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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 17

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  3. Capítulo 17 - 17 El último vampiro
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17: El último vampiro 17: El último vampiro El viento nocturno llevaba el olor a ceniza y muerte reciente.

Dante, una sombra pálida entre las ruinas, se deslizaba con la gracia felina de su especie, sus sentidos expandidos buscando el rastro de sus compañeros o el calor de una presa que le repusiera fuerzas.

Fue entonces cuando el aire se solidificó frente a él.

No fue un sonido lo que lo detuvo, sino una presión, un peso en el ambiente.

Una figura femenina se materializó como si siempre hubiera estado allí, envuelta en una aura de determinación fría que hacía parecer tóxica la oscuridad misma.

Sus ojos, del color del acero al amanecer, lo traspasaron, reconociendo su naturaleza en un instante.

Dante se congeló, cada músculo listo, cada instinto gritando que este encuentro era distinto.

Olía a destino, a cuentas pendientes.

—¡Hasta aquí, chupasangres!

— su voz no fue un grito, sino una sentencia tallada en hielo.

— Esta tierra quemada será tu tumba.

Dante permitió que una sonrisa lentamente mostrara la punta de sus colmillos.

La sorpresa era un lujo raro.

—¿Tan evidente es mi condición para una humana?

— preguntó, su voz un susurro sedoso.

—No para cualquier humana — replicó ella, sin mover un músculo.

— Para una hija de Todiel.

Yo soy Toto, subcomandante del Sector Beta.

Mi hermano Yodiel y yo llevamos la sangre y el deber del último gran cazador.

El nombre golpeó a Dante como un puño de plata.

Un viejo rencor, dormido durante siglos, se agitó en su pecho inmortal.

—¿Todiel…?

— el nombre salió como un veneno dulce.

— Dime, ¿respira aún ese viejo fanático?

—Descansa en paz desde hace dos años — dijo Toto, y vio cómo los ojos de Dante se encendían con un fuego carmesí.

La risa de Dante no fue de alegría, sino de una ironía profunda y amarga.

Un sonido que heló la sangre.

—¡Tenía una deuda pendiente con él!

La Parca me robó el placer de arrancarle el corazón personalmente.

Pero la justicia poética es deliciosa… poder extirpar su linaje, como él intentó hacer con el mío.

—¡Mi padre era un hombre de honor!

— espetó Toto, un temblor de furia en su voz.

— Y no partió sin cobrar su deuda.

Fue él quien envió al infierno a tu amada, Fine.

La vi arder bajo la luz del sol que él reflejó.

El nombre de Fine fue un cuchillo girando en la herida más antigua de Dante.

Su elegancia desapareció, reemplazada por una tensión animal.

El aire a su alrededor se enfrió varios grados.

—Ella era mi eternidad — su voz fue un silbido mortal.

— Juntos habríamos levantado a nuestra especie de las cenizas.

Tu padre me robó el futuro.

Así que ahora, te robaré el presente.

Se movió con la velocidad que había aterrorizado a generaciones.

Pero Toto no era una cazadora cualquiera.

Antes de que Dante cubriera la mitad de la distancia, un mar plateado brotó de su cabeza.

No era pelo; era un arsenal vivo.

Miles de hebras de cabello blanco, gruesas como cuerdas de acero y afiladas como agujas, interceptaron su carga, envolviéndolo en una red que se contrajo al instante.

Dante forcejeó, sus garras destrozando decenas de hebras, pero por cada una que cortaba, diez más brotaban.

La presión aumentó, amenazando con triturar sus huesos inmortales.

Con un esfuerzo sobrehumano, se retorció y se liberó, pero no sin que varias hebras, manipuladas como púas, le arañaran el pecho y rasgaran su ropa, dejando marcas que humeaban levemente.

La plata.

Las había impregnado con plata.

—Qué lástima — dijo Toto, casi con decepción.

— Hubiera sido un final demasiado rápido para el hijo del Conde Iván.

—¡Conde Iván para ti, mocosa!

— rugió Dante, la dignidad herida siendo un dolor más agudo que las heridas.

—Ah, perdón — su tono era de burla letal.

— Se ofende si no veneran a su papá vampiro.

La ira de Dante, siempre un volcán bajo una capa de hielo, estalló.

Cargó de nuevo, pero esta vez fue una tormenta de movimiento.

Esquivó, giró, se deslizó entre los torrentes de cabello que intentaban atraparlo.

Por un momento, estuvo a un metro de ella, su garra alzada para decapitarla.

Toto no retrocedió.

En su lugar, todo su poder se liberó.

El campo de batalla desapareció, ahogado bajo una avalancha plateada.

Un océano de cabello vivo, que se elevó como un muro de cien metros y se estrelló contra Dante con la fuerza de un tsunami.

El impacto lo envió a través de los escombros como un proyectil, destrozando rocas y hierros retorcidos.

Se incorporó, el cuerpo magullado por dentro, la regeneración trabajando a marchas forzadas.

Pero Toto no dio tregua.

Su “látigo” se dividió en tres, luego en nueve, luego en un enjambre de cientos de filamentos que atacaban desde todos los ángulos.

Dante, acorralado, los esquivaba con velocidad desesperada, pero algunos lo golpeaban salvajemente.

Finalmente, una telaraña de hebras lo atrapó en el aire y comenzó a comprimir.

Se oyó un crujido nauseabundo, el sonido de un cuerpo inmortal siendo aplastado.

Cuando las hebras se abrieron, lo que cayó al suelo fue poco más que una masa informe y sangrante.

Lentamente, con un sonido de carne recomponiéndose a regañadientes, Dante se reformó, de rodillas, jadeando.

Su piel, antes pálida y perfecta, ahora parecía papel viejo.

La luz en sus ojos se había apagado.

Era su última regeneración.

Lo sabía.

—¿Se te agotó la eternidad?

— preguntó Toto, avanzando, el océano de cabello ondeando a sus espaldas como una capa de muerte.

Dante no respondió.

Con un grito que era pura rabia y desesperación, se lanzó una última vez, un espectro de su antigua gloria.

Toto reunió todo su cabello en una muralla final, un coliseo plateado que se cerró sobre él.

Dante luchó como un animal acorralado, destrozando hebras a puñetazos y patadas, pero fue inútil.

Fue mutilado, desmembrado, reducido.

Solo su cabeza, impulsada por la voluntad final, logró atravesar la pared plateada, los ojos llameando con odio ancestral, la boca abierta en un gruñido silencioso.

Toto no titubeó.

Un último mechón, brillante como una estalactita de plata, atravesó el aire y partió la cabeza de Dante en dos, de arriba abajo.

Las dos mitades cayeron.

Y entonces, el cuerpo que había comenzado a regenerarse se detuvo.

Comenzó a deshacerse, no en ceniza, sino en un polvo fino y oscuro, como noche pulverizada.

En sus últimos microsegundos de conciencia, los setecientos años no fueron un recuerdo, sino una condena que se repitió.

Vio su nacimiento en la cripta de mármol negro, el sabor del primer miedo humano en su lengua.

Vio el ascenso del Don entre los hombres y cómo la caza se volvió una cruzada.

Vio a su padre, Iván, decapitado por un joven de mirada ardiente llamado Salazar, el futuro fundador de los Aliados.

Vio el peso de liderar a los últimos Luna de Sangre, una corona de espinas.

Vio a Fine, su luz en la eterna noche, reducida a polvo por un espejo cegador empuñado por Todiel.

Vio la alianza con Konrrac, un pacto con un diablo mayor para sobrevivir a otro.

Y vio, al final, cómo todo se desvanecía: su clan, su amor, su razón de ser.

—Te fallé, padre.

Te fallé, Fine.

Me fallé a mí mismo.

El vacío no se llena con siglos, solo se agranda.

Tanto desprecié su mortalidad… y al final, muero igual que ellos: solo, y preguntándome… ¿para qué?— El polvo que fue Dante, el último vampiro, se dispersó en el viento que olía a ceniza.

Toto dejó escapar un aliento que no sabía que contenía.

No hubo gritos de victoria.

Solo un silencio pesado.

Había cazado no solo a un Terror, sino a un mito, a un capítulo final de la historia.

Un escalofrío que no era por el frío la recorrió.

Ese escalofrío se intensificó cuando, a menos de cien metros, entre la bruma de polvo y humo, otra figura se hizo visible.

Alta, encorvada, envuelta en harapos oscuros.

No emitía sonido alguno.

Solo contemplaba el lugar donde Dante había dejado de ser.

Era Melchor, el Terror del Silencio.

Y frente a él, desplegando un arsenal de armaduras y armas cinéticas que brillaban con energía contenida, estaba Glud, capitán del noveno escuadrón de Beta.

Su voz, cargada de la tensión del que se enfrenta a la nada hecha persona, cortó la penumbra: —¡Hasta aquí, Terror!

¡Tu camino termina aquí!

¡Prepárate para encontrarte con el silencio que tanto repartes!

Melchor no respondió.

Nunca lo hacía.

Solo inclinó ligeramente la cabeza, y de los pliegues de sus ropas comenzó a filtrarse una niebla negra y espesa, que devoraba la luz y el sonido a su paso.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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