Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 30
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30: El Peso De La Sangre 30: El Peso De La Sangre El Fuerte Terror yacía en silencio.
No era el silencio de la noche, ni el de la espera.
Era el silencio de la muerte.
Los cuerpos de los habitantes —sirvientes, soldados, inocentes que solo buscaban refugio— yacían esparcidos como hojas secas.
Konrrac había absorbido cada gota de energía vital, cada chispa de vida, y ahora se erguía en medio de la destrucción con los ojos brillando como ascuas.
La energía bullía dentro de él.
Caliente.
Exigente.
Hambrienta.
—Es hora —murmuró, y su voz fue el crujir de una tumba al abrirse—.
Voy a llevar a cabo mi última jugada.
Una sonrisa torció sus labios.
—Los ALIADOS…
este mundo…
verán de lo que soy capaz.
Cerró los ojos.
Y el pasado lo reclamó una vez más.
Había caminado durante días con Salazar a cuestas.
El niño pesaba poco, demasiado poco; la enfermedad lo consumía lentamente, como una vela que se apaga.
Konrrac sentía el peso de su hijo en los brazos y el peso del mundo en el alma.
El nuevo pueblo al que habían llegado era pequeño, olvidado, pero parecía seguro.
Durante un tiempo, lo fue.
Konrrac trabajó la tierra, reconstruyó una choza abandonada, y cada noche le contaba historias a Salazar para mantener viva su esperanza.
—¿Me cuentas otra vez la de los hombres que volaban en pájaros de metal?
—pedía el niño con voz débil.
—Se llamaban aviones, hijo.
Y no volaban por magia, sino por ciencia.
Mi padre decía que en el siglo XXI…
Las historias lo mantenían vivo.
Pero no lo curaban.
La enfermedad de Salazar era desconocida.
El curandero del pueblo negó con la cabeza, y ese gesto se grabó en Konrrac como hierro candente.
Buscó en todos los rincones: ancianos que recordaran remedios antiguos, viajeros que trajeran noticias de curas milagrosas, pergaminos medio podridos en ruinas olvidadas.
Todo fue inútil.
Una noche, desesperado, Konrrac se arrodilló en medio del campo y alzó los brazos al cielo.
—¡Escuchen!
—gritó, y su voz se quebró—.
¡Quien sea que esté ahí arriba!
¡Dioses, espíritus, demonios, lo que sean!
¡Mi hijo se está muriendo!
¡Yo haré lo que sea!
¡Lo que sea!
¡Solo ayúdenme!
El cielo permaneció impasible.
Pero algo respondió.
Una noche, mientras Salazar dormía con dificultad, una figura apareció ante Konrrac.
Era un hombre de piel morena, vestido con ropas blancas que parecían tejidas de luz.
No caminó hacia él: simplemente estaba, como si hubiera estado allí desde siempre.
Konrrac cayó de rodillas.
—¿Eres…
eres un dios?
El hombre sonrió.
Una sonrisa amable, cálida.
Pero sus ojos…
sus ojos eran dos pozos sin fondo.
—Soy un mensajero.
He escuchado tus súplicas.
Konrrac lloró.
Señaló la choza, señaló a su hijo.
—Mi niño…
se está muriendo.
No hay cura.
No hay nada…
—Lo sé —dijo el hombre—.
Y he venido a ofrecerte una solución.
Konrrac levantó la vista, esperanzado.
—El verdadero poder —continuó el mensajero— no viene de las habilidades físicas o mágicas.
Viene del corazón y del espíritu.
La libertad y la justicia son responsabilidades que debemos asumir con sabiduría y bondad.
Konrrac asintió sin comprender del todo.
—Toma mi mano —dijo el hombre, extendiendo el brazo—.
Te otorgaré un poder que podrás usar para hacer el bien.
Pero recuerda: con cada poder que absorbas, tu corazón deberá mantenerse puro.
Konrrac, ciego de esperanza, estrechó su mano.
La energía lo inundó como un río de fuego.
Sintió que su propia esencia se expandía, que podía percibir la vida a su alrededor como llamas titilantes.
Y supo, con certeza absoluta, que podía tomarlas.
Que podía absorberlas.
El mensajero sonrió una vez más, y esta vez su sonrisa ya no pareció tan amable.
—Úsalo bien, Konrrac —dijo, y se desvaneció.
Konrrac corrió hacia su hijo.
Colocó las manos sobre su pecho y…
La energía fluyó.
No como él esperaba, no como una transferencia directa, sino como algo más sutil.
Konrrac no podía darle vida a Salazar, pero podía absorber la enfermedad.
Poco a poco, con una concentración absoluta, fue extrayendo de su hijo aquello que lo consumía.
El sudor frío del niño se volvió calor.
Su respiración, antes entrecortada, se hizo profunda y regular.
Cuando terminó, Salazar abrió los ojos.
Claros.
Vivos.
Sanos.
—¿Papá?
—murmuró—.
Ya no me duele.
Konrrac lo abrazó con tal fuerza que creyó quebrarle los huesos.
Lloró.
Lloró como no había llorado en años.
Pero esta vez no eran lágrimas de desesperación.
Eran lágrimas de gratitud.
En los días siguientes, Konrrac descubrió que su poder tenía límites, pero también un propósito.
No podía resucitar a los muertos, pero podía sanar a los vivos.
No podía crear comida de la nada, pero podía absorber la podredumbre de los cultivos para que crecieran sanos.
Comenzó a ayudar.
Primero a sus vecinos, luego a los pueblos cercanos.
La gente empezó a llamarlo “El Sanador”.
Acudían a él con sus enfermos, sus moribundos, sus desesperados.
Y Konrrac, recordando las palabras del mensajero, usaba su poder con un corazón puro.
Salazar crecía fuerte, ayudando a su padre, aprendiendo de él.
Las historias que Konrrac le contaba ya no eran solo del pasado: ahora también hablaban del presente, de la gente que ayudaban, de la esperanza que sembraban.
—Algún día, hijo —decía Konrrac, mirando el horizonte—, este mundo será un lugar mejor.
Porque nosotros lo haremos mejor.
Y por un tiempo, lo creyó.
Por un tiempo, fue bueno.
Konrrac abrió los ojos.
El Fuerte Terror seguía en ruinas.
Los cuerpos seguían esparcidos.
Pero él ya no era aquel campesino desesperado.
Era otra cosa.
—Ahora —dijo, y su voz retumbó en el vacío—, ahora voy a terminar lo que empecé.
Extendió los brazos y comenzó a concentrar la energía.
El aire a su alrededor comenzó a distorsionarse.
El suelo tembló.
Y en lo más profundo del planeta, algo comenzó a responder a su llamado.
En la ciudadela central del sector Omega, la luz del atardecer teñía los pasillos de oro y sombra.
La victoria aún se celebraba en las calles, pero en las altas esferas el ambiente era distinto.
Allí, donde se tomaban las decisiones, la guerra no había terminado.
Leo estaba en su oficina cuando escuchó los golpes en la puerta.
Tres golpes secos, firmes.
—¡Pase!
La puerta se abrió y Gliel entró.
Su porte era erguido, pero sus ojos tenían esa sombra que dejan los años de cautiverio.
Años siendo voluntad de otra persona.
—Me informaron que me mandó a llamar —dijo.
Leo asintió, señalando la silla frente a su escritorio.
—Siéntate.
Gliel obedeció.
Leo lo observó en silencio por un momento, evaluando, midiendo.
—Quería hacerte unas preguntas —dijo al fin—.
Fuiste el que más tiempo pasó junto a los TERRORES.
Gliel sostuvo su mirada.
—No sé en qué podría ayudarle.
Es cierto que pasé tiempo entre ellos, pero recuerde que estaba bajo el control de Arianna.
Mi voluntad no era mía.
Leo se levantó y caminó hacia la ventana.
Abajo, las calles bullían de vida.
Gente que celebraba, que abrazaba, que creía que todo había terminado.
—El pueblo está feliz —dijo sin volverse—.
Creen que hemos ganado.
Y en parte es cierto: nueve de los diez TERRORES han caído.
—Se giró lentamente—.
Pero el enemigo real se dio a la fuga.
Konrrac sigue vivo.
Gliel no respondió.
—Dime —Leo dio un paso hacia él—, ¿no te gustaría que la felicidad de tu gente fuera perpetua?
¿Que estuvieran a salvo de verdad?
—Hizo una pausa—.
En especial la felicidad de Perla.
El nombre cayó como una piedra en agua tranquila.
Gliel se tensó.
—¿Qué pasa con ella?
—Ella se esforzó mucho para traerte de vuelta —dijo Leo, y ahora su voz era más suave, más calculada—.
¿Sabías que pidió un indulto para ti?
Porque, como sabrás, tú mataste a muchos soldados bajo el control de Arianna.
Alguien tiene que responder por eso.
Gliel apretó la mandíbula.
—Creí que la muerte de Arianna había pagado esa deuda.
—En parte, sí.
Pero tus manos también están manchadas de sangre.
—Leo se inclinó sobre el escritorio—.
Para limpiarlas, te recomiendo que hagas un esfuerzo por recordar algo valioso.
Hubo un silencio.
Largo.
Pesado.
—¿Qué quiere saber exactamente?
—preguntó Gliel.
—¿Sabes de algún plan de respaldo que tenga Konrrac?
—No.
Leo lo miró fijamente.
Sus ojos, entrenados para detectar mentiras, no encontraron nada.
Pero insistió: —¿Tienes idea de cómo pudo romper el escudo?
Gliel frunció el ceño, recordando.
—Cuando Arianna preparaba las tropas para la invasión, mencionó algo.
Dijo que Konrrac había pasado años absorbiendo la energía del planeta.
Reuniéndola poco a poco, como quien llena un depósito.
Cuando tuvo suficiente…
—encogió un hombro— rompió el escudo.
Leo se enderezó, impresionado.
—Eso tiene sentido.
Nuestros expertos detectaron que la tierra se debilitaba progresivamente.
Pero no supimos interpretarlo a tiempo.
—Comenzó a caminar de un lado a otro—.
Localizamos que el centro de la anomalía estaba fuera del antiguo campo de fuerza.
Por eso envié grupos en secreto.
Para investigar.
Para atacar.
—¿Eso desencadenó todo?
—preguntó Gliel.
—Sí.
Aceleró sus planes.
—Leo se detuvo—.
¿Crees que pueda hacerlo de nuevo?
—Es posible.
Y si lo hace, no creo que tarde tanto.
Ya sabe cómo.
Leo asintió, grave.
Se acercó a su escritorio y pulsó un comunicador.
—Que venga Pircer.
Inmediatamente.
Luego volvió a Gliel.
—La mujer que apareció defendiendo a Feral.
La que se llevó al terror.
¿Sabes algo de ella?
—No.
Es la primera vez que la veo.
Leo frunció el ceño.
Una variable desconocida.
Siempre eran las variables desconocidas las que mataban.
—El terror contra el que peleó Vikthor —dijo lentamente—.
Ese hombre lobo.
¿Qué sabes de él?
Gliel se tomó un momento para ordenar sus recuerdos.
—Lo que sé es que Konrrac lo encontró hace unos veinte años.
Durante la batalla por la ciudadela de ciencias.
Era solo un cachorro, una cría de hombre lobo abandonada.
Konrrac lo crió como suyo.
El corazón de Leo dio un vuelco.
Veinte años.
La ciudadela de ciencias.
—Su nombre —continuó Gliel— es Feral.
Leo sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Pero su rostro permaneció impasible.
Años de mando le habían enseñado a ocultar sus emociones.
—Bueno —dijo, y su voz sonó casi normal—.
Creo que no tengo más preguntas por el momento.
Puedes retirarte.
Gliel lo miró un instante, como si percibiera algo extraño, pero asintió y se levantó.
Cuando llegó a la puerta, se detuvo.
—Señor…
Perla.
¿Está bien?
—Está bien —respondió Leo—.
Está en el sector Gama, con tus abuelos.
Celebrando.
Gliel asintió, y esta vez sus ojos brillaron con algo que no era dolor.
Salió.
La puerta se cerró.
Leo se quedó inmóvil, escuchando cómo los pasos se alejaban.
Un minuto después, volvieron a llamar.
—Adelante.
Pircer entró.
El comandante de Beta, el hombre que había matado a su propio ahijado, Utaku, para liberarlo de su tormento.
Su rostro era una máscara de profesionalismo, pero sus ojos delataban el cansancio de quien ha vivido demasiado.
—¿Me mandó a llamar, señor?
—Sí.
—Leo se obligó a concentrarse—.
Necesito que reúnas a todo tu escuadrón.
Quiero que sondeen las tierras de los TERRORES.
Busquen a Konrrac.
Busquen rastros de lo que planea.
Y si encuentran algo…
—Lo neutralizaremos —completó Pircer.
—No.
Si encuentran algo, informedme.
No actúen sin mi orden.
¿Está claro?
Pircer asintió, aunque su expresión mostraba sorpresa.
No era propio de Leo ser tan cauto.
—Claro, señor.
Salió.
La puerta volvió a cerrarse.
Y Leo se quedó solo.
— Caminó por los pasillos del cuartel central sin prisa, sintiendo el peso de cada paso.
Los soldados lo saludaban al pasar, y él respondía con gestos automáticos, la mente en otra parte.
Llegó a una puerta que pocos conocían.
Al final de un corredor olvidado, oculta tras una cortina que nadie miraba.
Sacó una llave que siempre llevaba consigo, una llave que ningún otro tenía.
La puerta se abrió con un suspiro.
La habitación era pequeña, pero estaba cuidada con esmero.
Rosas frescas en un jarrón.
Cortinas rojas que filtraban la luz.
Estandartes antiguos en las paredes, y fotografías en marcos dorados.
Mujeres y hombres que ya no estaban.
Héroes caídos.
Familia.
Pero en el centro, presidiendo la estancia como una reina en su trono, colgaba un retrato.
La mujer era exuberantemente hermosa.
Piel blanca como porcelana, ojos color miel que parecían mirar directamente al alma, cabello largo y rubio que caía en ondas sobre sus hombros.
Vestía ropas de guerrera, pero su sonrisa era suave, casi melancólica.
Venecia.
Leo se acercó al retrato con la devoción de quien visita una tumba.
Tocó el marco con la punta de los dedos, como si pudiera sentir su calor a través del cristal.
—Hermana…
—susurró.
Luego su mirada se desvió hacia un lado.
Sobre una pequeña repisa, apoyada contra la pared, había una escultura de madera.
Pequeña, tosca, pero cuidadosamente tallada.
Representaba una bestia: un hombre lobo en posición de ataque, las garras extendidas, el hocico abierto en un rugido silencioso.
Leo la tomó con manos temblorosas.
Le dio la vuelta.
En la base, grabadas a fuego, había letras: FERAL El mundo se detuvo.
Leo miró la escultura.
Miró el retrato de su hermana.
Miró la escultura otra vez.
Y en su mente, las piezas comenzaron a encajar con la violencia de un terremoto.
Veinte años.
La batalla por la ciudadela de ciencias.
Venecia había estado allí.
Había desaparecido allí.
Y Konrrac…
Konrrac había dicho que ella había dado a luz.
Que había matado al niño.
Que se lo había comido.
Pero si Gliel decía la verdad…
si Konrrac había encontrado un cachorro de hombre lobo en esa misma batalla…
Mintió.
La respiración de Leo se aceleró.
Apretó la escultura contra su pecho, y por primera vez en años, sus ojos se humedecieron.
—Hermana —dijo, y su voz se quebró—.
¿Será posible?
El retrato no respondió.
Pero la sonrisa de Venecia, eterna e inmutable, pareció volverse más suave.
Más esperanzada.
O quizás era solo un juego de la luz.
Leo permaneció allí, en el silencio de la habitación, sosteniendo el nombre de un enemigo tallado en madera, preguntándose si ese enemigo no era, en realidad, la única familia que le quedaba.
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