Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 19
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- Capítulo 19 - 19 El abrazo del fantasma y la ira del hijo
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19: El abrazo del fantasma y la ira del hijo 19: El abrazo del fantasma y la ira del hijo Pasada la medianoche, una calma engañosa se extendía sobre el campo de batalla, rota solo por los gemidos lejanos de la tierra y el crepitar de los incendios.
Arianna, rodeada por el puñado de soldados que le quedaban y la silenciosa sombra de Capa Rota, alzó el rostro hacia el cielo.
Un viento caprichoso agitó su cabello plateado.
—¡Qué noche tan hermosa!
—exclamó, su voz un susurro melodioso que contrastaba con el entorno.
— Las estrellas titilan como diamantes sobre terciopelo negro.
Lástima que la brisa… huela a entrañas abiertas y esperanzas podridas.
Pero yo no respiraré ese aire.
Volviéndose, su sonrisa fue un rayo de luna.
—¡Capa Rota, mi fiel!
¿Nos llevarías de vuelta al valle?
Este lugar me aburre.
—Sí, mi señora —respondió la figura envuelta en la capa desgarrada, su voz un eco plano.
— Tómense de las manos.
Formaron un círculo precario, las manos de los soldados temblando al tocar la frialdad inhumana de Gliel.
En el instante en que la energía de teletransportación comenzó a zumbar, un destello azul cegador los golpeó como un mazo.
La onda de fuerza psiónica pura los dispersó como bolos, haciéndoles soltarse.
Antes de que el polvo se asentara, cinco figuras habían tomado posición frente a ellos.
Arianna se irguió, el encanto evaporado de su rostro.
—¿Cómo se atreven a interrumpir mi partida?
—su voz goteaba veneno dulce.
— Les arrancaré la voluntad de la mente y los haré bailar hasta desangrarse.
Sus manos se alzaron, rodeadas por un aura carmesí oscuro que parecía absorber la luz de las estrellas.
Su hermoso cabello se agitó como serpientes iracundas.
Pero el ataque mental, que debería haber colapsado como una marea en sus mentes, se estrelló contra un muro invisible.
Una presión palpable pero intangible los protegía.
Desde el grupo, Perla dio un paso al frente.
Sus ojos, ardientes con una furia fría, no se despegaban de la figura inmóvil de Capa Rota.
Una tenue luz azul emanaba de su frente.
—Tu pestilencia mental no tendrá efecto aquí —declaró, cada palabra martillada.
— Mi telequinesis protege más que objetos.
Sella las mentes de mis compañeros.
Arianna entrecerró los ojos, y luego una sonrisa de genuino deleite iluminó sus facciones.
—¡Pero si es mi vieja amiga Perla!
¡Claro!
Solo tú podrías ser tan… obstinada.
—¡Tú y yo nunca fuimos amigas!
—rugió Perla, los puños apretados hasta que los nudillos blanquearon.
—¿Ah, no?
—Arianna hizo un mohín de fingida confusión, acercándose a Capa Rota y pasando una mano por su hombro en un gesto posesivo.
— ¿Sigue doliendo ese asuntillo de tu noviecito?
Los celos son un color tan vulgar, querida.
Perla contuvo la respiración.
Ver la mano de Arianna sobre Gliel fue como una puñalada en un órgano que ya creía cicatrizado.
Darius, a su lado, puso una mano firme en su hombro.
—Comandante, la calma —susurró, su voz un ancla en su tormenta interior.
— Ella busca que pierdas el control.
No se lo des.
Perla asintió, tragando el nudo de rabia y dolor.
—Gracias, Darius.
Arianna giró su atención hacia él, su mirada juguetona y cruel.
—¡Ah, el fiel Darius!
Siempre a su lado, como un cachorro.
Dime, ¿ya le confesaste tu amor o sigues mimándolo en silencio?
Darius enrojeció visiblemente incluso en la penumbra.
—¡Cállate!
—¡Oh, cielos!
¡Así que no lo has hecho!
—Arianna se rió, un sonido de campanillas en un matadero.
— Qué romántico, morir con el corazón lleno de secretos.
Perla miró a Darius, una pregunta no formulada en sus ojos.
Él evitó su mirada, turbado.
—No… no es el momento—, murmuró.
—¡Ya basta!
—La voz que cortó la tensión fue grave, cargada de la autoridad de incontables batallas.
Era Loombar, Primer Comandante del Sector Alfa, un hombre con el rostro surcado de cicatrices y el porte de un veterano que ha visto demasiado.
— No estamos aquí para sus juegos psicológicos.
Estamos aquí para terminarlo.
Arianna hizo un gesto de fastidio.
—¡Qué aburridos!
¡Soldados, diviértanlos!
Uno de sus secuaces, un hombre de extremidades elásticas, se lanzó como un látigo hacia Loombar.
Su puño se estiró, impactando en la mejilla del veterano con un sonido seco, para luego envolverlo en espirales constrictoras.
Loombar, inmovilizado pero imperturbable, gruñó: —Lección básica, mocoso.
¿Qué le sucede a la goma sometida al cero absoluto?
De su boca exhaló un viento glacial, un frío que no era del clima sino del vacío interestelar.
El soldado elástico se congeló al instante, su cuerpo volviéndose quebradizo como cristal.
Loombar se expandió, rompiéndolo en mil pedazos con un crujido cristalino.
Otro secuaz, con la piel enrojecida y humeante, vomitó una columna de fuego.
Walter, Subcomandante de Alfa, se interpuso.
Su cuerpo se licuó, transformándose en un muro de agua pura que absorbió las llamas con un silbido de vapor.
Luego, el agua se cerró sobre el pirómano, llenando sus pulmones hasta que sus movimientos cesaron.
Un tercer soldado, un coloso de músculos, cargó.
Darius lo interceptó.
El golpe del gigante lo hizo retroceder, pero Darius se enderezó, sus ojos brillando con un fulgor analítico.
—Eres fuerte —dijo Darius, esquivando otro golpe titánico.
— Pero yo veo.
Veo el flujo de energía, el punto donde el tendón está sobrecargado, la válvula cardíaca que palpita de forma irregular.
Se movió, no con fuerza bruta, sino con una precisión quirúrgica.
Un golpe aquí, una presión allá.
El coloso se detuvo, llevándose una mano al pecho con expresión de sorpresa, y cayó fulminado por un paro cardíaco inducido.
El último soldado, con alas membranosas, emprendió el vuelo para huir.
Yodiel, Primer Comandante de Beta, alzó su brazo izquierdo.
La piel se retrajo, revelando un cañón de metal vivo que se ensambló con sonidos metálicos.
Un haz de energía azul cobalto, tan delgado como un cabello y tan caliente como el núcleo de una estrella, atravesó la noche.
Alcanzó al fugitivo, y por un instante, la silueta del hombre se vio en rayos X antes de partirse en dos mitades que cayeron en llamas.
Arianna miró los cadáveres de sus seguidores con desdén.
—¡Patéticos!
Y pensar que los llamaba míos.
—¡Ahora estás sola!
—gritó Perla, concentrando su poder telequinético en un campo de fuerza que presionaba a Arianna.
La Terror de la Lujuria se rió, un sonido claro y peligroso.
—¿Sola?
¡Tienes razón, olvido mis modales!
Permíteme presentarte a mi verdadero caballero.
— Su mano acarició la mejilla de Capa Rota con una intimidad obscena.
Perla contuvo un grito.
Su control titubeó.
Y entonces, el aire se incendió.
Una oleada de calor sofocante precedió a la aparición de un remolino de llamas.
De su centro, como un fénix iracundo, emergió Marcus.
Sus ropas humeaban, su cabello rubio coronado por una aura de fuego.
Sus ojos, sin embargo, no estaban en Perla ni en Arianna.
Estaban clavados en Loombar.
—Hola… padre —dijo Marcus, la palabra cargada de siete toneladas de odio y anhelo.
Loombar se congeló.
No fue el frío de su poder, sino algo más profundo.
Su rostro, un minuto antes impasible, se transformó en una máscara de dolor y rabia pura.
—Tú… no eres mi hijo —la voz de Loombar era un crujido de hielo viejo.
— Mi hijo murió.
Murió con su madre en el parto, porque un demonio de fuego se alojó en su vientre y los devoró a ambos desde dentro.
Tú solo eres la cáscara, el monstruo que se viste con su imagen.
La revelación cayó como un martillo.
Marcus parpadeó, y por un instante, el fuego en sus ojos vaciló, revelando algo frágil y herido.
Luego, la ira lo envolvió, más brillante y violenta que nunca.
—¿Me olvidaste tan fácilmente?
—rugió, las llamas crepitando a su alrededor.
—¡Nunca pude olvidar!
¡Cada día veo su rostro, y el de mi esposa!
¡Y veo el tuyo, impostor!
— Loombar lanzó un grito desgarrador y, con él, un rayo de hielo azul absoluto que atravesó el aire hacia Marcus.
Marcus respondió con un torrente de fuego blanco.
Los elementos chocaron en mitad del campo, creando una cortina de vapor sobrecalentado que quemaba los pulmones.
Walter reaccionó, fusionándose con la humedad del aire y del suelo, creando un tentáculo gigante de agua que se enroscó alrededor del fuego de Marcus, intentando sofocarlo.
Loombar sumó su poder, dirigiendo el agua para congelarla desde dentro.
Por un momento, Marcus estuvo atrapado en una esfera de hielo y agua hirviente que silbaba y se agrietaba.
—¡Gracias, hijo mío!
—gritó Loombar a Walter, sellando la prisión con una última capa de hielo perpetuo.
Al escuchar ese “hijo mío” dirigido a otro, algo en Marcus se rompió.
Un aullido que no era humano emanó de la esfera.
Se oyó un crujido, luego otro, y el hielo estalló desde dentro.
No era Marcus quien emergió, sino el Demonio de la Ira en su plenitud: una silueta de llamas vivas, con cuernos de carbón y ojos como pozos de magma.
La onda de choque derribó a Walter y Loombar.
Yodiel no vaciló.
Su cuerpo entero resonó con un sonido metálico, transformándose en una armadura de titanio vivo.
De sus hombros, espalda y brazos emergieron cañones, lanzadores y hojas retráctiles.
Una lluvia de proyectiles cinéticos, rayos láser y misiles guiados se estrelló contra el demonio de fuego, creando una sinfonía de explosiones que iluminó la noche como un sol artificial.
El demonio retrocedió, acorralado por el asalto tecnológico.
Mientras tanto, en una isla de calma relativa dentro del caos, Perla se enfrentaba a su propio infierno.
Había logrado inmovilizar a Capa Rota con su telequinesia, acercándose lentamente.
—Gliel… mi amor —su voz era un susurro quebrado, cargado de todas las noches en vela y todas las preguntas sin respuesta.
— Mírame.
Soy yo.
Perla.
Sé que estás ahí, en algún lugar.
Recuérdame.
Recuerda las cosechas de otoño en Eco, cuando te cubrías de hojas para hacerme reír.
Recuerda la promesa… Tomó sus manos inertes.
Eran frías.
Pero por un instante, bajo su toque, sintió un leve temblor.
El campo de fuerza psiónico de ella no solo lo paralizaba; quizás, solo quizás, estaba aislando el control de Arianna, dándole un momento de lucidez.
—Vuelve a mí —imploró, las lágrimas surcando su polvoriento rostro.
— Vuelve con tus abuelos.
Tu abuela todavía pone un plato para ti en la cena.
Todos te extrañamos.
Yo te extraño.
La presión de su mente era un abrazo, no una prisión.
Y entonces, lo sintió.
La resistencia cesó.
Los ojos vacíos de Capa Rota parpadearon.
Lentamente, muy lentamente, se alzaron para encontrarse con los de ella.
Hubo un destello, un fragmento del azul familiar que ella amaba, enterrado bajo capas de control.
Él se movió.
No para atacar, sino para acercarse.
El corazón de Perla dio un vuelco salvaje de esperanza.
Él levantó un brazo… y en vez de un abrazo, su mano se cerró con fuerza brutal en su cabello, jalando su cabeza hacia atrás con violencia.
Su rostro se acercó al de ella, y el susurro que salió de sus labios no era el de Gliel, era el eco frío y mecánico de la programación de Arianna: —Yo soy Capa Rota.
Una daga de energía, materializada de la nada, apareció en su otra mano, dirigiéndose al cuello de Perla.
¡CRAC!
Un golpe perfectamente colocado de Darius desvió la hoja en el último milisegundo.
El filto psiónico de la daga le quemó el antebrazo, pero apartó a Perla del peligro.
—¿Estás bien?
—preguntó Darius, sin apartar los ojos de Capa Rota, su rostro una mezcla de preocupación y determinación feroz.
Perla, conmocionada, sin aliento, solo pudo asentir.
El dolor de la tracción del pelo era nada comparado con el desgarro en su alma.
Arianna soltó una risa triunfal, disfrutando del espectáculo.
—¡Mátalos, mi campeón!
¡Córtales la cabeza y tráemelas!
Capa Rota se desmaterializó y reapareció detrás de Darius.
La batalla que siguió fue un duelo de fantasmas.
Darius, con su Don de percepción aumentada, veía la perturbación en el aire medio segundo antes de que Capa Rota apareciera, anticipando sus ataques.
Esquivaba puñaladas que surgían del vacío, bloqueaba patadas que aparecían a sus costados.
Sus propios contraataques, veloces y precisos, buscaban puntos vitales, pero Capa Rota se desvanecía antes de que conectaran.
Era una danza mortal de pura velocidad y pre-cognición, cada movimiento un riesgo calculado, cada chispa del choque de sus armas un latido más en el corazón de la batalla.
Al otro lado del campo, el Demonio de Fuego, acorralado por el asalto de Yodiel, reunió sus llamas en un núcleo incandescente.
Loombar y Walter, recuperándose, se preparaban para un contraataque conjunto, sus poderes de hielo y agua fusionándose en una espiral gélida.
Y en el centro, Perla se levantaba, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano.
La desesperación en sus ojos se solidificó en algo más duro, más peligroso: una determinación absoluta.
No solo para matar a Arianna, sino para rescatar, o para liberar, al hombre que amaba, incluso si la única liberación posible era la muerte.
La noche, testigo de la caída de dioses y monstruos, contuvo el aliento.
El aire, cargado de ozono, ceniza y emociones crudas, vibraba con la promesa de un fin inminente.
Ningún bando podía retroceder.
Aquí, entre el fuego, el hielo, la ilusión y la memoria rota, se decidiría no solo una batalla, sino el destino de un amor y la redención de una bestia de fuego que solo anhelaba, desesperadamente, ser llamado “hijo”.
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