podria revelar su historial adecuadamente. Lo que brotó de su punta fueron destellos amorfos y magias dispersas, dando la impresión de ser un objeto caprichoso que ni siquiera había logrado canalizar un hechizo correctamente.

Kingsley soltó un suspiro de alivio. Al no detectar maldiciones evidentes ni rastros de magia negra común, no hubo ningun escandalor y dio el asunto por zanjado.

“Todo en orden” anunció, devolviéndome la varita con un asentimiento hacia la recepcionista. Luego, se volvió hacia mí. “Te escoltaré hasta la oficina de tu padre. Arthur está fuera en una investigación, pero no tardará en volver.”

“No es necesario” respondí, guardando a Jarjacha en mi túnica. “No he venido a buscarlo a él. Solo voy hacia la fuente.”

“Te acompañaré de todos modos. De paso, podrás contarme qué tal marchan las cosas en Hogwarts y, sobre todo, por qué no estás allí. No creo que a tus profesores o al jefe de tu casa les haga gracia saber que has decidido darte un paseo por Londres” comentó con un tono amigable, casi bromista, mientras me hacía una seña para que lo siguiera.

Caminé a su lado, permitiendo que su presencia me abriera paso entre la multitud. Durante el trayecto, Kingsley no dejó de hablar, lanzando preguntas sutiles con la destreza de un Auror experto que intenta extraer información sin parecer inquisitivo. Por dentro, no pude evitar una sonrisa amarga; su vasta experiencia todavía estaba a lejos de la mía. Él jugaba al gato y al ratón con un niño, sin sospechar que el niño ya conocía todos los rincones del laberinto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Acerca de
  • Inicio
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo