Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 32
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32: El Precio Del Poder 32: El Precio Del Poder El volcán Egna se alzaba en medio de un paisaje yermo, su cumbre coronada por un penacho de humo que se perdía en el cielo gris.
Konrrac descendió ante su base como una sombra que cae del firmamento, y sus pies tocaron la tierra volcánica con la seguridad de quien sabe que ha llegado a su destino.
La entrada estaba esculpida en piedra caliza y obsidiana, un arco antiguo que parecía vigilar el acceso a las profundidades.
Konrrac cruzó el umbral sin dudar.
El interior del volcán era un laberinto de túneles tallados por la lava y el tiempo.
Pero él conocía el camino.
Siempre lo había conocido.
Al final de un corredor iluminado por vetas de mineral incandescente, una figura lo esperaba.
Una mujer anciana, tan encorvada por los años que su rostro casi miraba al suelo.
Su piel, grisácea y arrugada, colgaba de sus huesos como ropa vieja.
Pero sus ojos…
sus ojos aún conservaban un brillo feroz.
Al ver a Konrrac, esos ojos se iluminaron con una mezcla de esperanza y temor.
—¿Dónde está mi muchacho?
—preguntó, y su voz era el crujir de ramas secas.
Konrrac la miró fijamente.
Por un instante, algo parecido a la compasión cruzó su rostro.
Pero se desvaneció tan rápido como había aparecido.
—Kawaiine —dijo, y su nombre sonó como una sentencia—.
Él murió.
Lo siento.
La anciana se tambaleó.
Una mano buscó apoyo en la pared, mientras la otra apretaba el pecho, allí donde el corazón amenazaba con romperse.
—¿Cómo?
—logró articular, con voz entrecortada—.
¿Cómo murió?
Konrrac desvió la mirada.
—No deberías…
—¡DIME CÓMO MURIÓ!
—El grito de Kawaiine resonó en las paredes del túnel, rebotando una y otra vez como el eco de un alma condenada.
Konrrac cerró los ojos.
—Fue desmembrado.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier grito.
Kawaiine abrió la boca, pero no salió sonido.
Solo aire.
Solo el intento de procesar lo inprocesable.
Luego, el llanto.
—¡MARCUS!
—aulló su nombre con un dolor tan puro, tan desgarrador, que parecía imposible que saliera de un cuerpo tan frágil—.
¡HIJO MÍO!
¡MI NIÑO!
Las lágrimas corrían por sus mejillas arrugadas, pero no eran lágrimas de agua.
Eran lágrimas de ira.
De impotencia.
De amor convertido en furia.
De repente, su mirada se clavó en Konrrac.
Y en esos ojos ya no había dolor.
Solo odio.
—¡TODO FUE TU CULPA!
—gritó, y esta vez su voz no temblaba—.
¡TÚ TE LO LLEVASTE!
¡TÚ LO LLEVASTE A SU MUERTE!
La anciana se transformó.
Su piel grisácea se tornó morada, un color vibrante que latía con cada latido de su corazón enfurecido.
Su cuerpo se expandió, creció, se volvió macizo.
Los huesos crujieron al reacomodarse, los músculos brotaron como raíces bajo la tierra.
En segundos, ante Konrrac, se erguía una bestia de tres metros de altura: un reptil de escamas moradas, ojos rojos como brasas, dientes amarillos y afilados como cuchillos.
Su rugido sacudió el volcán.
Pequeñas piedras cayeron del techo.
El aire vibró.
Y entonces atacó.
Konrrac no se movió.
Dejó que la bestia se abalanzara sobre él, y justo cuando sus garras estaban a punto de desgarrarlo, activó el poder que había robado de Ander.
Un cubo de energía dorada envolvió a Kawaiine en un instante.
La bestia golpeó las paredes, rugió, arañó, pero el cubo resistió.
Poco a poco, su furia se fue apagando, reemplazada por un agotamiento profundo.
Su forma comenzó a encogerse, a arrugarse, hasta que la anciana volvió a ser la que era, acurrucada en el fondo del cubo, llorando.
Konrrac disolvió la prisión.
—Te daré la oportunidad de vengarte —dijo, y su voz era sorprendentemente suave—.
Juntos podremos vencerlos.
Kawaiine levantó la vista.
Sus ojos, aún húmedos, lo miraron con desconfianza.
—¿Cómo planeas hacer eso?
—Llévame a la parte más profunda del volcán —respondió Konrrac—.
Y te lo mostraré.
Ella dudó.
Pero al final, el deseo de venganza pudo más que el odio.
Asintió y comenzó a caminar, guiándolo hacia las profundidades.
Descendieron durante lo que pareció una eternidad.
Los túneles se volvían más calientes, más opresivos.
El aire brillaba con partículas incandescentes.
Finalmente, llegaron a una cámara tan ardiente que apenas podían acercarse.
Ante ellos, un río de magma fluía lentamente, iluminando la caverna con su resplandor anaranjado.
El calor era casi insoportable.
—Este lugar —dijo Konrrac, contemplando el magma— es uno de los más profundos del planeta.
Este conducto lleva directamente al centro de la Tierra.
—Se volvió hacia Kawaiine—.
Hace tiempo, absorbí la energía del planeta desde la superficie.
Pero aquí…
aquí puedo hacerlo directamente desde la fuente.
Hizo uso del poder que había robado a Bento, el don de generar y controlar vida.
Pero lo usó de una manera que Bento nunca habría imaginado: para conectarse con la energía bruta del planeta, para sentir su pulso, para llamarla.
Y la energía respondió.
Del magma ardiente comenzaron a surgir rayos de color blanco, hilos de luz pura que se elevaron como serpientes hipnotizadas.
Konrrac los absorbió uno a uno, y con cada rayo, su cuerpo crecía.
Tres metros.
Cinco.
Diez.
Sus ojos se volvieron blancos, vacíos, mientras la energía del centro de la Tierra inundaba cada célula de su ser.
Kawaiine retrocedió, intimidada por el espectáculo.
Porque lo que estaba viendo no era un hombre absorbiendo poder.
Era un hombre siendo consumido por él.
Y mientras la energía crepitaba en su interior, Konrrac recordó.
— Recordó los primeros días, cuando el poder era una bendición.
Las manos de Salazar, calientes otra vez.
La sonrisa de su hijo, devuelta de la tumba.
El llanto de gratitud de una madre a la que había salvado.
Las cosechas que crecían sanas después de que él absorbiera la podredumbre de la tierra.
Los ancianos que lo bendecían.
Los niños que correteaban a su alrededor, llamándolo “el Sanador”.
—Gracias, Konrrac —le decían—.
Gracias por existir.
Y él sonreía.
Porque por primera vez en su vida, sentía que tenía un propósito.
Que no era solo un campesino sin poderes, un hombre humillado, un esposo abandonado.
Era alguien.
Era bueno.
Pero el poder tiene un precio.
Cada vez que absorbía una enfermedad, un veneno, una podredumbre, algo de esa oscuridad se quedaba en él.
Al principio era apenas una sombra, un susurro.
Pero con cada cura, con cada salvación, las sombras crecían.
—Solo un poco más —se decía—.
Una última vez.
Pero nunca era la última.
Empezó a notar cambios.
Pensamientos oscuros que antes no tenía.
Impulsos violentos que controlaba a duras penas.
La forma en que a veces, al mirar a alguien, no veía a una persona: veía energía.
Energía que podía tomar.
Y un día, lo hizo.
Fue con un soldado de una facción enemiga, un hombre que había masacrado una aldea entera.
Konrrac lo encontró herido, indefenso.
Podría haberlo curado.
Podría haberlo entregado a la justicia.
En lugar de eso, lo absorbió.
Sintió su vida fluir hacia él, su poder —un don menor, la capacidad de endurecer la piel— incorporarse a su ser.
Y supo, con certeza aterradora, que nunca volvería a ser el mismo.
Pero ya era demasiado tarde para detenerse.
Las absorciones se volvieron más frecuentes.
Primero enemigos, luego criminales, luego…
cualquiera que se interpusiera en su camino.
El “Sanador” se convirtió en “El Absorbedor”.
El héroe se convirtió en leyenda.
Y la leyenda se convirtió en monstruo.
Salazar lo enfrentó un día.
Su hijo, ya un hombre, con los mismos ojos llenos de esperanza que él había tenido.
—Padre, esto no es lo que eras.
Esto no es lo que me enseñaste.
Recuerda las historias, padre.
Recuerda el bien.
Konrrac lo miró, y por un instante, vio al niño que había sido.
Al niño que había cargado en sus brazos a través del desierto.
Al niño que le pedía cuentos de aviones y ciudades del pasado.
—Ya no hay bien, hijo —respondió—.
Solo poder.
Y el poder no es bueno ni malo.
Solo es.
Salazar negó con la cabeza.
—Entonces tendré que detenerte.
Formaré un grupo.
Los llamaremos ALIADOS.
Y lucharemos contra ti, padre.
Por el mundo que una vez quisiste salvar.
Konrrac sintió algo romperse en su interior.
Pero ya no sabía llorar.
Ya no sabía sentir.
—Haz lo que tengas que hacer —dijo—.
Yo haré lo mío.
Y se alejó volando, dejando atrás a su hijo, dejando atrás su humanidad, dejando atrás todo lo que alguna vez fue.
— Las lágrimas brotaron de los ojos de Konrrac mientras la energía del planeta seguía fluyendo hacia él.
Lágrimas calientes que se evaporaban antes de tocar su piel.
Cerró los puños.
Sintió el peso de sus decisiones, el eco de su caída.
Había perdido a su esposa, a su humanidad, a su hijo.
Y ahora, los ALIADOS —la organización que Salazar había creado para detenerlo— habían matado a sus compañeros, a los únicos seres que, de alguna manera retorcida, habían llenado el vacío que dejó su familia.
Pero era demasiado tarde para detenerse.
Nunca había sido demasiado tarde para nada.
Siguió absorbiendo.
Los rayos de energía blanca danzaban a su alrededor, entrando en su cuerpo, expandiendo su ser.
Sus ojos blancos miraban fijamente el magma, pero veían otra cosa.
Veían el pasado.
Veían el futuro.
Veían la destrucción que estaba a punto de desatar.
Y no sintió nada.
O quizás sintió demasiado, y por eso había dejado de sentir.
El proceso continuó.
La energía del centro de la Tierra, acumulada durante eones, fluía hacia él en un torrente interminable.
Konrrac se convertía en algo más grande, algo más terrible, algo que el mundo no había visto nunca.
Kawaiine observaba desde las sombras, sin atreverse a interrumpir.
En sus ojos se mezclaban el odio, el miedo y una extraña fascinación.
El volcán tembló.
Y en las profundidades, Konrrac siguió absorbiendo.
En la dimensión del limbo, Feral estaba muriendo.
Los espectros lo habían inmovilizado por completo.
Miles de manos esqueléticas se clavaban en su carne, succionando su energía vital con una avidez insaciable.
Su cuerpo se secaba, se arrugaba, se volvía gris.
Su pelaje caía a mechones.
Sus ojos se hundían en las órbitas.
La conciencia se le escapaba como agua entre los dedos.
Y entonces, cayó.
Cayó en un vacío infinito, oscuro como el espacio entre las estrellas.
Cayó durante lo que pareció una eternidad, hasta que sus pies —o lo que quedaba de ellos— tocaron un suelo que no se veía.
Se incorporó lentamente.
A su alrededor, solo oscuridad.
Una oscuridad densa, palpable, que parecía observarlo.
Y de esa oscuridad, emergió una figura.
Un lobo.
Un lobo inmenso, de pelaje gris como la ceniza, ojos amarillos como los suyos.
Era más grande que cualquier lobo que hubiera visto, más grande que él mismo en su forma bestial.
Lo rodeó lentamente, estudiándolo, evaluándolo.
Y entonces atacó.
Feral sintió las fauces cerrarse sobre él, sintió cómo era engullido, cómo desaparecía en la oscuridad del estómago de la bestia.
No hubo dolor.
Solo una sensación de plenitud, de pertenencia.
En el mundo real, algo cambió.
Los espectros que succionaban su energía de repente se detuvieron.
Sus ojos vacíos se abrieron con algo que parecía…
terror.
Porque la energía que estaban robando había dejado de fluir en una dirección.
Ahora fluía en la opuesta.
Feral, inconsciente, comenzó a absorber.
No solo la energía que le habían robado.
Absorbía toda la energía de los espectros.
La que habían acumulado durante siglos, durante milenios, devorando a otros.
Los espectros intentaron huir, pero no podían.
Estaban atrapados, presas de su propia presa.
Sus gritos llenaron el limbo.
Alaridos de agonía, de desesperación, de un hambre que por fin era saciada de la peor manera posible.
Sus cuerpos se deshacían, se arrugaban, se convertían en polvo que Feral absorbía sin piedad.
Cuando la última gota de energía abandonó al último espectro, Feral abrió los ojos.
Y rugió.
El rugido fue tan poderoso que la energía acumulada estalló en todas direcciones, lanzando a los pocos espectros supervivientes como muñecos de trapo.
El limbo tembló.
Las rocas se quebraron.
El eco del rugido recorrió la dimensión como un trueno interminable.
Los espectros que pudieron huir, huyeron.
Y no volvieron.
Feral quedó de pie, jadeante, en medio del cráter que había formado con su explosión de energía.
Su cuerpo se regeneraba a una velocidad visible, el pelaje volvía a crecer, los músculos recuperaban su volumen.
Retza apareció a su lado.
—¿Dónde estabas?
—gruñó Feral, todavía agitado—.
¿Por qué no me ayudaste?
—Si te hubiera ayudado —respondió ella con calma—, no habrías pasado la prueba.
Feral la miró, frustrado, pero algo en sus ojos le impidió seguir quejándose.
—Vi algo —dijo en lugar de eso—.
Un lobo enorme.
Me tragó.
Y luego…
vi tres corrientes de energía.
Entraron en mí.
—Frunció el ceño—.
¿Qué significa?
Retza sonrió.
Una sonrisa que era a la vez orgullosa y misteriosa.
—Las corrientes que viste son los tres tipos de energía que existen en toda la creación.
—Comenzó a caminar alrededor de él, gesticulando con elegancia—.
La energía natural es la base de todo lo que existe sin conciencia.
Es la que conforma los planetas, las estrellas, las galaxias.
Los universos, los multiversos, los megaversos, el omniverso entero está hecho de ella.
Se detuvo frente a él.
—La energía vital es la de los mortales.
Todos los seres con conciencia la poseen.
Es la que te permite moverte, pensar, sentir.
Con el séptimo sentido, puedes potenciarla, dirigirla, usarla para alcanzar tu máximo potencial.
Feral asintió, recordando la sensación de percibir el mundo a través de la energía.
—Y la tercera —continuó Retza, bajando la voz— es la energía divina.
La energía de los dioses.
Feral parpadeó.
—¿De los dioses?
¿Quieres decir que…?
—El lobo que viste es tu parte divina.
La has despertado.
—¿Qué?
—Feral dio un paso atrás—.
¿Entonces…
entonces soy más que un mortal?
Retza inclinó la cabeza, observándolo con una mezcla de curiosidad y afecto.
—Yo diría que eres un semidiós.
Por eso te regeneras después de cada ataque.
Ningún dios puede morir a manos de un mortal.
Todos los seres, sin importar su poder o destreza, son vistos por nosotros como mortales.
Porque lo que separa a un dios de un mortal es la muerte.
—Hizo una pausa—.
Los dioses no podemos morir.
Feral procesó la información en silencio.
Luego preguntó: —¿Y cómo es que soy así?
¿Cómo es que tengo parte divina?
—Tu madre era mortal —respondió Retza—.
Pero tu padre…
tu padre es un ser muy poderoso.
Por más que lo intento, no puedo ver quién es.
Y eso solo significa una cosa.
—¿Qué cosa?
—Que debe ser un dios muy poderoso.
Tan poderoso que incluso yo, una diosa, no puedo escudriñar su identidad.
Feral sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
Toda su vida había sido un monstruo, un abandonado, un ser único y solitario.
Y ahora resultaba que su soledad tenía una razón.
Que su naturaleza única tenía un origen.
—¿Tú sabes quiénes son mis padres?
—preguntó, y su voz tembló ligeramente.
—Sí —dijo Retza.
Y agregó, con una sonrisa enigmática—: Si continúas con tu entrenamiento, la identidad de tu padre te será revelada.
Feral quiso preguntar más, quiso exigir respuestas, pero Retza ya estaba creando otro agujero negro, su característico resplandor rosado bordeando la oscuridad.
—Ven —dijo, extendiendo la mano—.
Vamos a tu siguiente prueba.
Feral dudó un instante.
Pero al final, asintió y la siguió.
Mientras cruzaba el umbral hacia lo desconocido, una pregunta resonó en su mente, una pregunta que no se atrevió a formular en voz alta: ¿Quién eres, padre?
¿Y por qué me abandonaste?
El agujero negro se cerró tras ellos, y el limbo quedó en silencio.
Solo los ecos de los espectros huidos recordaban lo que había ocurrido allí.
Y muy lejos, en las profundidades del volcán Egna, Konrrac seguía absorbiendo la energía del centro de la Tierra, convirtiéndose en algo que ni los dioses podían ignorar.
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