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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 20

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  3. Capítulo 20 - 20 Ecos de una Amistad Rota
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20: Ecos de una Amistad Rota 20: Ecos de una Amistad Rota La batalla en las llanuras de Omega era un infierno dividido.

En un epicentro, un sol artificial de furia: Marcus, convertido en el Demonio de la Ira, libraba su guerra personal.

El cielo se retorcía en rojos y naranjas enfermizos, reflejando el torbellino de fuego que giraba a su alrededor.

El calor era un muro físico, derritiendo el metal, cuarteando la tierra y haciendo que el aire mismo parpadeara como sobre un brasero.

A kilómetros de distancia, en las murallas de Omega, los vigías sudaban y retrocedían, abrumados por la temperatura.

Yodiel, convertido en una fortaleza de metal viviente, era una silueta oscura contra el fuego.

Sus propulsores, forzados al máximo, zumbaban en protesta mientras evadía tentáculos de llamas que buscaban engullirlo.

Cada ráfaga de energía que disparaba desde sus cañones era un relámpago azul en la tormenta carmesí, pero solo conseguía desviar, no dañar.

El metal de su cuerpo comenzaba a brillar al rojo blanco, las juntas a emitir chirridos de angustia.

—¡Su furia… es infinita!

—gritó Yodiel por el canal de comunicación, su voz distorsionada por el calor y el esfuerzo.

Loombar y Walter luchaban en una danza desesperada de elementos opuestos.

Loombar, con el rostro desencajado por el esfuerzo y un dolor más profundo que las quemaduras, convocaba géiseres de agua del subsuelo, que al instante se convertían en vapor al contacto con el aura de Marcus.

Walter, fluyendo entre estado líquido y sólido, intentaba moldear ese vapor en jaulas de hielo instantáneo, pero se derretían como mantequilla bajo un soplete.

—¡¡Yo solo quería que te sintieras orgulloso de mí!!

—El grito de Marcus no era solo sonido; era una onda de calor y angustia psíquica que hizo tambalear a todos.

— ¡¡Pero lo único que recibí fue tu desprecio!!

—¡Tú solo sabes destruir!

—rugió Loombar, y sus palabras eran cuchillas de hielo.

— ¡Mataste a tu madre!

¡Eres un monstruo que usa su rostro!

¡Nunca fuiste mi hijo!

La barrera combinada de agua y hielo estalló.

Un tentáculo de fuego, más denso y rápido que los anteriores, atrapó a Yodiel.

El metal, sometido a un estrés intolerable, emitió un gemido agónico antes de que el brazo metálico se fundiera y se desprendiera.

Yodiel cayó del cielo, impactando contra el suelo como un meteoro derrotado.

A pocos metros, el duelo de velocidades entre Darius y Capa Rota se detuvo en seco.

El calor se volvió insoportable, una agonía que quemaba los pulmones desde dentro.

Darius, con su percepción aumentada, era especialmente vulnerable; cada partícula de aire caliente le quemaba como una aguja.

—¡Perla!

—tosió, cayendo de rodillas.

— ¡Su punto débil… es un núcleo inestable en su pecho, pero… no puedo… acercarme!

Antes de que Perla pudiera reaccionar, Darius se desplomó, retorciéndose.

Un grito desgarrador le salió de la garganta mientras se agarraba la cabeza con ambas manos.

No era el calor.

Era una violación mental.

Arianna, con los ojos brillando como carbones bajo el aura carmesí que la rodeaba, sonreía con crueldad.

El cabello de Perla, empapado en sudor, se erizó.

Sintió cómo su campo telequinético, extendido para proteger a sus compañeros, se desvanecía como hielo bajo el sol.

Había concentrado tanto en mantener a raya a Capa Rota y en soportar el calor, que dejó una grieta.

—Veo que te distraes, querida —la voz de Arianna era un susurro venenoso que atravesó el rugido del fuego.

— La mente de tu admirador es… deliciosamente ordenada.

Fácil de desordenar.

—¡¡¿POR QUÉ?!

—El grito de Perla fue puro desgarro.

— ¡¿Por qué insistes en hacer sufrir a todos?!

Arianna la miró, y por un instante, la máscara de la Terror de la Lujuria se resquebrajó, mostrando la rabia de una niña traicionada.

— ¡¡¿POR QUÉ?!!

¡¡¿QUÉ CLASE DE PREGUNTA ES ESA?!

¡¡TÚ MEJOR QUE NADIE DEBERÍAS SABERLO!!

Su voz ya no era un susurro, era un vendaval de dolor acumulado.

— ¡¡Yo era tu mejor amiga!!

¡Te apoyé en todo, me alegré cuando Gliel te propuso matrimonio… Pero cuando Cork… cuando ese cerdo me violó y acudí a ti, a la justa Perla, para que me ayudaras a denunciarlo… ¡¡¿QUÉ HICISTE?!

¡¡NADA!!

¡¡Todos me dieron la espalda, nadie me creyó!!

¡¡Por eso los destruiré a todos!!

Perla palideció.

El nombre de Cork, un héroe legendario de los Aliados, ahora Primer Comandante retirado, era una sombra que ella había intentado enterrar.

— ¡Arianna, hubo una investigación!

Él… salió inocente.

Yo sabía que era verdad, pero… ¡era un pilar de los Aliados!

¿Cómo íbamos a luchar contra eso?

—¡¡EXACTAMENTE!!

—Arianna escupió las palabras.

— ¡El caballero blanco no podía tener una mancha en su armadura!

¡Así que me hicieron a un lado, me llamaron mentirosa, histérica!

¡¡Por eso tomé la justicia en mis manos!

Cuando intentó tocarme de nuevo, le abrí la mente y la volví puré.

¡Yo misma!

—No te culpo por eso —dijo Perla, su voz temblorosa pero firme.

— Te culpo por lo que vino después.

¡¿A cuántos soldados mataste?!

¡¿A cuántos te llevaste, lavándoles el cerebro?!

¡Te llevaste a Gliel!

¡¿Cuántos hemos tenido que pagar por tu dolor?!

—¡¡¿Y crees que eso es lo que yo quería?!

—Las lágrimas, reales y saladas, surcaron el rostro sucio de Arianna.

— ¡¡Yo quería ser una heroína!!

¡Una inspiración para las niñas!

¡Quería ser general, comandante… quería arreglar las cosas por las buenas!

¡Pero no pude!

¡Así que las arreglo por las malas!

—Te comprendo —susurró Perla, y era verdad.

En sus ojos había una pena inmensa.

— Pero no puedo permitir que lastimes a más personas.

Con un esfuerzo sobrehumano, Perla extendió sus manos hacia Darius.

Su campo telequinético, debilitado, se reconcentró en un fino hilo de fuerza pura que penetró la invasión mental de Arianna y la cortó.

Darius se desplomó, inconsciente pero libre.

Arianna retrocedió, sorprendida por el contraataque.

—¡Capa Rota!

¡Mátala!

—ordenó, la voz cargada de urgencia.

Pero Perla ya estaba en movimiento.

Su poder, enfocado como un láser, golpeó a Gliel.

No para dañarlo, sino para inmovilizarlo por completo, forzándolo a arrodillarse.

Luego, colocó sus manos en su cabeza, cerrando los ojos.

No era un ataque físico.

Era una intrusión psíquica directa, una búsqueda desesperada en las capas de control que Arianna había tejido.

El dolor fue inmediato y brutal, tanto para Perla como para Gliel.

Él gritó, un sonido ahogado y animal.

Pero en medio de la tormenta, destellos de recuerdo irrumpieron: La rebelión de Arianna.

El caos en los cuarteles.

Gliel, con la capa nueva que Perla le había regalado, mirándola con ojos llenos de confusión y una lealtad errante.

“Tienen razón, Perla.

El sistema está podrido”, le decía.

Ella, llorando, agarrando su capa.

“¡No te vayas!

¡Gliel, por favor!” El tirón.

El sonido de la tela rasgándose.

Él se iba sin mirar atrás, llevando consigo solo el jirón que ella sostenía en la mano.

Los ojos de Gliel, vidriosos, se encontraron con los de Perla.

Por un instante, el vacío fue reemplazado por un reconocimiento agonizante, por el amor y la culpa de años.

—Perla… —su voz era un hilo de aire, el susurro del hombre que fue.

— Ayúdame.

Termina con esto.

Mátame.

Arianna lo sintió.

Sintió cómo su control mental, su dominio absoluto sobre su voluntad, se escurría como agua entre los dedos.

Pero aún tenía un último recurso: el control físico básico, el que lo convertía en una marioneta de carne.

Con una sonrisa desesperada, ordenó a su cuerpo: “Deja de respirar.” Los pulmones de Gliel se congelaron.

Su rostro comenzó a cianotarse.

—¡NO!

—gritó Perla.

Sin pensarlo, dirigió su telequinesia hacia Arianna.

No hacia su mente, sino hacia el órgano más vital, más simbólico.

Apretó el corazón de Arianna con su mente.

Arianna jadeó, llevándose una mano al pecho.

Su control sobre el cuerpo de Gliel vaciló, pero no cesó.

Ninguna cedía.

—¿Ves?

—Arianna tosió, una gota de sangre en su labio.

— Somos iguales… Capaces de cualquier cosa… por lo que amamos… o por lo que odiamos.

Gliel, atrapado entre dos fuerzas, agonizaba.

Su mirada, fija en Perla, era una súplica clara, un consentimiento final.

Perla cerró los ojos.

No podía salvarlo manteniendo con vida a quien lo torturaba.

El amor y el deber, en ese momento, eran la misma cosa: liberarlo.

Con un sollozo que le desgarró el alma, Perla hizo estallar el corazón de Arianna con el poder de su mente.

Un golpe sordo.

Un jadeo.

Arianna se desplomó, sus ojos, tan hermosos y ahora vacíos, mirando el cielo estrellado que tanto había admirado.

Una última lágrima se deslizó por su mejilla.

No de dolor, sino de un alivio amargo.

El control sobre Gliel se desvaneció al instante.

Él inhaló profundamente, tosiendo, cayendo de costado.

Perla, agotada, cayó de rodillas a su lado.

Y entonces, los recuerdos, los verdaderos, no los impuestos, inundaron a ambos.

No como destellos de agonía, sino como una marea cálida y dolorosa.

Dos niñas en los jardines de la Ciudadela, antes de la guerra, antes de los poderes.

Perla, con su trenza dorada, y Arianna, con sus lazos azules, jurando ser heroínas juntas.

“Siempre seremos amigas, pase lo que pase.” Adolescentes en la academia, Arianna defendiendo a Perla de unos bravucones.

“Nadie toca a mi amiga.” La noche en que Gliel, nervioso, le pidió a Perla que se casara con él.

Arianna, su dama de honor designada, abrazándola y llorando de felicidad.

“Se lo merece.

Te ama tanto.” Y la noche oscura, meses después, Arianna en la puerta de Perla, temblando, los ojos llenos de un horror indecible.

“Fue Cork… Perla, fue él.

Tienes que creerme.” Y el rostro de Perla, no de incredulidad, sino de un miedo paralizante ante la maquinaria invencible que era el sistema al que habían jurado servir.

El presente regresó con el crujido de las llamas de Marcus (que ahora ardían más bajo, como si la furia colectiva hubiera perdido una de sus fuentes).

Gliel, tosiendo aún, se arrastró hacia Perla.

La miró, y en sus ojos ya no había ni rastro de Capa Rota, solo el dolor, el amor y el agradecimiento infinito de un hombre que había regresado del infierno.

La abrazó con fuerza, enterrando su rostro en su cuello, y ambos se derrumbaron, llorando.

Lloraron por Arianna, por los años perdidos, por el dolor infligido y recibido, por la amistad que la guerra y la injusticia habían convertido en esto.

Luego, como un acto de afirmación, de reconexión con lo que una vez fueron, sus labios se encontraron en un besa salado por lágrimas y sangre.

Un besa que era un perdón, un reencuentro y un adiós a la inocencia, todo a la vez.

Darius, recuperando la conciencia, los vio.

Un dolor agudo, no físico, le cruzó el pecho.

Pero era un hombre noble.

Con un esfuerzo, se puso de pie y se acercó.

—Perla… Gliel… —su voz era ronca.

— Me alegro… Me alegro de que estés de vuelta, hermano.

Gliel separó su rostro del de Perla y miró a Darius.

Vio la quemadura en su brazo, la fatiga en sus ojos, y la emoción no fingida en ellos.

Le tendió una mano.

—Gracias, Darius.

Por cuidar de ella… cuando yo no pude.

El apretón de manos fue firme, cargado de un respeto nuevo y doloroso.

La batalla alrededor aún rugía, pero en ese pequeño círculo, una guerra había terminado.

La de Arianna.

Y de sus cenizas, frágil y llena de cicatrices, renacía un amor que el odio no había logrado matar del todo.

Pero el costo, el costo de una amistad perdida para siempre, se sentía como un cráter en el alma de Perla, que sabía que nunca se llenaría.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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