Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 31

  1. Inicio
  2. Hasta los dioses se arrodillan
  3. Capítulo 31 - 31 El Abismo Y La Memoria
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

31: El Abismo Y La Memoria 31: El Abismo Y La Memoria La arena azul celeste de la dimensión de antimateria estaba manchada de sangre.

La sangre de Feral.

Su cuerpo yacía en el fondo de un cráter cada vez más profundo, aplastado por la presión invisible que Retza ejercía sobre él.

Los huesos crujían.

La carne se desgarraba.

Y luego, lentamente, se regeneraba.

Solo para ser destrozada de nuevo.

—¡FERAL!

—la voz de Retza retumbó en su mente, porque en este mundo los sonidos eran mentira—.

¡Concéntrate!

¡Solo estás intentando adivinarme, no sentirme!

Feral intentó responder, pero de su boca solo brotó sangre.

La presión aumentó.

Sus costillas se fracturaron una a una.

—Tu sexto sentido —continuó ella, implacable— te permite percibir la vibración de los átomos, anticipar el peligro, ir más allá de tus límites naturales.

¡Pero aquí los átomos vibran al revés!

¡Lo que crees saber es mentira!

Un golpe más.

El cráter se expandió.

Feral sintió que la conciencia se le escapaba como agua entre los dedos.

Y entonces, en el borde mismo de la oscuridad, sintió un palpitar.

No era su corazón.

Era algo más profundo.

Algo que recorrió su cuerpo y su entorno al mismo tiempo, como si por un instante él fuera el entorno.

Como si la frontera entre su piel y el mundo se hubiera disuelto.

Abrió los ojos.

Y vio.

No con los ojos.

Vio con algo más.

Vio la energía que fluía en Remolinos invisibles, vio las grietas en el espacio que Retza usaba para viajar, vio los átomos bailando en frecuencias que ningún ojo mortal podía percibir.

Vio a Retza no como una mujer hermosa, sino como lo que realmente era: un universo concentrado en forma humanoide, una constelación de luz y poder con forma de diosa.

Saltó.

El movimiento fue tan violento que la presión que lo aplastaba se disipó como niebla.

La arena voló en todas direcciones.

En un instante estaba frente a ella.

Retza atacó.

Él esquivó.

Atacó de nuevo.

Esquivó otra vez.

Sus movimientos eran erráticos, impredecibles, perfectos.

—¡Felicidades!

—exclamó Retza, y su voz vibraba de emoción—.

¡Lo has despertado!

Feral contempló sus manos, el mundo, el cielo sin estrellas.

—No puedo creerlo…

—murmuró—.

¿Así es como ves las cosas?

Todo es tan…

no tengo palabras.

—Miró a Retza, y sus ojos amarillos se suavizaron—.

Y tú…

eres más bella de lo que mis ojos veían.

Eres como un universo en forma de persona.

Exuberantemente hermosa.

Retza sintió que algo cálido le recorría el rostro.

¿Estaba…

sonrojándose?

Hacía milenios que no experimentaba esa sensación.

—Gracias, Feral —dijo, y bajó la mirada mientras jugaba con un mechón de su cabello.

Él intentó sonreír, pero sus colmillos se lo impidieron.

El resultado fue una mueca tan extraña que Retza soltó una carcajada.

Una risa genuina, cristalina, que iluminó el páramo azul.

—¿Y ahora qué sigue?

—preguntó Feral, aún maravillado.

Retza recuperó la compostura, aunque una sonrisa le bailaba en los labios.

—Ahora debes aprender a luchar con ese sentido siempre activo.

Es como un músculo: si no lo entrenas, se atrofia.

Y antes de eso…

—se puso seria— déjame explicarte lo que has despertado.

Feral asintió, ávido de conocimiento.

—Imagina que toda tu vida has visto el mundo a través de una rendija —comenzó Retza, alzando una mano y creando una pequeña esfera de luz rosada entre sus dedos—.

Esa rendija son tus cinco sentidos.

Te muestran una fracción minúscula de la realidad: lo que puedes tocar, oler, ver, oír, gustar.

Pero la realidad es infinitamente más vasta.

La esfera creció, volviéndose más compleja, mostrando capas de luz que giraban en órbitas concéntricas.

—El sexto sentido es el instinto.

La capacidad de percibir más allá de lo evidente.

Te permite sentir el peligro antes de que llegue, anticipar los movimientos de tu enemigo, superar tus límites físicos.

Muchos mortales lo desarrollan sin saberlo.

Los grandes guerreros lo cultivan como un arte.

La esfera se dividió en dos, una brillante y otra oscura, girando la una alrededor de la otra.

—Pero el séptimo sentido…

—sus ojos brillaron— es otra cosa.

Es la capacidad de percibir la energía en su estado puro.

La energía que fluye por tu cuerpo, por el aire, por la tierra, por las estrellas.

La energía que conecta todas las cosas.

Con el séptimo sentido, no ves el mundo: sientes su esencia.

Puedes distinguir las intenciones de tu enemigo antes de que se muevan, porque su energía delata su próximo ataque.

Puedes encontrar las debilidades en cualquier defensa, porque ves dónde la energía flaquea.

Puedes potenciar tus propios ataques multiplicando su poder, porque aprendes a canalizar no solo tu energía, sino la del entorno.

Feral miraba la danza de luces con los ojos muy abiertos.

—¿Eso significa que puedo…?

—Significa —lo interrumpió Retza— que has dado el primer paso para dejar de ser un mortal excepcional y convertirte en algo más.

Pero el camino es largo, y peligroso.

Porque cuanto más percibes, más vulnerable eres a aquello que percibes.

Extinguió la luz con un chasquido.

—Ven.

La siguiente prueba te espera.

Creó un agujero negro, su característico resplandor rosado bordeando la oscuridad absoluta.

—¿Otra vez?

—gimió Feral.

—Esta vez será diferente.

—Retza le dedicó una sonrisa críptica—.

O no.

Entró en la esfera.

Feral la siguió sin dudar.

El dolor fue el mismo.

Pero esta vez Feral lo sintió de otra manera.

Con su séptimo sentido activo, percibió cómo su cuerpo era desarmado y reensamblado, cómo su energía viajaba a través de las grietas del espacio-tiempo.

Siguió siendo doloroso, pero ahora había una especie de…

fascinación en el proceso.

Cuando fue expulsado al otro lado, cayó sobre un suelo rocoso y áspero.

Se levantó con dificultad, sacudiéndose el polvo.

—Rayos —murmuró—.

Eso fue peor que la última vez.

—Te acostumbrarás —dijo Retza, apareciendo a su lado con una tranquilidad irritante.

Feral observó el lugar.

Era desértico, cubierto de montículos de piedras apiladas que parecían altares o tumbas.

El cielo tenía el tono anaranjado de un atardecer perpetuo, pero no había sol, ni luna, ni estrellas.

Solo esa luz crepuscular que venía de ninguna parte.

—¿Dónde estamos ahora?

—preguntó.

—En la dimensión del limbo —respondió Retza, y su voz adquirió un tono grave—.

Una de las seis dimensiones que conforman todo universo.

Existe la materia, la antimateria que ya conoces, y entre ellas, cuatro dimensiones intermedias que actúan como bisagras, como puntos de equilibrio.

Esta es una de ellas.

Feral observó a lo lejos y vio una figura.

Un ser con forma humanoide, completamente desnudo, de piel grisácea.

Su barriga estaba grotescamente hinchada, pero el resto de su cuerpo era esquelético.

Sus ojos eran pozos vacíos.

—¿Ese es…?

—Un espectro.

Un alma cuya hambre y sed de poder no le permitieron descansar en paz.

Su avaricia insaciable los despojó de toda conciencia, de todo recuerdo de lo que fueron.

Solo les queda el hambre.

Feral activó su séptimo sentido y observó al espectro.

Vio la energía acumulada en su vientre, una energía densa y corrupta, robada a otras víctimas.

—Tu segunda prueba —anunció Retza— es sobrevivir a ellos.

Los espectros tratarán de robarte la energía hasta que mueras y te conviertas en uno más.

No dejes que lo consigan.

—¿Cómo se supone que…?

Pero Retza ya había desaparecido.

El espectro lo miró.

Y atacó.

Se movía con una velocidad que no correspondía a su aspecto cadavérico.

Feral reaccionó al instante: un zarpazo con sus garras, y el espectro se deshizo en jirones.

Pero al momento siguiente, los jirones se recompusieron.

El espectro volvió a entero, más hambriento que antes.

Y entonces aparecieron más.

Detrás de las rocas, entre los montículos, emergiendo del suelo.

Decenas.

Cientos.

Miles.

Una marea de cuerpos demacrados, vientres hinchados, ojos vacíos.

El sonido que emitían era lo peor: un lamento colectivo, un gemido de hambre y desesperación que perforaba los oídos y se clavaba en el alma.

Feral peleó.

Sus garras destrozaban, sus puños aplastaban, sus patadas lanzaban cuerpos por los aires.

Pero siempre volvían.

Siempre eran más.

Activó su séptimo sentido al máximo.

Su velocidad se multiplicó por diez, su fuerza se volvió colosal.

Durante unos segundos, fue una máquina de matar imparable.

—¡GARRAS NEGRAS!

—rugió.

Un tajo de energía oscura barrió el campo, desintegrando a cientos de espectros en un instante.

Feral se detuvo, jadeante, esperando ver el fin.

Pero los espectros no terminaban.

De los restos de los caídos surgían nuevos.

Se agrupaban, formaban murallas con sus cuerpos, columnas humanas que absorbían la energía de sus ataques.

Sus tajos, antes letales, ahora apenas los hacían retroceder.

El océano de criaturas cayó sobre él.

Lo inmovilizaron.

Cientos de manos esqueléticas lo sujetaban mientras otras se clavaban en su piel.

Y entonces sintió el peor dolor de todos: el de su energía siendo succionada, arrancada de su interior como si le extrajeran la médula de los huesos.

Los espectros enloquecían al probar su energía.

Era tan pura, tan intensa, que gemían de placer mientras lo vaciaban.

—¡FERAL!

—la voz de Retza llegó como un latigazo—.

¡No dejes que te roben la energía!

¡Tu energía es TUYA!

¡TÚ decides si te la dejas arrebatar o no!

Pero Feral no entendía.

El dolor nublaba su mente.

Sentía cómo su cuerpo se debilitaba, cómo sus músculos perdían volumen, cómo su piel se arrugaba.

Miró sus manos y vio que el pelaje se caía a mechones.

Me estoy convirtiendo en uno de ellos.

La conciencia comenzó a escapársele.

Los lamentos de los espectros sonaban cada vez más lejanos.

Y entonces, en la oscuridad, recordó las palabras de Retza: “Tu energía es tuya.

Tú decides.” Pero, ¿cómo se decide algo cuando ya no quedan fuerzas ni para pensar?

El escuadrón de Pircer cruzó las puertas del sector Zulú y se adentró en tierra de nadie.

La velocidad a la que se movían era impresionante: comandantes y capitanes de élite, los mejores rastreadores de los Aliados.

Ante ellos se alzó la Torre Oscura.

Cuatrocientos noventa metros de piedra ennegrecida por el fuego y los años.

Se erguía en medio de un paraje desolado, un recordatorio vertical de lo que una vez fue y ya no era.

La mitad del escuadrón entró.

La otra mitad se desplegó alrededor, asegurando el perímetro.

Los ascensores, milagrosamente, aún funcionaban.

Subieron en silencio, observando a través de las paredes de cristal el territorio que se extendía abajo: ruinas, tierra yerma, un horizonte que prometía muerte.

Uno de los capitanes, Román —el ninja de vestimentas moradas que había matado a Wiber—, rompió el silencio: —¿Este lugar fue alguna vez la Ciudadela de Ciencias?

Pircer asintió.

Sus ojos, acostumbrados a la guerra, recorrieron las ruinas con una mezcla de nostalgia y dolor.

—Sí.

Y ahora no es ni la sombra de lo que solía ser.

Esta torre era blanca, Román.

Blanca y hermosa.

Este paraje estaba lleno de casas, cubierto de pasto verde.

Allí donde ves esas ruinas —señaló—, allí estaba la muralla.

Una muralla inmensa que rodeaba toda la ciudadela.

Era…

simplemente una hermosura.

Román observó, tratando de imaginar lo que describía su comandante.

—Tengo entendido —dijo— que aquí se libró una gran batalla.

—Yo estuve en ella —respondió Pircer, y su voz se volvió más grave—.

Lo recuerdo como si fuera ayer.

Los TERRORES ya habían destruido cuatro ciudadelas.

Este lugar era un punto estratégico, así que todo el poderío de nuestro ejército se concentró aquí.

Yo era capitán entonces.

Hizo una pausa.

El ascensor seguía subiendo.

—La general Venecia comandaba las tropas.

Una mujer extraordinaria.

Valiente, inteligente, hermosa.

—Sus ojos se perdieron en el recuerdo—.

Los TERRORES llegaron al amanecer.

Resistimos todo lo que pudimos, pero atravesaron las murallas.

La batalla fue encarnizada, cuerpo a cuerpo, una lucha sin cuartel.

Cuando todo terminó…

solo quedó esto.

—Señaló las paredes negras del ascensor—.

La torre, ennegrecida por las llamas y el humo.

Y unos pocos sobrevivientes.

Yo fui uno de ellos.

—Una derrota —murmuró Román.

—Una derrota, sí.

Pero ellos también pagaron un precio: perdieron a más de la mitad de su ejército.

No impidió su avance, pero les dolió.

Román asintió, procesando la historia.

—¿Fue entonces cuando activaron el escudo?

—El general en jefe de aquel entonces, el padre de nuestro actual general Leo, lo activó.

—Pircer cerró los ojos por un instante—.

Con su último aliento, con todo su poder, creó el escudo que nos protegió durante veinte años.

Murió haciéndolo, pero nos salvó.

El ascensor se detuvo.

Las puertas se abrieron al último piso.

Y allí estaba.

El telescopio ocupaba el centro de la estancia, una estructura majestuosa de metal y cristal que brillaba incluso bajo la tenue luz que filtraban los ventanales.

Su tamaño era colosal, su diseño elegante, su presencia imponente.

—Después de veinte años —susurró Pircer—, aún sigue aquí.

Se acercó, casi con reverencia, y colocó una mano sobre su base.

—Este telescopio se construyó hace más de cincuenta años.

Tiene una doble función: observar las estrellas, y servir como binocular de largo alcance.

Desde aquí podemos ver casi todo el territorio enemigo.

Los técnicos del escuadrón se pusieron manos a la obra.

Las consolas cobraron vida, las pantallas parpadearon.

El gran telescopio comenzó a moverse, girando lentamente hacia el horizonte.

Pircer se volvió hacia sus hombres.

—Que cada escuadrón tome a tres hombres y se prepare para partir.

Los enviaremos a cada una de las tierras de los TERRORES.

Nosotros seremos sus ojos en el cielo.

Ellos, nuestra mano en la tierra.

Los comandantes asintieron y comenzaron a organizarse.

Román, sin embargo, se quedó mirando por el ventanal, hacia el lugar donde, según los mapas, debía estar el territorio de Konrrac.

—Comandante —dijo sin volverse—.

¿Cree que realmente podremos vencerlo?

Pircer tardó en responder.

Cuando lo hizo, su voz era firme, pero en sus ojos había una sombra.

—Tenemos que hacerlo.

Por los que cayeron.

Por los que vendrán.

El telescopio completó su rotación.

Las pantallas mostraron las primeras imágenes.

Y en algún lugar, muy lejos, en una dimensión donde el tiempo no significaba nada, Feral sentía cómo su ser se desvanecía entre las garras de los espectros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo