Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 9
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9: El núcleo y la gripa 9: El núcleo y la gripa En el corazón del Sector Omega, bajo la bóveda de la mayor cúpula de energía jamás construida, la evacuación llegaba a su fin.
La ciudadela central, una fortaleza dentro de la fortaleza, absorbía el último aliento de la esperanza: familias exhaustas, heridos en camillas, niños con los ojos demasiado grandes para sus rostros.
El aire olía a miedo, desinfectante y pan recién horneado en un intento desesperado por mantener la normalidad.
El último convoy, procedente del Sector Eco, atravesó las puertas monumentales.
A su cabeza, el General Vikthor parecía una montaña con patas, su armadura mellada, su rostro una talla de granito y cansancio.
Tras él, desfilaban sus soldados y una marea de civiles.
La operación era un milagro logístico teñido de derrota: habían salvado vidas, pero habían perdido un mundo.
Del grupo de voluntarios que atendía a los refugiados, una figura se desprendió y corrió hacia Vikthor.
Era Lirian, una mujer de sonrisa cálida y manos firmes, con el pelo recogido en un moño práctico que no lograba domar unos rizos rebeldes.
Se lanzó a sus brazos, y por un instante, la armadura del general pareció suavizarse.
—¡Vikthor!
Llegaste —susurró ella contra su pecho, su voz un bálsamo.
—Lirian, mi vida.
¿Qué haces aquí?
—preguntó él, su voz grave cargada de sorpresa y una pizca de reproche protector—.
Pensé que estarías a salvo en la Academia.
—¿Y dejar que otros tengan toda la diversión?
Me ofrecí como voluntaria.
Alguien tiene que mantener el orden entre el caos —respondió, apartándose lo justo para mirarlo a los ojos.
En ese momento, su mirada encontró a Edwiin, quien descargaba equipo con movimientos mecánicos, aislado en su propia tormenta silenciosa.
—¡Hola, Edwiin!
¿Cómo estás?
El joven subcomandante se volvió.
Su saludo fue un eco cortés, un fantasma de su usual energía.
—Hola.
Bien… —hizo una pausa, evitando su mirada—.
Papá, voy al Cuartel Central a recibir el informe de situación.
Partió antes de que pudieran responder.
Lirian lo siguió con la mirada, una sombra de preocupación nublando sus ojos.
—Aún no se acostumbra —observó con suavidad.
—Dale tiempo —susurró Vikthor, el peso de un planeta en sus hombros—.
La muerte de Gor es una herida fresca.
Y con todo esto… es mucho para cualquiera.
—Era tu hijo también —dijo Lirian, tomándole la mano con fuerza—.
Quiero que sepa que estoy aquí para ustedes.
Que no vengo a reemplazar a su madre.
Vikthor la miró, y por un raro instante, la dureza de su expresión se resquebrajó, revelando al hombre de luto que había sido, y al hombre que, contra todo pronóstico, había vuelto a aprender a amar.
—Amé a mi esposa con todo lo que era.
La muerte me la arrebató y me dejó en ruinas.
—Apretó su mano—.
Hasta que el cielo, en un extraño acto de piedad, me puso en tu camino.
Y me enseñaste que el corazón, incluso el más herido, puede latir de nuevo.
Una sonrisa trémula iluminó el rostro de Lirian.
—Eres un bruto adorable cuando quieres.
Y dices las cosas más hermosas.
En un rincón, observando la escena, Perla sintió un pellizco de envidia dulce y amarga.
Sonrió por ellos, pero la sonrisa se desvaneció al instante, ahogada por su propio duelo.
El Capitán Darius, su sombra silenciosa, se acercó.
—¿Comandante, la acompaño al Cuartel?
—No —respondió Perla, su voz firme pero distante—.
Los alcanzo luego.
Tengo… una deuda que pagar.
Sin esperar respuesta, se alejó de la plaza principal, sumergiéndose en los barrios residenciales del este de la ciudadela.
Las calles aquí eran más estrechas, las casas modestas pero impecables.
Se detuvo frente a una pequeña vivienda con un jardín de hierbas aromáticas.
Tocó la puerta.
El hombre que abrió era anciano, con espalda encorvada pero ojos claros y vivos.
Al verla, su rostro se iluminó como un sol.
—¡Mujer!
—gritó hacia el interior, sin apartar la mirada de Perla—.
¡Es Perla!
Una mujer de edad similar apareció en el umbral, un delantal en las manos.
Al ver a la visitante, sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneas.
—¡Perla, hija!
¡Dios mío, estás viva!
El abrazo fue de los tres, un remolino de brazos y sollozos ahogados.
Dentro, la casa olía a té de hierbas y cera de abejas.
Perla se sentó en un sillón gastado, rechazando con un gesto la taza que le ofrecían.
—No me quedaré mucho.
Sólo vine a ver cómo estaban.
Y a traerles esto.
Sacó un bolso de su mochila.
Medicinas, vitaminas, unos dulces envueltos en papel.
Cosas pequeñas, preciosas en un mundo en guerra.
Los ancianos se conmovieron, pero la anciana, Alba, negó con la cabeza.
—Niña, no tenías por qué molestarte.
Tienes asuntos más importantes.
Perla miró sus manos, callosas y marcadas por el manejo de armas.
Cuando habló, su voz fue un hilo quebrado.
—Es lo menos que puedo hacer.
Él ya no está para cuidarlos.
Y yo… —respiró hondo— Sé lo importantes que eran para él.
Fue mi culpa que se separaran.
El anciano, Rowan, se inclinó y tomó su mano entre las suyas, ásperas y cálidas.
—No.
No digas eso.
Nunca fue tu culpa.
Fue esa… esa cosa con cara de ángel que se lo llevó.
Sabemos cuánto luchaste por él.
Lo vimos en tus ojos cada vez que venías.
Te desgastaste intentando traerlo de vuelta.
Las lágrimas que Perla había contenido desde el Zulú, desde que vio la transmisión del soldado teletransportador, brotaron por fin.
Un llanto silencioso y desgarrador que la sacudió por completo.
Rowan la envolvió en un abrazo paternal, susurrando consuelos ininteligibles.
—No llores, valiente.
De todas formas, él hubiera querido que estuvieras aquí con nosotros —murmuró—.
Que nos cuidaras.
Alba se acercó a la ventana, mirando hacia el muro exterior, más allá del cual yacía el mundo devastado.
—¿Crees que él… que esté ahí afuera?
—preguntó, su voz apenas un susurro.
Perla se secó el rostro con el dorso de la mano.
El dolor se solidificó en determinación fría.
—No lo sé.
Pero si ella vino… es casi seguro que él también.
El contraste no podía ser más brutal.
Donde había habido una aldea pintoresca, ahora sólo quedaba un paisaje de pesadilla: casas carbonizadas, cuerpos esparcidos, el aire espeso por el humo y el hedor a muerte.
En el centro de la carnicería, los Diez Terrores, recién liberados de su prisión de luz, evaluaban los restos de su poderío.
Dante pisó el cráneo destrozado de uno de sus zombis.
Su elegancia habitual se había convertido en una ira glacial.
—¿Dónde está mi ejército?
—preguntó, su voz un silbido peligroso.
Uno de los comandantes ALIADOS, un hombre con el brazo vendado pero la mirada desafiante, se atrevió a responder: —¿Acaso no ves?
Ya no están.
Tu horda cayó.
Y ustedes caerán también.
Dante giró hacia él, una sonrisa lenta y mortal aflorando en sus labios.
—No cuentes con eso, escoria.
Te prometo que serás el último en morir.
Quiero que veas cómo le arranco el corazón a cada uno de tus amigos.
Mientras los demás Terrores se reagrupaban con miradas de furia y desprecio, Feral se apartó.
Se arrodilló junto a un soldado ALIADO joven, cuyos ojos azules, ya sin vida, aún reflejaban el horror de sus últimos momentos.
Con un gesto inesperadamente gentil, Feral pasó una garra sobre el rostro del hombre, cerrándole los párpados.
—Dieron lo mejor de sí —murmuró para sí mismo, aunque su voz fue lo suficientemente audible para algunos—.
Ahora nosotros… los vengaremos.
Marcus se inclinó hacia Konrrac, sus palabras un veneno candente en el oído del reptil.
—Mis dudas sobre el cachorro crecen.
Mira lo que hace.
En cualquier momento nos clava una daga por la espalda.
Konrrac no apartó la vista de Feral.
Sus ojos verdes brillaron con un cálculo frío.
—Yo me encargo de él.
Tú preocúpate por no convertirte en una mancha en el suelo a manos de estos insectos.
El líder reptiliano se acercó a Feral.
El sonido de sus escamas arrastrándose sobre la tierra quemada era ominoso.
Puso una garra pesada en el hombro del lobo, un gesto que podía ser de camaradería o de dominio.
—¿Ahora lo entiendes, hijo?
—preguntó, su voz un ronroneo persuasivo—.
¿Ves por qué ese niño tenía que morir?
El resentimiento que sembramos hoy brota como maleza venenosa mañana.
Nos hubiera cazado al crecer.
Feral se levantó, desprendiéndose del contacto.
Sus ojos rojos, llenos de una claridad dolorosa, se encontraron con los de Konrrac.
—No lo sé, Konrrac.
Sigo pensando que no es la solución.
El odio en este mundo no desaparecerá matando a quienes odian.
Sólo se trasplanta.
—Hizo un gesto amplio, abarcando la destrucción—.
Mira dónde estamos.
Las guerras no arreglan nada; sólo cambian el nombre del verdugo.
Esto nunca terminará hasta que alguien… hasta que nosotros cambiemos de raíz.
La paciencia de Konrrac, ya delgada como una hoja de afeitar, se quebró.
—¡Algunos de los míos no tenían poderes!
¡Estaban enfermos, débiles!
¡Y aun así los masacraron!
¡No hubo piedad, no hubo prisioneros!
—¿Y tú los hubieras tomado?
—replicó Feral, sin alzar la voz, pero cada palabra era un martillazo—.
Si no tenían poderes y estaban enfermos, era porque tú les chupabas la vida para alimentar el tuyo.
Si vinieron aquí, fue porque no les diste opción: obedecer o morir de hambre en la sombra de tu montaña.
Su muerte… es tu culpa.
Los enviaste a la tumba.
Un silencio mortal cayó sobre el grupo.
Las palabras de Feral, dichas en voz baja pero clara, resonaron como una acusación formal.
Dante, Arianna, los demás… todos los escucharon.
La lealtad, siempre frágil, se resquebrajó visiblemente.
La ira en los ojos de Konrrac se volvió algo primitivo, una furia de dragón a punto de desatar su aliento.
Pero antes de que pudiera actuar, el mundo estalló en acción.
El general ALIADO de la armadura blanca, el que había creado la cúpula, decidió que era el momento.
Con un grito de guerra, lanzó un rayo de energía solar pura directamente contra Feral.
El lobo, con sus reflejos felinos, se apartó en el último instante; el rayo calcinó el suelo donde había estado.
Esa fue la chispa.
Konrrac rugió, alzando sus garras al cielo.
—¡¡ATAQUEN!!
El mandato fue un latigazo.
Los Diez Terrores, aun con sus tensiones internas, se lanzaron como una única y terrible ola de destrucción hacia los últimos defensores de los ALIADOS.
La batalla final, la que decidiría el destino de todo lo que quedaba, comenzó en medio de las cenizas de una aldea que había creído en la paz.
Y en las alturas, más allá de las nubes de humo, Retza, la diosa del amor, observó.
Su corazón, ahora inextricablemente unido al de la bestia solitaria, latía con un miedo mortal.
La grieta entre Feral y su manada era ya un abismo.
Y ella sabía que era hora de elegir un bando.
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