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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 3

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  3. Capítulo 3 - 3 La corte de los condenados
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3: La corte de los condenados 3: La corte de los condenados El bosque que rodeaba al Fuerte Terror no estaba muerto: estaba en agonía perpetua.

Árboles esqueléticos, despojados de hojas y corteza, se alzaban como dedos necróticos implorando a un cielo eternamente gris.

De día, gases venenosos exhalados por la tierra corrompida asfixiaban la luz.

De noche, una niebla espesa y fría se arrastraba desde los pantanos, abrazando los muros de piedra negra de la fortaleza.

En la puerta norte, dos guardias se apoyaban contra la humedad glacial.

Uno tosía sin cesar, un sonido seco y rasposo que parecía arrancarle pedazos de pulmón.

—Cada día estás peor —murmuró el otro, sin mirarlo, sus ojos escrutando la niebla.

—Es el precio —jadeó el enfermo, limpiando una mancha oscura en su labio—.

La maldición de estas tierras.

Él nos da refugio… y a cambio, la fortaleza nos chupa la vida, gota a gota.

Somos velas encendidas en su altar.

Una silueta emergió de la bruma.

No caminaba: se deslizaba.

Una mancha de oscuridad más densa que la noche.

Los guardias se pusieron rígidos, sus manos temblorosas sobre las lanzas.

—¿Q-quién va?

—logró balbucear uno.

La figura salió de la niebla.

La luz de los faroles titilantes cayó sobre el pelaje negro azabache, los ojos rojos que brillaban con su propio fuego interior, los colmillos que sobresalían de un rostro lupino.

Feral.

El terror fue instantáneo y visceral.

Los guardias se apartaron como si les hubieran acercado un hierro al rojo.

Las enormes puertas de roble y hierro, que requerían el esfuerzo de cinco hombres, fueron abiertas con una velocidad desesperada, chirriando sobre sus goznes herrumbrados.

No dijeron una palabra.

No hacía falta.

El miedo a ser devorados por la bestia que Konrrac llamaba “hijo” era un lenguaje universal.

Feral cruzó el umbral.

Sus sentidos, infinitamente más agudos que los de cualquier humano, captaron todo de inmediato: el olor a enfermedad y desinfección barata, el débil latido de corazones exhaustos tras las puertas cerradas, el silencio cargado de pánico.

Había menos sirvientes.

Mucho menos.

Y los que quedaban olían a fiebre y resignación.

Avanzó por los corredores principales hacia el ala del trono.

El lujo aquí era obsceno, una burla a la miseria exterior.

Muros revestidos de láminas de oro batido, candelabros de cristal y metales preciosos que arrojaban una luz cegadora y fría.

En las altísimas bóvedas, estandartes de seda negra exhibían el símbolo de los Diez Terrores: un círculo perfecto que encerraba diez círculos menores, cada uno con el perfil estilizado de una bestia diferente.

En el centro del salón, una mesa de ébano pulido, larga como un campo de batalla, flanqueada por diez sillas altas.

Y en la cabecera, un trono.

Allí estaba Konrrac.

No era solo grande; era monumental.

Dos metros y quince centímetros de escamas marrones que parecían talladas en ónice, reflejando la luz de forma líquida y siniestra.

Seis cuernos se enroscaban desde su cráneo como una corona de espinas ancestral.

Sus ojos, verdes y con pupilas de gato, no parpadeaban.

A su espalda, unas alas membranosas y negras como el carbón se plegaban reposando en el suelo.

Su cola, gruesa y poderosa, se movía con lentitud felina.

Cuando se levantó, el crujido de sus articulaciones sonó como piedras moliéndose.

—Muchacho —dijo su voz, un grave retumbar que vibraba en los huesos—.

Llegaste.

Feral inclinó levemente la cabeza.

El gesto era de respeto, pero sus ojos escudriñaban.

—Maestro.

Soy el primero.

—Los demás están en camino —afirmó Konrrac, sin necesidad de mirar un reloj.

Su “Visión de la Telaraña”, el poder de proyectar su mente a través de grandes distancias, le daba un conocimiento omnisciente de sus dominios.

Feral no pudo contenerse.

Su mirada barrió el salón vacío, pero su olfato captaba los ecos de la enfermedad en los cuarteles de servicio.

—Hay menos sirvientes.

Muchos están enfermos.

La expresión de Konrrac se endureció.

Las escamas alrededor de sus ojos se tensaron.

—Las bajas del último ataque de los ALIADOS.

Una bomba de veneno en los pozos de agua.

Una táctica cobarde, pero efectiva.

Instintivamente, Feral aguzó el oído.

Escuchó el latido del corazón de Konrrac: fuerte, constante, rítmico como un tambor de guerra.

No se aceleró.

Su olfato buscó el tufo sutil de la mentira, la alteración química que delataba el engaño.

No encontró nada claro… pero sí una nota extraña, un olor a azufre y poder contenido que siempre envolvía a Konrrac.

El reptil gigante notó la inspección sutil.

Sus ojos verdes se estrecharon hasta ser dos rendijas luminosas.

—¿Acaso… dudas de mi palabra, hijo?

—la pregunta cayó como una losa de hielo.

Feral retrocedió un paso, no por miedo físico, sino por la violación de un tabú.

—No es eso, maestro.

Es sólo que… ¿por qué no usas tus poderes para sanarlos?

Al menos para aliviar su sufrimiento.

La ira de Konrrac estalló entonces.

No con un grito, sino con un silbido bajo y peligroso, como el de una serpiente a punto de atacar.

—¡Basta!

¿Cuándo entenderás la naturaleza de esto?

Esto es guerra.

Y en la guerra, la moneda de cambio es la carne, el dolor y la pérdida.

Los inocentes siempre pagan el precio más alto.

Siempre.

—Pero nosotros podríamos… —intentó Feral, su voz más baja, acongojada.

—¡Pensar en los que pierdes te convierte en presa!

—rugió Konrrac, avanzando.

Su sombra envolvió a Feral—.

La compasión es el lujo de los que no tienen que gobernar.

Yo no estoy aquí para salvar a cada gusano que se arrastra.

Este mundo… —hizo una pausa, y cuando habló de nuevo, su voz era una revelación helada— no necesita ser salvado.

Necesita ser limpiado.

Purgado de su debilidad.

Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Feral.

Esas palabras resonaron de forma distinta, más profunda y aterradora que cualquier arenga de batalla.

En ese preciso instante, una voz como terciopelo empapado en vino añejo llenó el espacio detrás de ellos.

—¡Qué conmovedor cuadro!

El amo y su fiel mastín.

Casi me hace derramar una lágrima… si aún tuviera lágrimas que derramar.

De las sombras más profundas, donde ni siquiera la luz dorada se atrevía a entrar, emergió Dante.

Su piel era de una palidez marmórea y fría.

Su cabello, negro como el azabache, enmarcaba un rostro de una belleza cruel y andrógina, con ojos del color de la miel vieja.

Unas alas de murciélago, finas como el pergamino, se plegaban a su espalda.

El Terror Número Cuatro.

El Vacío.

Feral se giró, los colmillos al descubierto.

—¿A quién llamas mastín, sanguijuela?

Dante sonrió, mostrando las puntas de sus caninos.

—¿Acaso ves por aquí otro perro con pulgas?

Uno que gruñe y obedece a su amo por unas pocas caricias.

La rabia de Feral fue un estallido puro.

Se abalanzó.

Dante, con una velocidad sobrenatural, se desvaneció y reapareció a su lado.

El choque de sus golpes no fue un sonido, sino una onda de presión que agrietó las losas del suelo y apagó varias velas.

Feral atrapó a Dante por el cuello, pero sus dedos se cerraron sobre una sustancia gaseosa y fría que se reformó detrás de él, riendo.

Justo cuando Feral giraba para un nuevo ataque y Dante extendía sus garras afiladas como navajas, una fuerza titánica se interpuso.

Konrrac estaba entre ellos, una mano enorme alrededor de la muñeca de Feral, la otra deteniendo la mano gélida de Dante.

—¡BASTA!

—tronó su voz, y esta vez el poder en ella era tangible, un latigazo que dobló el aire—.

¡No toleraré peleas de perros en mi sala de guerra!

Entonces, de repente, el mundo desapareció.

Para Feral, fue como ser arrojado al fondo de un océano de tinta.

No veía, no olía, no oía, no sentía el suelo bajo sus pies.

Era un vacío sensorial absoluto.

La Mentira de los Cinco Sentidos, el sello de Wiber.

Pero en el centro de ese vacío, un núcleo primario, animal, permaneció alerta.

Su instinto de bestia.

Sin ver, sin oír, Feral giró sobre sus talones y descargó sus garras en un arco perfecto hacia donde sentía una presencia burlona.

Un sonido como de cristal que se astilla.

La ilusión se hizo añicos.

Ante él, riendo en silencio, estaba un hombre delgado y vestido con ropas simples, de rostro ordinario y ojos que cambiaban de color como el camaleón.

Wiber.

El Terror Número Tres.

—¡Impresionante, Feral!

—dijo Wiber, su voz era un eco múltiple, como si hablaran varios a la vez—.

Tus reflejos brutales mejoran.

A ti, Dante, no puedo decir lo mismo.

Tu vacío interior es tan predecible como el anochecer.

Feral resopló, bajando las garras.

—Tu truco es bueno, Wiber.

Pero no puedes engañar a lo que no piensa, sólo a lo que siente.

Dante, ahora materializado de nuevo, echó humo de furia.

—¡No me compares con este animal sudoroso!

Wiber se rió abiertamente, un sonido extrañamente genuino.

Konrrac, con un movimiento demasiado rápido para verse, dio un golpe seco en la nuca a cada uno.

No fue violento, pero fue definitivo.

—¡La próxima vez, los arrojo a la fosa de Utaku por una semana!

—amenazó.

En ese momento, la temperatura de la sala descendió bruscamente.

No fue un cambio físico, sino existencial.

Una sensación de final impregnó el aire.

Las llamas de las velas se inclinaron, chisporroteando en tonos azules.

Un hombre entró.

Viejo, corpulento, con una barba y un cabello blancos como la nieve de un sepulcro.

Vestía un traje negro impecable.

No hizo ruido.

No miró a nadie.

Simplemente caminó hacia la mesa y tomó asiento en la segunda silla, frente al trono.

Melchor.

El Terror Número Dos.

La Muerte.

Nadie habló.

Ni siquiera Konrrac.

Los dos seres más poderosos de la sala se midieron con la mirada durante un latido eterno.

Fue Konrrac quien finalmente rompió el silencio, desviando la vista primero.

—Tomemos asiento.

Los demás no tardarán.

Apenas se habían sentado, llegaron tres figuras más.

El primero era un coloso moreno y calvo, de dos metros de altura, vestido sólo con un delantal blanco de cirujano manchado de sustancias innombrables.

Su nariz era ancha, sus labios gruesos, y sus ojos negros carecían de todo brillo.

Jairo, el Número Nueve.

El Dolor.

Se sentó pesadamente, sin una palabra, colocando unas pinzas largas y afiladas sobre la mesa.

La segunda era una mujer diminuta y regordeta, de no más de metro y medio.

Su cabello rojo era un nido electrizado.

Llevaba un vestido de enfermera azul, manchado y desgarrado, y unos tacones que repiqueteaban de forma inquietante.

Sonreía con una sonrisa amplia y desquiciada, sus ojos verdes saltando de un rostro a otro.

Teresa, el Número Cinco.

La Locura.

Se dejó caer en su silla y comenzó a tararear una nana discordante.

El tercero hizo que hasta Feral contuviera el aliento.

Era un humanoide cucaracha.

Su exoesqueleto marrón brillaba bajo la luz.

Medía casi dos metros y se movía con un sigilo antinatural sobre dos patas, mientras sus cuatro brazos se movían de forma independiente.

Grandes antenas cubiertas de esporas palpaban el aire.

Sus ojos compuestos, negros y sin alma, lo veían todo.

Una baba espesa y verdosa goteaba de sus mandíbulas.

Utaku, el Número Ocho.

El Miedo.

Se acurrucó en su silla, produciendo un leve chasquido.

Llegaron los dos últimos.

Un hombre alto y esbelto, de cabello rubio largo y ojos azules glaciales.

Iba desnudo de la cintura para arriba, mostrando un torso musculoso cubierto de cicatrices rituales.

Marcus, el Número Seis.

La Ira.

Su mera presencia hacía que el aire oliera a ozono y violencia contenida.

Tras él, flotando más que caminando, una mujer de belleza sobrenatural.

Su piel era de porcelana, su cabello negro como el ébano caía en ondas perfectas.

Sus ojos, del color de la miel, y sus labios rojos pasión, contrastaban con un vestido escarlata que se adhería a sus curvas como una segunda piel.

Arianna, el Número Siete.

La Lujuria.

Su mirada era un tacto físico, una promesa y una amenaza.

Cada hombre en la sala, excepto Melchor y quizás Wiber, sintió un tirón instintivo, inmediatamente seguido de un escalofrío de terror.

Así quedó la mesa: · CABECERA: Konrrac (1 – Dominio/Poder).

· IZQUIERDA (de Konrrac hacia abajo): Feral (10 – Soledad/Fuerza Bruta), Wiber (3 – Mentira), Utaku (8 – Miedo).

· DERECHA: Dante (4 – Vacío), Teresa (5 – Locura), Marcus (6 – Ira), Arianna (7 – Lujuria).

· FRENTE A KONRRAC: Melchor (2 – Muerte).

La silla del Número 9, Jairo (Dolor), quedaba a la derecha de Melchor.

Los Diez Terrores estaban reunidos.

El aire era una sopa espesa de poder, odio, ambición y locura.

Konrrac apoyó sus garras blancas sobre la mesa de ébano.

El sonido fue el de una tumba cerrándose.

—Comencemos —dijo, y su voz ya no era la de un maestro para su alumno, sino la de un general para sus armas vivientes—.

Los ALIADOS han tocado la colmena.

Ahora… les mostraremos el verdadero significado del aguijón.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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