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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 21

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  3. Capítulo 21 - 21 El Peso de la Sangre y el Silencio
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21: El Peso de la Sangre y el Silencio 21: El Peso de la Sangre y el Silencio El campo de batalla era un infierno fragmentado, cada rincón una guerra distinta.

Pero en el epicentro del fuego, la guerra de Marcus llegaba a su fin.

Yodiel, su cuerpo metálico humeante, un brazo fundido y el pecho abierto en una cicatriz incandescente, caía de rodillas.

El tentáculo de llamas que lo había atrapado finalmente lo soltó, dejándolo como una estatua derretida.

Sus sistemas fallaban uno a uno; la luz de sus ojos se apagaba como un sol muriendo.

Walter, convertido en agua para escapar del calor, fue menos afortunado.

Un segundo tentáculo, más rápido, más voraz, lo envolvió.

El agua se evaporó en un silbido agónico.

No quedó nada, ni vapor, ni rastro.

Solo el recuerdo de un hombre que había llamado “hijo” a Loombar y había recibido el amor que Marcus siempre anheló.

—¡¡WALTER!!

—el grito de Loombar desgarró el aire.

Su barrera de hielo, sostenida solo por su voluntad desesperada, comenzó a agrietarse bajo el asedio de las llamas.

Yodiel, con su último aliento, alzó la vista hacia la silueta incandescente de Marcus.

No había odio en sus ojos moribundos, solo la fatiga del soldado que ha cumplido su deber.

Su pecho metálico emitió un último zumbido, y luego se apagó.

Marcus se elevaba sobre ellos, un sol negro de furia y dolor.

Iba a rematarlos.

Y entonces, el cielo se rasgó.

Tres figuras descendieron como meteoros.

Vikthor, con el poder de las tormentas danzando en sus puños.

Trass, la fuerza bruta personificada, sus músculos tensos como cables de acero.

Y Mark, un destello de luz pura, la velocidad hecha carne.

No hubo advertencia.

No hubo diálogo.

Los tres generales descargaron su poder en un solo punto: el corazón incandescente de Marcus.

El rayo de Vikthor, azul y cegador, encontró el puño de Trass, que lo moldeó en una onda de choque física.

Mark, girando a velocidad hipersónica, incrustó esa energía directamente en el núcleo del Demonio de Fuego.

La explosión fue un segundo sol.

El torbellino de llamas se desintegró.

Los tentáculos se evaporaron.

La armadura de fuego de Marcus, tejida con años de odio y entrenamiento, se resquebrajó y cayó en pedazos invisibles.

Él salió despedido, un muñeco de carne rota que rebotó contra el suelo varias veces antes de detenerse, hecho un ovillo humeante.

Mark no esperó.

Se movió como el pensamiento, y sus golpes fueron una tormenta de impactos sordos.

Cada golpe, un hueso astillado.

Cada patada, una articulación destrozada.

El sonido era nauseabundo, una sinfonía de destrucción metódica.

Vikthor alzó una mano.

Un rayo, concentrado como un bisturí, cayó del cielo nublado.

Cortó el brazo derecho de Marcus a la altura del hombro con un chasquido seco, y la carne humeante cayó al suelo.

La mitad de su torso quedó carbonizada, los músculos expuestos y palpitantes.

Marcus cayó.

No se levantó.

Desde el suelo, con el único ojo que aún le respondía, miró a través del humo y la distancia.

Vio a Loombar.

Su padre.

El hombre que nunca lo había abrazado, que nunca había pronunciado su nombre sin escupirlo.

El hombre que, en ese momento, lo miraba no con victoria, sino con el mismo desprecio de siempre.

La furia que había sostenido a Marcus durante décadas, el motor de cada batalla, de cada muerte, de cada noche de insomnio…

se apagó.

No quedó nada para alimentarla.

Solo un vacío inmenso, frío, donde siempre había estado el eco de una pregunta.

—Yo solo…

—su voz era un susurro roto, ahogado en sangre y ceniza.

— …quería que me amaras.

No fue un reproche.

Fue una confesión.

La última verdad de un hombre que había incendiado mundos para calentar un corazón que nunca supo pedir amor de otra manera.

Loombar lo miró.

Su rostro, endurecido por décadas de rencor, no se ablandó.

No dio un paso al frente.

No lloró.

Solo apretó la mandíbula y desvió la mirada, como si el cuerpo mutilado de su hijo fuera un espectáculo indigno.

Y en esa indiferencia final, Marcus encontró, por fin, la respuesta que siempre había temido.

Marcus tenía seis años.

Esa mañana, había recogido una flor del jardín comunitario.

Era pequeña, azul, un destello de color entre tanta piedra gris.

La escondió en su puño y esperó horas a que su padre regresara del entrenamiento.

—Papá, te traje esto —dijo, extendiendo la mano temblorosa.

Loombar miró la flor.

Luego miró a Marcus.

Y en sus ojos no hubo ternura, solo cansancio.

Como si el niño frente a él fuera un error que el destino se empeñaba en recordarle.

—Las flores se marchitan.

Como todo lo que nace de ti.

—Tomó la flor y la dejó caer al suelo, pisándola al pasar.

Marcus no lloró.

Aprendió muy pronto que sus lágrimas no servían de nada.

A los diez años, huyó.

El desierto no fue un castigo; fue una liberación.

El sol lo quemaba, el frío nocturno le partía los huesos, pero nadie lo miraba con asco.

Aprendió a cazar alimañas, a encontrar agua en las grietas, a dormir con un ojo abierto.

Se hizo duro, afilado, peligroso.

Pero cada noche, antes de dormir, miraba las estrellas y se preguntaba si su padre, en algún lugar, pensaba en él.

Si sentía su ausencia.

Si, quizás, lo extrañaba un poco.

La respuesta siempre era el silencio.

Cuando Konrrac lo encontró, no le ofreció amor.

Le ofreció propósito.

Poder.

Una razón para existir que no dependiera de la aprobación de un hombre que ya lo había condenado.

—Tu ira es un don —dijo Konrrac, sus ojos reptiles escaneando al niño mugriento—.

Puedes incendiar el mundo que te rechazó.

¿No es eso lo que siempre has querido?

Marcus asintió.

Pero en el fondo, muy en el fondo, lo que siempre había querido era una sola palabra: “hijo”.

Nunca la recibió.

En el campo de batalla, la vida se escapaba de su cuerpo roto.

El frío, el mismo frío del desierto, comenzaba a envolverlo.

Pero entonces, entre las sombras de su visión periférica, vio algo.

Una figura.

Femenina.

Familiar.

Su madre.

Ella no había envejecido.

Tenía el mismo rostro dulce que él apenas recordaba, la misma sonrisa que había visto en algún recuerdo borroso anterior al incendio.

No llevaba la mortaja; vestía un vestido claro, como si fuera a un picnic.

Lo miraba con los brazos abiertos.

—Marcus —dijo, y su voz era el único hogar que había conocido—.

Ven.

Ya no tienes que luchar más.

Él, el Terror de la Ira, el demonio que había asolado Zulú, el hijo no deseado, sintió cómo sus lágrimas —las primeras verdaderas en décadas— surcaban el hollín de su rostro.

—Mamá…

lo siento…

te maté…

—No, mi amor.

Tú no me mataste.

El don que te dieron me tomó, pero tu alma nunca tuvo la culpa.

—Ella extendió una mano.

— Ven a casa.

Marcus, con el último aliento que le quedaba, alzó su mano mutilada hacia ella.

Y caminó, fuera de su cuerpo, fuera del dolor, fuera de la guerra.

Hacia el único amor incondicional que había conocido.

El viento cambió.

No fue un cambio físico, sino una presencia.

Un vacío que se desplazaba entre los escombros, indiferente a las batallas que aún ardían a su alrededor.

Melchor, el Terror de la Muerte, caminaba solo.

Su cuerpo era un mapa de heridas mal curadas.

La espalda aún le dolía por las llamas del dragón; su brazo derecho colgaba con una rigidez antinatural.

Pero caminaba con la parsimonia de quien ha aprendido que el tiempo siempre juega a su favor.

El viento silbaba entre las ruinas.

No era un silbido natural; tenía cadencia, intención.

Parecía una risa, o un lamento.

Melchor lo conocía bien.

Era el mismo sonido que escuchaba en el Desierto de Sal, cuando la noche se alargaba y la soledad pesaba más que la sed.

El desierto, pensó.

Siempre el desierto.

Su tregua se rompió como un espejo.

—¡Vaya!

—la voz era femenina, jovial, terrible—.

¡Con que mataste al capitán Glud!

Melchor se giró, la niebla ya formándose en su garganta.

La mujer era de estatura media, complexión atlética, el rostro enmarcado por un corte de cabello práctico.

No parecía una guerrera; parecía una oficinista en su día libre.

Pero sus ojos…

sus ojos tenían la densidad del odio acumulado durante décadas.

—Mila —dijo, no una pregunta, sino un reconocimiento—.

Capitana del octavo escuadrón, sector Alfa.

Ella sonrió.

No era una sonrisa amable.

—Oh, ¿me conoces?

Qué halago.

Lástima que no podré devolvértelo.

Melchor no esperó.

Abrió la boca y liberó la Niebla de la Muerte Silenciosa, el manto negro que había segado incontables vidas.

La nube envolvió a Mila por completo.

Los gritos fueron inmediatos.

Desgarradores.

El sonido de la vida siendo arrancada a tirones.

Luego, silencio.

Melchor exhaló, dejando que la niebla se disipara.

Sus hombros se hundieron ligeramente.

Otra vida.

Otro nombre que olvidaría en su perpetua vigilia.

El impacto le llegó de la izquierda, ciego y brutal.

No era un puño humano.

Era un puño de piedra, con la densidad de una montaña y la velocidad de un meteorito.

Melchor sintió cómo sus costillas cedían, cómo el aire abandonaba sus pulmones en un espasmo, cómo la sangre brotaba de su boca llenándole la garganta.

Cayó.

Se arrastró.

Su cuerpo, ya castigado por el dragón, protestaba con cada movimiento.

—¿Creíste que me habías matado, verdad?

—La voz de Mila era gélida, sin rastro de la jovialidad anterior.

Su cuerpo, ahora una escultura de granito vivo, avanzaba hacia él—.

Pues no.

Tú no me conoces, Melchor.

Pero yo a ti, sí.

Se agachó y comenzó a golpearlo.

No eran golpes de combate.

Eran golpes de carnicero.

Aplastantes, metódicos, cada uno un recordatorio de algo que ella había perdido hacía veinte años.

—¡Esto es por mis padres!

—Crac.

Otra costilla.

—¡Esto es por mis hermanos!

—Crac.

La rótula.

—¡Esto también es por mis amigos!

Melchor, desde el suelo, escupió un chorro de su saliva corrosiva.

El ácido impactó en el rostro pétreo de Mila, creando un siseo y un olor a mineral quemado.

Ella parpadeó, se limpió la mejilla con el dorso de la mano, y el ardor no fue más que una molestia.

—¿Eso es todo?

—preguntó.

Volvió a su estado normal, respirando agitada.

Luego, con una calma deliberada, llevó la mano a la hebilla de su pantalón.

Acero inoxidable.

Lo tocó.

Su piel se volvió acero.

Melchor vomitó otra oleada de niebla negra.

Se estrelló contra el torso metálico de Mila y…

no pasó nada.

Ni corrosión, ni desintegración.

Solo se deslizó por la superficie pulida como agua sobre un tejado.

—¿Ves?

—dijo Mila, y sus nudillos de acero impactaron en el rostro de Melchor con un sonido nauseabundo—.

Tu poder no sirve contra lo inorgánico.

Lo levantó del suelo como a un muñeco de trapo y lo estrelló contra una roca.

Luego otra.

Luego otra.

Cada impacto era un terremoto en miniatura.

Melchor, con la boca llena de sangre y dientes rotos, vomitó un charco de líquido negro, su arma más corrosiva, directamente sobre el pecho de Mila.

El ácido crepitó, la humareda fue densa…

pero el acero resistió.

Solo un leve desgaste, una mancha.

Mila sintió el ardor.

Sonrió.

—Buen intento.

Sacó del bolsillo de su pantalón un pequeño fragmento, no más grande que una uña, que brillaba con una luz fría y perfecta.

Diamante.

Lo tocó.

Y se convirtió en diamante.

No había palabra para la dureza de su cuerpo en ese momento.

Era pura, insoluble, la materia más resistente que la naturaleza había creado.

La saliva corrosiva de Melchor resbaló por su torso como agua bendita sobre un pecador impenitente.

—No…

—susurró Melchor, por primera vez en siglos, genuinamente desconcertado.

—No te funciona, ¿verdad?

—Mila lo tomó del cuello con una mano que valía más que todas las fortunas de los Aliados juntas.

— Ahora entiendes cómo me sentí yo, viendo a mi familia morir sin poder hacer nada.

Melchor, colgando de su mano, ahogándose en su propia sangre, habló.

—¿Por qué?

—su voz era un crujido, el sonido de algo que no se había usado en décadas—.

¿Por qué…

no puedo dañarte?

Mila se congeló.

Sus ojos de diamante, duros e infinitos, se abrieron con incredulidad.

—¿Tú puedes hablar?

—Siempre…

pude —tosió, una burbuja negra escapando de sus labios—.

Pero nadie…

sobrevivía…

para escucharme.

Un silencio.

Solo el viento y sus gemidos.

—Te hice una pregunta —insistió Melchor, aferrándose a ese instante de comunicación como un náufrago a una tabla.

Mila apretó la mandíbula.

Su voz, cuando respondió, temblaba con el peso de veinte años de obsesión.

—Deduje tu debilidad hace mucho.

En el ataque a mi ciudad…

mataste a todos, pero no dañaste ni una pared, ni una teja.

Los edificios quedaron intactos.

Tu niebla solo afecta lo orgánico.

Lo que tiene vida.

—¿Y…

cómo…?

—¡Nadie me creyó!

—gritó Mila, y en su voz de diamante había una fractura—.

¡Todos mis informes fueron ignorados!

¡”Teorías sin fundamento”, “trauma no procesado”!

¡Solo ella, solo mi novia, respaldó mi investigación!

Melchor la miró.

En sus ojos antiguos, algo brilló.

No era arrepentimiento; era una fatiga demasiado vieja.

—Pero pudiste…

equivocarte.

—¡Pues no me importaba!

—Las lágrimas que brotaron de sus ojos no eran saladas; eran líquido diamantino, puro y cortante.

— ¡Yo vi tu niebla entrar en mi casa!

¡Vi cómo mis padres…

mis hermanos…!

¡Cada noche escucho sus gritos!

¡CADA NOCHE!

¡Hoy tomo venganza, aunque me haya equivocado!

Melchor, colgando de su mano como un pelele roto, dejó de resistirse.

—Por fin —susurró—.

Alguien digno de liberarme de mi sufrimiento.

—¡¿SUFRIMIENTO?!

—El grito de Mila fue un alarido de furia y dolor—.

¿Sabes a cuántas personas has matado?

¿Sabes cuánto dolor has causado?

¡¿TÚ HABLAS DE SUFRIMIENTO?!

Melchor la miró.

Sus ojos, nublados por la edad y la muerte que había repartido, tenían ahora una claridad nueva.

—¿Y tú crees que yo quise nacer así?

La pregunta flotó en el aire, inesperada.

—Cuando era niño…

me dormí una noche.

Y mientras dormía, mi poder despertó.

Maté a mi familia en su sueño.

Mi madre, mi padre, mis tres hermanos.

No supe lo que había pasado hasta que desperté y los encontré…

disueltos.

Convertidos en nada.

Mila no respondió.

Su mano, aún alrededor de su cuello, temblaba ligeramente.

—Desde entonces —continuó Melchor, su voz un hilo—, no he podido hablar con nadie.

Una palabra, un susurro, y mi poder escapa.

He vivido siglos en silencio absoluto.

Tu gente me llamó monstruo, me arrojó al desierto.

Y la soledad…

la soledad nos debilita.

Nos vuelve vulnerables.

—¿Y por eso te uniste a Konrrac?

—la voz de Mila era cortante, pero había perdido algo de su filo.

—Konrrac fue el único que me habló sin morir.

El único que no me vio como una plaga.

Me ofreció un lugar.

Un propósito.

—Hizo una pausa, el aire silbando en sus pulmones perforados—.

Solo quería…

poder decirle a alguien lo que sentía.

Antes de morir.

Mila lo miró.

En sus ojos de diamante se reflejaba su propio rostro, su propia furia, su propio dolor.

—No me importa tu dolor —dijo, pero su voz ya no era un grito.

Era una confesión—.

Lo que me importa es que pagues por el mío.

—Lo sé —susurró Melchor—.

Y estoy listo.

Mila alzó el puño.

Y comenzó a golpear.

Una vez.

Dos veces.

Diez.

Veinte.

Cada impacto era una pregunta que nunca podría responder, una culpa que nunca podría expiar, un recuerdo que nunca podría borrar.

El diamante se hundía en la carne de Melchor una y otra vez, transformando su rostro en una máscara informe.

Ella gritaba.

Lloraba.

Los fragmentos de diamante de sus lágrimas caían sobre el cadáver aún vivo, mezclándose con la sangre negra.

El cráneo de Melchor cedió con un sonido húmedo y definitivo.

Pero Mila no se detuvo.

Siguió golpeando, mucho después de que cualquier rastro de vida se hubiera extinguido, hasta que sus brazos de diamante se cubrieron de un líquido negro y viscoso, hasta que el cuerpo bajo ella no fue más que una mancha informe en la tierra quemada.

Cuando finalmente se detuvo, jadeando, el silencio era absoluto.

Se incorporó lentamente, bañada en la sangre de su enemigo.

No había triunfo en sus ojos.

No había alivio.

Solo el mismo vacío que había sentido la noche en que su ciudad ardió, solo que ahora era ella quien empuñaba el arma.

Miró sus manos.

Diamante.

Impregnadas de negro.

—Mamá…

papá…

—susurró—.

Lo hice.

Maté al monstruo.

Pero el monstruo, pensó, tenía un nombre.

Y una historia.

Y un dolor que, de alguna manera retorcida, se parecía al suyo.

El viento silbó entre las ruinas, llevándose el eco de su llanto.

En algún lugar, muy lejos, la luna se ocultaba tras las nubes, como si también ella quisiera apartar la mirada de lo que los hombres eran capaces de hacerse unos a otros.

La cacería continuaba.

Pero Melchor, el Terror del Silencio, había encontrado, al fin, a alguien que lo escuchara.

Y Mila, la capitana de diamante, había descubierto que matar al monstruo no siempre silencia los gritos en tu cabeza.

A veces, los multiplica.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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