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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 12

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  3. Capítulo 12 - 12 La cuerda y la llama
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12: La cuerda y la llama 12: La cuerda y la llama Al otro lado de la aldea, donde el humo olía a carne chamuscada y voluntades rotas, se libraba una guerra dentro de la guerra.

No era un duelo de fuerza, sino de dominio.

Arianna, con su vestido escarlata rasgado y el cabello revuelto, concentraba toda su voluntad en invadir la mente del capitán Lee, quien yacía paralizado a sus pies.

Su sonrisa era un filo de triunfo.

Pero justo cuando la neblina rosada de su control iba a cerrarse sobre la conciencia del hombre, una red de venas oscuras y pulsantes brotó del suelo, enredándose en las extremidades de Lee y arrancándolo de su influencia psíquica.

—Tu poder juega con la mente —dijo una voz serena y fría.

Era Berek, Primer Comandante del Sector Sigma, un hombre delgado cuya piel parecía translúcida, dejando ver el tenue brillo de su sistema vascular—.

El mío… gobierna la carne.

El cableado físico.

Más fundamental, ¿no crees?

Arianna retrocedió un paso, su belleza distorsionada por el asco y la ira.

—¡Tu poder es una copia barata y grotesca de la elegancia!

¡Capa Rota, querido, DESPÉDALO!

El teletransportador, un relámpago de movimiento obediente, se lanzó contra Berek.

Pero Lee, ahora un titán de cincuenta pies con ojos vacíos, movido por los hilos vasculares de Berek, interceptó el golpe con una mano del tamaño de un carruaje.

Capa Rota danzó entre los dedos gigantes, esquivando, reapareciendo, avanzando centímetro a centímetro hacia el comandante Sigma.

Cuando estuvo a punto de alcanzarlo, Capa Rota se detuvo en seco.

Sus músculos se tensaron, pero no obedecieron.

Arianna vio, con horror, cómo finísimos hilos de vena, casi invisibles, se habían deslizado desde el suelo a través de las grietas de sus botas, trepando por sus piernas y tomando posesión de su sistema nervioso.

Berek sonrió, un gesto que no llegó a sus ojos.

—Te descuidaste, bruja.

Mis raíces ya estaban aquí.

Arianna, acorralada, gritó una orden.

Sus cuatro soldados restantes, los últimos vestigios de su ejército personal, acudieron.

Uno de ellos, con los pulmones convertidos en un horno, exhaló un fuego negro que carbonizó las venas que sujetaban a Capa Rota, liberándolo.

Otro, con alas de energía, se elevó y bombardeó al gigante Lee con ráfagas sónicas, distrayendo su torpe masa.

Un tercero, un coloso mudo de músculos hipertrofiados, saltó y golpeó la rodilla de Lee con un impacto que resonó como un trueno, derribando al titán.

El último, un hombre cuyos miembros se estiraban como goma elástica, lanzó sus puños como proyectiles hacia Berek.

La respuesta de Berek fue un estallido de pura biomasa.

De su cuerpo brotó una selva de venas, gruesas como serpientes, que se arremolinaron y atraparon a los cinco soldados y a la misma Arianna, levantándolos del suelo en un apretado ovillo de carne y tentáculos.

—¿Y ahora?

¿Nos controlarás a todos?

—escupió Arianna, luchando contra la presión que le constreñía el pecho.

—Controlarlos sería un desperdicio —replicó Berek, su voz monocorde—.

Mis venas también segregan una neurotoxina.

En segundos, sus corazones se paralizarán.

Morirán… sin que yo ensucie mis manos.

En ese instante, el aire se volvió un horno.

Un torrente de llamas anaranjadas y azules, tan calientes que hacía brillar las venas al rojo vivo, las cercenó de cuajo.

Marcus había llegado, caminando sobre un suelo que se vitrificaba a su paso, su cuerpo una silueta distorsionada por el calor.

—Nadie toca lo mío —roncó, y su voz era el crepitar de un bosque incendiado.

Berek, desafiante, lanzó sus venas hacia Marcus.

Pero al acercarse al aura de calor infernal, se carbonizaron y se retrajeron como criaturas heridas.

Furioso, Berek ordenó al gigante Lee que se levantara y atacara.

Lee, tambaleante, intentó aplastar a Marcus con un puño.

Marcus no se movió.

Se agachó y luego saltó, convirtiéndose en un meteoro viviente envuelto en llamas.

Atravesó el pecho del gigante como un proyectil, dejando un agujero humeante del tamaño de un barril.

Lee se desplomó, muerto antes de tocar el suelo.

Berek, ahora aterrorizado, intentó huir.

Marcus fue más rápido.

Lo envolvió en un abrazo.

No fue un abrazo de consuelo, sino de cremación.

Las llamas brotaron de cada poro de Marcus, envolviendo a Berek en un cilindro de fuego blanco.

Los gritos del comandante Sigma fueron breves, ahogados por el rugido de las llamas que consumieron carne, huesos y sus preciadas venas, hasta no dejar más que un montículo de ceniza caliente.

Mientras el olor a carne quemada saturaba el aire, Feral se enfrentaba al último general en pie: Darus, del Sector Romeo.

Este no dependía de escudos complejos o ilusiones.

Su poder era primitivo y directo: generaba golpes de presión de aire tan densos que podían pulverizar roca.

Feral los esquivaba con la agilidad felina de un depredador en su elemento.

Cada salto, cada giro, era una coreografía instintiva.

Pero cuando contraatacaba, encontraba un muro de aire comprimido que desviaba sus garras.

Era un duelo de fuerzas brutales canalizadas: el aire invisible contra las garras tangibles.

La emoción comenzó a hervir en Feral.

La frustración dio paso a la anticipación, y luego a un éxtasis salvaje.

Se lanzó contra Darus en un frenesí de ataques, riendo entre dientes, cada golpe suyo chocando contra los golpes de aire con estampidos sordos que hacían temblar la tierra.

Ventiscas locas, generadas por la colisión de sus fuerzas, dispersaban escombros y cadáveres.

Con un grito de esfuerzo, Feral finalmente rompió la barrera.

Sus garras negras perforaron la defensa de aire y se clavaron en el pecho de Darus.

Pero en el mismo instante, un golpe de presión concentrado, el último y desesperado de Darus, le impactó en pleno rostro.

El hueso cedió con un crujido repugnante.

Feral se separó, tambaleándose.

Su rostro era una masa sanguinolenta y deforme por un instante.

Luego, los músculos y tendones se regeneraron con un sonido húmedo y rápido, dejando sólo cicatrices rosadas y frescas.

Miró a Darus, quien jadeaba, con una mano en el pecho perforado.

—¿Eso es todo?

—preguntó Feral, su voz un poco distorsionada por la regeneración reciente.

Darus escupió sangre.

No era miedo lo que había en sus ojos, sino un odio profundo y cansado.

—Ustedes… son sólo salvajes.

Un cáncer que devora el mundo sin importar a quién se lleve por delante.

—¡Te equivocas!

—rugió Feral, y en su voz había una indignación genuina—.

Yo no soy como ellos.

No destruyo por placer.

Yo mato guerreros.

Como los que entraron en mi montaña.

Como tú.

Y si son dignos… los guardo aquí —se golpeó el pecho—.

¡Respeto la fuerza!

—¿Entonces sólo te importa pelear?

—toseó Darus— ¿El porqué de esta guerra te es indiferente?

¿Te importa quién gane?

—¡Claro que me importa!

—la voz de Feral estalló, cargada de una necesidad desesperada—.

¡Peleo por un mundo donde un monstruo como yo no tenga que hablar con la luna!

¡Donde no me abandonen!

¡Donde la gente me mire y no vea sólo colmillos y garras!

Darus se enderezó con dificultad, su mirada se suavizó por un instante, no con piedad, sino con un reconocimiento trágico.

—Eso… es por lo que nosotros peleamos.

Por un mundo donde nadie sea perseguido por ser diferente.

Donde los niños no crezcan con miedo.

—Su expresión se endureció de nuevo—.

Pero tus hermanos… luchan por lo contrario.

Por un mundo donde sólo el más cruel y fuerte sobreviva.

Un mundo de puro miedo.

Feral sintió como si esas palabras le arrancaran una venda.

La confusión, siempre latente, se convirtió en un aluvión.

—Lo sé… Creo que siempre lo supe.

Cuando Konrrac me entrenaba, era implacable.

Pero fallaba… siempre fallaba en una cosa.

Matar a los que no podían defenderse.

Él lo llamaba debilidad.

Yo… —apretó los puños— No sé.

Y eso me enoja.

Me siento perdido.

Darus dio un paso inestable hacia él, extendiendo una mano no para atacar, sino casi para ofrecer.

—Nosotros… podemos enseñarte otro camino.

Esa oferta, en medio del caos, sonó a Feral como la trampa más peligrosa.

Su desconfianza, alimentada por años de aislamiento y la manipulación de Konrrac, estalló en furia.

—¡NO!

¡Tú también!

¡Quieres aprovecharte de mi confusión!

¡Sólo otro que quiere manipularme!

Se abalanzó, ciego por la rabia.

Pero Darus, con el último aliento de un general que ha visto demasiado, esquivó el ataque torpe y descargó sobre Feral una lluvia de golpes de aire.

Impactos concusivos que golpeaban su pecho, su estómago, su cabeza, sin darle tiempo a reaccionar, a defenderse.

—¡ESTÚPIDO ANIMAL!

—rugió Darus, cada golpe acentuado por una palabra— ¡¿Crees que esto es un juego?!

¡¿Que tu confusión nos importa?!

¡Nos han arrancado familias!

¡Hogares!

¡Todo por la sed de poder de tus amiguitos!

Con un movimiento final, Darus se agachó en una postura baja, los puños retraídos como resortes.

El aire a su alrededor se distorsionó, succionado hacia sus manos.

—¡PUÑOS DE VIENTO HURACANADO!

Dos golpes simultáneos, invisibles pero con la densidad del acero, impactaron el pecho de Feral.

El sonido fue el de un roble partiéndose.

Feral salió despedido como un trapo, cayendo a veinte metros de distancia.

Se intentó levantar, pero su pecho estaba hundido, y un géiser de sangre oscura brotó de su boca.

Darus se acercó, arrastrando los pies, listo para el golpe de gracia.

En ese momento, los ojos vidriosos de Feral se enfocaron.

No en la victoria.

No en la redención.

En la supervivencia pura.

Con un gruñido que era más un burbujeo de sangre, lanzó un último ataque desesperado con sus garras.

Fue un intercambio brutal, final.

La garra de Feral se hundió en el pecho ya herido de Darus, atravesándolo.

El último golpe de presión de Darus conectó con la mandíbula de Feral, partiéndole la cara por segunda vez.

Darus cayó de rodillas.

Su mirada se perdió, no en Feral, sino en algún punto más allá del humo, hacia donde estaría la Ciudadela Omega.

—Lo siento… mi amor —susurró, una lágrima limpiando un surco en su rostro empolvado.

Luego, se desplomó.

Feral se derrumbó a su lado, inconsciente, su cuerpo destrozado comenzando el lento, agonizante proceso de regeneración.

Alrededor, el campo de batalla cayó en un silencio repentino y pesado.

Los gritos, los estallidos, los rugidos se apagaron.

Los Diez Terrores, o lo que quedaba de ellos, habían vencido a la fuerza de élite de los ALIADOS.

Pero en el cráter del honor, yacían un general muerto por su familia y una bestia inconsciente, destrozada no por las heridas, sino por la verdad que no podía seguir ignorando.

La victoria, por primera vez, no sabía a triunfo.

Sabía a ceniza y a preguntas sin respuesta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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