Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 24
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
24: El Precio de la Mentira 24: El Precio de la Mentira Lejos del lugar donde Utaku había encontrado su trágico final, Wiber caminaba entre las rocas y los escombros, sus pensamientos un torbellino de preocupación.
Desde que nos atacaron no he visto a ninguno de mis compañeros, reflexionaba, esquivando una viga retorcida que emergía del suelo como un dedo acusador.
Escuché explosiones muy potentes, tanto que las ondas expansivas me aturdieron.
Esos temblores…
y ese rugido.
Ese fue Feral, sin duda.
¿Qué habrá pasado con él?
¿Sobrevivió?
¿Y esa onda de calor inmensa?
Marcus.
Solo Marcus puede generar algo así.
Apretó el paso, aunque sin dirección clara.
El campo de batalla era un laberinto de destrucción, y él, el Terror de la Mentira, se sentía más perdido que nunca.
No escuchó los pasos tras él.
La primera puñalada le llegó por la espalda, justo entre los omóplatos.
El frío del acero se transformó inmediatamente en un calor húmedo y agonizante.
Wiber gritó —un sonido agudo, casi femenino— y cayó de rodillas.
La segunda puñalada se hundió en sus costillas, perforando pulmón.
Sus gritos rasgaron la noche.
Pero Wiber no era un Terror porque sí.
Incluso mientras la vida se le escapaba a borbotones, su Don respondió.
Una ilusión brotó de su mente como una burbuja, envolviendo a su atacante en un mundo de pesadilla donde el suelo se abría y bestias de sombra lo devoraban.
El ninja —una figura baja, vestida de morado como la tinta de calamar— se paralizó, cayendo al suelo en convulsiones.
Wiber se levantó.
Sus manos presionaban la herida de la espalda, pero la sangre se deslizaba entre sus dedos como agua viva.
Corrió.
Cayó.
Se levantó.
Volvió a caer.
Logró arrastrarse tras una roca del tamaño de un vehículo.
Se rasgó la camisa, intentando aplicar un torniquete.
Sus manos temblaban.
Su respiración era un silbido húmedo.
El cuchillo llegó de la nada.
Se clavó en su brazo derecho, justo cuando intentaba anudar la tela.
Wiber gritó de nuevo, esta vez con un dejo de incredulidad.
Miró hacia atrás.
El ninja morado estaba de pie, sacudiéndose los restos de la ilusión como quien se sacude el polvo de la ropa.
—¿Cómo…?
—susurró Wiber, arrancándose el cuchillo del brazo con una mueca.
El ninja no respondió.
Solo caminó hacia él, otro cuchillo apareciendo en su mano izquierda como por arte de magia.
Wiber concentró su poder.
Esta vez no escatimó.
Tejió una ilolución densa, completa, un mundo entero de pesadilla que encerró a su atacante en una prisión de cinco sentidos.
Olores de putrefacción, visiones de seres amados siendo despedazados, el tacto de gusanos trepando por la piel, el sabor de ceniza en la boca, el sonido de risas infantiles distorsionadas en gritos.
—No escaparás esta vez —dijo Wiber, jadeando.
Se levantó.
Dio tres pasos.
Cuatro.
Un cuchillo le perforó la pierna.
Cayó de bruces, el golpe reabriendo sus heridas.
La sangre brotó con renovada furia.
Gritó, pero era un grito ahogado, agotado.
Miró hacia atrás.
El ninja se acercaba, imperturbable.
Wiber se arrastró.
Sus uñas se rompían contra las piedras.
Sus rodillas dejaban un rastro bermellón.
Pero el ninja lo alcanzó, lo volteó como a un muñeco roto, y comenzó a apuñalarlo una y otra vez.
—¡¿Por qué?!
—gritó Wiber, cada palabra un esfuerzo sobrehumano—.
¡¿Por qué puedes liberarte de mis ilusiones?!
¡¿Quién eres?!
El ninja se detuvo.
Con un movimiento lento, casi ceremonial, se quitó la máscara.
El rostro que reveló era de piel pálida, casi translúcida a la luz de la luna.
Cabello negro como el carbón, cortado de manera funcional.
Ojos negros también, tan oscuros que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla.
Una cara robusta, de mandíbula cuadrada, que podría haber sido la de un campesino o la de un guerrero.
—Mi nombre es Román —dijo, y su voz era grave, calmada, terrible—.
Mírame a los ojos.
Y dime si te acuerdas de mí.
Wiber parpadeó.
La sangre nublaba su visión, pero obedeció.
Miró esos ojos negros, tan profundos, tan vacíos…
—¿De qué se supone que debo acordarme?
—su voz era un hilo—.
¿Quién eres?
—Mírame bien —insistió Román, inclinándose sobre él—.
Recuerda tus días como ladrón.
Los días como ladrón.
Los barrios pobres de Gama.
Las calles estrechas donde la miseria tenía olor a orina y coles hervidas.
Las bandas.
Los robos.
La primera vez que usó su Don para engañar a un comerciante, para hacerle creer que le había pagado cuando no era así.
Y una noche.
Una noche específica.
Una casa.
Una familia.
Un niño.
—Tú…
—los ojos de Wiber se abrieron con un reconocimiento aterrador—.
Eres aquel niño.
El que lloraba desesperado esa noche.
Román sonrió.
No era una sonrisa feliz.
Y siguió apuñalándolo.
Wiber gritó.
Gritó hasta que su garganta se desgarró.
Y luego, cuando el dolor se volvió demasiado inmenso para expresarse con sonido, se rió.
Una risa irónica, amarga, loca.
—¿Por eso estás aquí?
—tosiendo sangre—.
¿Buscas venganza por lo que te hice esa noche?
—una pausa.
Una burbuja escarlata en sus labios—.
Oye, dime…
¿cómo están tus padres?
El golpe de Román lo levantó del suelo.
Su puño, pequeño pero endurecido por años de entrenamiento, impactó contra su mandíbula con un crujido.
—¡Tú mataste a mis padres frente a mí!
—gritó Román, y por primera vez su voz perdió la calma, revelando al niño que aún vivía dentro—.
¡Yo era un niño!
¡Los vi morir!
¡Vi cómo tus ilusiones los hacían creer que estaban en un paraíso mientras tú los degollabas!
Wiber escupió un diente.
—No me digas —su voz era un estertor— que has pasado toda tu vida pensando en mí.
En cómo matarme.
—Una risa débil—.
Hazte un favor.
Búscate una vida.
La ira de Román fue un fogonazo ciego.
Pero cuando levantó el cuchillo para el golpe final, el mundo se distorsionó.
De repente, estaba en su casa.
La de verdad, la de su infancia.
Sus padres estaban vivos, sentados a la mesa, sonriéndole.
La cena humeaba.
Todo olía a hogar.
—¿Mamá?
—susurró Román, el cuchillo temblando en su mano—.
¿Papá?
Y entonces los cuerpos de sus padres comenzaron a descomponerse.
La piel se derritió.
Los ojos se licuaron.
Las sonrisas se transformaron en muecas de agonía.
—¿Ves?
—la voz de Wiber llegaba desde algún lugar, deformada—.
¿Ves lo que quieres recuperar?
No existe.
Nunca existió.
Tus padres eran monstruos.
Tú eres hijo de monstruos.
Mátame y serás como ellos.
Un asesino.
Una bestia.
Román apretó los dientes.
Respiró.
Recordó las enseñanzas.
El Taichí.
La respiración.
La diferencia entre la realidad y el sueño.
Abrió los ojos.
La ilusión se desvaneció.
Wiber estaba a veinte metros, arrastrándose hacia unas rocas, dejando un reguero de sangre como un caracol herido.
Román corrió.
Lo alcanzó.
Le pisó la espalda baja con toda su fuerza.
Un crujido horrible.
Wiber gritó y sus piernas dejaron de responder.
—¿Cómo?
—lloraba ahora, no de dolor sino de incredulidad—.
¿Cómo puedes liberarte?
¡Nadie puede liberarse!
¡Son cinco sentidos!
¡Es real para quien la vive!
Román se arrodilló junto a él.
—Esa noche —dijo, y su voz era la de un hombre que ha cargado una piedra durante veinte años—, mientras torturabas a mis padres, yo estaba escondido detrás de unas cortinas.
Vi todo.
Vi cómo sus ilusiones los hacían reír mientras tú los matabas.
Y entendí algo.
Hizo una pausa.
La luna, testigo silencioso, iluminaba su rostro.
—Entendí que no importa cuán fuerte, ágil o poderoso me volviera.
Jamás podría vengarme si no aprendía a distinguir la realidad del sueño.
Pasé diez años estudiando Taichí.
Meditación.
Control de la respiración.
Entrenamiento mental.
Hasta que un día, las ilusiones dejaron de funcionar en mí.
Porque yo ya sabía que todo podía ser un engaño.
Wiber lo miró.
En sus ojos, por primera vez, no había engaño.
Solo una verdad desnuda y terrible.
—Tus padres —dijo, la voz apenas un susurro— eran unos cerdos.
Román no respondió.
—Eran los encargados de la policía del sector —continuó Wiber—.
Pero eran corruptos.
La gente moría de hambre en las calles mientras ellos llenaban sus bolsillos con sobornos.
Extorsionaban al débil.
Protegían al fuerte.
¿Sabes cuántas veces vi a madres llorar porque tus padres les habían quitado sus casas?
¿Sabes cuántos niños murieron en los barrios pobres mientras ellos cenaban en restaurantes de lujo?
Román apretó la mandíbula.
—Lo sé —dijo—.
Descubrí la verdad cuando crecí.
Sus cuadernos.
Sus contactos.
Todo.
—¿Y aun así quieres vengarme?
—Ellos eran mis padres.
Te odiaban y te amaban.
Yo los odiaba y los amaba.
—Román levantó el cuchillo—.
Pero tú los mataste.
Y yo soy su hijo.
Eso no lo puedo cambiar.
Wiber cerró los ojos.
—Mátame, entonces.
Pero no creas que serás diferente.
Tú y yo…
somos la misma moneda.
Dos caras del mismo metal podrido.
Román apoyó el cuchillo en su cuello.
Y comenzó a cortar.
Lentamente.
— Wiber tuvo siete años.
Vivía con sus padres y cinco hermanos en una habitación de diez metros cuadrados.
Dormían por turnos porque no había espacio para todos.
Comían una vez al día, si había suerte.
Su padre, un hombre que había perdido una pierna en un accidente laboral, mendigaba en las calles.
Su madre lavaba ropa para las familias ricas hasta que sus manos sangraban.
Wiber los veía llegar cada noche, exhaustos, vacíos, y algo en su pecho se encendía.
No era tristeza.
Era rabia.
—¿Por qué ellos tienen todo y nosotros nada?
—preguntó una vez a su madre.
Ella lo miró con ojos que habían olvidado cómo llorar.
—Porque así es el mundo, hijo.
Acepta lo que tienes.
Wiber no lo aceptó.
— A los doce años, se unió a una banda.
No fue una decisión difícil.
La banda ofrecía comida, protección, un propósito.
Su primer robo fue una barra de pan.
El segundo, una cartera.
El décimo, la casa de un comerciante.
Su Don despertó durante ese décimo robo.
El comerciante lo sorprendió, y Wiber, aterrorizado, deseó con todas sus fuerzas no estar ahí.
De repente, el comerciante comenzó a gritar, a ver monstruos donde solo había sombras.
Wiber escapó.
Esa noche entendió su poder.
Podía crear mentiras tan perfectas que la gente prefería morir antes que enfrentarlas.
— La noche que cambió todo, Wiber tenía veintidós años.
Había escalado en la banda.
Era respetado, temido.
Sus ilusiones eran legendarias.
Pero algo en él seguía vacío.
La rabia que lo había impulsado desde niño no se había apagado; solo había encontrado nuevos objetivos.
Esa noche, la banda le encargó un trabajo especial: la casa del jefe de policía.
Wiber entró sin dificultad.
Usó sus ilusiones para que los sirvientes se durmieran, para que los perros vieran presas imaginarias.
Llegó al dormitorio principal.
El hombre y la mujer dormían abrazados.
Wiber los despertó con una ilusión: un incendio.
Ellos saltaron de la cama, aterrorizados.
Y entonces, Wiber se mostró.
—Por favor —suplicó la mujer—.
Te daremos lo que quieras.
—¿Lo que quiera?
—Wiber sonrió—.
Quiero que sientan lo que siente la gente a la que han pisoteado.
Pasó horas con ellos.
Usó sus ilusiones para mostrarles cada vida que habían destruido, cada familia que habían separado, cada niño que había muerto de hambre mientras ellos cenaban.
Los hizo vivir esas vidas, sentir ese dolor.
Y luego los mató.
No vio al niño escondido tras las cortinas.
No supo que esa noche, mientras él se alejaba sintiéndose un héroe, había creado a su propio verdugo.
— —Sabes —dijo Wiber, mientras la hoja le abría la garganta—, creí que era un héroe.
Esa noche.
Creí que vengaba a todos los que habían sufrido por culpa de tus padres.
Román no detuvo el movimiento.
—Pero no era un héroe.
Era solo otro asesino.
Otro monstruo alimentando el ciclo.
—Una tos húmeda—.
Tus padres eran malos.
Yo los maté.
Tú me matas a mí.
¿Y después?
¿Quién te matará a ti?
—Nadie —dijo Román—.
Porque yo romperé la moneda.
Terminó el corte.
Wiber sintió cómo la vida se escapaba, no por la herida, sino por la verdad de sus propias palabras.
En sus últimos segundos de conciencia, recordó a su madre.
Sus manos sangrantes.
Su mirada vacía.
—Lo siento, mamá —susurró—.
No encontré otra manera.
Y se apagó.
— Román se quedó junto al cadáver, el cuchillo goteando sangre en la tierra quemada.
Había esperado veinte años para este momento.
Había entrenado, había sufrido, había matado su propia humanidad para volverse la herramienta perfecta de venganza.
Pero no sentía nada.
No paz.
No alivio.
No triunfo.
Solo un vacío frío donde antes había habido un fuego.
Miró sus manos.
Las manos que habían apuñalado a Wiber más de veinte veces.
Las manos que habían sostenido a su madre mientras moría.
—¿Y ahora qué?
—preguntó en voz alta.
El viento no respondió.
Las llamas distantes crepitaron, indiferentes.
Román guardó el cuchillo.
Miró una última vez el cuerpo del hombre que había matado a sus padres.
Luego se alejó, perdiéndose entre las sombras, llevando consigo la pregunta que nunca encontraría respuesta.
¿Romper la moneda?
¿O solo darle la vuelta?
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com