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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 22

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  3. Capítulo 22 - 22 El Peso del Mundo
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22: El Peso del Mundo 22: El Peso del Mundo Muy cerca de allí, entre las sombras alargadas que proyectaban los incendios moribundos, Jairo observaba en silencio.

Había visto la niebla de Melchor devorar al dragón.

Había visto al anciano Terror arrastrarse, resistir, hablar por primera vez en décadas.

Y había visto, también, cómo Mila —esa mujer de diamante y lágrimas— había golpeado una y otra vez hasta que el rostro de Melchor dejó de ser reconocible.

Jairo no intervino.

No porque sintiera desprecio por Melchor, sino porque lo comprendía.

—Sorprendente —murmuró, su voz grave y pausada, como el rodar de una piedra pesada—.

No sabía que guardabas tanto dolor en tu corazón.

Tanto como para necesitar morir para vaciarte.

—¿Siempre observas a tus amigos morir?

La voz llegó desde su izquierda, filosa y fría.

Jairo giró la cabeza.

Una mujer alta, de porte militar impecable y cabello recogido en un mojo severo, lo miraba con ojos que no parpadeaban.

Estella, subcomandante del Sector Omega.

En su cintura, una espada de hoja iridiscente aguardaba.

—¿Por qué lo dices?

—preguntó Jairo.

—Porque vi cómo mirabas a Melchor —respondió Estella, dando un paso al frente—.

Y no moviste un dedo para ayudarlo.

Jairo sostuvo su mirada.

No había defensa en sus ojos, solo una calma antigua.

—Primero: él no era mi amigo.

—Su voz era un rumor grave, como el crujido de una rama a punto de quebrarse.

—Segundo: necesitaba liberar su dolor.

Aunque el precio fuera su vida.

No me correspondía robárselo.

Hizo una pausa.

Sus pinzas, macizas y oscuras, se entrechocaron con un sonido metálico.

—Tercero: tú también observabas.

¿Por qué no ayudaste a tu amiga?

El rostro de Estella no se alteró, pero algo en sus ojos cambió.

Una grieta diminuta en su armadura emocional.

—Ella no es mi amiga —dijo, y su voz perdió parte de su filo—.

Es mi novia.

Por eso me pidió que no me interpusiera, pasara lo que pasara.

Necesitaba cerrar sus propias heridas.

—Ya veo —dijo Jairo—.

Entonces entiendes por qué no ayudé a Melchor.

—No es lo mismo.

—¿No?

—Jairo inclinó la cabeza—.

Tú respetaste el deseo de tu amada de enfrentar su dolor sola.

Yo respeté el deseo de Melchor de encontrar a alguien que finalmente lo escuchara.

Ambos los dejamos ir porque los comprendíamos.

Estella apretó la mandíbula.

—El dolor nos hace fuertes —dijo Jairo, y no era una declaración triunfal.

Era una constatación, dicha con la resignación de quien lo ha comprobado en su propia carne.

—Es cierto —admitió Estella—.

Pero si el mundo fuera diferente, el dolor sería innecesario.

Jairo la miró largamente.

Sus ojos, pequeños y hundidos en su rostro ancho, tenían una densidad incómoda.

—Lamento que digas eso —dijo.

No era una amenaza.

Era una lástima genuina.

Jairo levantó sus pinzas y silbó.

No fue un silbido estridente, de esos que hacían retorcerse a batallones enteros.

Fue un sonido grave, prolongado, casi íntimo.

La nota viajó por el aire como un susurro de ultratumba, cargada con décadas de dolor acumulado.

Y no pasó nada.

Estella permanecía inmóvil, imperturbable.

Sus ojos, sin embargo, comenzaron a brillar con una luz tenue, como faros distantes encendiendo en la niebla.

—¿Has escuchado el dicho?

—preguntó, y su voz tenía un eco extraño, como si hablara desde el fondo de un pozo—.

Recibes lo que das.

Entonces, de su cuerpo emanó el silbido de Jairo.

No era una imitación.

Era el mismo silbido, la misma frecuencia, la misma carga de dolor.

Había sido capturado, contenido, y ahora era devuelto a su origen.

El impacto fue como un puño de acero hundiéndose en su pecho.

Jairo cayó de rodillas.

El dolor que él mismo había acumulado durante años —dolor de madres agonizantes, de soldados rotos, de rocas en el desierto— le fue reinyectado directamente en el alma.

Su cuerpo, entrenado para soportar cargas imposibles, tembló como una hoja al viento.

—Imposible —jadeó, la frente apoyada en la tierra quemada—.

Mi silbido no es el arma.

El arma es el dolor que transporta.

Tú no puedes…

—¿No puedo qué?

—Estella se acercó, su espada aún envainada—.

¿Reflejar lo que me envías?

Ese es mi Don.

Absorbo cualquier ataque dirigido contra mí y lo devuelvo a su emisor.

No importa si es fuego, hielo, energía…

o sufrimiento.

Jairo levantó la vista.

Su rostro, normalmente impasible, estaba contraído en una mueca de agonía.

—No te burles —susurró—.

Solo porque tú no sientes el dolor, no significa que seas libre de él.

—¡Nunca he dicho que sea libre!

—Estella casi gritó, y por primera vez su máscara de comandante se resquebrajó, dejando ver algo más crudo, más humano—.

¡Solo aprendí a devolverlo!

Desenvainó su espada.

El acero iridiscente reflejó las llamas distantes, y entonces ella se movió.

La primera estocada entró por el hombro derecho.

Jairo gruñó, pero no se apartó.

Sus pinzas se alzaron en un movimiento defensivo torpe, demasiado lento.

La segunda estocada le abrió el antebrazo.

La tercera, el costado.

La espada entraba y salía con una precisión clínica, cada golpe calculado para infligir el máximo dolor sin matar demasiado rápido.

Jairo intentó contraatacar, pero sus puños —capaces de destrozar rocas— se estrellaban contra el cuerpo de Estella y rebotaban, el impacto devuelto a sus propias articulaciones.

—¿Por qué te esfuerzas?

—preguntó Estella, mientras hundía la hoja en su abdomen—.

Cada golpe que me das regresa a ti duplicado.

Cada herida que me infliges la recibes de vuelta.

Eres tu propio verdugo.

Jairo cayó de espaldas, la sangre brotando a borbotones de su vientre.

Sus dedos, temblorosos, buscaron a ciegas.

Encontraron el tobillo de Estella.

Con el último gramo de su voluntad, transfirió.

Cada puñalada que había recibido, cada corte, cada perforación —todo el daño que su cuerpo había acumulado en los últimos minutos— fue canalizado a través de su tacto hacia la pierna de Estella.

Ella jadeó.

Las heridas aparecieron en su piel como estigmas, la sangre empapando su uniforme.

Pero entonces, sus ojos brillaron de nuevo.

Y las heridas regresaron.

No una a una.

Todas a la vez.

Jairo sintió cómo su propio cuerpo implosionaba.

Veinte puñaladas simultáneas, cada una reabriéndose en el lugar exacto donde habían sido infligidas.

El dolor fue tan inmenso, tan total, que por un instante su mente se vació por completo.

No había pensamiento.

No había recuerdo.

Solo la sensación pura, absoluta, de estar siendo deshecho.

—Eres tenaz —dijo Estella, arrodillándose sobre su pecho—.

Te daré eso.

Levantó la espada con ambas manos.

—Ve —dijo, y su voz ya no tenía ira, solo una fatiga infinita—.

Si no fuéramos enemigos, este dolor no existiría.

La hoja descendió.

Jairo sintió el acero atravesar su esternón, hendir el músculo cardiaco, anclarse en la tierra bajo su espalda.

El dolor era una supernova, blanca y total.

Pero no gritó.

No porque fuera fuerte.

Sino porque, en el fondo, este dolor era suyo.

No se lo había quitado a nadie.

No era una carga transferida, un eco de sufrimiento ajeno.

Era suyo, solo suyo, ganado con su propia sangre y su propia resistencia.

Y era, paradójicamente, lo más libre que se había sentido en décadas.

—Vivir en un mundo sin dolor es imposible —dijo, la voz un hilo de aire empapado en sangre—.

Los humanos buscan lastimarse.

El dolor los hace vivos.

Estella temblaba sobre él.

No de esfuerzo, no de miedo.

De rabia.

—¡Mentira!

—gritó, y sus ojos, esos ojos que reflejaban todo ataque, estaban llenos de lágrimas—.

¡Vivir sin dolor sí es posible!

¡Si todos buscáramos el bien común!

¡Si cambiáramos el odio por amor!

¡Si nos respetáramos!

¡Si entendiéramos que somos iguales!

Jairo sonrió.

No era una sonrisa de burla.

Era la sonrisa de un hombre que, en el umbral de la muerte, había encontrado una verdad que durante mucho tiempo había negado.

—Eres una niña tonta —susurró—.

El mundo no cambia porque la gente sea buena.

Cambia porque algo lo obliga.

Una catástrofe.

Una guerra.

Un dolor tan inmenso que ya no se puede ignorar.

—Tosió, una burbuja escarlata hinchándose en sus labios—.

Ese cambio…

traerá sufrimiento.

Y luego, quizás…

un nuevo amanecer.

—¡No quiero un amanecer pagado con dolor!

—gritó Estella, apretando la empuñadura de su espada—.

¡Quiero uno donde nadie tenga que sufrir!

—Entonces…

—Jairo entrecerró los ojos, la luz de las estrellas filtrándose tenuemente entre las nubes—.

Siempre estarás…

en guerra.

Estella lo miró.

Vio al hombre bajo ella —no al Terror, no al monstruo— y vio algo que no esperaba.

Cansancio.

No el cansancio de la batalla, no la fatiga del guerrero.

Era un cansancio más antiguo, más profundo.

El cansancio de alguien que había pasado la vida cargando pesos que no le correspondían.

—Toma —dijo Estella, y su voz ya no era un grito, era una confesión—.

Toma tu dolor.

Hundió la espada hasta la empuñadura en el corazón de Jairo.

Él no se quejó.

Sus ojos, fijos en el cielo nocturno, se nublaron lentamente.

—¿Ves?

—susurró, y una última sonrisa curvó sus labios ensangrentados—.

El dolor…

me liberó de ti.

No dijo “me liberó de la vida”.

Dijo “de ti”.

Porque Estella, con su Don de reflejo, le había devuelto algo que él había perdido hacía mucho: la capacidad de sentir su propio dolor sin la culpa de haberlo tomado de otro.

Ella retiró la espada con un movimiento brusco.

El cuerpo de Jairo se aquietó.

Sus ojos, abiertos, reflejaban las estrellas.

Estella se puso de pie.

Temblaba.

Sus manos, manchadas de sangre, no podían dejar de temblar.

Jairo tuvo siete años.

Su madre, una mujer de manos ásperas y sonrisa frágil, llegó tarde esa noche.

Dieciséis horas en las lavanderías comunes, los dedos agrietados por el detergente industrial, la espalda doblada como un junco seco.

Jairo la esperaba en la puerta, como siempre.

—Mamá, te guardé mi porción de pan —dijo, extendiendo el mendrugo envuelto en un trapo limpio.

Ella sonrió.

Tropezó con el umbral.

Jairo la atrapó antes de que cayera.

Sintió el golpe en su propio cuerpo —el moretón en la cadera de ella, el esguince en su muñeca— y, sin saber cómo, lo absorbió.

El dolor de su madre fluyó hacia él como agua que encuentra su cauce.

—¿Mamá?

—dijo, confundido—.

¿Te sientes mejor?

Ella lo miró.

En sus ojos, por primera vez en años, no había fatiga.

Solo alivio.

—Sí, mi niño —susurró—.

Me siento…

muy bien.

Él sonrió, feliz de haberla ayudado.

Luego, sin entender lo que hacía, silbó.

Un sonido agudo, involuntario.

Su madre cayó al suelo.

El dolor que él había absorbido —ese pequeño moretón, ese esguince menor— regresó a ella multiplicado, concentrado, letal.

Su corazón, exhausto de tantos años de esfuerzo, se detuvo antes de que Jairo pudiera siquiera gritar.

Pasó horas abrazado a su cuerpo frío, esperando que despertara.

No despertó.

A los quince años, la Doctora Elara Voss le enseñó a controlar su Don.

—No eres un monstruo —le dijo, mientras él yacía en una camilla, conectado a máquinas que medían su umbral de dolor—.

Eres un receptor.

El mundo está lleno de gente que necesita vaciarse.

Tú eres la vasija.

—No quiero ser una vasija —susurró Jairo—.

Quiero dejar de sentir lo que sienten los demás.

—Imposible —dijo Elara, sin crueldad—.

Tu Don no es algo que puedas apagar.

Solo puedes aprender a dirigirlo.

—¿Y si no quiero dirigirlo?

¿Y si solo quiero…

vaciarme yo también?

Elara lo miró largamente.

—Entonces encontrarás a alguien que sepa recibir —dijo—.

Alguien que pueda cargar tu dolor, como tú has cargado el de otros.

Esa persona nunca llegó.

En el Desierto de Sal, Jairo aprendió a hablar con las rocas.

No era una metáfora.

Realmente les transfería su dolor.

Se sentaba horas frente a un peñasco, apoyaba sus manos en la superficie áspera y entregaba.

El peso de tres décadas de sufrimiento acumulado —muertes, abandonos, traiciones— fluía hacia la piedra.

Las rocas nunca se quejaban.

Las rocas nunca lo miraban con asco.

Las rocas solo recibían y callaban.

A veces, cuando la noche era muy larga, Jairo envidiaba a las rocas.

Estella se arrodilló junto al cadáver.

No sabía por qué.

No había nada que hacer, nada que recuperar.

El hombre estaba muerto.

El Terror había caído.

Pero ella no podía apartar la mirada de su rostro.

Esa sonrisa.

No era la sonrisa del fanático satisfecho, ni la del mártir orgulloso.

Era la sonrisa de un niño que, después de cargar el peso del mundo durante décadas, finalmente había encontrado a alguien dispuesta a devolvérselo.

—¿Quién eras?

—susurró Estella al viento—.

¿Qué te hicieron para que la muerte te supiera a libertad?

El viento no respondió.

Pero en algún lugar, muy lejos, en el corazón árido del Desierto de Sal, una roca que había soportado el dolor de un hombre durante treinta años sintió cómo su carga se desvanecía.

Y, silenciosamente, se partió en dos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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