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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 18

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  3. Capítulo 18 - 18 El Precio de la Niebla y la Sangre
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18: El Precio de la Niebla y la Sangre 18: El Precio de la Niebla y la Sangre La arrogancia de Melchor no era activa, sino pasiva: la de un principio cósmico que sabe que, tarde o temprano, todo termina ante él.

Observó al capitán Glud con la indiferencia con que se mira a un insecto especialmente ruidoso.

Glud no perdió tiempo.

Un grito gutural, más ritual que de esfuerzo, desgarró su garganta.

De su piel brotó un vapor verde fosforescente que lo envolvió en un capullo pulsante.

Huesos crujieron, se reformaron; la carne se expandió con un sonido húmedo y terrible.

Cuando la niebla se disipó, ya no había un hombre, sino un dragón.

No una bestia de leyenda, sino una máquina de guerra biológica de veinte metros: escamas verde oscuro como placas de acero, músculos cableados bajo la piel, ojos amarillos con pupilas verticales que reflejaban la luna y la muerte.

Un aliento que olía a azufre y bilis caliente empañó el aire.

Melchor, por primera vez en décadas, sintió un destello de algo parecido a la sorpresa.

Abrió su boca desdentada y exhaló su respuesta: la Niebla de la Muerte Silenciosa, un manto negro que avanzaba disolviendo la vida en su camino, dejando solo podredumbre y silencio.

El dragón batió sus alas, creando un vendaval que dispersó la niebla como si fuera humo común.

Luego, inclinó su cuello y escupió.

No era solo fuego; era un torrente de plasma naranja vivo, tan caliente que distorsionaba el aire.

Melchor se movió con una velocidad irreal para su apariencia decrépita, pero la lengua de fuego lo rozó.

Su espalda crepitó, la tela y la piel se carbonizaron al instante.

Un dolor agudo, casi olvidado, lo recorrió.

Cayó, rodando por el suelo para apagar las llamas.

El dragón se abalanzó, sus fauces abiertas lo suficiente para tragar un coche.

Melchor, en el suelo, hizo lo único que podía: sopló directamente hacia el rostro que se abalanzaba.

La niebla, concentrada, golpeó al dragón en los ojos y el hocico.

Donde tocó, la carne no se quemó; se desvaneció, dejando cráteres humeantes en la escamosa piel.

La bestia rugió, un sonido de dolor y furia, y se elevó de un salto, batiendo sus alas con furia.

Desde el aire, vomitó un infierno.

El campo se convirtió en un mar de llamas.

Melchor, rodeado, levantó un muro de niebla para defenderse.

Fue un error catastrófico.

Al contacto, el fuego y la niebla no se anularon.

Reaccionaron.

La niebla, normalmente silenciosa, se volvió explosiva.

Pequeñas detonaciones crepitantes se convirtieron en una cadena de estallidos que sacudieron la tierra y lanzaron a Melchor por los aires.

Sangrando, quemado, el anciano Terror escupió sangre negra y algo más.

Masticó el aire, concentrando su esencia en su boca, y luego escupió bombas de niega condensada, bolas negras y pesadas que volaron hacia el dragón.

Una impactó en el ala izquierda.

No hubo explosión; el ala simplemente se desintegró en un segmento de dos metros.

El dragón cayó del cielo como un meteorito, sacudiendo la tierra.

Melchor no se detuvo.

Se puso de pie y, con un esfuerzo que parecía destrozarlo desde dentro, vomitó un río de líquido negro, más espeso que la niebla, corrosivo como el ácido de un estómago estelar.

El chorro alcanzó al dragón, que aulló mientras su costado se fundía.

En su agonía, la bestia contraatacó con su último aliento de fuego.

El fuego encontró el río negro.

El mundo se volvió blanco.

Una esfera de fuego verde y negro, de cien metros de diámetro, se expandió, consumiendo todo oxígeno, sonido y esperanza.

Cuando la bola se colapsó, reveló un paisaje de cristal vitrificado y humo tóxico.

En el centro, el dragón yacía, malherido, medio fundido.

Melchor, ahora poco más que un espectro carbonizado, arrastrándose, había previsto esto.

Un charco de su líquido negro, vomitado antes de la explosión, estaba bajo las garras del dragón.

La criatura, al intentar levantarse, se hundió en él.

No hubo rugido final.

Solo un silbido prolongado y el horrible espectáculo de un dragón siendo disuelto en una sopa orgánica, hasta que solo quedaron los huesos, que también se quebraron y fundieron.

Melchor, el Terror del Silencio, se desplomó.

Había ganado, pero a un coste terrible.

La tierra a su alrededor estaba muerta, envenenada por siglos.

Lejos de allí, en un barranco aislado donde el humo de la batalla se enredaba perezosamente, Feral estaba quieto.

No meditaba; su mente era un torbellino de fragmentos de memoria: la mirada resignada de Fausto, la carnicería en Zulú, la luna que a veces parecía susurrar.

Las palabras del general Aliado resonaban: “Veo un corazón justo, atrapado en una bestia.” —Konrrac es lo único que he tenido —murmuró para los cuatro vientos, sus garras clavadas en la tierra.

— Pero si todo lo que he visto es mentira… si él me mintió sobre por qué me dejaron… ¿entonces qué soy?

El ataque no llegó con un grito, sino con el silbido del aire partido.

Feral se apartó por instinto, y un martillo gigante de piedra y energía astilló el lugar donde estaba su cabeza.

Giró, listo para desgarrar.

El atacante era un joven de cabello desordenado y ojos inyectados en una furia tan pura que casi olía a ella.

Edwiin.

—¡Por fin te encontré, basura!

—rugió el subcomandante de Eco.

Feral frunció el ceño, genuinamente desconcertado.

Entre los cientos de rostros que había enfrentado, este no significaba nada.

—¿Y tú quién demonios eres?

¿Otro cazador con ganas de morir?— —¡Soy Edwiin, hijo de Vikthor!

—vociferó, blandiendo su martillo.

— ¡Y vengo por mi hermano!

El martillo descendió.

Feral lo esquivó con una pirueta, sus garras dibujando un arco plateado hacia el costado de Edwiin, quien apenas bloqueó con el mango.

El impacto hizo crujir la piedra.

—¡Recuerdas a los que atacaron tu montaña!

—gritó Edwiin entre golpes, cada palabra un latigazo.

— ¡Dime qué les pasó!— Feral paró un golpe con el antebrazo, sintiendo la vibración hasta el hombro.

—Esos pobres diablos.

Eran basura.

Aunque uno… usaba llamas azules.

Ese sí peleó.— —¿Qué le pasó?

—la voz de Edwiin se quebró de angustia.

—Lo maté —respondió Feral, sin emoción, mientras sus garras buscaban una apertura.

Fue un hecho, una consecuencia natural del combate.

El mundo alrededor de Edwiin estalló.

La tierra se levantó en furia, trozos de roca del tamaño de cabañas se arrancaron del suelo y se estrellaron contra Feral.

Él los destrozaba a puñetazos, a patadas, pero eran demasiados.

Edwiin golpeó el suelo con su martillo, y pilares de tierra brotaron como fauces, atrapando a Feral en una jaula de roca viva.

—¡Ese hombre era Gor!

—rugió Edwiin, mientras la jaula se contraía.

— ¡Era mi hermano menor!

El nombre, la relación, atravesaron a Feral como una de sus propias garras.

Hermano.

La palabra resonó en el vacío de su propia historia.

Por un instante, su concentración, su furia guerrera, se quebró.

Fue suficiente.

El martillo de Edwiin, cargado con toda la fuerza de su dolor, lo impactó en el costado.

Feral sintió costillas cediendo, el sabor a sangre en su boca, y voló a través de los escombros como un trapo.

Edwiin estaba sobre él, el martillo en alto para el remate final.

—¡Vine a vengarlo, asesino!— Feral, desde el suelo, vio la sombra del arma contra la luna.

Algo en él se resquebrajó, pero no era el miedo.

Era la aceptación de un ciclo absurdo.

Con un gruñido, levantó ambas manos y atrapó la cabeza del martillo al descender.

El impacto fue cataclísmico; una onda de fuerza aplanó el suelo a su alrededor en un círculo perfecto.

Los músculos de Feral temblaron, pero no cedieron.

—Tu hermano… vino a matarme —dijo Feral, levantándose mientras empujaba el arma, sus palabras entrecortadas por el esfuerzo.

— Peleó con honor… y murió con honor.— —¡No me hables de honor!

—Edwiin gritó, empujando con todas sus fuerzas.

— ¡Le diste el honor de tus garras!— Un sonido como el de un glaciar partiéndose.

Bajo la presión sobrehumana de Feral, el martillo místico de piedra y energía se rompió.

Edwiin miró los fragmentos con incredulidad.

Luego, el contraataque.

Un golpe de Feral lo levantó del suelo; otro lo hizo sangrar por la boca.

Edwiin, desesperado, hundió una mano en la tierra.

El suelo bajo Feral se licuó, convirtiéndose en arenas movedizas voraces que lo succionaron hacia las profundidades.

Enterrado, aplastado por el peso de la tierra, Feral sintió el pánico de la asfixia.

Y entonces, la rabia, la necesidad de vivir, se liberó.

—¡GARRAS NEGRAS!— Desde las profundidades, un destello de oscuridad pura.

No un rayo, sino un corte en la realidad misma.

El suelo se abrió en una cruz gigante de cicatrices negras y humeantes.

Feral emergió de la fisura como un demonio de la tierra, cubierto de polvo y furia, y se abalanzó sobre Edwiin.

No hubo técnica, solo un impulso definitivo.

Sus garras, bañadas en la energía negra, atravesaron la armadura, la carne, los huesos.

Edwiin cayó hacia atrás, mirando con ojos desenfocados a la bestia de ojos rojos que ahora se alzaba sobre él, jadeando.

La sangre brotaba a borbotones de su pecho.

—Fallé… —tosió Edwiin, una burbuja escarlata en sus labios.

— Pero mi padre… Vikthor… no fallará.

Te… encontrará.

La luz se apagó en sus ojos.

El silencio regresó, ahora cargado de un peso nuevo.

Feral miró sus garras, aún goteando la sangre caliente de un hermano vengador.

La adrenalía se disipó, y en su lugar llegó una ola fría y pesada, una sensación que nunca antes había conocido con esta claridad: la culpa.

¿Qué he hecho?

La pregunta no era retórica.

Era un alud.

¿A cuántos Gor he matado?

¿A cuántos hermanos, hijos, padres he dejado en el polvo, creyendo que solo defendía mi montaña, mi causa?

No era el acto de matar lo que lo desgarraba; era el contexto que ahora veía con claridad cruel.

Había luchado, había vencido a un oponente digno, pero no había gloria, ni propósito.

Solo un sabor a ceniza y a sangre, y un dolor agudo en el pecho que ninguna regeneración podía curar.

—Ahora lo veo —susurró, su voz ronca ante el cadáver de Edwiin.

— Ahora entiendo por qué me ven como un monstruo.

Porque en ese momento, al enfrentar las consecuencias de su soledad y su violencia, él también se veía así.

Se alejó del lugar, no con la gracia del depredador, sino con la pesadez del condenado, sumergiéndose en las sombras, cargando con un nuevo tipo de soledad: la que viene de saberse, finalmente, responsable.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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