Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 28
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28: El Peso De Los Recuerdos 28: El Peso De Los Recuerdos El aire en la habitación era quieto, casi sagrado.
La luz de la luna entraba por la ventana como un río de plata, bañando el cuerpo inerte de Feral sobre el lecho.
Retza lo observaba en silencio, preguntándose qué hacer ahora que había roto las reglas, ahora que había intervenido.
Entonces, los ojos de Feral se abrieron.
Y se encontraron con los de ella.
Por un instante, el tiempo se detuvo.
Feral la miró como quien mira algo que no debería existir en este mundo: demasiado perfecto, demasiado brillante, demasiado real.
Su voz salió apenas como un susurro, como si hablar fuerte pudiera romper el hechizo.
—Eres tú…
La misma de aquella vez…
—tragó saliva— ¿O es un sueño nuevamente?
Retza sonrió, y esa sonrisa era tan suave como la luz de la luna.
Extendió la mano y colocó la palma sobre el pecho de Feral, sintiendo latir su corazón…
Pero él no sintió su mano.
Sintió todo lo demás.
Como un rayo, los recuerdos de la batalla lo atravesaron: el choque contra Vikthor, la lanza de relámpago incrustándose en su pecho, su carne desintegrándose, el vacío, la oscuridad, la nada.
Feral se incorporó de golpe, los ojos desorbitados, el pecho agitado.
—¡Fui derrotado!
—su voz fue un rugido— ¡Debo estar muerto!
¡DEBERÍA ESTAR MUERTO!
—Es cierto —dijo Retza, manteniendo la calma—.
Pero volviste a la vida.
Feral la miró, confundido, vulnerable.
—Y te traje aquí.
—¿Quién eres?
—preguntó él, y su voz temblaba— ¿Cómo es que sigo vivo?
Retza extendió una mano, invitándolo a sentarse.
Feral dudó, pero algo en sus ojos le transmitía una paz que no había sentido en años.
Obedeció.
—Soy Retza —dijo ella, y su nombre sonó como una melodía—.
Soy la diosa del amor.
Miembro de la familia divina, perteneciente a la corte de los dioses internos…
Feral parpadeó.
Su frente se arrugó en un gesto de confusión total.
—Tienes un lindo nombre —la interrumpió, y había sinceridad en sus palabras—.
Va contigo.
Es único, misterioso…
—negó con la cabeza— Pero no entiendo lo demás.
¿Eres una diosa?
¿Qué significa eso?
Retza se rió.
No era una risa burlona, sino cálida, como quien escucha la pregunta más inocente del mundo.
Y Feral, a pesar de todo, no pudo evitar decir: —Tu sonrisa…
es muy hermosa.
—Gracias, Feral —respondió ella, y sus ojos brillaron.
—¡Oye!
—él se sobresaltó— ¿Cómo sabes mi nombre?
Retza respiró hondo.
Era momento de explicar.
—Mira —dijo, inclinándose ligeramente hacia él—.
¿Ves el cielo?
¿Las estrellas?
¿El amor que siente una madre por su hijo, o la rabia de un guerrero en batalla?
Feral asintió, sin comprender.
—Todo eso existe porque alguien lo sostiene.
Detrás de cada sentimiento, detrás de cada concepto que da forma a la realidad, hay un dios.
No es que tengamos ese concepto: nosotros somos ese concepto.
Yo no poseo el amor, Feral.
Yo soy el amor.
Cada vez que dos personas se enamoran, cada vez que un padre protege a su hijo, cada vez que alguien siente mariposas en el estómago…
eso soy yo.
Soy la fertilidad de la tierra, la sensualidad que despierta en la noche, el latido que acelera cuando dos almas se encuentran.
—Guiñó un ojo—.
Soy, en cierto modo, la responsable de que existas.
Feral se quedó en silencio, procesando.
Luego preguntó: —¿Entonces hay seres que nos protegen?
¿Que nos ayudan?
—No realmente —Retza negó con suavidad—.
No tenemos permitido intervenir en sus decisiones ni en sus mundos.
Solo podemos…
suministrarles el ambiente.
Los sentimientos, las estaciones, la lluvia y el sol.
El resto depende de ustedes.
Feral sintió que algo se rompía dentro de él.
—¿Qué?
—su voz cambió, se volvió más dura— ¿Entonces ustedes ven el sufrimiento?
¿Las guerras?
¿Los niños muriendo de hambre?
¿Y no hacen NADA?
—No es así —intentó explicar Retza, pero Feral ya se había levantado.
Se dirigió a la puerta con paso firme.
—¿A dónde vas?
—preguntó ella.
—A enfrentar a Konrrac —respondió sin mirar atrás—.
Necesito saber la verdad.
—¡Feral, espera!
Él se detuvo en el umbral.
Media vuelta.
Sus ojos, amarillos en la penumbra, brillaban con determinación.
—No puedo quedarme aquí de brazos cruzados.
No soy como tú.
No puedo solo observar mientras mi mundo se destruye.
Retza sintió que las palabras le atravesaban el pecho.
Era cierto.
Ella solo observaba.
Siempre había observado.
Pero no esta vez.
Se levantó, cruzó la habitación en dos pasos y colocó una mano sobre el hombro de Feral.
Él quiso resistirse, pero de repente el mundo a su alrededor se desvaneció.
Y vio.
— Vio su mundo en llamas.
No la guerra que conocía, sino algo peor: un mundo ya muerto, que ardía por inercia.
El cielo era una bóveda gris de ceniza.
Los ríos hervían.
Los cuerpos yacían amontonados en las calles, y nadie quedaba para llorarlos.
Vio a Konrrac en el centro de todo, pero no era el Konrrac que conocía.
Era algo más grande, más antiguo, más terrible.
Sus ojos eran pozos de hambre infinita, y en su pecho latía un corazón que no era suyo: era el corazón de Feral, arrancado de su cuerpo y puesto al servicio del reptil.
Vio su propio cuerpo, inerte, flotando en un tanque de energía.
Sus garras negras habían sido extraídas, transformadas en armas que los ejércitos de Konrrac usaban para masacrar a los últimos supervivientes.
Pero él no estaba muerto.
No podía morir.
Su naturaleza singular lo mantenía vivo, consciente, sintiendo cada vez que sus garras destrozaban a un inocente.
Era una batería eterna de dolor y poder, condenado a alimentar la máquina de matar de su padre adoptivo por toda la eternidad.
Y lo peor: Konrrac se inclinaba sobre él, sonriente, y susurraba: “Gracias, hijo.
Gracias por ser tan especial.” — Feral cayó al suelo.
Su cuerpo temblaba, bañado en sudor frío.
Jadeaba como si hubiera corrido mil kilómetros.
—¿QUÉ FUE ESO?
—gritó, y su voz era el horror hecho sonido.
—El futuro —dijo Retza, y sus ojos estaban húmedos—.
El tuyo.
El de tu mundo.
—¡NO!
—Feral negó con violencia, arañando el suelo— ¡Me niego a creer que ese sea el fin!
—Lo es.
—Retza se arrodilló junto a él, colocó una mano en su mejilla—.
Y solo hay una forma de impedirlo.
Feral levantó la vista.
Sus ojos, antes llenos de furia, ahora eran los de un niño perdido.
—¿Cuál?
—su voz quebró— Haré lo que sea.
Dime.
Haré lo que me pidas.
Retza lo miró fijamente.
Por un instante, la diosa del amor sintió algo que no había sentido en milenios: miedo.
Miedo por él.
Miedo por lo que estaba a punto de proponerle.
Pero también sintió esperanza.
—Te ayudaré a alcanzar tu máximo potencial como mortal.
—¿Mi máximo potencial?
—Sí.
—Retza se acercó más, su mano aún en su mejilla—.
No será fácil.
De hecho, será muy doloroso para ti.
Pero te prometo que después de eso, serás capaz de vencer a cualquier mortal contra el que te enfrentes.
Feral la miró.
Buscó en sus ojos algún rastro de engaño, de falsedad.
No encontró nada.
—Acepto —dijo.
Retza asintió, y por un instante sus dedos acariciaron su piel.
—Pero primero debes comer algo.
Descansar.
Tienes que recuperar fuerzas.
Feral quiso protestar, pero ella lo calló con una mirada.
—Mañana empezaremos.
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