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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 13

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  3. Capítulo 13 - 13 El último aliento antes de la tormenta
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13: El último aliento antes de la tormenta 13: El último aliento antes de la tormenta La noche sobre el Sector Omega no era paz; era la contención de la respiración del mundo.

Una oscuridad profunda, untuosa, se había posado sobre la última ciudadela, interrumpida sólo por los parpadeos nerviosos de las luces de emergencia y los lejanos resplandores de los incendios aún no apagados en las fronteras.

En las sombras, entre las ruinas de un puesto de avanzada, los Diez Terrores—ahora apenas una decena de figuras heridas y exhaustas—mascullaban como lobos acorralados.

Teresa, con su bata hecha jirones y su sonrisa habitual reemplazada por una mueca de fatiga, vigilaba a Feral.

El lobo yacía en el suelo frío, su pecho subiendo y bajando con un ritmo aún irregular.

Las terribles heridas infligidas por Darus habían cerrado, pero dejaban su pelaje marcado con remolinos de pelo nuevo, más claro, como cicatrices fantasma.

En la ciudadela, bajo la gran cúpula de energía que ahora brillaba con una intensidad febril, la tensión tenía un sabor diferente: a sudor, a metal pulido y a desesperación contenida.

En el Cuartel Central, una multitud de rostros pálidos y expectantes—soldados, oficiales, algunos civiles valientes—se apiñaba para escuchar al hombre que sostenía su esperanza en pie.

Leo, el General en Jefe, no estaba en un pedestal.

Estaba entre ellos.

Su armadura, sencilla y funcional, mostraba las abolladuras de mil batallas.

Cuando habló, su voz no tronó; resonó, llenando el silencio no por volumen, sino por peso.

—Compañeros —comenzó, y la palabra fue un lazo que los unió a todos—.

Las noticias son duras.

Los escuadrones de Romeo, Tango y Sigma… han caído.

No fueron derrotados.

Fueron inmolados.

Con su sacrificio, nos diaron el dato más crucial: redujeron la legión de los Terrores de miles… a sólo veinte.

Un murmullo, mitad dolor, mitad asombro, recorrió la sala.

Leo alzó una mano.

—No minimicemos su pérdida.

Cada nombre será recordado.

Cada familia, sostenida.

Pero no nos equivoquemos: los que quedan son la esencia misma del veneno.

Los Diez originales, y un puñado de sus engendros más fuertes.

Son el núcleo.

Y el núcleo… debe ser extirpado.

Hizo una pausa, sus ojos, de un azul glacial, recorrieron a cada uno de los presentes.

—La inteligencia y la estrategia convergen en un único punto: ahora.

Están heridos.

Agotados.

Confiados en su victoria pírrica.

No esperarán un contraataque.

Nosotros les daremos uno.

No con números.

Con precisión.

Señaló hacia un grupo que esperaba al lado: la flor y nata de lo que quedaba del poder militar ALIADO.

Perla, erguida, con una determinación que era casi tangible.

Vikthor, una torre de resiliencia silenciosa.

Otros generales, comandantes y capitanes cuyos nombres eran sinónimos de leyenda.

—Este grupo ejecutará un ataque quirúrgico.

Un golpe decapitador.

El resto del ejército protegerá la ciudadela y a los civiles en los refugios.

Si fallamos… —Leo no terminó la frase.

No hacía falta—.

La capitana Dulce tendrá el mando en nuestra ausencia.

Que la esperanza, y la furia por nuestros caídos, sean vuestras armas.

La arenga terminó.

No hubo gritos triunfales.

Hubo un silencio cargado, luego el sonido metálico de armas siendo comprobadas por última vez.

Vikthor se acercó a Perla.

En sus ojos, la preocupación luchaba contra el orgullo.

—¿Estás lista?

—preguntó, su voz un rumor bajo.

—Sí —fue la respuesta, cortante y clara.

—¿Estás lista —insistió Vikthor, poniendo una mano pesada en su hombro— para hacer lo que sea necesario?

Para terminar esto.

Perla lo miró.

En sus ojos, él no vio duda.

Vio el reflejo del mismo dolor que llevaba él: el de un padre que había perdido un hijo, el de una comandante que había perdido un amigo, el de una mujer que veía al mundo desmoronarse.

—Si es por Gliel que preguntas —dijo Perla, su voz de acero templado—, entonces no te preocupes por mí.

Se giró y se unió a la fila de los elegidos.

Vikthor la observó marchar, una profunda tristeza en su corazón de guerrero.

Sabía que “lo que sea necesario” podría significar algo de lo que ninguno de ellos se recuperaría jamás.

Mientras los héroes salían al pasillo principal, un coro espontáneo de aplausos y murmullos de ánimo los siguió.

Eran los aplausos de quienes depositaban su último aliento de fe en ellos.

Perla no los miró.

Su mirada estaba fija en la puerta que conducía a la noche, y en la sombra de un teletransportador de ojos vacíos que sabía que estaría esperando al otro lado.

En la frontera, el aire olía a sangre seca y derrota inminente.

Feral parpadeó, apartando la niebla de la inconsciencia.

El dolor era un eco sordo en todo su cuerpo.

—¿Qué… pasó?

—gruñó, su voz áspera—.

¿El general…?

—Muerto —cortó Teresa, limpiándole la frente con un trapo sucio—.

Te encontramos desmadejado junto a él.

Tenías el pecho como un cuaderno cerrado mal.

Tu regeneración es asombrosa, bestia.

Feral se incorporó con dificultad.

A su alrededor, la discusión estaba a punto de convertirse en combate.

—¿Qué sucede?

—¡El consejo de guerra de los inútiles!

—bufó Teresa, señalando con el mentón—.

Unos quieren seguir, otros volver arrastrándose.

Feral se puso de pie, ignorando el mareo, y se acercó al círculo.

Su sola presencia calmó momentáneamente los ánimos.

Todos lo miraron: Konrrac, con su nuevo cuerpo de Ander, aún extraño y siniestro; Melchor, una sombra silenciosa; los demás, marcados por la batalla.

—¿Estás bien, hijo?

—preguntó Konrrac, pero su tono era más de evaluación que de preocupación.

—Sobreviví —respondió Feral secamente—.

¿Por qué discuten?

Konrrac abrió sus brazos, una mezcla de exasperación y desdén.

—¡Por el futuro!

Algunos creen que una victoria tan costosa es suficiente.

Yo digo que es sólo el comienzo.

Debemos presionar.

Ahora.

Melchor, sin un sonido, se inclinó y con un dedo huesudo escribió en la tierra polvorienta: «REGRESEMOS».

Wiber apoyó la idea al instante, frotándose los brazos como si tuviera frío.

—La sabiduría de la Muerte es clara.

Nos han sangrado.

Sin ejército, somos diez dianas en un campo abierto.

Teresa saltó, su cansancio evaporado por la indignación.

—¡¿REGRESAR?!

¡¿Estás demente?!

¡Hace veinte años tuvimos esta misma discusión y nos retiramos!

¡Mira el resultado: dos décadas escondidos tras un escudo!

¡Esta es nuestra oportunidad de terminar lo que empezamos!

¡De raíz!

Marcus hizo chispear el aire a su lado, sus ojos inyectados en sangre.

—Teresa tiene razón.

Si damos media vuelta ahora, no nos estarán persiguiendo.

Nos estarán cazando.

Uno a uno.

Hemos llegado demasiado lejos para volver a ser los monstruos acorralados.

Arianna se rió, un sonido hueco y cansado.

—¡Por favor!

¡Somos veinte!

¡Veinte contra una ciudadela fortificada!

¿Has visto sus muros?

Nuestro ejército era carne de cañón, pero al menos era distracción.

Ahora sólo tenemos nuestros cuerpos destrozados.

Es un suicidio.

Utaku y Jairo asintieron en silencio, sus propios cálculos de supervivencia dictando más prudencia que orgullo.

Dante escupió al suelo, una mancha oscura en la tierra pálida.

—Cobardes.

Todos ustedes.

Konrrac, Teresa, Marcus… son los únicos que ven más allá del próximo latido.

—Se volvió hacia Konrrac, su vampírica elegancia reducida a pura necesidad predatoria—.

No me importa si están agotados.

No me importa si sangran.

Al amanecer, atacamos esa ciudadela.

Y los borraremos a ellos, y a su maldita esperanza, de la faz de esta tierra miserable.

La declaración de Dante quedó flotando en el aire frío de la noche.

Los bandos estaban claros.

Del lado de seguir: Konrrac, Teresa, Marcus, Dante.

Del lado de retirarse: Melchor, Wiber, Arianna, Utaku, Jairo.

Y en el centro, atrapado en la grieta como siempre, Feral.

Todos miraron hacia él.

Su voto era el decisivo.

El lobo miró sus garras, aún manchadas con la sangre seca de Darus.

Luego miró a Konrrac, cuyo nuevo cuerpo era un recordatorio de cuán lejos estaba dispuesto a llegar.

Miró a Teresa, cuya locura al menos era leal.

Miró a los otros, cuyo miedo era tan humano como el que él había sentido toda su vida.

Respiró hondo.

El aire nocturno trajo un olor lejano, imposible: a luz de luna y a lágrimas celestiales.

Recordó las palabras de Fausto: “Peleando contigo… siento un corazón justo.” —Nos quedamos —dijo Feral, y su voz no tenía euforia, sólo una resignación fatalista—.

Pero no por tu sueño de cenizas, Konrrac.

Nos quedamos porque dar la espalda ahora sería morir de vergüenza.

Y yo… no he encontrado un rival digno en esa ciudadela todavía.

No era el voto de lealtad que Konrrac esperaba, pero era un voto.

El líder asintió, una sonrisa fría jugueteando en sus labios prestados.

—Bien.

Al amanecer, el fin comienza.

Mientras los Terrores se dispersaban para descansar lo poco que pudieran, Feral se quedó mirando las luces distantes de la ciudadela Omega.

En algún lugar detrás de esos muros, estaba la respuesta.

La verdad sobre Gliel.

La verdad sobre sí mismo.

Y tal vez, si los dioses eran crueles o misericordiosos, un último guerrero digno que le permitiera olvidar, aunque fuera por un instante, el vacío que crecía donde antes estaba su fe.

Arriba, la luna, llena y brillante, testigo de todos los pactos y todas las traiciones, iluminó tanto a los cazadores como a los cazados.

La noche respiraba por última vez.

La tormenta final se avecinaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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