Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 33
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33: La Sombra Y El Terremoto 33: La Sombra Y El Terremoto La dimensión de las sombras era exactamente lo que su nombre prometía: un lugar donde la luz no existía, donde incluso la oscuridad parecía tener matices más oscuros.
El suelo era negro como el carbón, el cielo un abismo sin estrellas, y una niebla espesa y movediza lo cubría todo, arrastrándose como serpientes de humo.
Los gritos perforaban el silencio.
Gritos de dolor, de angustia, de una desesperación tan profunda que parecía venir de otro lugar que no fuera este mundo.
Feral sintió cómo cada vello de su cuerpo se erizaba al escucharlos.
—¿Dónde estamos ahora?
—preguntó, y su voz sonó apagada, absorbida por la niebla.
Retza observó el paisaje con una calma que helaba la sangre.
—La dimensión de las sombras.
Aquí caen las almas que dejaron el plano físico con odio en el corazón.
Aquellas que no se arrepintieron de su maldad.
—Señaló hacia la niebla, donde las siluetas retorcidas apenas se distinguían—.
Una vez que llegan, son consumidas por el sufrimiento que causaron a otros.
El dolor que infligieron se vuelve su carcelero, su verdugo, su alimento.
Hasta que son destruidas por completo y no queda nada.
Ni recuerdo, ni esencia, ni alma.
Feral tragó saliva.
—¿Por qué me has traído aquí?
Retza se volvió hacia él, y en sus ojos divinos brilló algo que parecía orgullo mezclado con advertencia.
—En tu primera prueba despertaste el séptimo sentido.
Aprendiste a ver la energía.
En la segunda, comprendiste la naturaleza de las energías que conforman la creación y descubriste tu propia esencia divina.
Ahora…
—hizo una pausa— es momento de ponerlo en práctica.
La niebla frente a ellos comenzó a arremolinarse.
Las sombras se condensaron, tomaron forma.
Y de entre la oscuridad emergió una figura idéntica a Feral.
El mismo pelaje azabache.
Los mismos ojos amarillos.
Las mismas garras afiladas.
Pero su expresión era diferente: una mueca de odio, una sed de sangre que el verdadero Feral nunca había tenido.
—¿Quién…
quién es ese?
—preguntó Feral, retrocediendo un paso.
—Eres tú mismo —respondió Retza, y su voz sonaba ya lejana, como si hablara desde otro lugar—.
Tu propia oscuridad.
Tu ira, tu rencor, tu deseo de venganza.
Todo lo que has reprimido, todo lo que has negado de ti, tiene forma aquí.
Y solo uno de ustedes saldrá con vida.
Antes de que Feral pudiera protestar, Retza desapareció.
El segundo Feral atacó.
Fue como enfrentarse a un espejo roto.
Cada golpe que Feral lanzaba, el otro lo esquivaba con la misma facilidad.
Cada movimiento que hacía, el otro lo anticipaba.
Pronto comprendió: el otro sabía todo lo que él sabía, podía todo lo que él podía.
Pero había algo más.
El otro era más rápido.
Más fuerte.
Más cruel.
—¿Eso es todo?
—rió el segundo Feral mientras esquivaba un zarpazo y respondía con una patada que lanzó al verdadero Feral contra el suelo—.
¡Eres débil!
¡Por eso Konrrac te utiliza!
¡Eres su perro, su mascota, su arma desechable!
Feral se levantó, sacudiéndose el dolor.
—¡Cállate!
Atacó con el séptimo sentido potenciando cada músculo.
Sus movimientos se volvieron un borrón, la velocidad de la luz hecha carne.
Pero el otro también activó su séptimo sentido, y la batalla se volvió un caos de golpes que rompían el aire.
Parecían dos rayos negros chocando una y otra vez.
Las ondas de choque de sus impactos hacían temblar la dimensión.
La niebla se desgarraba a su paso.
Los gritos de las almas condenadas se volvían más agudos, más desesperados, como si la batalla los estuviera afectando también.
Feral intentó usar su capacidad de ver la energía.
Buscó puntos débiles en el flujo de su adversario, lugares donde concentrar sus ataques para maximizar el daño.
Pero el otro hacía lo mismo, y cada intento era bloqueado antes de concretarse.
—¿Crees que puedes vencerme?
—bufó el segundo Feral mientras aplicaba una llave que inmovilizó el brazo izquierdo del verdadero—.
¡No eres más que basura!
¡Un accidente!
¡Un monstruo que ni siquiera sabe quién es!
Las palabras atravesaron a Feral como cuchillos.
—Konrrac te crió para usarte —continuó el otro, apretando la llave—.
Los Aliados te odian.
Los Terrores te desprecian.
Y esa diosa…
—rió con amargura—.
Esa diosa solo te entrena porque eres útil.
Cuando dejes de serlo, te abandonará.
Como todos.
—¡NOOO!
—rugió Feral.
La furia explotó en su interior como un volcán.
Con un esfuerzo sobrehumano, liberó su brazo y lanzó al otro a cientos de metros de distancia.
El segundo Feral cayó, rebotó en el suelo negro y se detuvo lejos.
Feral no le dio tiempo a levantarse.
Tensó sus garras, concentró toda su energía, toda su rabia, todo su dolor, y lanzó su ataque más poderoso: —¡GARRAS NEGRAS!
La estela de energía negra que surgió de sus manos no se parecía a nada que hubiera creado antes.
Tenía destellos relampagueantes, un rugido que parecía el de mil bestias enfurecidas.
Era tan enorme que tocó el cielo oscuro, tan poderosa que perforó el suelo, tan destructiva que rasgó el espacio-tiempo a su paso, creando ondas que distorsionaban la realidad.
Pero el segundo Feral, desde donde había caído, lanzó el mismo ataque.
Dos Garras Negras colisionaron en el centro de la dimensión.
El impacto fue apocalíptico.
La dimensión entera se sacudió como un animal herido.
El suelo se abrió en grietas que llegaban al infinito.
El cielo se desgarró.
Y en el punto de colisión, algo se rompió: el tejido mismo de la realidad.
Una brecha espacio-temporal se abrió, negra como la boca de un dios hambriento.
La fuerza gravitacional que emanaba succionaba todo hacia su centro: la niebla, las rocas, las almas condenadas que gritaban mientras eran arrastradas al abismo.
Feral apenas logró clavar sus garras en el suelo para no ser absorbido.
El viento tiraba de él con una fuerza imposible.
A lo lejos, vio cómo el segundo Feral luchaba también por no caer, pero la brecha estaba más cerca de él.
—¡Feral!
—gritó el otro, y por primera vez su voz no sonó burlona.
Sonó asustada.
Sonó humana—.
¡No me dejes caer!
¡Si caigo, caes tú!
¡Somos el mismo!
Feral dudó.
Y en esa duda, el segundo Feral perdió su agarre.
La brecha lo succionó, y su grito se perdió en el vacío mientras desaparecía en la oscuridad.
La brecha comenzó a cerrarse lentamente.
Feral quedó solo, sujeto al suelo, jadeante, mientras la dimensión recuperaba poco a poco su equilibrio.
La niebla volvió a formarse.
Los gritos lejanos regresaron.
Y Retza apareció a su lado.
—Lo lograste —dijo, y había orgullo en su voz—.
Has vencido a tu oscuridad.
Feral la miró.
Sus ojos amarillos estaban húmedos.
—Era yo —susurró—.
Era yo, y lo dejé caer.
—Era la peor versión de ti —corrigió Retza con suavidad—.
La que te susurra al oído cuando estás solo.
La que te dice que no vales nada.
La que te impulsaría a cometer las mismas atrocidades que los Terrores.
—Colocó una mano en su hombro—.
No lo dejaste caer, Feral.
Lo venciste.
Y al hacerlo, te hiciste más fuerte.
Feral cerró los ojos.
El cansancio lo envolvía como una manta pesada.
—¿Qué sigue?
—preguntó.
—Descansar —respondió Retza—.
Has hecho suficiente por hoy.
Creó un agujero negro, y ambos desaparecieron de la dimensión de las sombras.
En las afueras del volcán Egna, tres figuras emergieron de entre las rocas.
Eran los soldados del escuadrón de Román, los mejores infiltrados de los Aliados.
El primero, un hombre de complexión delgada, activó su don y se volvió completamente invisible.
El segundo, una mujer de cabello corto, se volvió intangible y atravesó una pared de roca como si fuera agua.
El tercero, un joven de mirada inquieta, mantenía una pequeña esfera de luz flotando sobre su palma, lista para enviar mensajes.
Se adentraron en el volcán.
Los túneles eran un laberinto de calor y sombras.
Descendieron durante lo que pareció una eternidad, guiados por el soldado intangible que podía explorar sin ser detectado.
Finalmente, llegaron a la cámara más profunda.
Lo que vieron los heló la sangre.
Kawaiine, en su forma anciana, observaba desde un rincón.
Pero lo que dominaba la escena era Konrrac: un gigante de músculos en tensión, venas brotadas como raíces bajo su piel, ojos blancos y vacíos.
Rayos de energía blanca emergían del magma y eran absorbidos por su cuerpo en un flujo constante.
—¡Ya falta poco!
—la voz de Konrrac retumbó en la cámara—.
¡Toda la energía del planeta será mía!
Kawaiine retrocedió, asustada.
—¿Y cuánta energía necesitas?
—¡Toda la necesaria para acabar con los ALIADOS de una vez por todas!
Los soldados intercambiaron miradas de terror.
No necesitaron palabras: todos pensaron lo mismo.
Hay que avisar.
Pero cuando intentaron retroceder, el volcán tembló.
No fue un temblor suave.
Fue un estremecimiento profundo, como si la montaña despertara de un sueño violento.
Rocas cayeron del techo.
El magma burbujeó con más fuerza.
Y Konrrac, en su trance, ni siquiera pareció notarlo.
Los soldados corrieron.
El temblor se propagó.
Salió del volcán, recorrió las llanuras, atravesó desiertos, cruzó montañas.
En las tierras de los Terrores, las construcciones comenzaron a derrumbarse.
En las tierras de los Aliados, el pánico se desató.
En la ciudadela central del sector Omega, la gente corría despavorida.
Las casas se venían abajo.
Las calles se agrietaban.
Perla y otros guerreros con habilidades de rescate corrían de un lado a otro, salvando a quienes podían.
—¡Perla!
—gritó Gliel, apareciendo a su lado—.
¡Voy al cuartel central a ver qué sucede!
—¡Ve!
—respondió ella mientras sostenía una viga que amenazaba con aplastar a una familia—.
¡Yo me encargo aquí!
En la Torre Oscura, la situación era aún peor.
La torre, de cuatrocientos noventa metros de altura, se balanceaba como un junco en una tormenta.
El gran telescopio del último piso se sacudía violentamente.
Pircer y sus hombres se agarraban a las consolas para no caer.
—¡¿Qué está pasando?!
—gritó Román.
—¡Konrrac!
—respondió Pircer, luchando por mantenerse en pie—.
¡Tiene que ser Konrrac!
En ese momento, una esfera de luz atravesó las paredes y llegó directamente a sus manos.
Pircer la apretó, y los recuerdos del soldado invisible inundaron su mente: Konrrac en el volcán, absorbiendo energía, el planeta temblando.
—¡Román!
—gritó Pircer—.
¡Gira el telescopio hacia el sur!
¡Rápido!
Román se abalanzó sobre los controles.
El telescopio giró trabajosamente, y a través de él pudieron ver el volcán Egna en erupción.
El magma brotaba, las explosiones iluminaban el cielo, y una figura gigantesca emergía entre las llamas.
—¡Contacta con el cuartel central!
—ordenó Pircer.
El temblor se intensificó.
La torre crujió.
Un soldado logró establecer la transmisión justo cuando una grieta recorría la pared.
La imagen de Leo apareció, entrecortada, pero visible.
—¡Pircer!
—la voz de Leo apenas se escuchaba entre el ruido—.
¡Dime que tienes noticias!
—¡Señor!
—gritó Pircer, aferrándose a la consola—.
¡Konrrac está en el volcán Egna!
¡Está absorbiendo la energía del centro del planeta!
¡Eso causa los temblores!
En el cuartel, los generales intercambiaron miradas de horror.
—¡Si sigue así —gritó Mark—, destruirá el planeta!
—¡Debemos detenerlo ya!
—añadió Trass.
Leo dio la orden: —¡Junten a todos los que puedan!
¡Cada batallón, cada soldado!
¡Partimos ahora mismo!
Pero el planeta no esperó.
El terremoto se volvió apocalíptico.
En la Torre Oscura, el suelo se inclinó.
El telescopio se soltó de su base y rodó, aplastando a varios soldados.
Las paredes se desmoronaban.
Pircer vio cómo todo a su alrededor colapsaba.
—Fue un honor —susurró— servirle, señor.
Y la torre comenzó a caer.
En el cuartel, la comunicación se perdió.
Leo gritó: —¡Gliel!
¡Ve a la Torre Oscura!
¡Salva a los que puedas!
¡AHORA!
Gliel no dudó.
Se concentró, sintió la ubicación de la torre a través de sus recuerdos, y se teletransportó.
Apareció justo en el piso donde estaban Pircer y Román, en el momento exacto en que todo se venía abajo.
El techo caía, las paredes se quebraban, el suelo desaparecía bajo sus pies.
—¡SALten!
—gritó Gliel.
Pircer saltó hacia él.
Román también.
Gliel los agarró con todas sus fuerzas y, justo cuando la torre se desplomaba por completo, se teletransportó de vuelta.
La Torre Oscura cayó con un estruendo que se escuchó a kilómetros.
Una nube de polvo se elevó al cielo.
En el cuartel central, Gliel apareció con Pircer y Román, los tres en el suelo, jadeantes, cubiertos de polvo y sudor.
—¡Están vivos!
—gritó alguien.
Todos corrieron a ayudarlos.
Y en ese momento, para asombro general, los terremotos cesaron.
El silencio fue casi más aterrador que el ruido.
—¿Se…
se acabó?
—preguntó alguien.
—No —respondió Leo, con el rostro grave—.
Esto apenas comienza.
El volcán Egna rugía.
La erupción era colosal: columnas de magma se elevaban al cielo, explosiones sacudían la montaña, ríos de lava descendían por sus laderas.
El calor era tan intenso que el aire mismo parecía arder.
Kawaiine apenas logró salir a tiempo.
Corrió con todas sus fuerzas, sintiendo el calor en su espalda, hasta que estuvo lo suficientemente lejos.
Se giró para observar la destrucción.
Y entonces lo vio.
De entre la lava, caminando como si nada, emergió Konrrac.
No era el mismo que había entrado al volcán.
Su cuerpo era más grande, más macizo.
La energía que emanaba era tan densa que distorsionaba el aire a su alrededor.
El suelo bajo sus pies se derretía con cada paso, dejando un rastro de roca fundida.
Kawaiine lo observó con asombro y terror.
Konrrac levantó las manos.
El suelo frente a él comenzó a agitarse.
La tierra se levantó, las rocas se moldearon, las plantas brotaron y se enredaron.
Y de esa mezcla de elementos comenzaron a emerger figuras.
Criaturas humanoides de dos metros de altura.
Hechas de tierra y plantas, con rostros deformes, sin cabello, cuerpos irregulares como estatuas mal talladas.
Pero estaban vivos.
Sus ojos, pequeñas brasas en sus cuencas, miraban con la misma hambre que su creador.
Uno.
Diez.
Cien.
Mil.
Diez mil.
Cien mil.
El ejército crecía sin detenerse, una marea de barro y verdura que cubría las laderas del volcán como una plaga.
Konrrac alzó los brazos al cielo y gritó: —¡Con este poder destruiré a los ALIADOS!
¡Mi ejército de terracota barrerá sus vidas!
¡Seré el supremo gobernante del mundo!
Los seres de terracota respondieron con un grito colectivo.
Un sonido seco, como piedras chocando, como ramas rompiéndose.
Pero era un grito de guerra, de lealtad, de hambre de destrucción.
Konrrac alzó el vuelo.
Su cuerpo, ahora más grande, se elevó como una bala hacia el cielo, dejando una estela de energía distorsionada.
Detrás de él, el ejército de terracota comenzó a moverse.
Corrían.
Corrían a una velocidad imposible para seres hechos de tierra.
Sus pies golpeaban el suelo al unísono, creando un trueno constante que se escuchaba a kilómetros.
La estela de polvo que levantaban era tan grande que parecía un manto cubriendo el horizonte.
Kawaiine, aún en su forma anciana, los vio partir.
Por un momento dudó.
Pero luego, con una determinación renovada, se transformó en su bestia morada y se unió a la marcha.
Todos juntos, como una unidad, avanzaban hacia el sector Omega.
Hacia la guerra final.
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