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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 27

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  3. Capítulo 27 - 27 El Precio De La Luz
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27: El Precio De La Luz 27: El Precio De La Luz El destello refulgente partió el firmamento en dos.

No fue un relámpago ni una explosión convencional: fue un parto, el alumbramiento de algo que no debería existir en este mundo.

La luz ascendió como un pilar sólido, un faro de energía pura que taladró la atmósfera y se perdió en el vacío, desafiando las leyes que gobiernan la materia.

La onda de choque recorrió el planeta en todas direcciones.

Los escombros bailaron.

El cielo mismo pareció gemir.

Konrrac, desde su escondite, sintió el impacto en lo más profundo de su ser.

No era solo la energía: era la certeza de que algo fundamental había cambiado.

Sus ojos, capaces de ver la esencia de las cosas, distinguieron el pilar de luz como lo que realmente era: un réquiem.

Ahí muere algo, pensó.

O alguien.

En el epicentro, el silencio llegó después del estruendo, y fue más aterrador que cualquier grito.

El polvo comenzó a asentarse sobre un montículo de forma humanoide, una escultura carbonizada que humeaba en la noche.

Los restos de Feral yacían contra la tierra como una brasa olvidada.

Vikthor cayó de rodillas.

No por elección: su cuerpo simplemente se negó a seguir sosteniéndolo.

El brazo derecho, el que había canalizado el ataque final, colgaba como un látigo roto, los huesos asomando entre la carne desgarrada.

La sangre formaba un charco oscuro bajo su cuerpo.

Sus compañeros llegaron corriendo.

Voces confusas, manos que lo sujetaban, felicitaciones que sonaban huecas en sus oídos.

—¡Increíble!

—¡Nunca había visto tanto poder!

—¡Lo lograste, Vikthor!

¡Lo lograste!

Él no respondió.

Miraba fijamente el montículo humeante, buscando en sus cenizas una confirmación que no terminaba de llegar.

Nadie más miraba el montículo.

Todos miraban a Vikthor, al héroe, al hombre que había destruido al enemigo.

Todos excepto uno.

Darius observaba el cadáver calcinado con el ceño fruncido.

Algo no encajaba.

Había visto morir a muchos, había sentido el momento en que la vida abandona un cuerpo.

Y allí, en ese montículo de carne quemada, algo…

Latía.

— Retza apareció junto a los restos de Feral como una lágrima que cae sin permiso.

Invisible para los mortales, intocable para su mundo.

Miró aquello que había sido un ser único, un singular, y sintió que su esencia divina se contraía.

—Pensé que la energía que guardaba en su interior…

—susurró, y su voz era tan frágil como nunca antes—.

Pensé que al menos no moriría.

Iba a marcharse.

No soportaba verlo así, convertido en carbón, en nada.

Pero entonces lo sintió.

Un latido.

Débil.

Casi imperceptible.

Pero real.

Retza se giró.

El montículo…

se estaba endureciendo.

La superficie carbonizada adquirió la consistencia de la roca, y luego, con un crujido seco, comenzó a agrietarse.

Una mano emergió.

Negra, quemada, pero viva.

Los mortales no lo vieron.

Estaban demasiado ocupados celebrando.

Pero Retza sí.

Vio cómo Feral se arrastraba fuera de su propia tumba, cómo su carne se regeneraba a una velocidad imposible, cómo se ponía de pie tambaleándose, exhausto, pero vivo.

Ella se acercó, extendió una mano que él no podía ver.

—No te rindas —susurró—.

Aún hay esperanza.

— —¡ES IMPOSIBLE!

El grito de Darius atravesó la celebración como un cuchillo.

Todos se giraron.

Todos vieron lo mismo: la figura negra y humeante que se arrastraba por el suelo, levantándose con esfuerzo sobre dos piernas.

El silencio fue absoluto.

Lissa fue la primera en reaccionar.

Su rostro, antes alegre, se torció en una máscara de furia.

—¡TERMINARÉ CON ÉL!

Salió disparada como una bala.

El aire se partió a su paso.

Saltó con toda la fuerza de sus piernas, el puño cargado con años de entrenamiento y la rabia de quien ha visto demasiada muerte.

Iba a aplastarlo.

Iba a reducir a polvo lo que quedaba de ese monstruo.

Feral la vio venir.

No tenía fuerzas para esquivar, apenas para mantenerse en pie.

Pero se irguió, orgulloso hasta el final, listo para recibir el golpe.

Y entonces el mundo se detuvo.

No metafóricamente.

Realmente.

El puño de Lissa chocó contra algo que no debería estar allí: una mano.

Una mano pequeña, de piel perfecta, que había aparecido de la nada.

Retza se materializó ante todos.

La onda de choque del impacto derribó a los más cercanos y levantó una nube de polvo que lo cubrió todo.

Cuando el aire se aclaró, vieron la escena: Lissa colgando en el aire, su puño atrapado en la palma de aquella mujer desconocida.

La mano de Lissa sangraba.

Sus nudillos estaban destrozados, como si hubiera golpeado el muro de una fortaleza.

Retza apretó.

Lissa gritó.

No era un grito de guerra, sino de dolor puro.

Intentó forcejear, golpear con la otra mano, liberarse.

Imposible.

La mujer la sostenía con la facilidad de quien sujeta una hoja.

—¡¿QUIÉN ERES?!

—gritó Lissa entre dientes—.

¡¿POR QUÉ ERES TAN FUERTE?!

Retza no respondió.

Con un movimiento leve, casi desdeñoso, empujó a Lissa.

La guerrera salió despedida y cayó sobre sus compañeros como un muñeco roto.

Los Aliados se levantaron.

La rodearon.

Sus rostros mostraban confusión, miedo, determinación.

No importaba quién fuera esa mujer: habían matado a nueve Terrores hoy.

Podían con uno más.

Se lanzaron al ataque.

Retza suspiró.

Cerró los ojos.

Y activó su aura.

El color rosa brillante que emanó de ella no era hermoso.

Era asfixiante.

Pesado.

Una presión que caía sobre los hombros como una montaña.

Uno a uno, los guerreros más poderosos de los Aliados cayeron de rodillas, luego boca abajo, aplastados contra la tierra.

Intentaban respirar y no podían: el aire mismo se había vuelto sólido, imposible.

Darius, desde el suelo, intentó usar su Don.

Buscó debilidades en esa mujer.

Y lo que encontró hizo que su sangre se helara.

Nada.

No hay nada.

Es como mirar el vacío.

Como mirar…

un concepto.

Retza ignoró sus esfuerzos.

Se acercó a Feral, que apenas se sostenía en pie, y lo levantó en brazos como si no pesara nada.

Él intentó protestar, pero no le salió la voz.

Ella creó una esfera.

Pequeña al principio, negra como la noche, envuelta en un tenue resplandor rosado.

La esfera creció, succionando el aire, el polvo, la luz.

Cuando alcanzó dos metros de diámetro, Retza cruzó su superficie con Feral en brazos.

Y desaparecieron.

La esfera se encogió sobre sí misma hasta convertirse en un punto, y el punto se desvaneció.

El aura desapareció con ella.

Los Aliados pudieron respirar again, incorporarse entre toses y jadeos.

—¡¿PERO QUÉ MIERDA ACABA DE PASAR?!

—rugió Leo, y era la primera vez que alguien lo veía perder la compostura.

—¡¿A DÓNDE SE FUERON?!

—gritó Mark.

Darius se incorporó lentamente.

Su rostro estaba pálido.

—Esa mujer…

—tragó saliva—.

Cuando la observé, no pude ver sus debilidades.

Fue como si estuviera frente a algo…

alguien…

de otro nivel.

De otro mundo.

Nadie encontró palabras.

Zafira rompió el silencio: —¡Debemos llevar a Lissa y a Vikthor a la ciudadela!

Leo asintió, recuperando su compostura a la fuerza.

—Es cierto.

Y también…

—miró alrededor, los cuerpos caídos, los amigos que ya no se levantarían—.

También tenemos que recoger a nuestros muertos.

Darles el respeto que merecen.

Se pusieron en marcha.

Detrás quedaba el campo de batalla, los restos de la cacería, y un montón de preguntas sin respuesta.

— La Montaña Solitaria permanecía igual que siempre: vacía, fría, olvidada.

En la habitación donde Feral había pasado innumerables noches mirando la luna, el aire comenzó a distorsionarse.

Una esfera negra, envuelta en luz rosada, apareció de la nada.

Creció violentamente, succionando el polvo y el oxígeno de la estancia con un rugido.

De su interior emergió Retza, con Feral en brazos.

Lo depositó en su lecho con una delicadeza que contrastaba con todo lo ocurrido.

Arregló la manta sobre su cuerpo, apartó un mechón de su frente…

Y entonces escuchó las risas.

Retza se tensó.

Su omnisciencia —el don divino de conocer todo lo que ocurre en el mundo— le decía que la habitación estaba vacía.

Pero sus oídos le decían lo contrario.

Las risas se hicieron más fuertes.

Burlonas.

Cómplices.

—Seas quien seas —dijo Retza, y su voz divina retumbó en las paredes—, sal ahora.

O lo lamentarás.

De las sombras, como si siempre hubieran estado allí, emergió una mujer de piel blanca.

Sonreía con la tranquilidad de quien no teme a nada.

—Jamás pensé —dijo— que en todos mis años de existencia tendría que llevarle la locura a un dios.

Retza exhaló, y sus hombros se relajaron.

—Solo eres tú, María.

Por un momento pensé que sería el Inquisidor…

No terminó la frase.

Una voz susurró justo detrás de su oído: —Tranquila.

Él no vendrá.

Retza se giró violentamente.

Allí estaba otra mujer: baja, delgada, piel blanca, cabello negro azabache, vestida como una colegiala japonesa.

Observaba a Feral con una curiosidad que helaba la sangre.

—¡YAMI!

—Retza intentó sujetarla, pero la colegiala se escabulló con un movimiento imposible y apareció junto a María—.

¿CÓMO ES QUE PUEDEN APARECER SIN QUE LAS DETECTE?

¿Y POR QUÉ DICES QUE EL INQUISIDOR NO VENDRÁ?

María sonrió con suficiencia.

—Nosotras hace mucho tiempo desarrollamos una forma de escondernos de su vista.

—Y ahora eso lo compartimos contigo —completó Yami, y su voz era un susurro que parecía venir de todas partes—.

Él no podrá verte.

Aprovecha eso para ayudar a tu mortal.

Retza frunció el ceño.

—¿Qué intenciones tienen con él?

—¿Acaso crees que eras la única que lo ha estado observando?

—preguntó María.

—Es muy valioso para nosotras —dijo Yami, acariciando el aire sobre el rostro de Feral sin llegar a tocarlo—.

Podrá ayudarnos en el futuro.

Pero primero necesita vencer las dificultades de este planeta.

—Aún no me dicen para qué lo quieren.

Yami y María intercambiaron una mirada.

—¿Sabes cuál es la mentira más grande de la creación?

—preguntó Yami.

Retza esperó.

—Que nosotros, los dioses, somos todopoderosos.

—Un ser todopoderoso —continuó María— es un ser que puede hacer lo que quiera.

—Y nosotros —dijo Yami— no podemos hacer lo que queramos.

Hay reglas que nos lo impiden.

Retza miró a Feral.

Su pecho subía y bajía débilmente.

Estaba vivo.

Por ahora.

—Esas reglas —dijo en voz baja— dicen que, siendo la diosa del amor, no se me permite amar.

María asintió, y por un instante su burla desapareció, dejando ver algo más profundo.

Algo que parecía…

comprensión.

—Veo que nos entiendes.

Por eso te ayudamos.

—Aprovecha eso —susurró Yami—.

Ayuda a tu mortal.

Y entonces se fueron.

No se desvanecieron, no caminaron hacia la puerta.

Simplemente dejaron de estar allí, como si nunca hubieran existido.

Retza se quedó sola con Feral, con sus preguntas, y con la certeza de que algo mucho más grande se estaba moviendo en las sombras.

Miró por la ventana.

La luna llena iluminaba la habitación.

La misma luna que ella habitaba.

La misma luna desde la que lo había observado durante años.

—¿Quién eres realmente, Feral?

—susurró—.

¿Qué eres, para que hasta las diosas de la locura se interesen por ti?

No hubo respuesta.

Solo la respiración débil del hombre lobo, y el silencio cómplice de la noche.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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