Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 10
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
10: La sinfonía del horror 10: La sinfonía del horror La batalla no era un conflicto; era una sinfonía discordante de poderes cataclísmicos.
Y en su centro, el movimiento principal: Konrrac contra Ander, el arquitecto de la prisión de luz.
—¡Ven por mí, lagartija!
—provocó Ander, su armadura blanca brillando como un faro de desafío.
Konrrac respondió con un rugido que agrietó el suelo.
De sus fauces brotó un torrente de fuego carmesí, tan caliente que el aire mismo hervía a su paso.
Ander no se inmutó.
Con un gesto, erigió un muro de energía pura, hexagonal y translúcida.
El fuego se estrelló contra él, dispersándose en chispas que llovieron como meteoritos menores.
Antes de que el humo se disipara, Konrrac ya estaba en el aire, sus alas negras desplegadas contra el cielo envenenado.
Entre sus garras forjó una esfera de energía violácea de veinte metros de diámetro, un micro-sol de pura aniquilación.
La lanzó.
Ander miró la muerte descender.
Sonrió.
Sus manos trazaron un patrón geométrico en el aire.
La energía respondió, tejiendo un cubo perfecto alrededor de la esfera.
Dentro de su prisma, la esfera implosionó, su poder contenido y luego disipado en un suspiro de luz inofensiva.
La sonrisa de Ander era la de un hombre que había calculado cada variable, cada posibilidad.
Konrrac aterrizó, un destello de sorpresa genuina —y preocupación— cruzando sus ojos de reptil.
Por otro lado Melchor, la Muerte caminante, se enfrentaba a Caliver, cuyo poder resonaba en las palmas de sus manos.
El anciano abrió su boca.
No hubo sonido, sólo la Nieve Negra, la niebla que disolvía la existencia.
Avanzó lenta, implacable.
Caliver chocó sus palmas.
El sonido fue un trueno seco que hizo vibrar los huesos.
Una onda de choque concéntrica se expandió, encontrando la niebla.
No la empujó; la dispersó, rompiendo su coherencia molecular.
Antes de que Melchor pudiera reaccionar, Caliver estaba sobre él.
Un golpe directo al plexo solar, enviando al Terror de la Muerte a volar diez metros atrás.
Melchor se levantó, más lento esta vez.
Volvió a soplar.
Esta vez la niebla salió como un látigo, rápida y sibilante.
Caliver no retrocedió.
Golpeó el suelo.
La tierra se levantó en un muro de roca y polvo que absorbió la niebla, neutralizándola.
Era un duelo de conceptos: el Silencio Final contra la Fuerza Sonora que definía la vida.
Y por primera vez, el Silencio estaba perdiendo.
No muy lejos Wiber sangraba por la boca.
Eliel, el comandante romano, lo había levantado del cuello como a un cachorro.
—¡Levántate, flacucho!
—se burló, y lo arrojó contra el suelo.
Wiber intentó un golpe.
Su puño atravesó a Eliel como si fuera humo.
Eliel se materializó de nuevo, sólido como el acero, y lo pateó con fuerza.
Desesperado, Wiber tomó una roca y se la lanzó.
Eliel se volvió tan duro como el diamante; la roca se hizo añicos contra su pecho.
—Sorprendente —toseó Wiber, con un brillo extraño en sus ojos cambiantes—.
Intangibilidad y hiperdensidad.
Tu mente debe ser… formidable.
Eliel rio, confiado.
—¡Con un poder así, sólo necesito músculos!
—¡Perfecto!
—susurró Wiber.
Y entonces, mintió.
Su cuerpo se deshizo y reconstituyó en un monstruo de pesadilla: un gorila de tres metros con cuernos de toro y ojos de araña.
Eliel, sin inmutarse, se volvió hiperdenso y cargó.
Su golpe hizo añicos al gorila, que se desintegró en mil fragmentos.
Fragmentos que, al tocar el suelo, se convirtieron en arañas.
Cientos.
Miles.
Subieron por las piernas de Eliel, por su torso, buscando las rendijas de su armadura.
Eliel gritó, volviéndose intangible.
Las arañas cayeron al suelo.
Pero el suelo ya no era tierra.
Era una telaraña gigante, pulsante.
El cielo se oscureció.
Una araña del tamaño de una casa, con el rostro burlón de Wiber en su abdomen, descendió sobre él.
El miedo, puro y ancestral, estranguló el grito en la garganta de Eliel.
La Mentira no había atacado su cuerpo.
Había encontrado la grieta en su mente y había vertido allí su pesadilla personal.
Cerca de él Dante esquivaba, pero no era suficiente.
Cada ataque suyo se torcía milagrosamente a centímetros de Ganyi, como si el espacio alrededor de ella estuviera borracho.
—¡Es inútil!
—se rio ella, blandiendo un sable curvo—.
He doblado el espacio.
Soy intocable.
—Todo lo humano tiene una grieta —replicó Dante, su voz gélida.
Atacó tres veces más.
Falló.
En el cuarto intento, no apuntó a ella.
Apuntó al sable.
Lo agarró con una mano, usándolo como ancla, y jaló.
La sorpresa hizo que Ganyi titubeara en su concentración.
Por una fracción de segundo, la distorsión falló.
Fue suficiente para que Dante la llevara al suelo.
Ella reaccionó al instante.
Con un gesto furioso, envolvió a Dante en un campo de distorsión espacial.
Su cuerpo se estiró, se comprimió, se retorció como un espagueti en manos de un niño gigante, y luego fue estampado contra el suelo, abriendo un cráter.
Dante se levantó del polvo, un brazo dislocado, pero sonriendo.
—Entonces… no es automático.
Debes pensar en mantenerlo.
El vacío en los ojos de Ganyi fue de puro pánico.
Dante cargó de nuevo.
Ella levantó las manos, pero la duda ya había contaminado su certeza.
La distorsión parpadeó.
Mientras que Teresa voló por los aires, un juguete roto en manos de Irma, cuyo cuerpo era un destello de luz movediza.
—¡De todos los terrores, me tocó la más débil!
—cantó Irma.
—¡Cállate!
—gritó Teresa, sólo para ser golpeada por un destello cegador y luego por un puño en el estómago que la mandó a rodar.
—¡Soy la velocidad de la luz!
—proclamó Irma, posando como una diosa.
Teresa se levantó, escupiendo un diente.
Su bata estaba hecha jirones.
—Qué asco.
Presumes como Arianna.
La verdadera belleza está aquí —se golpeó la sien—.
¡En la mente!
Irma la agarró del cuello, levantándola.
—Sólo una fea dice eso.
Fue entonces cuando Teresa, con la precisión de una cirujana en medio de su propio martirio, clavó una jeringa oculta en el cuello de Irma.
La capitana la arrojó lejos, furiosa, pero ya era tarde.
Un mareo súbito.
Las piernas se negaron a responder.
Cayó, paralizada.
Teresa se puso de pie, tambaleante, con una sonrisa ensangrentada.
—¿Qué pasó, preciosa?
¿No ibas a matarme?
—Se acercó—.
Te inyecté un cóctel especial.
Paraliza los nervios motores… y lentifica el corazón hasta detenerlo.
La muerte es… silenciosa.
Como tú, ahora.
Por su parte Marcus ardía de frustración.
Sus llamas atravesaban a los espectros sin dañarlos.
Eran sombras, susurros con forma.
—¡Son las almas de todos los que has matado!
—gritó Kali, la invocadora—.
Claman venganza.
No puedes dañarlas, pero ellas a ti, sí.
Los fantasmas se multiplicaban, envolviéndolo, susurrando acusaciones: el rostro de su padre, los aldeanos carbonizados, su madre muriendo al darle a luz.
La presión era mental, espiritual.
Kali se acercó, poniendo una mano sobre su frente helada.
—Deja de luchar.
Entrégate al remordimiento.
Marcus se desplomó.
Vio su vida, un infierno de rechazo y furia autoconsumida.
Hasta que vio a la anciana del Volcán Edna, la única que no había huido de él.
La única que le había ofrecido un plato de comida sin miedo.
Kali intentó extraer su alma.
Pero al tocarla, quemó.
El alma de Marcus no era tristeza; era magma puro.
Sus ojos se abrieron, ahora pozos de lava.
Se transformó.
Los fantasmas, al sentir el calor de su ira purgante, gritaron y se disiparon como neblina al sol.
—¡Hasta muertos… le temen!
—balbuceó Kali, retrocediendo.
Marcus no habló.
Generó un tornado de fuego que se elevó hasta el cielo, un pilar de furia divina que envolvió a Kali y la redujo a ceniza y un eco de agonía.
En eso se escucho —¡Bruja!
¡Libera a mi amigo!
—rugió Lee, su mirada clavada en Capa Rota, el teletransportador de ojos vacíos.
—Querido, tengo tantos… —Arianna hizo un gesto afectado—.
¿Cuál?
—¡ÉL!
—Lee señaló.
—Ah, mi favorito —Arianna acarició la mejilla de Capa Rota—.
Lo llamo así por su estilo.
Capa Rota, cariño, tráeme su cabeza.
El controlado atacó.
Lee esquivaba, defendiéndose mientras gritaba: —¡Gliel!
¡Acuérdate!
¡Soy Lee!
¡Tus abuelos!
¡¿PERLA?!
Al oír ese nombre, algo se quebró detrás de los ojos vacíos.
Capa Rota golpeó a Lee con furia renovada.
Lee, desesperado, activó su poder.
Creció hasta los cincuenta pies, un coloso.
Arianna aplaudió, encantada.
—¡Qué grande!
¡Lo quiero vivo!
Lee golpeó el suelo, creando un terremoto local.
Capa Rota teletransportó a Arianna a salvo y volvió.
Era demasiado rápido.
Con su katana, no cortó carne; cortó nervios, secciones precisas del sistema nervioso del gigante.
Lee cayó, inmóvil, un titán paralizado.
Arianna se acercó, lista para invadir su mente.
Pero justo cuando sus dedos rozaban su frente, una ráfaga de viento cortante los separó.
Alguien había intervenido.
Otra grito resono —¡Ustedes sólo quieren un mundo de escombros para reinar!
—Jalila disparó un rayo láser que atravesó el hombro de Jairo.
—¡Para purgar el odio… hay que administrar dolor!
—gritó él, pero otro rayo le atravesó la pierna.
Era un duelo desigual.
La precisión quirúrgica de Jalila contra la resistencia estoica de Jairo.
Lo acribilló: hombros, estómago, piernas.
Jairo cayó, un colador sangrante.
—¡Toma tu dolor!
—escupió Jalila, acercándose para el golpe final.
Jairo la agarró del tobillo.
Un contacto.
Y entonces, ocurrió la transferencia.
Todas las heridas, el dolor, la sangre, saltaron de Jairo a Jalila en un instante.
Él se levantó, intacto.
Ella yacía en un charco escarlata, agonizante.
—¿Qué…?
—jadeó.
—El dolor es una moneda —dijo Jairo, limpiándose una gota inexistente de sangre de la mejilla—.
Se soporta… o se pasa.
Yo elegí pasártela a ti.
Al mismo tiempo Utaku esquivaba la Quimera, una bestia imposible que escupía fuego y veneno.
Sus esporas no surtían efecto.
—¡Es inmune!
—se dijo—.
¿Dónde está el titiritero?
Localizó a Huno Sud, comandante de Sigma, escondido tras escombros.
—¡Mi Quimera es perfecta!
¡Invencible!
—pregonaba Huno.
Utaku no respondió.
Siguió esparciendo esporas, no sobre la bestia, sino sobre el campo de batalla, sobre el aire, sobre las corrientes de viento que llevaban el olor del miedo de Huno: miedo a la irrelevancia, a no ser reconocido como el gran amo.
De repente, la Quimera se detuvo.
Giró.
Y atacó… a Huno.
—¡¿Qué haces?!
¡Yo soy tu amo!
—gritó, corriendo.
La bestia lo atrapó y comenzó a desmembrarlo lentamente, recreando su peor miedo: ser destruido por su propia creación.
Utaku observó, frío.
—Tu bestia era inmune.
Tú no.
Mis esporas no inducen miedo… revelan el que ya existe y lo hacen tangible.
Cuando sólo quedaron los gritos y la sangre, Utaku terminó el trabajo con un chasquido seco del cuello.
En medio de esta sinfonía de destrucción, Feral no luchaba.
Observaba.
Cada muerte, cada victoria sádica, cada demostración de crueldé de sus “hermanos”, era un clavo más en el ataúd de su lealtad.
Vio a Teresa envenenar con deleite, a Jairo transferir agonía con frialdad clínica, a Utaku manipular los miedos más íntimos.
Su corazón, ya herido por la indiferencia de Konrrac, se encogía.
Esto no era un camino hacia un mundo donde no estuviera solo.
Esto era cavar un hoyo más profundo y oscuro, y decorar sus paredes con cadáveres.
Mientras, en el borde del campo de batalla, la figura de Capa Rota se tensó al oír el nombre “Perla” nuevamente.
Y en las alturas, Retza, la diosa, sintió que el dolor de Feral alcanzaba un punto crítico.
El equilibrio cósmico se inclinaba.
La barrera entre lo divino y lo mortal estaba a punto de romperse por algo más fuerte que cualquier regla: la compasión desesperada por un lobo herido en medio de la manada equivocada.
La sinfonía estaba llegando a su crescendo.
Y el siguiente movimiento sería el de la traición, la redención, o la aniquilación definitiva.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com