Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 25
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25: Día que el Tirano Cayó 25: Día que el Tirano Cayó Lejos de los lugares donde Utaku y Wiber habían encontrado sus destinos, donde la sangre de Melchor y Jairo aún humeaba sobre la tierra quemada, Konrrac cerró los ojos y extendió su conciencia como una red sobre el campo de batalla.
Sintió el vacío donde antes había estado Melchor.
El silencio donde resonaba la risa de Arianna.
La ausencia de la furia de Marcus, de la curiosidad de Teresa, de la paciencia de Dante.
Uno tras otro, los hilos que lo unían a sus Terrores se rompían en su percepción.
—Melchor —murmuró, y el nombre supo a derrota—.
Wiber.
Dante.
Teresa.
Marcus.
Arianna.
Jairo.
Utaku.
—Cada palabra era una losa—.
Todos muertos.
Hizo una pausa.
Su rostro reptiliano, en el cuerpo robado de Ander, se torció en una mueca que intentaba ser desprecio pero olía a algo más humano.
—Solo queda Feral.
Ese lobezno ingrato en quien cada vez desconfío más.
Enderezó la espalda.
El dolor de la derrota era una cosa; la humillación de admitirla, otra muy distinta.
—Realmente son todos unos ineptos.
Buenos para nada.
—Sacudió la cabeza, como quien espanta un mal pensamiento—.
No me queda más que usar el plan B.
—No habrá plan B, Konrrac.
La voz llegó desde las sombras, clara como el filo de una espada.
De entre los escombros humeantes emergió una figura que Konrrac conocía bien, aunque nunca había tenido el placer de enfrentar en combate directo.
Leo.
El General en Jefe de los Aliados, líder del Sector Omega, caminaba hacia él con la parsimonia de quien sabe que el tiempo juega a su favor.
Su uniforme, impecable incluso después de la batalla, contrastaba con el caos que los rodeaba.
En sus ojos, una calma peligrosa.
—Puedo ver por tu expresión —dijo Leo, deteniéndose a veinte metros— que las cosas no te salieron bien.
Konrrac esbozó una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.
—Un leve desvío en mis planes.
Nada que no pueda corregir.
Leo sonrió también.
Pero su sonrisa era de otro tipo: la del depredador que ha acorralado a su presa.
—Tal parece que hoy es el día que mis ancestros han esperado tanto.
—Hizo una pausa, saboreando las palabras—.
Tu muerte.
Konrrac rió.
Un sonido seco, antiguo.
—Mi hijo Salazar no creó los Aliados para matarme, muchacho.
—Es verdad —admitió Leo, y su voz perdió parte de su filo—.
La creó para salvarte.
Para que volvieras al camino del bien.
—Sus ojos se endurecieron—.
Pero ambos sabemos que eso ya no pasará.
No hubo más palabras.
Las manos de Leo se movieron en un lenguaje de señas tan rápido que parecían bailar.
Y del suelo, a los costados de Konrrac, emergieron cuatro pilares de energía dorada, sólidos como el diamante, formando una prisión geométrica.
Konrrac resistió.
Sus brazos, poderosos incluso en el cuerpo de Ander, empujaron contra los pilares con una fuerza que hacía temblar la tierra.
El dorado chisporroteaba, cediendo milímetro a milímetro.
Leo no se inmutó.
Otro movimiento de señas.
Una lanza del mismo oro sólido se materializó en el aire y voló directa al pecho de Konrrac.
El grito del líder Terror rasgó la noche.
La lanza lo atravesó, emergiendo por su espalda con un chasquido húmedo.
Los pilares aprovecharon su instante de debilidad para cerrarse, atrapándolo.
Pero Konrrac no era el primero de los Terrores porque sí.
De su cuerpo, dos nuevos brazos emergieron —carne retorciéndose, huesos crujiendo— y sujetaron la lanza por el asta.
Con un esfuerzo sobrehumano, la arrancó de su pecho.
La herida humeaba, pero ya comenzaba a cerrarse.
Al mismo tiempo, sus brazos originales empujaron los pilares con renovada furia, apartándolos como quien corre una cortina.
Se abalanzó.
El primer golpe alcanzó a Leo en el costado, lanzándolo contra una roca.
El segundo, en el rostro, le partió el labio.
El tercero, en el estómago, lo dobló en dos.
Pero Leo, incluso mientras recibía la paliza, sus manos no se detenían.
Un nuevo movimiento de señas, y una armadura de energía dorada lo envolvió de pies a cabeza.
El siguiente golpe de Konrrac se estrelló contra ella como contra un muro de montaña.
La lucha se transformó.
Leo, fortalecido por su armadura, era más rápido, más fuerte.
Sus golpes encontraban su objetivo una y otra vez.
Konrrac retrocedía, sangraba, maldecía.
—¡Basta!
—rugió.
Y se dividió.
Doce copias idénticas brotaron de su cuerpo, cada una con la misma furia, la misma sed de sangre.
Rodearon a Leo y atacaron simultáneamente desde todos los ángulos.
Leo respondió con un escudo que lo cubrió casi por completo, absorbiendo la lluvia de golpes.
Pero no era suficiente para contraatacar.
Entonces, con un movimiento fluido, creó una espada enorme y un par de alas doradas que brotaron de su espalda.
Voló.
Desde el aire, sus ataques eran mortales.
Las copias de Konrrac caían una tras otra, decapitadas, partidas, desintegradas.
Pero tres de ellas —las más grandes— comenzaron a crecer.
Veinte metros.
Cincuenta.
Cien.
Ciento veinte metros de altura.
Los gigantes de carne y odio barrieron el cielo con sus brazos, intentando atrapar a Leo como a un mosquito.
Mientras, las copias más pequeñas lanzaban todo tipo de ataques: energía, fuego, proyectiles de hueso.
Leo, imperturbable, movió sus manos una vez más.
Soldados dorados emergieron del suelo, una legión entera que cargó contra las copias pequeñas.
Cadenas del mismo metal atraparon a uno de los gigantes, estrangulándolo lentamente mientras se retorcía.
Otro gigante fue encerrado en un cubo sólido, y del interior emergieron cuchillos que lo perforaban una y otra vez en un macabro picadillo.
El tercer gigante, el más grande, aún luchaba.
Leo hizo crecer su armadura.
El dorado se expandió, se reconfiguró, tomó forma.
Pronto, un Meca gigante —un guerrero de energía pura de cien metros de altura— se alzó frente al último coloso de Konrrac.
Leo, en su interior, pilotaba la estructura con la precisión de un bailarín.
La pelea fue titánica.
Golpes que derribaban montañas.
Patadas que abrían cráteres.
El choque de dos titanes que hacía temblar el campo de batalla entero.
Pero Konrrac, viendo cómo sus copias caían, sintió algo que no experimentaba desde hacía siglos: desesperación.
—¡Maldito!
—gritó, su voz distorsionada por el tamaño—.
¡Te mataré, igual que hice con tu hermana!
El mundo se detuvo.
En el interior del Meca, los ojos de Leo se abrieron con una luz nueva.
No era dolor.
No era tristeza.
Era algo más antiguo, más peligroso.
Furia.
El Meca se movió con una velocidad que su tamaño no debería permitir.
Sus puños encontraron a Konrrac una y otra vez, cada golpe un terremoto.
El coloso retrocedió, cayó, se levantó, volvió a caer.
Pero Konrrac, incluso en la derrota, aprendía.
Observó los movimientos de Leo.
Los patrones de sus señas.
La forma en que la energía dorada respondía a sus comandos.
Y entonces, con una sonrisa de triunfo, copió.
Sus propias manos, enormes, replicaron el lenguaje de señas.
Una armadura dorada, idéntica a la de Leo, lo envolvió.
Un Meca propio se alzó frente al de su enemigo.
Los dos titanes chocaron.
Y el Meca de Leo se rompió en pedazos.
Leo cayó desde las alturas, envuelto en los restos de su creación.
Impactó contra el suelo con una violencia que habría matado a cualquier otro.
Pero él aún respiraba, aún se movía, aún intentaba levantar las manos para hacer señas.
Plantas emergieron del suelo, atrapándolo, inmovilizando sus brazos.
El poder de Bento, ahora en posesión de Konrrac.
Konrrac descendió lentamente, flotando hasta quedar frente a su enemigo derrotado.
—Absorberé tus poderes —dijo, acercándose—.
Y seré más poderoso que nunca.
Pero Leo lo miraba de una manera extraña.
No con odio.
No con miedo.
Con una intensidad que Konrrac no supo interpretar.
—¿La mencionaste?
—la voz de Leo era un susurro, pero cada palabra pesaba como una losa—.
¿Por qué la mencionaste?
Konrrac parpadeó.
—¿Ah?
—Luego comprendió, y una sonrisa lenta se dibujó en su rostro—.
Ah, sí.
Tu hermana mayor.
La general Venecia.
—Yo amaba a mi hermana —dijo Leo, y sus manos, atrapadas, intentaron inútilmente moverse.
Konrrac se inclinó sobre él, sujetándolo por el cuello con una fuerza que comenzaba a ahogarlo.
—Nadie estuvo más cerca de matarme que tu hermana —susurró, sus ojos reptiles brillando con un odio antiguo—.
Fue una lástima que…
bueno.
Ya lo sabrás pronto, cuando te reúnas con ella.
El puño de Leo, aprisionado, no podía moverse.
Pero sus ojos sí.
Y en ellos, Konrrac vio algo que no le gustó: esperanza.
El aire se partió.
Un rayo cayó del cielo, directo sobre Konrrac, seguido de una onda de choque que lo lanzó por los aires.
Vikthor había llegado.
Pero no era el único.
Lissa descendió como un meteorito, su impacto creando un nuevo cráter.
Mark apareció en una ráfaga de luz, sus puños brillando con energía solar.
Trass aterrizó con la pesadez de una montaña, la tierra crujiendo bajo sus pies.
Los cuatro generales rodearon a Konrrac.
—¡General!
—gritó Lissa, mientras liberaba a Leo de las plantas.
—Estoy bien —tosió Leo, frotándose el cuello—.
A tiempo, como siempre.
Konrrac se levantó, tambaleándose.
Su cuerpo, ya castigado por la batalla, humeaba por el impacto del rayo.
Pero aún estaba de pie.
Aún peleaba.
—¿Cuatro generales?
—escupió sangre—.
¿Tanto me temen?
—Te tememos lo suficiente como para no subestimarte —respondió Leo, levantándose con ayuda de Mark.
Los cinco —Leo, Lissa, Mark, Trass y Vikthor— se colocaron en formación.
Y atacaron.
La coalición de poderes fue apocalíptica.
Rayos, explosiones solares, impactos físicos, golpes de fuerza bruta.
Konrrac resistía, contraatacaba, sangraba, se regeneraba, volvía a caer.
Pero eran demasiados.
La coordinación de los generales era perfecta, un ballet de destrucción coreografiado durante años.
Cuando Konrrac lograba bloquear un ataque, otro le llegaba por la espalda.
Cuando se defendía de dos, tres más lo alcanzaban.
Su cuerpo, el cuerpo robado de Ander, comenzaba a fallar.
Entonces sintió frío en los pies.
Miró hacia abajo.
Hielo.
Escalando por sus piernas, inmovilizándolo.
Loombar había llegado.
—¡No!
—rugió.
Y entonces, una presión invisible lo comprimió desde todos los ángulos.
Perla, usando su telequinesis, lo inmovilizaba por completo.
Un golpe en la espalda.
Darius, apareciendo de la nada, sus puños encontrando puntos débiles.
Una katana, cortando su costado.
Gliel, el Capa Rota liberado, atacando con la furia de quien recupera su voluntad.
Konrrac, atrapado, inmovilizado, sangrando, sintió algo que no conocía desde su infancia: miedo.
Y entonces, explotó.
No fue un ataque dirigido.
Fue una liberación instintiva de toda la energía que había absorbido durante la batalla.
La onda expansiva derribó a todos, lanzándolos como muñecos de trapo.
Gliel, inconsciente, cayó cerca de Konrrac, quien se arrastró hacia él con una sonrisa asesina.
—Pequeño idiota —susurró, levantando una garra para rematarlo.
Algo lo golpeó con la fuerza de un tren.
Zafira, la comandante felina de Gama, había interpuesto su cuerpo entre Konrrac y Gliel.
Su ataque, una embestida total, hizo retroceder al Terror unos metros.
—A mi gente no la tocas —gruñó, sus ojos azules brillando con odio.
Y entonces, cabellos.
Miles de cabellos blancos envolvieron a Konrrac, aprisionándolo con fuerza de acero.
Toto, la cazadora de vampiros, usaba su arma más poderosa.
Konrrac forcejeó.
Los cabellos resistieron.
Entonces, recordó.
Absorber.
Comenzó a drenar la energía de los cabellos, de Toto misma.
Ella gritó, sintiendo cómo su fuerza se desvanecía, y tuvo que soltarlo antes de morir.
Pero ese instante de libertad fue todo lo que los Aliados necesitaban.
Leo, recuperado, dio la orden con un gesto.
Y todos atacaron a la vez.
Perla, Darius, Gliel (recién despertado por Zafira), Loombar, Lissa, Mark, Trass, Vikthor, Toto, Zafira, y los recién llegados Estella y Mila —que aparecieron desde las sombras— convergieron sobre Konrrac en una tormenta de poder coordinado.
La batalla se volvió un caos de luz y sonido.
Konrrac, desesperado, se dividió en copias para enfrentarlos a todos.
Copió sus poderes, usando el hielo de Loombar contra él, la telequinesis de Perla para lanzar rocas, los rayos de Vikthor para crear tormentas.
Por un momento, parecía que podría lograrlo.
Pero eran demasiados.
Y estaban demasiado coordinados.
Cada vez que copiaba un poder, alguien lo atacaba con otro.
Cada vez que derribaba a un oponente, dos más lo reemplazaban.
La marea era imparable.
Tan absorto estaba en la batalla que no vio la sombra que se acercaba por detrás.
Pircer emergió de la nada, su katana carmesí brillando con luz propia.
Y la incrustó en la espalda de Konrrac.
El efecto fue inmediato.
Los poderes copiados se desvanecieron.
Las copias se disolvieron.
La armadura dorada se esfumó.
Y el cuerpo de Konrrac, el cuerpo de Ander que había robado, comenzó a derretirse, a reconfigurarse, a revelar lo que había debajo.
Cuando terminó, ante ellos no había un reptil.
No había un monstruo.
Había un hombre.
Piel blanca como el mármol.
Cabello rubio, casi blanco.
Ojos azules, claros como el cielo de un mundo que ya no existía.
Delgado, casi frágil.
Humano.
—Con que esta es tu verdadera apariencia —dijo Leo, avanzando lentamente.
Los demás se arremolinaron alrededor, sus voces un coro de sugerencias.
—¡Mátalo, general!
—¡No lo dudes!
—¡Es ahora o nunca!
Leo levantó una mano, pidiendo silencio.
Se acercó a Konrrac, que yacía en el suelo, indefenso, humano.
—Tienes razón —dijo Leo, su voz calma—.
Podría matarte ahora.
Debería matarte ahora.
Konrrac sonrió.
Una sonrisa débil, casi tierna, completamente incongruente con el monstruo que había sido.
—Pero no lo harás —susurró—.
Porque quieres saber.
Quieres saber qué pasó con tu hermana.
Leo se tensó.
Sus puños se cerraron.
—No te escucho —dijo, pero era mentira y ambos lo sabían.
Konrrac tosió, sangre oscura manchando sus labios pálidos.
—Tu hermana…
la general Venecia…
era poderosa.
Más que tú, más que cualquiera de tus generales.
Aún embarazada…
peleaba como una bestia.
El silencio era absoluto.
Nadie respiraba.
—Hace veinte años —continuó Konrrac, su voz cada vez más débil—, nos enfrentamos.
Ella me estaba ganando.
Iba a matarme.
Pero entonces…
—sonrisa— entonces le llegó el momento.
Cayó al suelo, de rodillas, y frente a mis ojos…
dio a luz.
Un murmullo recorrió a los presentes.
Leo palideció.
—¿Un niño?
—su voz era un hilo—.
¿Mi hermana tuvo un niño?
—Sí —Konrrac lo miró directamente a los ojos—.
Un niño pequeño.
Frágil.
Gritón.
Salió de ella cubierto de sangre y moco, y ella lo sostuvo en brazos…
y sonrió.
Leo dio un paso adelante.
—¿Dónde está?
¿Qué pasó con ese niño?
Konrrac esperó un momento.
Dejó que la tensión creciera.
Que la esperanza inundara los ojos de Leo.
—Yo maté a tu hermana —dijo lentamente—.
Y al niño…
—otra pausa—.
Me lo comí.
El mundo se detuvo.
Leo no se movió.
No habló.
Solo miró a Konrrac con una expresión que no era odio, ni dolor, ni furia.
Era algo peor: vacío.
Y en ese vacío, Konrrac encontró su oportunidad.
Con un movimiento rápido, empujó a Pircer, que aún sostenía la katana incrustada en su espalda.
El bloqueo de poderes se rompió.
Konrrac rodó, se levantó, y mientras lo hacía, su cuerpo comenzó a transformarse de nuevo.
La piel escamosa retornó.
Los ojos reptiles brillaron.
—¡Mentiroso!
—rugió Leo, lanzándose hacia él.
Pero Konrrac ya volaba, elevándose hacia el cielo.
Los demás reaccionaron.
Rayos, explosiones, poderes de todo tipo surcaron el aire tras él.
Pero Konrrac, en su huida, juntó sus manos y comenzó a cargar una esfera de energía.
Creció.
Y creció.
Y creció.
Trescientos metros de diámetro.
Un sol artificial de destrucción pura.
—¡Muéranse todos!
—gritó, y lanzó la esfera hacia ellos.
Estella fue la única que no retrocedió.
Se paró frente al grupo, sus ojos brillando con la luz del poder de reflejo.
La esfera impactó contra ella…
y rebotó.
No sin costo.
Estella gritó, su cuerpo humeando, su piel quemándose.
Pero la esfera cambió de dirección y volvió hacia su creador.
Konrrac no tuvo tiempo de esquivar.
La explosión fue colosal.
La tierra se abrió en una grieta de un kilómetro de largo.
El cielo se desgarró mostrando un firmamento de estrellas que nadie había visto en décadas.
El sonido fue tan inmenso que, por un momento, no hubo sonido, solo un vacío absoluto.
Cuando la luz cesó, cuando el polvo comenzó a asentarse, cuando los oídos dejaron de zumbar…
Konrrac seguía vivo.
Herido.
Humante.
Arrastrándose.
Pero vivo.
Miró a sus enemigos, todos ellos en el suelo, algunos inconscientes, otros apenas conscientes.
Y con el último gramo de su voluntad, huyó.
Se elevó, tambaleándose, y desapareció en la noche, dejando tras de sí un rastro de sangre negra y un silencio atónito.
Pasó un minuto.
Luego otro.
—¡VENCIMOS!
—gritó alguien.
Lissa, quizás.
O Mark.
El grito se contagió.
Pronto, todos los que podían hacerlo celebraban, reían, lloraban, se abrazaban.
Habían vencido a Konrrac.
Habían vencido a los Terrores.
Pero Leo no celebraba.
Estaba de rodillas, mirando el lugar donde Konrrac había desaparecido, con una pregunta quemándole el alma.
¿Era verdad?
¿Mi hermana tuvo un hijo?
¿Y ese hijo…
realmente…?
No lo sabía.
Quizás nunca lo sabría.
A su lado, Perla se acercó y puso una mano en su hombro.
—General —dijo suavemente—.
Vencimos.
Leo asintió.
Se levantó.
Miró a sus soldados, sus amigos, sus hermanos de armas, celebrando la victoria más importante de la historia de los Aliados.
Y sonrió.
Pero en el fondo de sus ojos, en ese lugar donde las preguntas sin respuesta se acumulan como cadáveres en un campo de batalla, algo seguía ardiendo.
¿Dónde estás, sobrino?
¿Vives aún?
La noche no respondió.
Pero en algún lugar, muy lejos, un lobo solitario alzó la vista hacia la luna y sintió, sin saber por qué, que alguien lo buscaba
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