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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 23

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  3. Capítulo 23 - 23 El Peso del Perdón
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23: El Peso del Perdón 23: El Peso del Perdón El cielo permanecía oscuro, las nubes densas como algodón empapado en tinta.

La brisa fuerte agitaba las hojas de los árboles cercanos, un susurro vegetal que parecía anticipar el peso de lo que estaba por venir.

Utaku aguardaba.

Su figura imponente, una silueta insectoide de quitina oscura y múltiples miembros, contrastaba con la quietud del aire a su alrededor.

Las esporas latentes en su cuerpo vibraban con una frecuencia apenas perceptible, ansiosas por ser liberadas.

Frente a él, a solo veinte metros de distancia, un hombre aguardaba también.

De mediana estatura, cubierto de pies a cabeza por una armadura samurái de un carmesí tan profundo que parecía haber sido forjada con sangre coagulada.

Su rostro era una máscara grotesca —un menpō de acero que representaba un demonio sonriente— y en su cinto descansaba una katana del mismo tono bermellón, vibrando con una energía contenida.

—¡Por fin te encuentro!

—La voz del samurái emergió distorsionada tras la máscara, pero cargada de una emoción inconfundible: el reconocimiento después de décadas de búsqueda—.

Eres el hijo del doctor Lharru y la doctora Xiza.

Eres Utaku.

Utaku se tensó.

Los nombres de sus padres, pronunciados por un extraño en medio del campo de batalla, lo golpearon como una descarga eléctrica.

Sus ojos compuestos se entrecerraron.

—¿Quién eres tú?

—su voz era un zumbido grave, casi inhumano—.

¿Cómo conoces a mis padres?

El samurái exhaló lentamente.

Con un movimiento pausado, levantó una mano y se despojó del menpō.

Bajo la máscara grotesca apareció un rostro humano, surcado por arrugas profundas como cauces de ríos secos.

Cabello entrecano, corto y disciplinado.

Ojos pequeños, casi bondadosos, que miraban a Utaku con una mezcla de orgullo y duelo.

—Veo que ya me olvidaste —dijo, y su voz, ahora sin el filtro metálico, reveló una calidez antigua—.

Soy tu padrino.

Utaku abrió las mandíbulas en un gesto de incredulidad absoluta.

—¿Pircer?

—el nombre escapó de su boca como un recuerdo rescatado de las profundidades de una cueva olvidada—.

¿El capitán Pircer?

—Primer comandante ahora —corrigió Pircer, sin orgullo, solo con la precisión del militar que aún respeta las jerarquías—.

Pero sí.

El mismo que te cargó en brazos cuando naciste.

El mismo que te enseñó a pescar en los canales artificiales de Beta.

Utaku guardó silencio.

Sus mandíbulas se cerraron lentamente.

Sus múltiples brazos, antes tensos en posición de ataque, cayeron a los costados con un peso que no era físico.

—No importa el título que tengas ahora —dijo finalmente, y su voz era un crujido de madera seca—.

Te mataré.

Y luego mataré a los responsables de convertirme en esto.

Pircer negó con la cabeza, un gesto lento, casi cansado.

—Ambos sabemos que ellos no fueron los culpables.

Lo que te pasó fue un accidente.

—¡¿Accidente?!

—Utaku avanzó un paso, la tierra bajo sus múltiples patas hundiéndose ligeramente—.

¡Me convirtieron en un monstruo!

¡La gente huía al verme!

¡Mi propia madre y padre no pudieron mirarme a los ojos después de aquello!

—Porque te amaban —respondió Pircer con una calma que solo el dolor verdadero puede otorgar—.

Y porque sabían que no podían devolverte lo que te habían quitado.

—¡Cállate!

Las esporas estallaron.

Una nube densa, casi sólida, brotó del cuerpo de Utaku como un géiser de pesadilla.

Polvo violeta y dorado, partículas minúsculas cargadas con los miedos más profundos de quienes las respiraran.

El aire se saturó.

La visibilidad se redujo a cero.

Pircer permaneció inmóvil.

No tosió.

No retrocedió.

No mostró síntoma alguno de estar siendo afectado por la tormenta de terror que envolvía todo a su alrededor.

Utaku, desconcertado, disipó parcialmente la nube.

—¿Qué…

qué sucede?

Pircer sonrió.

Una sonrisa triste, de esas que nacen cuando se recuerda algo hermoso que ya no volverá.

—Yo puedo bloquear las habilidades o poderes de otros —dijo—.

¿Acaso lo olvidaste, ahijado?

Utaku tembló.

No era ira, aunque quería creer que lo era.

Era algo más antiguo, más aterrador: el recuerdo de haber sido querido.

—¡Ya cállate!

—gritó, y su voz se rompió en la última palabra—.

¡Te mataré con mis manos!

Se abalanzó.

La katana carmesí emergió de su vaina con un gemido de acero, interceptando el primer golpe de Utaku.

Las chispas saltaron, iluminando por un instante los rostros de ambos combatientes: uno oculto tras la máscara de la guerra, el otro desnudo en su furia.

—¡Te mataré!

—Utaku golpeaba una y otra vez, sus brazos múltiples lloviendo impactos sobre la defensa de Pircer—.

¡Y luego iré por ellos!

¡Los haré pagar por abandonarme!

—¡Tus padres nunca te abandonaron!

—Pircer desvió un golpe, giró sobre su eje, contraatacó—.

¡Tú bien sabes que fuiste tú quien se ofreció voluntario para los experimentos!

—¡Porque ellos me convencieron de que era lo correcto!

—Utaku bloqueó la katana con dos de sus brazos, inmovilizándola—.

¡Me convencieron de que sería un héroe!

¡Y cuando desperté convertido en esto…!

Su voz se quebró definitivamente.

—…ellos no hicieron nada.

Me miraron con horror.

Con lástima.

Y cuando el Consejo votó mi destierro…

ninguno alzó la voz para detenerlo.

Pircer soltó la katana.

El arma cayó al suelo con un sonido metálico y definitivo.

Utaku, sorprendido, retrocedió medio paso.

—Es verdad —dijo Pircer, y sus ojos, esos ojos bondadosos, estaban húmedos—.

No alzaron la voz.

No porque no quisieran, sino porque no podían.

Lharru, tu padre, intentó hablar tres veces durante la sesión del Consejo.

Las tres veces se le quebró la voz.

La tercera vez, se desmayó del esfuerzo.

Utaku abrió la boca para responder, pero ningún sonido emergió.

—Tu destierro les dolió tanto —continuó Pircer— que sus cuerpos comenzaron a fallar.

No era una enfermedad; era el corazón rompiéndose de a poco.

Pasaron diez años buscándote, Utaku.

Diez años intentando revertir el experimento fallido.

Diez años escribiéndote cartas que nunca pudieron enviar porque no sabían dónde estabas.

—No…

—susurró Utaku.

—Y cuando supieron que te habías unido a los Terrores…

—Pircer cerró los ojos—.

Tu madre dejó de comer esa misma noche.

Tu padre la siguió una semana después.

Murieron con tus cartas sin enviar bajo la almohada.

Utaku no se movió.

Todo su cuerpo, esa armadura de quitina que lo había protegido durante décadas de odio y venganza, se convirtió en algo frágil, vulnerable.

—Me estás mintiendo —dijo, pero era una pregunta, no una afirmación.

Pircer negó con la cabeza.

—Tú eras su orgullo.

El experimento no falló porque ellos fueran incompetentes; falló porque la biología humana no estaba preparada para lo que intentaban lograr.

Y tú, cegado por el rencor, no les diste oportunidad de explicarlo.

Cada vez que intentaban defenderte ante el Consejo, tú mismo los desacreditabas con tu comportamiento.

Te volviste agresivo, desafiante.

Les gritabas.

Les escupías.

Y ellos, que solo querían recuperar a su hijo, vieron cómo ese hijo se alejaba cada vez más.

—¡YA CÁLLATE!

—el rugido de Utaku sacudió las ramas de los árboles cercanos—.

¡NO DIGAS MÁS!

Cargó.

No fue un ataque coordinado.

Fue la embestida de un animal acorralado, una tormenta de golpes ciegos, erráticos, impulsados por el pánico más que por la intención de matar.

Pircer esquivó, esquivó, esquivó, y en un movimiento fluido —la elegancia del samurái que ha dedicado su vida a perfeccionar su arte— giró y atrapó a Utaku por la espalda.

Sus brazos rodearon el torso blindado de su ahijado, inmovilizándolo contra su pecho.

Y Utaku cambió.

La quitina se desvaneció como niebla al amanecer.

Los múltiples brazos se replegaron.

El abdomen segmentado se contrajo.

Y de la crisálida del monstruo emergió, por primera vez en décadas, el hombre.

Era más pequeño de lo que Pircer recordaba.

Más delgado.

Su piel, nunca expuesta al sol, era pálida como el mármol.

Sus ojos, antes cubiertos por lentes compuestos, eran ahora dos pozos oscuros, desprotegidos, humanos.

—Recuerda —susurró Pircer, aún abrazándolo—.

A mi lado, vuelves a ser normal.

Utaku miró sus manos.

Dedos.

Cinco en cada mano.

Uñas, no garras.

Piel, no quitina.

—Normal —repitió, y la palabra supo a ceniza.

Cayó de rodillas.

Pircer lo sostuvo, bajando con él al suelo.

—No quería ser un monstruo —dijo Utaku, y su voz era la de un niño—.

Solo quería ayudar.

Quería que estuvieran orgullosos de mí.

—Lo estaban —respondió Pircer—.

Siempre lo estuvieron.

— Antes de morir, tus padres me pidieron que si alguna vez te encontraba…

Pircer buscó bajo su armadura, en un compartimento sellado contra el pecho.

De allí extrajo un sobre de papel amarillento, doblado tantas veces que las marcas de los pliegues habían casi perforado el material.

—Te dieron esto —dijo—.

Hace veinte años.

Me hicieron jurar que te lo entregaría personalmente.

Utaku tomó el sobre con manos temblorosas.

Reconoció la caligrafía al instante.

La letra meticulosa de su madre, los trazos firmes de su padre.

Cómo se turnaban para escribir, cómo cada párrafo cambiaba sutilmente de estilo según quién empuñaba la pluma.

Desdobló la carta.

Y leyó.

Amado hijo: Hemos intentado revertir el efecto del experimento.

Hemos probado cada protocolo, cada antídoto, cada técnica de reversión genética que nuestra mente ha podido concebir.

Los resultados han sido…

insuficientes.

Queremos pedirte perdón.

No por el experimento en sí —tú te ofreciste voluntario, y siempre estaríamos orgullosos de tu valentía— sino por no haber podido protegerte de las consecuencias.

Te fallamos como padres.

Permitimos que el miedo del Consejo, que el rechazo de la comunidad, que nuestra propia vergüenza por no poder reparar nuestro error…

permitimos que todo eso te hiciera daño.

Pero debes saber algo, Utaku: Jamás, en toda la historia de la humanidad, unos padres han podido tener un mejor hijo que tú.

No eres un monstruo.

Eres nuestro hijo.

Y te amamos.

Te hemos amado desde el primer instante en que te tuvimos en brazos, cuando aún no abrías los ojos y ya sostenías nuestro dedo meñique con una fuerza que nos hizo reír.

Por favor, perdónanos.

No queríamos lastimarte.

No queríamos que sintieras ni un segundo de dolor en toda tu vida.

Y sin embargo, hemos sido nosotros quienes te hemos causado el más profundo.

Tú siempre serás nuestro pequeño Utaku.

El niño que preguntaba por qué el cielo era azul.

El adolescente que se quedaba despierto hasta tarde ayudándonos en el laboratorio.

El joven valiente que ofreció su cuerpo para un experimento que creía salvaría a la humanidad.

Ese eres tú.

Siempre has sido tú.

Y siempre, siempre, serás amado.

Mamá y papá.

— La carta cayó de sus manos.

Utaku no lloró.

No emitió sonido alguno.

Simplemente se quedó allí, de rodillas en la tierra quemada, con el torso desnudo y el alma en carne viva.

Pircer esperó.

El viento, testigo silencioso de todas las tragedias de esa noche, movió las hojas de la carta esparcidas por el suelo.

—No puedo…

—Utaku comenzó, y se detuvo.

Tragó saliva.

Lo intentó de nuevo—.

No puedo seguir viviendo así.

Pircer extendió una mano.

—Utaku, siempre hay oportunidad de redimirse.

Tus padres no te escribieron esa carta para que murieras.

Te la escribieron para que vivieras.

Utaku levantó la vista.

Sus ojos, vacíos de odio por primera vez en veinte años, encontraron los de su padrino.

—Ya no sé cómo se hace eso —susurró—.

Vivir.

Sin el rencor.

Sin la máscara.

Sin el monstruo.

—Se aprende —dijo Pircer—.

Como todo.

Un día a la vez.

Utaku sonrió.

Era una sonrisa frágil, la sonrisa de alguien que ha olvidado cómo se hace pero lo intenta de todos modos.

—Gracias —dijo—.

Por la carta.

Por…

por recordarme quién fui.

Se puso de pie lentamente.

Pircer también se levantó, aliviado.

Iba a hablar, iba a tenderle la mano para un abrazo, iba a…

Utaku se movió.

Tres zancadas rápidas, directas, certeras.

Sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura de la katana carmesí, aún clavada en la tierra donde Pircer la había dejado caer.

—¡No!

—El grito de Pircer rasgó la noche.

Pero Utaku ya había girado el arma hacia sí mismo.

El acero carmesí entró por su abdomen, viajó hacia arriba, encontró el corazón.

Utaku cayó de rodillas, luego de costado.

La katana sobresalía de su pecho como una flor de metal.

Pircer se arrojó sobre él, sosteniendo su cabeza entre las manos.

—¿Por qué?

—su voz era un sollozo, un aullido contenido por décadas de disciplina—.

¡Tus padres no querían esto!

¡Yo no quería esto!

Utaku lo miró.

Sus ojos, humanos, claros, estaban en paz.

—Lo sé —susurró—.

Pero ellos ya no están.

Y yo…

yo maté a tantas personas.

Destruí tantas vidas.

No puedo…

no puedo volver a ser el niño que fui.

Ese niño murió cuando despertó convertido en monstruo.

—Utaku…

—Perdóname, padrino.

Perdóname por no haber escuchado antes.

Perdóname por haberte hecho esto.

Pircer negaba con la cabeza, una y otra vez, las lágrimas cayendo sobre el rostro de su ahijado.

—No hay nada que perdonar —dijo, y su voz se quebró en cada palabra—.

No hay nada…

Utaku sonrió.

—Diles…

diles que lo intenté.

Que al final…

recordé quién era.

Su último aliento fue un suspiro, no de dolor, sino de alivio.

— Utaku tenía cinco años.

Su madre lo llevaba de la mano por los pasillos del laboratorio.

Él saltaba sobre las baldosas, evitando las líneas, un juego que solo él entendía.

—Mamá —preguntó—, ¿tú y papá pueden arreglar cualquier cosa?

Xiza sonrió, inclinándose para ajustarle el cuello de la camisa.

—Casi cualquier cosa, mi amor.

¿Por qué lo dices?

—Es que ayer se me cayó mi figura de acción y se le rompió un brazo.

¿Pueden arreglarlo?

—Por supuesto —respondió ella, besándole la frente—.

Para ti, siempre.

Utaku la abrazó con fuerza.

—Entonces cuando sea grande quiero ser como ustedes.

Quiero arreglar cosas rotas.

Quiero ayudar a la gente.

—Ya nos ayudas —dijo su padre, apareciendo detrás de una puerta, con gafas de seguridad aún en la frente—.

Con solo estar aquí, ya nos ayudas.

Utaku sonrió, mostrando el hueco de su diente recién caído.

—¿Soy su superhéroe?

—Nuestro súper Utaku —respondieron al unísono.

— Pircer sostuvo el cuerpo de su ahijado hasta que el cielo comenzó a aclarar.

Las nubes, densas y oscuras durante toda la batalla, empezaron a disiparse.

Un tenue resplandor filtró sus primeros dedos de luz sobre el campo de exterminio.

El viento, que había gemido con voces de muertos durante horas, se aquietó.

Pircer cerró los ojos de Utaku con suavidad.

—Descansa, ahijado —murmuró—.

Ya no tienes que ser un monstruo nunca más.

Tomó la katana, aún ensangrentada, y la envainó.

Luego, con extremo cuidado, recogió las hojas de la carta esparcidas por el suelo.

Las juntó, las ordenó, las guardó contra su pecho, junto al lugar donde las había custodiado durante veinte años.

Su misión había terminado.

Pero el costo, pensó mientras se alejaba entre los primeros rayos del amanecer, había sido demasiado alto.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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