Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 15
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15: La científica y el experimento 15: La científica y el experimento El aire aún vibraba con el eco de la destrucción de los titanes.
Teresa, agazapada entre los escombros humeantes, observaba con los ojos desencajados.
No era derrota lo que sentía; era un vacío cognitivo.
Sus criaturas, potenciadas con elixires que debían multiplicar su biomasa y agresividad mil veces, habían sido reducidas a montañas de carne carbonizada en minutos.
La demostración de poder de los generales Aliados no había sido una batalla, sino una ejecución.
—¡Ese es el poder de nuestros generales!
— resonó una voz a su espalda, cargada de un odio glacial.
— Ellos son el pináculo de nuestro ejército.
Teresa giró, su bata manchada ondeando.
Por un instante, entre el humo y la confusión, creyó ver la silueta oscura y corpulosa de Feral.
Pero no.
Esta figura era más esbelta, felina.
Una mujer con pelaje de tigre y ojos que brillaban con una luz azul fría y antinatural.
Zafiro Sud, comandante de Gama.
—¡Tú dices que son los más poderosos, pero nosotros también lo somos!
— escupió Teresa, una risa estridente saliendo de su garganta, un sonido que era pura defensa nerviosa.
—¡Sí, sé lo fuertes que son!
— rugió Zafiro, avanzando un paso, sus garras extendiéndose.
— ¡En especial tú, Teresa!
La científica loca.
—¡Yo no estoy loca!
— el grito de Teresa fue auténtico, cargado de una rabia que venía de años de ese mismo insulto.
Su mano se cerró sobre un frasco en el bolsillo de su bata.
—¿Cómo no vas a estarlo?
— la voz de Zafiro se quebró, mezclando ira con un dolor antiguo.
— ¡Experimentabas con gente en contra de su voluntad!
¡Con niños!
—Eran medios para un fin mayor — replicó Teresa, recuperando su arrogancia académica, levantando la barbilla.
— Estadísticas necesarias.
Ratas de laboratorio en el gran experimento de la evolución.
Esa palabra, “ratas”, fue la chispa.
Zafiro se lanzó con un rugido que era pura angustia convertida en movimiento.
Teresa, con la calma mecánica de quien ha realizado el mismo gesto miles de veces, sacó un aerosol y lo pulverizó.
Un gas amarillento se expandió, creando un velo tóxico.
Al contacto, la piel de Zafiro chisporroteó, con un ardor y una comezón que hubieran paralizado a cualquier otro.
Pero Zafiro, impulsada por un rencor de años, atravesó la nube.
Sus garras encontraron carne.
Un sonido húmedo y profundo, y luego el grito desgarrador de Teresa.
La científica cayó de rodillas, tres surcos brutales abiertos en su espalda, tiñendo de rojo escarlata la blanca sucia de su bata.
Zafiro se alzó sobre ella, aliento entrecortado, el brazo en alto para el golpe final.
Y se paralizó.
Sus músculos se tensaron en rebelión.
Miró sus propias manos, manchadas con la sangre negruzca de Teresa, y luego a la mujer herida, quien, entre jadeos de dolor, comenzó a reír.
—¡Mi cielo, mi sangre está en ti!
— tosió Teresa, una sonrisa de triunfo demente en sus labios.
— Es neurotóxica de contacto.
Afecta la sinapsis…
ordena a tus nervios hacer lo contrario de lo que tu mente desea.
Zafiro intentó limpiarse las garras en el suelo, pero sus extremidades no respondían.
Una oleada de vértigo la golpeó, y cayó pesadamente de lado, paralizada, mirando con ojos desesperados a su asesina.
—¡El deseo de matarme es tan fuerte en ti…
que el veneno actúa con mayor velocidad!
— Teresa se incorporó con dificultad, tambaleándose.
Su risa era el único sonido en su rincón del campo de batalla.
Antes de que pudiera celebrar más, un golpe repentino, un choque de fuerza bruta, la lanzó como un trapo a través de los escombros.
Cayó rodando, aturdida, la visión borrosa.
Cuando logró enfocar, vio a Zafiro levantándose, sacudiendo la cabeza como si despejara una niebla.
Ilusa.
—¿Cómo…?
— balbuceó Teresa, la seguridad científica hecha añicos.
—¡Gracias a ti, mi organismo es especial!
— la voz de Zafiro era ahora plana, mortalmente fría.
Avanzó.
— Yo fui uno de tus experimentos.
El último, antes de que te descubrieran y te desterraran.
Me inyectaste tantos cócteles, tantos vectores virales…
buscabas crear un ser inmune a las toxinas.
Y funcionó, en parte.
Por desgracia, la solución tuvo un efecto secundario.
— Hizo un gesto abarcando su propio cuerpo felino.
— ¡Me convirtió en esto!
¡En el monstruo que siempre quisiste crear!
Zafiro se abalanzó.
No fue un ataque de garras, fue una embestida total.
El impacto fue brutal, óseo.
Teresa sintió cómo sus costillas cedían, cómo algo se desgarraba en su interior con un sonido repulsivo.
Cayó, mutilada, la vida escapándose a borbotones.
Su mundo se oscureció.
Y entonces, su cuerpo comenzó a temblar.
Un espasmo antinatural, seguido de un crujido húmedo y de desgarro.
De la masa sanguinolenta que fue su torso, su cabeza y columna vertebral se desprendieron, retorciéndose, cubiertas de una baba viscosa, transformándose en una criatura serpentiforme y espinosa.
La última y más vil mutación de Teresa, su verdadero núcleo vital.
—¡Ya me acuerdo de ti!
— silbó la cosa que fue Teresa, su voz saliendo de un orificio que hacía las veces de boca.
— ¡Eras la niña huérfana…
la que traje de las calles!
¡Mi obra más prometedora!
La criatura-vipera escupió un chorro de ácido.
Zafiro esquivó con la agilidad del depredador que era, el líquido corroyendo la piedra a sus pies.
—¡Sacrificaste a decenas!
¡Yo los vengaré a todos!
— gritó Zafiro, esquivando otro ataque.
—¡Todo fue por un bien mayor!
¡La inmortalidad!
¡La evolución forzada!
— la serpiente se arrojó, intentando envolverla.
— ¡Y tú eres la pieza que faltaba!
Tu cuerpo adaptativo…
con él, mi investigación estará completa.
¡Ven aquí!
Logró enlazarla, constriñendo.
Zafiro forcejeó, pero la presión era enorme.
Entonces, en lugar de luchar contra las espirales, se abalanzó hacia la sección cefálica y mordió.
Una, dos, tres veces, con toda la fuerza de sus mandíbulas felinas, destrozando quitina y carne falsa.
La criatura se desplomó, convulsionando.
Zafiro se liberó, escupiendo restos viscosos.
—Olvidé mencionar — dijo, con una calma aterradora — que mis glándulas salivales también se modificaron.
Son neurotóxicas.
Un regalo tuyo.
Teresa, en su agonía final, ya no veía el campo de batalla.
Vio las calles embarradas de la ciudadela, los días de hambre antes de la guerra.
Vio la sala de triaje, llena de gritos y miembros amputados, su impotencia de médica joven.
Vio el cadáver sobre su mesa de autopsias, y luego el primer sujeto vivo, sus ojos suplicando.
Vio la idea, bella y terrible, de una humanidad que nunca más temiera a la plaga, al veneno, a la degeneración…
a la muerte.
Una humanidad perfecta.
Konrrac le había dado los medios, el propósito.
Pero siempre, en el fondo de sus registros, había estado el caso anomalía: la niña Zafiro, cuyo cuerpo había aceptado las modificaciones pero cuya mente…
cuya mente se había perdido.
O tal vez, se había encontrado a sí misma en el odio.
—Yo solo…
quería que venciéramos…
— su pensamiento final se desvaneció antes de poder completarse.
Su creación la había devorado.
Zafiro se irguió, jadeando.
No había triunfo en sus ojos, solo un vacío frío y cumplido.
—De todos los Terrores — murmuró para sí, mirando el despojo inmóvil —, tú eras a quien más anhelaba encontrar.
Por eso te busqué primero.
Solo yo podía entender tu veneno.
Solo yo podía darte tu propia medicina.
A kilómetros de distancia, entre la confusión de la cacería, Konrrac (en su nuevo cuerpo de Ander) se detuvo en seco.
Un hilo, uno de los diez que siempre sentía en el fondo de su conciencia, se había roto.
El sabor a químicos y ambición desmedida que era Teresa, se había apagado.
—Jamás pensé que serías la primera en caer — susurró, con una decepción que era casi paternidad frustrada.
— Tu ideología, tu desprecio por la debilidad orgánica…
era lo que más admiraba.
Tu visión era clara.
Pero al final, fuiste derrotada por tu propia obra.
Me has defraudado, Teresa.
Y en ese momento, su mirada se volvió más fría.
La pérdida no lo ablandaría.
Lo convertiría en algo más determinado, más peligroso.
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