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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 11

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  3. Capítulo 11 - 11 El espejo en el campo de batalla
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11: El espejo en el campo de batalla 11: El espejo en el campo de batalla Mientras la sinfonía del horror resonaba a su alrededor, Feral encontró su propio duelo.

No era contra un mero soldado, sino contra Fausto, General del Sector Tango, un hombre que vestía un esmoquin verde impecable, como si acudiera a una ópera en lugar de una carnicería.

En sus manos, una espada medieval de hoja ancha brillaba con una luz interna.

No hubo provocaciones.

Sólo el reconocimiento instantáneo de dos guerreros de élite.

Chocaron.

Feral era un huracán de instinto y furia controlada.

Sus garras trazaban arcos negros en el aire, buscando puntos ciegos.

Fausto era un maestro de esgrima hecho carne; su espada no era un arma, era una extensión de su voluntad.

Paraba, desviaba, contraatacaba con cortes tan precisos que rozaban el pelaje de Feral sin tocarlo.

El suelo se resquebrajaba bajo la presión de sus pisadas, y el sonido de sus impactos —CLANG-CLANC-CRACK— era un redoble de tambor metálico y óseo.

Se distanciaron.

El aire entre ellos vibraba.

Fausto blandió su espada en un corte lateral; Feral cruzó sus garras frente al pecho.

Ambos liberaron sus ataques a distancia.

La Cuchilla de Viento de Fausto, una guillotina invisible de aire comprimido.

Las Garras Negras de Feral, tres surcos de oscuridad que negaban la realidad.

Las fuerzas chocaron a mitad de camino.

No hubo explosión; hubo una cancelación.

Un silencio absoluto por una milésima de segundo, seguido de una onda expansiva sónica que arrancó la capa superior del suelo en un radio de cien metros, lanzando escombros al cielo y dispersando las nubes.

El estruendo fue como si el cielo se partiese en dos.

Feral, empujado hacia atrás, se detuvo y rio.

Era una risa genuina, de puro disfrute animal.

—¡Oye!

¡Quiero agradecerte!

—rugió sobre el retumbar—.

Desde que llegué aquí, no había encontrado a nadie digno.

Pero tú… tú sí destacas.

Fausto se ajustó el cuello de su esmoquin, una sonrisa afilada en sus labios.

—Ja.

De nada.

Tú tampoco lo haces mal… para ser un animal.

Me has sorprendido.

—Su tono se volvió reflexivo—.

Y como siempre digo, es peleando como realmente se conoce a alguien.

—¿Así?

—Feral inclinó la cabeza, intrigado.

—Oh, sí.

Los ataques revelan el corazón.

La ira, la justicia, la desesperación… todo se expresa en el combate.

—Fausto bajó su espada un instante—.

Peleando contigo… siento un corazón justo.

No uno malvado.

Feral se lanzó de nuevo, un borrón negro.

Fausto respondió con otra Cuchilla de Viento.

Feral la esquivó en el aire, giró, y estrelló sus garras contra la hoja de Fausto con un chasquido de chispas.

—¡Yo no soy como ellos!

—rugió Feral, mientras la hoja y las garras se presionaban—.

Konrrac me entrenó para ser una bestia de batalla.

Y lo soy.

Amo pelear.

Contra un adversario como tú, me siento más vivo que nunca.

—Sus ojos rojos ardían con una pasión feroz y pura—.

Pero matar a alguien débil… es indigno.

Yo soy un depredador.

Mis presas deben ser dignas.

Se separaron otra vez, un baile mortal de ataques y paradas.

Fausto, incluso bloqueando un golpe que habría partido un tanque, preguntó: —Entiendo eso al pelearte.

Por eso me pregunto… ¿por qué estás con ellos?

¿Qué te ata a esos monstruos?

Feral vaciló una fracción de segundo.

Su siguiente ataque fue un poco más lento.

—Ellos… son la única familia que he tenido.

Mi verdadera sangre me abandonó por esto —señaló su propio rostro—.

Lucho por un mundo donde nadie más tenga que sentirse como yo.

Donde se me acepte.

Durante mucho tiempo creí que ustedes eran el obstáculo… pero ahora… ya no estoy seguro.

—¿Ves?

—Fausto sonrió, un gesto triste—.

La confusión también se pelea.

Déjame ayudarte.

Puedo mostrarte otro camino.

La oferta fue un cable a tierra.

Pero Feral, atrapado entre la lealtad y la duda, reaccionó con el pánico del animal acorralado.

Se abalanzó con furia renovada, pero esta vez era errática, descontrolada.

Fausto bloqueó dos golpes, pero el tercero, ciego y brutal, se abrió paso.

Las garras negras desgarraron el esmoquin verde y la carne debajo.

Fausto retrocedió, una mano en el costado sangrante.

Feral respiró con fuerza, mirando su propia garra manchada de rojo.

—¡Lo siento!

—gruñó, pero su voz era dura—.

Pero si me han estado usando… lo descubriré yo mismo.

Y si es cierto… los mataré con mis propias manos.

—Miró a Fausto con desconfianza—.

Y si ellos me mintieron… ¿por qué tú no lo harías?

Fausto asintió, con un dolor que no era sólo físico.

Apoyó la espada en el suelo.

—Como quieras.

Pero ten esto por seguro: te están utilizando.

Son la ruina; nosotros, el dique.

Aun así… respeto que quieras tu propia verdad.

—Levantó la espada, su hoja comenzó a vibrar, resonando con el viento—.

Dicho esto… terminemos con honor.

Feral cruzó los brazos.

La oscuridad se acumuló en sus garras.

—¡CUCHILLA DE VIENTO!

—gritó Fausto, lanzando su último y más perfecto corte.

—¡GARRAS NEGRAS!

—rugió Feral, liberando un haz concentrado de negación pura.

El choque no fue una explosión.

Fue una aniquilación localizada.

La tierra, en un radio de un kilómetro, simplemente dejó de existir, vaporizada en un cráter perfecto y profundo.

Una cúpula de silencio y polvo se elevó.

Cuando se disipó, Feral estaba de pie en el borde del cráter, temblando.

En el centro, yaciendo sobre roca fundida, estaba lo que quedaba de Fausto.

No un cuerpo, sino un recordatorio.

Feral saltó al cráter.

Se acercó al general muerto.

No sentía la euforia de la victoria.

Sóto un vacío más profundo.

“Un corazón justo”, había dicho Fausto.

¿Dónde estaba mi justicia ahora?

Un movimiento a su espalda.

Instintivamente, Feral giró y atrapó la muñeca de un soldado ALIADO que intentaba un ataque furtivo.

Sin mirarlo, apretó hasta que el hueso crujió.

—Si valoras tu vida —susurró Feral, su voz un rumor letal—, no me provoques.

El soldado huyó, aterrorizado.

Feral se quedó solo, con el cadáver de tal vez la única persona que le había hablado como a un igual, no como a un monstruo o un arma.

Mientras tanto, la batalla entre el caos y el orden alcanzaba su climax perverso.

Konrrac, rodeando a Ander en un torbellino de velocidad, lanzaba ráfagas de energía que el general bloqueaba con escudos geométricos perfectos.

Frustrado, Konrrac creció hasta los diez metros, un coloso de escamas, y descargó un golpe que habría hundido una montaña.

El escudo de Ander se quebró… pero no se rompió.

Y en ese instante de impacto, Ander dibujó en el aire.

Un cubo de luz, perfecto, encapsuló al gigante Konrrac.

Estaba sellado.

O eso creyó Ander.

El cuerpo gigante dentro del cubo se deshizo, revelando ser un cadáver putrefacto de soldado.

Sustitución de Cadáver.

Konrrac apareció detrás de Ander, multiplicándose en dos clones que atacaron simultáneamente.

Ander, con sangre fría, selló a ambos.

Pero un tercer Konrrac surgió de la sombra del segundo sello, su garra ya en movimiento.

Ander reaccionó.

Focos de energía inmovilizaron las extremidades y la cabeza de Konrrac.

Fin del movimiento.

Entonces, a Konrrac le brotaron una segunda cabeza y dos brazos más de su espalda, monstruosidades de carne y escama.

Los nuevos brazos sujetaron a Ander.

La segunda cabeza se inclinó y mordió su cuello, no para matar, sino para inyectar.

Ander gritó, pero en su agonía, con un último acto de voluntad, activó su sello final.

La luz envolvió a Konrrac por completo, cristalizándolo en un bloque de energía pura.

Ander cayó de rodillas, tocándose el cuello sangrante.

Había ganado.

Pero entonces, su cuerpo se convulsionó.

Sus venas se volvieron negras, sus ojos palidecieron y se tornaron verdes con pupilas de reptil.

Su piel se cubrió de escamas.

Se levantó, y la voz que salió de su garganta no era la suya, era la de Konrrac, ecoando desde dentro del sello y desde su nuevo cuerpo.

—¡Ja, ja, ja!

No sólo me quedé con tus poderes… ¡me quedé con tu cuerpo!

La esencia inyectada en la mordida había corrompido a Ander desde dentro, reescribiendo su ser.

El general del orden era ahora otro vaso para la avaricia infinita de Konrrac.

Melchor yacía en el suelo, masacrado.

Caliver se reía.

—¡La muerte debería callar, viejo!

Melchor, con un movimiento que parecía un espaspo, se golpeó el estómago.

De su boca salió disparado un proyectil de niebla, compacto y veloz como una bala.

Caliver lo cortó con una onda de choque, pero gotas residuales le salpicaron el brazo.

La carne se disolvió al instante.

Gritó.

Melchor repitió el acto, cuatro veces.

Cuatro proyectiles.

Caliver, enfurecido y herido, respondió con ondas de choque cada vez más potentes, que no sólo dispersaban la niebla, sino que golpeaban a Melchor, destrozando sus huesos.

—¡SUPERONDA DIVINA!

—rugió Caliver, reuniendo todo su poder para un ataque final que borraría hasta el polvo de Melchor.

Melchor, en un último esfuerzo, se golpeó el estómago repetidamente, como un tambor fúnebre.

Luego vomitó un géiser de líquido negro, espeso como alquitrán, que se arremolinó hacia Caliver.

Onda Divina contra Vómito de la Muerte.

El impacto evaporó el líquido.

La explosión de energía abrió una fisura en la tierra.

Cuando el polvo bajó, Melchor yacía inconsciente.

Caliver, exhausto pero victorioso, se acercó para rematarlo.

Pero el líquido evaporado no había desaparecido.

Se había convertido en un gas invisible e inodoro que ahora envolvía el área.

Caliver lo inhaló.

Sus pulmones se disolvieron desde dentro.

Cayó, ahogándose en su propia sangre licuada, mientras la niebla residual acababa el trabajo.

Konrrac, ahora en su nuevo cuerpo de Ander, llegó junto al moribundo Melchor.

—Le ganaste de suerte —escupió, sin empatía—.

Pero al menos cumpliste.

Mientras que Eliel no luchaba.

Estaba de pie, inmóvil, los ojos vidriosos.

En su mente, llevaba cinco días huyendo por un infinito desierto de telarañas, perseguido por arañas gigantes con rostros conocidos.

En la realidad, sólo habían pasado cinco minutos.

Wiber caminaba a su alrededor, hablando suavemente.

—Eres poderoso en cuerpo… pero tu mente es una casa con las puertas abiertas.

Es tan fácil mantener a tus cinco sentidos como invitados en mi teatro privado… Recogió una espada del suelo.

Se acercó a Eliel.

Con una precisión deliberada y lenta, comenzó a clavarla en el pecho del hombre.

No había prisa.

Eliel no sentía nada.

Sólo el terror infinito de las arañas en su mente.

—Para cuando te des cuenta de que todo era una mentira… ya será tarde.

Esta espada en tu corazón no la sentirás.

—Wiber inclinó la cabeza—.

Es el único consuelo que te doy.

Morirás creyendo escapar de un monstruo de ocho patas, no de un hombre flaco con una sonrisa.

La vida se apagó en los ojos ilusos de Eliel.

Su cuerpo se desplomó.

La mentira había sido más sólida que la verdad.

A Dante le faltaba un brazo, cortado limpiamente por una distorsión que no había visto venir.

En el suelo, miró el muñón.

Luego, con un sonido húmedo y grotesco, un nuevo brazo brotó de la herida, pálido y perfecto.

—¡Te dije que es inútil!

—gritó Ganyi, sudando—.

¡Soy intocable!

Dante se levantó, sonriendo.

Un hilo de sangre le corría por la comisura de los labios.

—No estés tan segura.

Ya descubrí tu falla.

—¡¡MENTIRA!!

¡Mi técnica es perfecta!

Dante atacó.

Ganyi activó su distorsión.

Pero Dante no intentó atravesarla.

Aceleró.

Su movimiento fue tan rápido que fue un simple parpadeo.

El golpe llegó antes de que la distorsión se materializara por completo, en el nanosegundo de tensión muscular previo a la activación.

Ganyi salió volando, con las costillas rotas.

—¿Por qué?!

—gritó, escupiendo sangre—.

¡¿Cómo?!

—No atravieso tu defensa —explicó Dante, acercándose con pasos medidos—.

La adelanto.

Escucho el sonido de tus músculos tensándose, el cambio en tu respiración.

Ataco en el instante en que decides activarla, pero antes de que lo logres.

Eres rápida… pero tu pensamiento tiene una velocidad.

Yo soy más rápido.

Ganyi se levantó, una chispa de respeto en su agonía.

—Ya veo… eres más que una cara bonita.

—¿Lista?

—preguntó Dante, preparando su postura—.

Éste es el final.

Se lanzó.

Ganyi, desesperada, intentó activar la distorsión.

Pero su cuerpo, traumatizado, dudó una fracción de milisegundo.

Fue suficiente.

Un destello.

Un sonido seco.

La cabeza de Ganyi rodó por el suelo, su expresión aún de concentración extrema.

Dante se limpió la sangre de la boca con el dorso de su nueva mano.

—Perfecta no.

Sólo humana.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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