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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 26

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  3. Capítulo 26 - 26 La Tormenta y la Bestia
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26: La Tormenta y la Bestia 26: La Tormenta y la Bestia La euforia de la victoria envolvía el campo de batalla como un abrazo cálido después de la tormenta.

Los soldados se abrazaban, reían, lloraban.

Habían sobrevivido.

Habían vencido al Tirano.

Por primera vez en décadas, el futuro parecía un lugar al que valía la pena llegar.

Pero Leo no celebraba.

Permaneció apartado, observando a su gente con una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

En su mente, las palabras de Konrrac resonaban como ecos en una cámara vacía.

“Tu hermana dio a luz…

y al niño, me lo comí.” Mentira, probablemente.

Todo en Konrrac era mentira, manipulación, veneno.

Pero había algo en la forma en que lo había dicho, en la pausa antes de la broma macabra, que encendía una llama de duda en su pecho.

¿Y si era verdad?

¿Y si mi sobrino…?

—¡Leo!

La voz de Vikthor lo sacó de sus pensamientos.

El general de Eco se acercaba con el rostro surcado por una preocupación que no tenía nada que ver con la batalla.

—¿Has visto a Edwiin?

—preguntó, su mirada escaneando el horizonte—.

Pregunté a todos, pero nadie lo ha visto desde…

No terminó la frase.

No hacía falta.

Leo parpadeó, forzado a regresar al presente.

Miró a su amigo, a su compañero de tantas batallas, y vio en sus ojos el mismo vacío que él sentía.

—Vikthor…

—comenzó, pero no supo cómo continuar.

Vikthor notó algo en su expresión.

Algo más que la fatiga de la batalla.

—¿Qué tienes?

—preguntó, cambiando el foco—.

Te noto…

ido.

Leo suspiró.

No tenía sentido ocultarlo.

—Estoy pensando en lo que dijo Konrrac.

Sobre mi hermana.

Vikthor frunció el ceño.

Luego, una risa irónica escapó de sus labios.

—¿No me digas que crees en las palabras de ese demonio?

Leo, el hombre es la encarnación de la mentira.

Todo lo que sale de su boca es un arma.

—Lo sé —admitió Leo, pasándose una mano por el rostro—.

Pero tú sabes cuál era el deseo más anhelado de Venecia.

Tener un hijo.

Lo hablábamos siempre.

Era su sueño.

Vikthor lo miró largamente.

Conocía esa historia.

Todos los que habían conocido a Venecia conocían esa historia.

—Leo, piensa con claridad.

Si ese niño existiera, tendría unos veinte años ahora.

¿Dónde ha estado todo este tiempo?

¿Cómo es que nunca supimos de él?

¿Cómo es que nunca lo buscamos?

—No lo sé —respondió Leo, y su voz era la de un hombre que sostiene una brasa con las manos desnudas—.

No sé nada.

Pero si hay una mínima posibilidad…

una mínima…

tengo que encontrarlo.

No puedo ignorar esto.

Vikthor asintió lentamente.

No compartía la esperanza, pero entendía el dolor.

—Primero asegurémonos de que Konrrac no vuelva a ser una amenaza —dijo, poniendo una mano en el hombro de su amigo—.

Luego, buscaremos respuestas.

Juntos.

Leo iba a responder cuando algo en el ambiente cambió.

No fue un sonido.

Fue una presencia.

Todos lo sintieron a la vez.

La celebración murió en sus gargantas.

Las manos buscaron armas.

Los cuerpos se tensaron.

Y entonces lo vieron.

Feral emergió de entre las sombras como si la noche misma lo hubiera parido.

Su figura imponente —pelaje negro, ojos rojos como ascuas, garras aún manchadas con la sangre de batallas recientes— se recortó contra el cielo nublado.

Caminó hacia ellos con la parsimonia de quien no teme a nada, ni siquiera a un ejército de guerreros que acababan de derrotar a su líder.

Los soldados se apartaron, formando un pasillo instintivo.

No por cobardía, sino por ese respeto primario que se le otorga a la bestia que no conoces.

Feral se detuvo en el centro del claro.

Sus ojos recorrieron el grupo, evaluando, midiendo.

Luego, su voz grave y áspera cortó el silencio: —¿Quién de ustedes es Vikthor?

El aludido dio un paso al frente.

Su rostro, aún marcado por la preocupación por su hijo, se transformó en una máscara de alerta.

—Yo soy.

Feral levantó un brazo.

En su garra, sostenía algo: un martillo roto, partido en dos, la madera astillada y el metal abollado.

Lo arrojó a los pies de Vikthor.

El general de Eco lo reconoció al instante.

Su corazón, que ya había soportado tanto esa noche, dio un vuelco doloroso.

—¿Dónde está mi hijo?

—preguntó, y su voz era un hilo de acero tensado hasta el límite.

—Muerto —respondió Feral, sin inflexión, sin emoción—.

Yo lo maté.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier explosión.

—Dijo que tú serías capaz de vencerme —continuó Feral, y en sus ojos rojos brilló algo que podría haber sido respeto—.

Era un guerrero digno.

Peleó bien.

Tuvo una muerte honorable.

Vikthor no se movió.

No habló.

Solo miró a la bestia que tenía delante, y en esa mirada se concentró todo el dolor del universo.

Los demás intentaron acercarse, rodearlo, consolarlo.

Pero él levantó una mano, deteniéndolos.

Leo, con el rostro endurecido por la tensión, se dirigió a Feral: —¿Para qué has venido?

¿Qué pretendes con todo esto?

Feral lo miró.

Luego volvió a centrarse en Vikthor.

—Su hijo fue un gran combatiente.

Tiene mis respetos.

—Hizo una pausa—.

No le daré más dolor a su padre.

Por eso estoy aquí.

Te ofrezco justicia.

Pero te advierto…

no será fácil.

Vikthor lo miró fijamente.

Cuando habló, su voz era irreconocible: un rugido contenido, una tormenta a punto de desatarse.

—Que nadie se entrometa.

Él es mío.

Y entonces, sucedió.

Un aura eléctrica comenzó a emanar de su cuerpo, tenue al principio, luego más intensa, hasta convertirse en una coraza de relámpagos danzantes.

La energía era tal que su armadura, forjada para soportar los embates más poderosos, comenzó a resquebrajarse, cayendo en pedazos al suelo.

Bajo ella, su cuerpo se reveló: esbelto, musculoso, marcado por cicatrices de incontables batallas.

Pero era la energía lo que hipnotizaba.

Miles de descargas eléctricas jugueteaban sobre su piel, creando un campo de fuerza que hacía retroceder instintivamente a los presentes.

Todos se alejaron.

No por orden, sino por puro instinto de supervivencia.

Vikthor miró a Feral.

Feral lo miró a él.

Y el mundo explotó.

Vikthor se movió.

No corrió.

Simplemente desapareció de su lugar y reapareció frente a Feral con una velocidad cercana a la de la luz.

Su puño, envuelto en energía eléctrica, impactó directamente en el rostro de la bestia.

El golpe fue tan violento que la cara de Feral se desfiguró.

Mandíbula desplazada, pómulos hundidos, sangre negra brotando a borbotones.

Salió disparado hacia atrás como un proyectil, atravesando rocas, escombros, árboles, hasta detenerse cientos de metros después.

Pero Vikthor ya estaba allí.

Lo interceptó en el aire, una patada que cambió su trayectoria.

Lo volvió a interceptar, un golpe que lo envió hacia arriba.

Lo esperó en la cúspide de su ascenso, un mazazo que lo estrelló contra el suelo.

Una y otra vez.

Golpes implacables, cada uno capaz de matar a un ser normal decenas de veces.

Feral, comprimido por la violencia de los ataques, apenas podía reaccionar.

Pero algo comenzó a cambiar.

Sus ojos, esos ojos rojos que habían visto tanta muerte, se enfocaron.

Su cuerpo, magullado y roto, comenzó a adaptarse.

El siguiente golpe de Vikthor no lo alcanzó.

Feral se movió, un milímetro, justo lo necesario.

El siguiente, lo bloqueó con el antebrazo.

El siguiente, lo contrarrestó con un golpe propio.

Vikthor parpadeó, sorprendido.

—¿Cómo…?

—Tu velocidad —dijo Feral, su voz ronca por la sangre en su garganta— ya no es suficiente.

Se lanzaron el uno contra el otro.

El choque fue apocalíptico.

La tierra se abrió bajo sus pies, una grieta que se extendió por cientos de metros.

Las ondas de choque barrieron el campo, derribando a los soldados que no habían tenido tiempo de alejarse lo suficiente.

El cielo, ya nublado, se oscureció aún más, como si la propia naturaleza quisiera apartar la mirada.

De sus puños brotaban ráfagas de energía: negra la de Feral, azul la de Vikthor.

Cada impacto era una explosión.

Cada intercambio, un terremoto.

Parecían dos rayos —uno negro, uno azul— chocando una y otra vez, separándose, volviendo a chocar.

Sus combates los llevaron por todo el campo de batalla, dejando un rastro de destrucción a su paso.

Feral conectó un golpe directo al pecho de Vikthor.

El general tosió sangre, aturdido por la fuerza del impacto.

Intentó flanquearlo, usar su velocidad para desorientarlo, pero Feral ya no caía en eso.

Sus sentidos, agudizados por la batalla, anticipaban cada movimiento.

Se enfrentaron cuerpo a cuerpo, sin tregua, sin piedad.

Vikthor saltó hacia atrás, jadeando.

Sus manos se alzaron, y de ellas brotaron relámpagos que cruzaron el cielo como serpientes de luz.

—¡Muere!

—gritó.

Pero Feral levantó sus garras, y de ellas emergió una energía negra, cortante, absoluta.

¡GARRAS NEGRAS!

Los ataques chocaron en el centro del campo.

La explosión que siguió no fue de este mundo.

Una esfera de energía negra y azul se expandió, devorando todo a su paso, y cuando se desvaneció, dejó un cráter humeante de cien metros de diámetro.

Vikthor no se detuvo.

Convocó una tormenta.

No una tormenta local, sino una que cubrió todo el horizonte.

Las nubes se arremolinaron, negras y densas, y de ellas comenzaron a caer relámpagos, uno tras otro, una lluvia de luz mortífera sobre Feral.

La bestia esquivó, corrió, saltó.

Algunos relámpagos lo alcanzaron, chamuscando su pelaje, abriendo heridas humeantes en su carne.

Pero cada vez, su cuerpo se regeneraba, cerrando las heridas, renovando su furia.

Vikthor, desesperado, concentró toda la tormenta en un único punto.

Un relámpago colosal, más grueso que un tronco milenario, cayó directamente sobre Feral.

El impacto fue cegador.

Cuando la luz se disipó, Feral yacía en el suelo, humeante, su cuerpo marcado por quemaduras de tercer grado.

Pero se levantó.

Se regeneró.

Vikthor sintió algo que no experimentaba desde hacía años: miedo.

—¿Qué eres?

—susurró.

No esperó respuesta.

Juntó sus manos y concentró toda la energía que le quedaba.

La tormenta mundial respondió a su llamado, relámpagos de todos los rincones del planeta convergiendo en su palma, fusionándose, comprimiéndose.

Cuando terminó, sostenía una lanza.

No una lanza común: una lanza de luz pura, tan densa que la energía escapaba de ella en descargas incontroladas, tan poderosa que su sola presencia hacía temblar la tierra.

—Esta es mi técnica más poderosa —dijo Vikthor, su voz quebrada por el esfuerzo y el dolor—.

Tenía mis dudas en usarla.

Porque es capaz de…

destruir el mundo.

Miró a Feral.

La bestia, aún regenerándose, lo miraba con unos ojos que no mostraban miedo.

Solo aceptación.

—Recibe mi ataque —susurró Vikthor—.

¡LANZA RELÁMPAGO!

La lanza voló.

Atravesó el aire, dejando un rastro de ozono y luz.

Se incrustó en el pecho de Feral…

y explotó.

Un pilar de energía eléctrica, tan ancho como una montaña, se elevó hacia el cielo.

Atravesó las nubes.

Atravesó la atmósfera.

Llegó hasta el espacio, un faro de destrucción pura visible desde la órbita.

La luz fue cegadora.

La tierra tembló, abriéndose en una red de grietas que se extendió por kilómetros.

El cielo se dispersó, las nubes desaparecieron, dejando ver un firmamento estrellado que nadie había contemplado en décadas.

Y en el centro de todo, Feral…

Gritaba.

Un sonido que no era humano, que no era bestial, que era ambas cosas y ninguna a la vez.

El dolor de la energía recorriendo cada célula de su cuerpo, quemando, desintegrando, aniquilando.

Pero incluso en medio de esa agonía, algo en él resistía.

Algo en él no quería morir.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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