Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 29

  1. Inicio
  2. Hasta los dioses se arrodillan
  3. Capítulo 29 - 29 El Abismo Invertido
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

29: El Abismo Invertido 29: El Abismo Invertido La noche se deslizó sobre la Montaña Solitaria como un manto de silencio.

Feral durmió profundamente, su cuerpo agotado por la batalla y la regeneración, mientras Retza velaba su sueño desde la ventana, mirando la luna que durante tanto tiempo había sido su único refugio.

Cuando los primeros rayos del sol atravesaron el horizonte, Feral despertó.

Incorporándose en el lecho, encontró a Retza exactamente en la misma posición que la noche anterior, como si el tiempo no pudiera tocarla.

Desayunaron en silencio.

Bueno, Feral desayunó; Retza solo observaba con una sonrisa tenue.

—Oye —dijo Feral entre bocado y bocado—, no te vi comer ni dormir.

—Soy una diosa —respondió ella, inclinando la cabeza con ternura—.

Aunque tenga forma humana, no lo soy.

No necesito esas cosas.

Feral dejó el pan a medio masticar.

—¿Entonces…

esta no es tu verdadera apariencia?

Retza se miró las manos, se tocó los brazos, el rostro.

Como quien acaricia un recuerdo.

—No.

Tomo esta forma porque es la que más me gusta para interactuar con los mortales.

—Suspiró—.

En realidad, ni siquiera tengo una forma.

Soy energía pura.

Infinita, eterna, incontenible.

Feral la observó con nuevos ojos.

Era hermosa, sí, pero ahora entendía que esa belleza era solo un reflejo, una máscara amable de algo mucho más vasto.

Sin mediar palabra, Retza levantó una mano y, delante de ellos, comenzó a formarse una esfera.

Negra.

Absolutamente negra.

Tan oscura que parecía un trozo de noche arrancado del firmamento.

Alrededor, un tenue resplandor rosado vibraba como un latido.

Feral se levantó de un salto.

—¿Qué es eso?

—Un agujero negro —dijo Retza con naturalidad—.

Nos llevará a otro lugar.

Donde empezará tu entrenamiento.

Feral miró la esfera.

La desconfianza se dibujó en su rostro.

—¿Cómo puede llevarnos eso a otro lugar?

Retza suspiró, pero no con fastidio: con la paciencia de quien debe explicar lo obvio a un niño.

—Feral, mira el suelo.

—Señaló las grietas entre las piedras—.

¿Ves esas pequeñas fracturas?

Así mismo, el espacio y el tiempo tienen grietas.

Pero son millones de veces más pequeñas que un átomo.

Invisibles para cualquier mortal.

—Tocó su sien—.

Con mi omnisciencia, puedo verlas.

Saber cuál me llevará al lugar que deseo.

Con mi omnipotencia, las agrando lo suficiente para pasar.

Extendió la mano hacia la esfera.

—Ven.

Feral no se movió.

—¿Cómo sé que eso no me matará?

Retza se volvió hacia él.

Por un instante, algo parecido a la impaciencia cruzó sus ojos.

—Te traje desde el campo de batalla hasta aquí usando una de estas.

—Se acercó un paso—.

¿Acaso no confías en mí?

Feral la miró fijamente.

Sus ojos amarillos, tan bestiales y tan humanos al mismo tiempo, sostuvieron la mirada divina.

—Eres muy bella —dijo, y su voz era sincera—.

Tu presencia me trae una paz que no comprendo, pero me gusta.

—Hizo una pausa—.

Pero eso no cambia el hecho de que te acabo de conocer.

Es obvio que no confíe en ti del todo.

Retza sintió que algo se crispaba en su interior.

¿Ofensa?

¿Orgullo herido?

Hacía milenios que ningún mortal la hacía sentir así.

—¡Bueno, como quieras!

—dijo, y su voz tenía un dejo infantil que ni ella misma esperaba.

Se giró y, sin mirar atrás, caminó hacia la esfera negra.

La oscuridad la engulló en silencio, y el resplandor rosado parpadeó una vez antes de quedar inmóvil.

Feral parpadeó.

—Espera…

—murmuró.

La esfera seguía allí.

Sola.

Palpitante.

Se acercó con cautela, cada paso una lucha entre la razón que le gritaba que huyera y el instinto que le decía que confiara.

Extendió una mano.

Las yemas de sus dedos tocaron la superficie.

Y el mundo desapareció.

— El dolor fue absoluto.

No hay otra forma de describirlo.

Feral sintió que su cuerpo era estirado hasta convertirse en un hilo, comprimido hasta volverse un punto, desmembrado átomo por átomo y reensamblado en una fracción de segundo que duró una eternidad.

Sus células gritaban.

Su conciencia se fragmentó en mil pedazos y volvió a unirse.

Fue muerte y resurrección en un latido.

Cuando la fuerza gravitacional lo escupió al otro lado, cayó de bruces sobre una superficie blanda.

Arenosa.

Jadeante, se incorporó sobre manos y rodillas, y el espectáculo que lo recibió le arrancó el aliento.

Un desierto infinito de arena azul celeste se extendía hasta donde alcanzaba la vista.

El cielo, negro como boca de lobo, carecía de estrellas.

Pero lo dominaba una luna enorme, una luna en cuarto menguante del mismo azul que la arena, tan colosal que ocupaba una décima parte del firmamento.

Su luz teñía el mundo de un resplandor fantasmal.

—¿Dónde…?

—su voz sonó distorsionada, como si hablara bajo el agua.

Miró sus manos.

Se distorsionaban ante sus ojos, temblorosas, inestables.

Una náusea profunda le revolvió el estómago.

La voz de Retza llegó directamente a su mente, clara como una campanada a pesar del caos sensorial.

—Usa todas tus fuerzas para prestarme atención.

Feral levantó la vista.

Ella estaba allí, perfectamente nítida en medio de la distorsión.

—Este es un mundo que pertenece a una dimensión de antimateria.

Cada universo tiene dos caras: materia y antimateria.

Dos dimensiones separadas, como el anverso y reverso de una misma hoja.

Mi poder te permite estar aquí; de lo contrario, tu cuerpo de materia explotaría violentamente al contacto con este ambiente.

Feral quiso hablar, pero las palabras no salían.

Solo podía escuchar.

—El mareo que sientes es porque aquí todo es al revés.

Arriba es abajo, izquierda es derecha.

El bien es mal, el mal es bien.

Los agujeros negros de tu dimensión son portales a esta; aquí los llamarían agujeros blancos: no absorben, expulsan.

Tus sentidos intentan procesar lo imposible.

Por eso te hablo directamente a la mente: los sonidos también están invertidos.

Feral logró articular: —¿Por qué…

me trajiste aquí?

Retza sonrió, y esa sonrisa en medio del paisaje onírico era a la vez hermosa y aterradora.

—Esta es tu primera prueba.

Debes despertar tu séptimo sentido.

—¿Mi séptimo…?

—En realidad existen muchos sentidos —lo interrumpió—, pero con el séptimo podrás alcanzar el límite establecido para los mortales.

Vas a entrenar conmigo.

Te atacaré, y tú tratarás de esquivarme y defenderte.

—¿QUÉ?

—Feral se incorporó tambaleándose—.

¡Pero si apenas puedo mantenerme en pie!

¿Y qué es exactamente el séptimo sentido?

Retza adoptó una postura de combate.

Su cuerpo, a pesar de la distorsión ambiental, permanecía perfectamente definido.

—Los primeros cinco sentidos te muestran solo una pequeña fracción de la realidad.

Tu sexto sentido, el instinto, te permite ir más allá de tus límites naturales: correr más rápido, golpear más fuerte, sentir el peligro antes de que llegue.

Pero el séptimo…

—sus ojos brillaron— el séptimo te mostrará TODO.

Feral negaba con la cabeza, confundido.

—Todo, sin importar su dimensión o universo, está hecho de energía.

La materia, la antimateria, el espacio, el tiempo…

todo es energía vibrando en distintas frecuencias.

Debes aprender a sentir esa energía.

No confíes en tus ojos, Feral.

Ellos mienten.

Profundiza más allá.

Y sin previo aviso, atacó.

El puño de Retza cruzó la distancia en un instante.

Feral alcanzó a verla venir de frente, levantó los brazos para bloquear…

y el golpe le llegó por la espalda, rompiéndole dos vértebras.

Cayó de bruces sobre la arena azul.

—¿Cómo…?

—jadeó, mientras su cuerpo comenzaba a regenerarse.

Se incorporó.

Retza ya no estaba donde había atacado.

Ahora estaba a su izquierda.

Feral giró hacia ella, y el siguiente golpe le llegó desde la derecha.

Su mandíbula crujió.

—¡Maldita sea!

Intentó concentrarse.

Usó su sexto sentido, ese instinto animal que le había salvado la vida innumerables veces.

Sintió el peligro venir…

pero venía de todas direcciones a la vez.

Los golpes lo alcanzaban una y otra vez, cada impacto más fuerte que el anterior, rompiendo huesos que se regeneraban apenas para ser rotos de nuevo.

—Los sentidos te mienten —la voz de Retza resonaba en su mente mientras él rodaba por la arena—.

Tu vista te dice que vengo de frente, pero el instinto te grita que vengo por detrás.

¿A cuál crees?

Feral escupió sangre azul (¿la sangre también era azul aquí?).

—¡No lo sé!

—¡A NINGUNO!

—rugió la voz divina—.

Debes ir más allá.

Debes sentir la energía.

¿Dónde se concentra?

¿Hacia dónde fluye?

¡RESPONDE, FERAL!

Una bola de arena solidificada lo atravesó como una bala.

El dolor fue tan intenso que por un momento vio estrellas que no existían en ese cielo.

Cayó de rodillas.

Retza se materializó frente a él.

No había compasión en su rostro.

Solo determinación.

—Tus garras negras son energía pura materializada.

Ya sabes cómo proyectarla.

Ahora aprende a sentirla.

La energía de mi próximo ataque…

¿de dónde viene?

Feral cerró los ojos.

No podía confiar en ellos.

Cerró los oídos.

No podía confiar en ellos.

Se sumergió en sí mismo, en ese pozo oscuro donde habitaba su instinto, y luego intentó ir más allá.

Sintió su propia energía.

Ardiente, caótica, vital.

Sintió la arena bajo sus rodillas, una energía fría y estable.

Sintió el aire, o lo que hiciera las veces de aire aquí, una vibración tenue y constante.

Y entonces sintió algo más.

Una concentración de energía frente a él, densa como un sol en miniatura.

Pero también otra, detrás.

Y otra a los lados.

—Son todas —murmuró—.

Eres todas.

—EXACTO —respondió Retza, y en su voz había orgullo—.

Porque yo soy una diosa.

Mi energía está en todas partes.

Pero un mortal no puede hacer eso.

Un mortal tiene un flujo de energía definido.

ENCUÉNTRALO.

Feral forcejeó con su percepción.

Intentó filtrar, descartar lo divino, buscar lo mortal.

Y entonces, en el borde de su conciencia, sintió un hilo.

Delgado, casi imperceptible, pero suyo.

El flujo de energía de Feral.

Abríó los ojos.

Retza sonreía.

—¿Ves?

Ya diste el primer paso.

Feral jadeaba, cubierto de heridas que ya comenzaban a cerrarse.

—¿Eso fue…

el séptimo sentido?

—No.

Fue el primer destello.

Una muestra de lo que puedes lograr.

Pero el camino es largo, y duele.

Feral se puso de pie.

Sus piernas temblaban, pero su mirada era firme.

—Enséñame.

Retza asintió.

—Prepárate.

Esto apenas comienza.

— Lejos de allí, en un lugar que no era un lugar, dos figuras observaban.

María sonreía con aprobación.

—Así que piensa usar ese método para hacerlo evolucionar.

Doloroso pero efectivo.

Yami, la colegiala de ojos vacíos, inclinó la cabeza.

—Sí, pero también inseguro.

Si no sobrevive, ya no nos servirá.

Recuerda: al ser único en la creación, como nosotras, su futuro es incierto.

María acarició el cabello de su compañera con ternura.

—Tranquila.

Podemos confiar en el criterio de Retza.

Yami no respondió.

Solo observó un instante más la figura de Feral, tambaleante pero erguido, desafiando a una diosa en un mundo al revés.

Luego, ambas se desvanecieron en la oscuridad.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo