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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 4

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4: El precio de la aniquilación 4: El precio de la aniquilación El silencio que siguió a la declaración de Konrrac no era simplemente ausencia de sonido.

Era un vacío cargado, como el instante antes de que un rayo parta el cielo.

Los nueve pares de ojos—humanos, bestiales, divinos—se clavaron en el reptil gigante que se alzaba al frente de la mesa.

La revelación era tan monstruosa que, por un momento, hasta la locura de Teresa se contuvo.

Konrrac dejó que el peso de sus palabras se asentara.

Sus ojos verdes, dos esmeraldas heladas, recorrieron la mesa.

—Hace veinte años —comenzó, su voz un bajo profundo que resonaba en el ébano—, teníamos la victoria en nuestras garras.

Los ALIADOS estaban acorralados, sangrando, a punto de ser borrados de la historia.

Luego, activaron el Escudo.

No una barrera cualquiera.

Un caparazón de energía pura, impenetrable, que encapsuló su último continente.

Nos robaron la victoria total.

Desde entonces, el planeta ha sido casi nuestro.

Ellos no salieron… hasta ahora.

Wiber apoyó la barbilla en sus manos entrelazadas, una sonrisa juguetona en sus labios.

—Y su valiente salida les sirvió de poco.

No pudieron ni rasguñarnos donde importa.

—¿Por qué ahora?

—la voz de Teresa era un susurro cantarín, discordante—.

¿Por qué arriesgarse a asomar la cabecita fuera de su caparazón?

¿Tienen un nuevo juguete?

¿O simplemente se han aburrido de esconderse?

Feral se inclinó hacia adelante, sus garras clavándose en la madera.

—Es obvio.

Quieren eliminar la única fuerza que se interpone entre ellos y la tiranía total.

Somos la última esperanza real de este mundo.

Dante soltó una risa fría y hueca, como cristales cayendo en un pozo vacío.

—¡Por favor!

¿Esperanza?

¿Tú, una bestia abandonada, y nosotros, una colección de monstruos y dementes?

No nos hagas reír, cachorro.

Somos el castigo.

El azote.

No los salvadores.

Feral se irguió, un gruñido emergiendo de su garganta.

Pero antes de que pudiera articular una respuesta, sintió el peso de una mirada.

Era Melchor.

El anciano no había movido un músculo, pero sus ojos, del color de la tierra recién removida, estaban fijos no en Feral, sino en Konrrac.

Y en ellos no había pregunta, sino un reconocimiento sombrío, como si acabara de entender algo profundamente inquietante.

—¡SILENCIO!

—tronó Konrrac, y el aire vibró—.

No importan sus razones.

No importa por qué no lo hicieron antes o después.

Lo único que importa… es nuestra respuesta.

Han tocado el nido.

Ahora, quemaremos el bosque.

Marcus golpeó la mesa con un puño.

Un crujido se propagó por el ébano.

—¡Exacto!

¡Destrucción total!

¡Quemar sus ciudades hasta los cimientos, sembrar sal en sus campos y apilar sus cráneos como advertencia!

Konrrac asintió, una lenta inclinación de cabeza que hacía brillar sus cuernos a la luz de las velas.

—Eso haremos.

Pero primero, hay que derribar la puerta.

Arianna se lamió los labios, un gesto deliberado y cargado.

—Una proposición deliciosamente violenta, querido.

Pero ese escudo… es un problema.

Incluso para alguien de tus considerables… apetitos.

Utaku emitió un chasquido desde sus mandíbulas.

Un olor a feromona del miedo, sutil pero penetrante, se esparció por la mesa.

—El campo cubre todo su territorio.

Es orgánico, se adapta.

No hay puntos débiles físicos.

Intentar penetrarlo es como intentar cortar el horizonte.

Jairo alzó una de sus pinzas, haciendo brillar el filo.

—Los cálculos son claros.

Solo una liberación de energía a escala cataclísmica, a nivel planetario, podría sobrecargar y colapsar la matriz.

Cualquier ataque menor es absorbido y redistribuido.

Teresa giró la cabeza en un ángulo antinatural.

—¡Y es tan aburridamente resistente!

¡La niebla de Melchor se desliza sobre él sin penetrar!

¡Y tu poder de absorción, Konrrac, rebota!

¡Es como lamer un muro de acero!

Todas las miradas volvieron a Konrrac.

El reptil esbozó una sonrisa.

No era una expresión de alegría, sino la revelación de un secreto guardado durante una década, un diente afilado de triunfo.

—No será necesario absorberlo —dijo, cada palabra medida como un latido de bomba—.

Porque voy a destruirlo.

Con un solo ataque.

El silencio regresó, más denso que antes.

Arianna fue quien rompió el hechizo.

—¿Y cómo, mi poderoso señor, supone lograr semejante… hazaña?

Konrrac extendió una garra, observando la luz jugar en sus escamas.

—Durante los últimos diez años… he estado acumulando.

No energía robada, sino energía generada, destilada, comprimida en cada célula de mi ser.

El equivalente cinético para hacer añicos un continente.

El equivalente térmico para fundir la corteza terrestre.

Lo tengo todo… aquí.

—Se golpeó el pecho con el puño cerrado, y un sonido bajo, como un gong enterrado, retumbó en la sala—.

Cuando lo libere, el Escudo se quebrará como un huevo.

Pero yo… quedaré vacío.

Vulnerable.

Durante un tiempo crucial.

Hizo una pausa, dejando que la implicación se asentara.

—Ese será el momento.

El escudo caerá, y ustedes nueve… —su mirada recorrió el círculo— tendrán una ventana.

Una ventana de caos y oportunidad.

Serán ustedes contra todo lo que los ALIADOS puedan arrojarles.

La victoria final dependerá de lo que hagan en esas horas.

La mirada colectiva, casi al unísono, se desvió hacia el extremo de la mesa.

Hacia Feral.

El más joven.

El nuevo.

El que olía a bosque y a furia simple, no a la corrupción elaborada de los demás.

Dante fue el primero en verbalizar lo que todos pensaban.

—¿Y el cachorro?

—preguntó, la palabra un veneno dulce—.

Disculpen mi escepticismo, pero él nunca ha visto una guerra verdadera.

No ha nadado en el río de sangre que nosotros conocemos tan bien.

¿Qué garantía tenemos de que no se orinará de miedo o, peor, nos pondrá en peligro con su… compasión de mascota?

Feral sintió cómo el calor le subía por el cuello, pero se contuvo.

Aprendía.

Wiber entrelazó los dedos, sus ojos cambiando a un gris neutro.

—La inexperiencia tiene un encanto, Dante.

Es… impredecible.

Pero en una batalla de esta magnitud, la impredecibilidad puede ser un defecto mortal.

O una ventaja salvaje.

Depende de hacia dónde salte el animal.

Teresa se rió, un sonido como campanillas rotas.

—¡El campo de batalla es una sinfonía de gritos y tripas!

¡No es un lugar para oídos sensibles o corazones blandos!

¿Podrás mantener el compás, Feralito, o te perderás en el ruido?

Utaku inclinó su cabeza, sus antenas vibrando hacia Feral.

Una oleada de puro pánico instintivo —la sensación de ser presa, de ser pequeño, de ser visto— golpeó a Feral como un puño en el estómago.

Fue sólo un instante, pero suficiente.

Utaku emitió un sonido de satisfacción.

—El miedo es un maestro.

Hoy le diste un asiento a tu mesa.

Pero en el campo de batalla, no será un invitado.

Será el dueño de la casa.

¿Estás listo para servirle?

Feral respiró hondo, conteniendo el temblor que quería apoderarse de sus músculos.

Buscó los ojos de Konrrac.

No pedía protección; pedía confirmación.

Konrrac levantó una garra, acallando los comentarios.

—Feral es joven.

Es verdad.

Pero su potencia bruta rivaliza con la de cualquiera en esta mesa.

Lo que le falta en experiencia, lo sobra en potencial puro.

—Hizo una pausa, su mirada recorriendo a cada Terror—.

Cada uno de ustedes encarna una faceta de la crueldad necesaria para moldear este mundo.

La mentira, el vacío, el miedo, el dolor, la locura, la ira, la lujuria, la muerte… y el poder para imponerlas.

Feral debe encontrar su propia faceta.

Y la encontrará en el fuego de la guerra.

Marcus, cuyos músculos parecían tensarse por sí solos, habló con la voz ronca de quien siempre está al borde del grito.

—El mundo no perdona.

Rompe a los débiles y se traga sus huesos.

Tu fuerza, Feral, no es un regalo.

Es un cuchillo.

Apréndelo a usar, o te cortarás tú mismo.

Arianna deslizó una mirada sobre Feral, cargada de una promesa que era también una trampa.

—La lujuria no es sólo por la carne, precioso.

Es por el poder, por la victoria, por la sumisión del enemigo.

Deja que ese deseo te consuma, pero no dejes que te defina.

Conviértelo en tu arma.

Jairo hizo chasquear sus pinzas, un sonido metálico y preciso.

—El dolor es el lenguaje más honesto del universo.

Todos lo entienden.

Aprende a hablarlo con fluidez.

A soportarlo.

A infligirlo con… arte.

Es el único sermón que los enemigos escuchan hasta el final.

Finalmente, todos miraron a Melchor.

El anciano tomó su tiempo.

Cuando habló, su voz era el susurro de la tierra cayendo sobre un ataúd.

—Todo lo que vive, muere.

Es la única verdad.

No luches contra ella.

Abrázala.

Conviértete en su heraldo.

La muerte no es el final del poder… es su forma más pura.

Feral asintió, una vez, con la cabeza.

Las palabras eran veneno, orgullo, locura y verdad, todo mezclado.

Las absorbió.

No las aceptó todas, pero las escuchó.

Eran las reglas de su nueva manada.

Más tarde, en la cámara privada de Konrrac —una sala circular con paredes de obsidiana pulida donde sólo se reflejaba el reptil y su pupilo—, Feral se acercó.

La duda, como un parásito, se había instalado en su estómago.

—Maestro —comenzó, su voz menos segura que en la sala del consejo—.

Sus palabras… las de todos.

Hablan de crueldad como si fuera el único idioma.

¿No hay… otro camino?

¿Aunque los ALIADOS sean nuestros enemigos, debe todo ser aniquilación?

Konrrac no se giró de inmediato.

Estaba frente a una de las paredes de obsidiana, contemplando su propio reflejo deformado.

—Feral —dijo, su voz perdiendo el tono de general para adoptar uno más íntimo, paternal—.

Lo que ves como crueldad, es claridad.

Los ALIADOS se visten con palabras hermosas: ‘paz’, ‘orden’, ‘pureza’.

Pero debajo… son lo mismo que nosotros.

O peor.

Ellos fueron los primeros en usar armas de devastación masiva cuando la guerra comenzó.

Aniquilaron ciudades enteras por ‘el bien mayor’.

Su escudo no es un refugio, es un monumento a su hipocresía.

Se volvió, y sus ojos verdes capturaron a Feral.

—Tu compasión es lo que te hace fuerte donde otros son sólo duros.

Pero es también tu punto ciego.

Ellos no dudarán.

Explotarán esa grieta en tu armadura.

Te harán dudar, y en la duda, está la muerte.

Feral miró sus propias garras, herramientas hechas para desgarrar.

—Sólo quiero… que la lucha tenga un propósito más allá de más sangre.

—El propósito —dijo Konrrac, acercándose— es la supervivencia de un mundo donde seres como tú no tengan que esconderse en montañas, hablando con la luna.

Un mundo donde la fuerza decida el orden, no la falsa moral de los débiles.

Para construir ese mundo… a veces hay que derribar el antiguo por completo.

—Puso una garra pesada en el hombro de Feral—.

La fuerza no es sólo poder, Feral.

Es convicción.

Cree en la necesidad de este acto.

Cree en el futuro que construiremos sobre las cenizas.

Y cuando llegue el momento… no dudarás.

Porque yo estaré a tu lado.

Siempre.

La palabra “siempre” resonó en la cámara silenciosa.

Feral sintió la determinación solidificarse dentro de él, una capa fría sobre el mar de sus dudas.

Asintió.

No estaba completamente convencido, pero estaba comprometido.

Con su maestro.

Con su manada.

Mientras tanto, muy por encima, donde el vacío del espacio besaba la atmósfera terrestre, Retza observaba a través de la piedra y la carne.

Había visto el concilio de horrores.

Había oído el plan de aniquilación.

Y había sentido el conflicto en el corazón de la bestia que no podía dejar de observar.

Su propio corazón divino, recién despertado a una agonía desconocida, se estremeció.

«No es sólo un guerrero», pensó, su conciencia una luz plateada en la oscuridad.

«Es la pieza clave.

Y lo están moldeando para ser el martillo que destruya su propio mundo.» El amor, en su infinita y terrible sabiduría, le susurró una verdad aterradora: para salvar a Feral, tal vez tendría que ir en contra de todo el orden cósmico.

Y abajo, en el Fuerte Terror, Feral salió al balcón de su aposento asignado.

Instintivamente, alzó la mirada hacia la luna, buscando el consuelo familiar de su silencio.

Pero esta vez, el gesto se sintió diferente.

Como si, por primera vez, no estuviera completamente solo en su búsqueda de respuestas.

El viento gélido llevó un aroma tenue, imposible: a luz de estrellas y a lágrimas no derramadas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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