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Harry Potter: Red Weasley El Extraño Mago Rojo - Capítulo 429

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Capítulo 429: 426) Yo, Red Weasley…

Llegamos a la Fuente de los Hermanos Mágicos. Contemplé la estructura de oro con una indiferencia absoluta. Ya la había visto varias veces. No solo me resultaba visualmente pretenciosa, sino que, tras haber engendrado hijas de razas no humanas, aquella imagen representativa de la “benevolencia” del mago sobre el centauro, el elfo domestico y el duende me parecía un monumento a la arrogancia inmerecida.

“Deslumbrante, ¿verdad?” comentó Kingsley, malinterpretando mi silencio como asombro infantil. “Es oro real, pero está encantado. Nadie podría robarlo ni aunque se lo propusiera.”

Se rio, convencido de que estaba ante un niño maravillado por la opulencia del Ministerio. No tenía idea de que, para mí, ese oro no era más que chatarra encantada en comparación con las cosas que obtendria luego de todo esto.

Ignorando las plabras de Kingsley, me subí al bordillo de la fuente. Desde aquella posición elevada, mi figura dominaba el Atrio, permitiéndome observar la marea de magos que se detuvo en seco al notar mi insolencia. Apoyé la punta de mi varita contra mi garganta.

“¡Eh, Red! ¿Qué haces? Baja de ahí ahora mismo, está prohibido…” la voz de Kingsley, cargada de una preocupación genuina.

“¡Escuchad!” rugí. Un encantamiento Sonorus amplificado por la naturaleza salvaje de mi varita retumbó en cada rincón del Ministerio, vibrando en los cristales y deteniendo el corazón de los presentes.

“¡Red!” Kingsley se sobresaltó, dando un paso al frente. No tenía idea de la magnitud del incendio que yo estaba a punto de provocar.

“¿Quién es ese muchacho?”

“¿Qué hace un niño ahí arriba?”

“¿Dónde está la seguridad?”

Los murmullos de los burócratas y visitantes se elevaron como un enjambre de avispas. Indiferencia, desprecio, curiosidad… mil emociones puestas sobre mí. Kingsley, temiendo que la situación escalara a un arresto violento, intentó sujetarme por las piernas para bajarme de la fuente, pero lo esquivé con la fluidez de un espectro. No podía permitir que me detuviera antes de soltar el golpe de gracia.

“¡Yo, Red Weasley, de la casa Weasley, desafío a duelo de magos a Lucius Malfoy, de la casa Malfoy, por las graves ofensas cometidas contra mi familia!” grité, mientras dejaba caer un pergamino sellado que impactó contra el suelo de mármol con un eco seco.

El silencio que siguió fue absoluto. La incredulidad se pintó en los rostros de los altos cargos que observaban desde los balcones superiores.

“¡¿Pero qué demonios estás haciendo?!” exclamó Kingsley, en completo estado de shock.

El Auror de piel oscura, viendo lo grave que estaba sucediendo, desenfundó su varita con una velocidad asombrosa para inmovilizarme. Pero yo fui más rápido. Antes de que pudiera pronunciar una sílaba, un destello rojo brotó de mi varita. Fue un Expelliarmus tan veloz que interceptó su varita en el aire, enviándola a volar varios metros lejos de su dueño.

Fue un movimiento de una perfección aterradora. Los pocos expertos en duelos que presenciaban la escena se quedaron mudos; lo que acababa de hacer aquel niño era el gesto técnico de un experto con mucha experiencia.

“¡Que quede constancia de mi desafío!” continué, proyectando una dignidad y una autoridad impropias de mis edad. “Que nadie ose decir que un Weasley carece de la nobleza para defender su sangre. Desafío a la cabeza de la familia Malfoy. Volveré en dos días para acordar los términos… o moriré en el intento. Corred la voz: que mi enemigo conserve algo de honor y dé la cara.”

Kingsley ya se lanzaba sobre mí y varios miembros de la seguridad mágica corrían desde los ascensores. Era el momento de la salida.

Dejé caer una semilla de mi bolsillo y, con un susurro apenas audible, las raíces y arbustos brotaron del mármol en un estallido de naturaleza violenta. Una explosión de hojas secas envolvió la fuente, creando una cortina de humo orgánica que cegó a los perseguidores. Cuando el aire se despejó, no quedaba ni rastro de mí.

Para ellos, fue una huida impresionante. Para mí, simplemente fue el momento de disolver el clon, dejando al Ministerio sumido en un caos que tardarían días en procesar.

El Atrio estalló en un clamor ensordecedor. Los murmullos se transformaron en gritos de indignación y asombro que rebotaban en las paredes de azulejos negros. La conmoción fue tal que el mismísimo Cornelius Fudge emergió de los ascensores dorados, con su bombín en la mano y una expresión de furia mal contenida, seguido por una comitiva de secretarios y jefes de departamento que intentaban asimilar el caos.

“¡¿Se puede saber qué demonios está ocurriendo aquí?!” rugió Fudge, su voz temblando entre la autoridad y la frustración.

Kingsley Shacklebolt permanecía inmóvil, todavía asimilando el vacío que había dejado Red tras su huida. La desesperación empezó a corroerlo; no podía creer que el hijo de Arthur hubiera orquestado una escena de tal magnitud. Esto era un desastre absoluto para su padre, quien ya caminaba sobre la cuerda floja tras el incidente del coche volador. Kingsley sabía que debía contactar con Arthur de inmediato antes de que la narrativa se le escapara de las manos, pero el daño ya estaba hecho. Un rencor entre los Weasley y los Malfoy era moneda corriente, pero un desafío formal, gritado a los cuatro vientos en el corazón del gobierno… eso era una declaración de guerra.

El silencio volvió a caer sobre el Atrio, pero esta vez fue un silencio pesado. Un oficial del Ministerio recogió el pergamino que Red había dejado caer y, tras leer las primeras líneas, palideció. El documento pasó de mano en mano hasta llegar a las autoridades.

“Kingsley, me dicen que has traído a un muchacho que estaba profiriendo insultos contra la familia Malfoy” cuestionó Fudge, acercándose al Auror con los ojos entrecerrados. “Explícate.”

“Señor Ministro… yo…” Kingsley buscó las palabras adecuadas, intentando minimizar el acto para proteger a la familia Weasley, pero su mente entrenada de Auror no encontraba una salida elegante a semejante despliegue de rebeldía.

“Ministro, esto es mucho más que un berrinche” intervino uno de los jefes de departamento, extendiendo el pergamino con manos temblorosas. “Es un desafío formal de duelo a la Casa Malfoy. Y el firmante es uno de los hijos menores de Arthur Weasley: Red Weasley.”

“¿Un desafío?” Fudge parpadeó, incrédulo. Luego, su rostro pasó del desconcierto a un rojo violáceo. “¡¿Quién se cree que es ese mocoso?! ¡Esto es el Ministerio de Magia, no un patio de recreo para que los niños vengan a patalear! ¿Acaso Arthur Weasley no tiene el más mínimo control sobre su prole? Primero, uno de sus hijos pone en riesgo el Estatuto Internacional del Secreto con un coche encantado, y ahora este… este delincuente juvenil causa un motín e insulta a un ciudadano tan distinguido y generoso como Lucius Malfoy.”

Fudge escupió las palabras con un veneno mal disimulado. Vio en este incidente la oportunidad perfecta para reafirmar su autoridad y quedar bien con sus benefactores.

“¡Qué clase de padre permite semejante salvajismo!” continuó el Ministro, alzando la voz para que todos los presentes lo escucharan. “Creo que va siendo hora de realizar una investigación exhaustiva sobre Arthur; quizás alguien que cría a tales insurrectos no sea apto para trabajar en una institución tan respetable como esta.”

No perdió la oportunidad de disparar hacia su otro gran objetivo: Hogwarts.

“¿Y qué está haciendo Dumbledore mientras tanto?” soltó Fudge con una sonrisa ácida. “¿Sus estudiantes escapan del colegio para causar revueltas políticas y él ni siquiera se entera? ¿O es que esto ha sido instigado por él para entorpecer el trabajo de los nobles y humildes servidores de este Ministerio que se esfuerzan día tras día por la estabilidad del mundo mágico? Pues no lo permitiré. Este es el centro de nuestra comunidad, y ningún niño vendrá con sus delirios de grandeza a insultar nuestra integridad…”

“Ministro…” lo interrumpió el secretario, cuya voz, aunque baja, portaba una seriedad que cortó el aire. Le tendió el pergamino con manos que no ocultaban un ligero temblor. “Esto no es un berrinche infantil.”

Fudge le lanzó una mirada cargada de reproche. Odiaba ser interrumpido, especialmente cuando sentía que tenía a la multitud en la palma de su mano, bebiendo de su retórica. Estuvo a punto de estallar contra el subordinado para no empañar la imagen de líder firme que acababa de proyectar, pero la expresión de pánico contenido en el rostro del secretario lo detuvo.

Sin perder un segundo, y para evitar que el rencor del Ministro se sellara sobre él, el secretario desplegó el pergamino frente a sus ojos.

Fudge abrió la boca, listo para retomar su discurso y descartar cualquier tecnicismo; no le importaba la naturaleza del papel, solo su utilidad política para hundir a Arthur. Sin embargo, a medida que sus ojos recorrían la caligrafía prolija, los sellos de cera roja y las marcas rúnicas que orlaban los márgenes, sus movimientos se volvieron lentos, casi mecánicos. El color empezó a drenar de su rostro.

Otros funcionarios que rodeaban al Ministro estiraron el cuello para leer, y las expresiones de asombro se propagaron como un incendio forestal. Finalmente, alguien no pudo contener el grito.

“¡Es una declaración de duelo formal entre Casas!”

“¡Lleva el sello heráldico de la Casa Weasley!”

“¡Está redactado según el protocolo antiguo de desafíos de sangre!”

Las exclamaciones golpearon a la multitud como ráfagas de viento. La incredulidad dio paso a un murmullo eléctrico. Kingsley Shacklebolt, olvidando por completo el protocolo y su posición subordinada, dio un paso al frente y le arrebató el pergamino de las manos al Ministro para leerlo por sí mismo.

“¡Kingsley!” bramó Fudge, recuperando parte de su indignación, pero el Auror no le prestó la menor atención.

Sus manos, grandes y firmes, temblaban ahora mientras sus ojos devoraban el texto. El ambiente en el Atrio cambió drásticamente; la atmósfera de “escándalo escolar” se evaporó, reemplazada por la gravedad de una ley que precedía al propio Ministerio. Los trabajadores más veteranos se enderezaron, comprendiendo que lo que acababa de ocurrir no era una infracción de las normas del colegio, sino la activación de un código de honor que ni siquiera el Ministro podía ignorar.

“¡Cálmense todos!” exclamó Fudge, agitando las manos en un intento desesperado por retomar el control de una narrativa que se le escapaba entre los dedos. “Esto no es más que el burdo intento de un niño por llamar la atención. No hay nada impresionante en un pedazo de papel.”

Mientras hablaba, empleados de otros departamentos seguían convergiendo en el Atrio, atraídos por el eco del desafío. El asombro se propagaba como una onda de choque a medida que los detalles del pergamino se filtraban entre la multitud.

“Ministro, con el debido respeto… esto es un desafío formal entre Casas” se atrevió a comentar uno de los empleados de la Oficina de Ley Magica, con los ojos fijos en el documento.

“¡Que no lo es!” replicó Fudge, cuya voz subió una octava por la frustración. “Es solo el juego de un crío que no tiene la menor idea de lo que significa un verdadero duelo de magos. Una rabieta infantil, eso es todo.”

“Se equivoca, Cornelius…”

La voz de Amelia Bones cortó el aire con la precisión de una cuchilla. Había llegado hacía unos instantes y ahora sostenía el pergamino entre sus manos, examinándolo con un rigor profesional que heló la sangre del Ministro. Sus cejas estaban profundamente fruncidas.

“Está redactado con una precisión impecable bajo nuestras leyes ancestrales” sentenció Amelia, sin levantar la vista del texto. “El pergamino está debidamente encantado y los sellos son legítimos. Esto, Ministro, es un desafío legal en toda regla.”

Amelia no podía dar crédito a lo que veía. Le resultaba más sencillo creer que el chico había actuado solo como un mensajero de su familia, pero la idea de que los Weasley —siempre tan alejados de las pretensiones aristocráticas— recurrieran a un rito tan arcaico la desconcertaba. Los duelos entre familias eran reliquias de una época oscura que muchos daban por olvidada. La propia Amelia había intentado reformar esas leyes en el pasado, viéndolas como vestigios peligrosos, pero la presión de las familias de “sangre pura” por conservar sus características de “nobleza” las había mantenido vigentes. Ahora, ese mismo sistema arcaico se volvía un problema ineludible en pleno corazón del Ministerio.

“¡La familia Weasley se enfrenta en duelo contra los Malfoy!” exclamó alguien en la multitud.

“¡No es toda la familia! ¡Es solo uno de los hijos, y de los menores!”

“Por Merlín… ¿lo van a matar?”

“No digas tonterías. Los duelos a muerte son extremadamente raros y requieren una causa de peso… pero aun así, las consecuencias de un desafío de sangre son impredecibles.”

“¡Ya era hora!” intervino un mago anciano de larga barba plateada, cuyos ojos brillaban con una emoción nostálgica. “Una verdadera y noble batalla entre magos, como en los viejos tiempos. ¡Justicia a la antigua usanza!”

El clamor en el Atrio era ensordecedor, pero cuando Fudge intentó recuperar el aliento para desacreditar el desafío, sus palabras se ahogaron en el rugido de una comunidad que, por un instante, había recordado las viejas leyes. Aunque el caos físico se apaciguó, la atmósfera permanecía densa.

Fue en ese preciso instante cuando Arthur Weasley, que regresaba de una investigación de campo con su túnica algo desgastada y el maletín en mano, cruzó los arcos de entrada para encontrarse con semejante escena de crisis.

“¿Qué es lo que ocurre aquí?” le preguntó Arthur a un empleado que estaba cerca de la periferia de la multitud.

El hombre se volteó, listo para repetir el chisme por centésima vez, pero al reconocer el rostro de Arthur, se quedó petrificado. Sus ojos se abrieron desmesuradamente y las palabras se le atascaron en la garganta.

“¿Hola? ¿Te encuentras bien?” insistió Arthur, ladeando la cabeza con esa amabilidad confusa que lo caracterizaba.

El efecto se propagó como una onda. Las personas a su alrededor se giraron una a una; las expresiones de asombro y nerviosismo caían sobre él como una losa. El silencio se hizo paso de forma violenta, seguido de un murmullo siseante que recorrió el Atrio: “Es él… es el padre”. Arthur sintió una punzada de ansiedad en el pecho; conocía esa mirada, era la mirada que recibía cuando algo en su departamento salía terriblemente mal.

“¡Arthur Weasley!” rugió Fudge al divisarlo, señalándolo con un dedo acusador como si Arthur fuera el autor intelectual del incendio. “¡¿Tienes idea de lo que ha hecho tu hijo?!”

“Señor Ministro…” Arthur se encogió instintivamente, sintiendo el peso de cientos de miradas. Su mente, acostumbrada a los problemas domésticos, voló de inmediato a su mayor pecado. “Si esto es por el incidente del coche volador… lo destruiré. Mandaré los restos al Ministerio mañana mismo si es necesario” dijo con un rastro de dolor en la voz; aquel auto era su tesoro, pero el sustento de su familia dependía de ese empleo.

“¡¿Crees que nos importa tu estúpido juguete muggle?!” gritó Fudge, avanzando hacia él con ímpetu. “La investigación sobre esa chatarra sigue en curso, ¡pero tus hijos no dejan de pisotear la dignidad de esta institución! ¿Es que no sabes educarlos? ¡Deberías tener a ese demonio bajo llave!”

Arthur palideció, pero su instinto paternal se activó de inmediato. Si lo atacaban a él, agachaba la cabeza; si atacaban a sus hijos, se ponía firme.

“Ministro, Ron puede ser algo impulsivo, lo sé, pero es un buen chico y es solo un…” empezó a defenderlo, tratando de entender qué nueva locura habría cometido su hijo menor en Hogwarts.

“¡A nadie le importa tu otro hijo causa problemas!” escupió uno de los secretarios de Fudge, con desprecio.

“¿No están hablando de Ron?” murmuró Arthur para sí mismo, parpadeando confundido. El miedo dio paso a una resignación cansada. “Entonces… ¿fueron Fred y George?” preguntó tenso. En su mente, sus hijos gemelos eran los únicos capaces de generar una conmoción de tal magnitud en el Ministerio.

Arthur se preparó para recibir la noticia de una explosión, una broma pesada o un asalto a la oficina de algún alto cargo. No estaba preparado para la verdad que estaba a punto de golpearlo.

“¡¿De verdad no lo sabes?! ¡¿Es que no tienes autoridad alguna sobre tus hijos?! ¡Quizás toda tu familia debería ser enviada a Azkaban para aprender algo de disciplina!” rugió el Ministro, forzando la voz para retratar a Arthur como un padre negligente ante la multitud. “¡Hablamos de tu otro hijo, el de ese cabello rojo sangre! ¡Hablamos de Red Weasley!”

“¿Red?” Arthur parpadeó, su rostro transformándose en una máscara de confusión absoluta. Por un segundo, un rayo de alivio cruzó sus ojos; estaba convencido de que todo era un error. “Creo que se está equivocando, señor Ministro…”

“¡En absoluto! Todos lo presenciaron. Tu hijo vino aquí, montó un espectáculo grotesco en la fuente y lanzó un desafío a, ni más ni menos, Lucius Malfoy, ¡uno de los magos más distinguidos y respetados de nuestra comunidad!” Fudge enfatizó cada palabra con el dedo índice, tratando de inyectar gravedad a lo que él consideraba una ofensa imperdonable.

“¿Que hizo qué?” Arthur soltó un suspiro, pero esta vez se irguió, recuperando la calma por completo. “Señor Ministro, insisto en que hay un error monumental. No pudo haber sido mi hijo Red. Él no se encuentra en Gran Bretaña, ni siquiera está en Europa. Actualmente participa en un programa de intercambio educativo en Castelobruxo, en el corazón de Brasil.”

Lo dijo con tal respeto y seguridad que la multitud vaciló. Arthur no intentaba ser desafiante; simplemente estaba exponiendo un hecho geográfico indiscutible para proteger la dignidad del Ministro, aunque eso fuera lo último que Fudge merecía.

“¡Todos lo vimos! ¡Nadie más tiene ese aspecto tan distintivo!” repitió Fudge, negándose a aceptar la realidad. No le convenía que el culpable fuera un impostor, por lo menos no despues de sus palabras anteriores; necesitaba que fuera un Weasley.

“Entonces alguien ha usurpado su identidad” respondió Arthur, ahora con una expresión seria. “Yo mismo fui a despedirlo. Puede consultarlo con el profesor Dumbledore o con la Oficina de Trasladores; allí consta el registro del viaje que él y sus compañeros realizaron junto al profesor Kettleburn. Incluso pueden enviar un mensaje oficial a Castelobruxo si lo desean.”

Un silencio sepulcral cayó sobre el Atrio. Las miradas se desviaron hacia los empleados del Departamento de Transportes Mágicos, quienes empezaron a intercambiar murmullos nerviosos. “Creo recordar un permiso especial para Sudamérica…”, se oyó decir a uno de los técnicos de trasladores.

La tensión de Fudge y Arthur eran cada vez mayores. Uno temía que alguien estaba ensuciando el nombre de su hijo; el otro veía cómo su gran maniobra política se desmoronaba, dejándolo como un tirano que acababa de amenazar a un empleado inocente basado en un error de identidad.

“Puede… que sea realmente el” exclamó de pronto la recepcionista desde un costado, rompiendo el silencio. “Cuando llegó, confesó que la varita que portaba la había conseguido en Brasil.”

Todas las cabezas se giraron hacia ella. Kingsley, que se aproximaba para intentar detenerla y contener los daños, cerró los ojos con resignación. La oportunidad de enterrar el asunto discretamente se había esfumado.

“¡¿A qué esperan?!” gritó Fudge, aferrándose a esa nueva pista como a un clavo ardiendo. “¡Vayan ahora mismo y verifiquen si ese muchacho ha regresado a Inglaterra de forma ilegal! ¡Quiero registros, quiero pruebas! ¡Ahora!”

“¡No puede ser él!” insistió Arthur, aunque su voz empezaba a perder la firmeza de antes. No interfería con la investigación, pero su mente se negaba a procesar que su hijo hubiera cruzado el océano solo para causar revuelo en el Ministerio. “Red no haría algo así… es un viaje transatlántico, es imposible…”

“Si es o no tu hijo se descubrirá pronto, pero de todas formas, ¡explícanos esto!” rugió el Ministro, estampando el pergamino del desafío contra el pecho de Arthur. “¿Crees que esto es obra de un extraño? ¡Incluso lleva el sello de la familia Weasley!”

Arthur tomó el documento con manos torpes. Sus ojos recorrieron las líneas prolijas y, con cada palabra, un temblor gélido comenzó a apoderarse de sus hombros. Como descendiente de una de las Sagradas Veintiocho, no era un extraño a los protocolos de sangre; comprendía perfectamente la veracidad técnica y la complejidad legal de lo que tenía enfrente. Era un tratado de desafío formal, impecable, que usaba los nombres de las casas Malfoy y Weasley con una audacia suicida.

Lo peor, lo que hizo que el color drenara por completo de su rostro hasta dejarlo del blanco de la ceniza, fue la letra. Podía reconocer los trazos y, sobre todo, la firma. Fuese o no el Red que él conocía, esa era la mano de su hijo.

“¡Esto tiene que ser falso!” exclamó Arthur, aferrándose a la última brizna de esperanza. “Debe desestimar esto, Ministro. Mi hijo jamás se involucraría en algo tan…”

Hablaba con fidelidad, pero en su fuero interno, la duda sembraba raíces. Red siempre había sido un niño problemático, extraño, alguien a quien Arthur a menudo no lograba descifrar, pero esto sobrepasaba su imaginación.

“¡¿Acaso este sello no es el de tu casa?!” arremetió Fudge, viendo la flaqueza de su oponente. “Hemos verificado la firma y pertenece a un sello real de sangre pura. ¡Que traigan los registros heráldicos de la familia Weasley ahora mismo para cotejarlos!”

“¡Es imposible! Ese sello está escondido entre mis pertenencias personales. ¡Nunca lo uso! ¡Mis hijos ni siquiera saben de su existencia!” replicó Arthur, intentando desesperadamente encontrar una lógica que lo salvara, pero su palidez lo delataba. El pergamino era real.

El caos volvió a adueñarse del Atrio. Algunos empleados se escabullían para ser los primeros en difundir la noticia en el callejón Diagon; otros, bajo las órdenes de un Fudge, corrían en busca de pruebas.

Kingsley Shacklebolt se acercó a Arthur y le puso una mano firme en el hombro, tratando de transmitirle un apoyo que él mismo no sentía del todo.

“Tranquilo, Arthur. Puede que sea un malentendido” le dijo en voz baja. “Yo… yo estuve con él. Se veía extraño. Estaba demasiado serio, demasiado confiado… quizás algo oscuro. Poseía un objeto mágico maldito que erizaba la piel. Debí ser más consciente; debí detenerlo en cuanto sentí que algo no encajaba. Estoy seguro de que se trata de alguien usando una poción multijugos.”

“¡¿De verdad lo crees, Kingsley?!” Arthur se aferró al brazo del mago negro como un náufrago a una tabla. “¿Lo dices en serio?”

Preguntó con una voz quebrada, pero no había alivio en su mirada. Si no era Red, significaba que alguien lo suficientemente poderoso como para engañar a un Auror y robar un sello heráldico familiar estaba suplantando a su hijo con quien sabe que razón o motivo.

En ese momento, los empleados que habían sido enviados a investigar regresaron al Atrio con rostros sombríos. Se abrieron paso entre la multitud hasta llegar frente al Ministro, quien los recibió con una mezcla de impaciencia y ansiedad.

“¿Y bien? ¿Averiguaron algo?” preguntó Fudge, forzando una confianza que se desmoronaba en su interior. “¿Ese niño regresó al país en secreto?”

“El Ministerio de Brasil… se limitó a divagar.” explicó el funcionario, midiendo sus palabras. “Contactamos con Castelobruxo y exigimos hablar directamente con él, pero nos informaron que no estaba disponible. Al presionar con una orden de prioridad, finalmente confesaron la verdad: el chico ya no está en la escuela. Está… desaparecido.”

“¡Lo ven! ¡Se los dije!” exclamó Fudge, recuperando el aliento con una sonrisa triunfal. “Red Weasley ha roto las normas, ha violado nuestras fronteras y ha entrado ilegalmente al país para causar disturbios.”

Arthur y Kingsley palidecieron al unísono, pero Amelia Bones, que se había mantenido en un silencio gélido, intervino con voz firme.

“Él es nativo de Gran Bretaña, Cornelius. Su regreso no puede ser ilegal por definición” sentenció Amelia. Recordaba al chico y no lograba encajar su imagen con la de un criminal internacional; no pudo evitar arrojarle un salvavidas legal.

“¡Aun así! Un niño que ha…” Fudge no pudo terminar la frase.

“Señor Ministro, el asunto es mucho más grave” interrumpió el informante. “No solo desapareció Red Weasley. Su compañera, Hannah Abbott, también se ha esfumado durante el intercambio. Según los informes que logramos extraer, hubo un ataque terrorista por parte de grupos desconocidos durante una excursión. Ambos niños se perdieron en la selva amazónica y no se sabe nada de ellos desde hace días. Incluso los equipos de rescate enviados han dejado de emitir señales.”

Un silencio abrumador cayó sobre el Atrio. Esto ya no era el regreso secreto de un estudiante rebelde; era una tragedia a nivel internacional. Amelia Bones apretó los puños ahora al escuchar el nombre de Hannah, la mejor amiga de su sobrina Susan, pero fue Arthur quien reaccionó con una furia desesperada.

—///—

Lo siento, amigos, solo esto esta vez. El Patreon bajó, así que estaré subiendo solo 1 o 2 capítulos semanalmente por el momento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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