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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 16

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  3. Capítulo 16 - 16 Terror en el campo de batalla
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16: Terror en el campo de batalla 16: Terror en el campo de batalla El eco de la muerte de Teresa aún resonaba en su conciencia cuando dos figuras cortaron su retirada, emergiendo de entre los escombros como fantasmas determinados.

Konrrac (en el cuerpo robado de Ander) detuvo su avance, una sonrisa desganada en los labios que no eran del todo suyos.

Al frente, un hombre de rostro sereno y manos extendidas: Bento, Primer Comandante del Sector Gama.

A su lado, una mujer con mirada de halcón y puños ya brillantes con energía acumulada: Riza, Capitana del Décimo Escuadrón de Gama.

—¿Van a quedarse ahí, decorando el paisaje?

— burló Konrrac, su voz un eco extraño en la garganta de Ander.

— ¿O prefieren turnarse para ahorrar energías?

Da igual.

El resultado será idéntico.

—Es el líder, Riza — murmuró Bento, sin apartar los ojos del reptiloide en cuerpo ajeno.

— No subestimemos.

Sinergia total.

Bento no esperó respuesta.

Con un gesto suave, como acariciando el aire, el suelo devastado estalló en vida.

No simples enredaderas, sino un ejército de plantas bioluminiscentes, de tallos como acero y espinas que segregaban un néctar paralizante.

Se arremolinaron hacia Konrrac con velocidad de serpiente.

Él respondió exhalando un cono de fuego púrpura y corrupto que carbonizó la primera oleada.

Pero mientras luchaba contra el fuego, raíces ultrafinas, casi imperceptibles, brotaron bajo sus pies, enredándose en sus tobillos con fuerza de prensa hidráulica.

Lo inmovilizaron un instante.

Fue todo lo que Riza necesitó.

Se cerró la distancia en un blur y escupió su propio fuego, no púrpura, sino dorado y puro, directamente al rostro de Konrrac.

El calor fue intenso, cegador.

Konrrac rugió, más de molestia que de dolor, y usando la fuerza sobrehumana del cuerpo de Ander, desgarró las raíces.

Su puño se estrelló contra Riza.

Ella cruzó los brazos, absorbiendo el impacto con un gruñido de esfuerzo, sus botas excavando surcos en la tierra.

Y entonces, devolvió el golpe.

Un puñetazo idéntico en velocidad y ángulo, con una potencia que hizo retroceder a Konrrac.

Una ceja se alzó en el rostro poseído.

Interesante.

Se enfrascaron en un intercambio brutal, golpe por golpe.

Pero cada vez que Konrrac buscaba una apertura, las plantas de Bento intervenían: un muro de madera surgía para amortiguar su ataque, lianas enredaban su brazo en el momento crucial.

Riza, protegida por este ballet orgánico-táctico, descargaba una lluvia de golpes cada vez más feroces, familiarmente feroces.

—¡Basta!

— gruñó Konrrac.

Su cuerpo se infló, los músculos de Ander distendiéndose hasta límites antinaturales, rompiendo el cerco vegetal.

Lanzó a Riza como un proyectil con un terrible barrido.

Pero en el aire, ella también creció.

Sus músculos se hincharon, su estatura se igualó a la suya.

Cayó de pie, y el combate cuerpo a cuerpo se reanudó, ahora entre dos gigantes que hacían temblar la tierra.

—Un bosque — ordenó Bento, su voz serena pero sudorosa.

No eran solo árboles lo que emergió.

Era una selva primordial instantánea, con troncos gruesos como torres que se entrelazaron sobre Konrrac formando una cúpula viviente y empezaron a compactarse, a triturar.

Konrrac sintió la presión.

Abrió la boca y absorbió, no solo la vida, sino la propia esencia vital de la madera.

Los árboles se marchitaron, se hicieron ceniza.

Pero por cada uno que caía, Bento hacía brotar tres más, su rostro palideciendo por el esfuerzo.

Mientras Konrrac se distraía con el bosque infinito, Riza puso sus manos sobre la espalda del reptiloide y comenzó a drenarlo.

Sintió cómo su energía, ya mermada por la destrucción del Domo, fluía hacia ella.

Konrrac, debilitado, fue sepultado bajo una montaña de celulosa y savia.

La ira que estalló entonces no fue solo suya, sino de la esencia de Ander luchando bajo su dominio.

Una explosión de energía carmesí, corrupta y omnívora, pulverizó la montaña vegetal en un radio de cien metros.

Y del epicentro, no emergió un Konrrac, sino cientos.

Un ejército de clones imperfectos, fantasmales, pero con garras y dientes muy reales.

Riza, sin pestañear, hizo lo mismo.

De su cuerpo se desprendieron cientos de duplicados idénticos, que cargaron contra los clones de Konrrac en un pandemonio de violencia pura, un caos de carne y energía donde era imposible distinguir original de copia.

—¡Lo sabía!

— el verdadero Konrrac, observando desde los bordes del caos, sonrió con genuino interés.

— ¡Puedes copiar habilidades al momento!

Un Don de una plasticidad admirable.

Los bosques de Bento intentaban enredar a los clones, pero era inútil.

Mientras, Konrrac analizaba: Solo ha copiado los míos.

Los usa con brío, pero no ha mostrado otro poder.

Es reactiva, no creativa.

Y su copia… tiene un límite de tiempo.

Bajo la capa del caos, el verdadero Konrrac se escabulló como una sombra, su presencia enmascarada por el propio torrente energético de la batalla.

Apareció detrás de Bento, cuyas manos estaban ocupadas sosteniendo la selva.

Sus brazos, ahora reptilianos y fuertes como columnas, lo inmovilizaron.

—Tu poder es distinto — susurró Konrrac en su oído, mientras Bento forcejeaba inútilmente.

— No es solo control de plantas.

Es generación de vida.

Un poder raro… precioso.

Será de una utilidad inmensa.

—¡Suéltalo!

— El grito de Riza fue desgarrador.

Una ráfaga de clones se abalanzó, pero llegó demasiado tarde.

Konrrac abrió la boca y no absorbió, sino que devoró.

Un vórtice oscuro se formó en su garganta.

No fue solo la energía vital de Bento lo que tomó, sino el patrón mismo de su Don, la esencia de su poder generativo.

Bento se desvaneció, no en ceniza, sino en un polvo de luz verde que fue tragado por completo.

Su bosque se colapsó instantáneamente.

—¡MALDI-TO!

— Riza cayó de rodillas, su ejército de clones desapareciendo.

Las lágrimas surcaron su rostro, mezcladas con el sudor y la ira.

— ¡TE VOY A DESPEDAZAR!

Konrrac se volvió hacia ella, renovado, una chispa de vida verde brillando débilmente en sus ojos reptilianos.

—Puedes copiar lo que ves al instante, pero solo temporalmente — dictaminó, avanzando.

— Y solo puedes mantener uno a la vez, ¿verdad?

Por eso no usaste el poder de tu compañero.

Estabas demasiado ocupada copiando los míos.

Riza se levantó, su cuerpo brillando con una furia desesperada.

Konrrac generó entre sus manos una esfera de energía roja, densa como un sol en miniatura, el poder de la destrucción pura que había derribado el Domo.

Riza, entre lágrimas y con un grito, copió el gesto.

Una esfera idéntica, un espejo perfecto, se formó en sus manos.

Ambos las lanzaron.

La colisión fue un silencio blanco seguido de una explosión que apagó todos los sonidos de la batalla lejana.

Un hongo de energía y polvo se elevó.

Riza, protegiéndose con un escudo copiado, salió ilesa del otro lado, jadeando.

Escudriñó el cráter humeante.

Nada.

¿Lo… conseguí?

Una voz, no en sus oídos sino en la base misma de su cráneo, susurró con la frialdad del vacío: — ¿Nunca te enseñaron, niña, que la avaricia es el vicio que mejor conozco?

— Un dolor insoportable, como si su propio poder se volviera contra ella, le desgarró las entrañas.

Gritó, mirando su cuerpo que comenzaba a hincharse, a deformarse.

La piel se estiró hasta volverse translúcida y luego se desgarró.

Y de dentro de la cápsula carnosa que fue Riza, Konrrac emergió, intacto, limpiándose un hombro con displicencia.

Ella había absorbido la esfera energética, sí.

Pero él había escondido dentro de ella un virus conceptual de avaricia pura, un deseo de absorber y poseer que, al ser copiado y ejecutado por Riza, no tuvo su control milenario para contenerlo.

Su propio poder copiado la había consumido desde dentro, como un agujero negro.

Konrrac miró el montón informe que fue una guerrera talentosa.

—La copia — dijo, volviéndose para perder entre los escombros, su voz flotando en el aire envenenado — nunca superará al original si no entiende el precio de lo que imita.

Una lección barata, para un poder tan caro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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