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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 34

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  3. Capítulo 34 - 34 La Luz Revela Todo
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34: La Luz Revela Todo 34: La Luz Revela Todo Retza creó un agujero negro, su característico resplandor rosado bordeando la oscuridad.

Feral la siguió sin dudar, aunque el dolor del tránsito seguía siendo tan intenso como siempre.

Cuando la distorsión cesó, abrió los ojos y contuvo el aliento.

El lugar era esplendoroso.

Una luz blanca y dorada lo envolvía todo, no como un sol cegador sino como una caricia, como si la luz misma tuviera conciencia y decidiera bañar cada rincón con suavidad.

El suelo parecía de cristal pulido, y en el horizonte —si es que aquello tenía horizonte— se elevaban formaciones que podrían ser montañas o nubes o tal vez ambas cosas.

Feral preguntó: —¿Esta es la dimensión de la luz?

—Correcto —dijo Retza, y su voz sonaba diferente aquí, más clara, más pura—.

A este lugar llegan las almas cuya vida fue recta.

Aquellas que no anduvieron en maldad, que murieron en paz.

Cuando un alma llega aquí, obtiene el descanso eterno, la iluminación.

Se hacen una con la luz, y no se vuelve a saber más de ellas.

Hizo una pausa, y su expresión se ensombreció.

—Lamentablemente, menos del cinco por ciento de las almas llegan aquí.

Feral frunció el ceño.

—¿Y eso por qué?

Retza suspiró, y por un momento la luz a su alrededor pareció atenuarse.

—La mayoría de los mortales mueren con asuntos pendientes.

Sienten que no alcanzaron su propósito, que no vivieron lo suficiente.

Sus almas quedan atrapadas en otras dimensiones, en otros limbos, esperando algo que nunca llega.

Feral notó el cambio en su voz.

La miró y vio que sus ojos divinos, normalmente tan serenos, estaban empañados.

—¿Qué tienes?

—preguntó—.

¿Por qué te entristeces?

Una lágrima rodó por la mejilla de Retza.

Una lágrima de diosa, que brillaba como un pequeño diamante antes de deshacerse en luz.

—Yo soy la diosa del amor —dijo, y su voz tembló—.

Incluso para los que han muerto.

Que las almas no puedan avanzar a esta última fase es un claro ejemplo de que el amor no las ha arropado con su energía.

He fracasado, Feral.

He fracasado en mi propósito.

Feral sintió que algo se removía en su pecho.

Ver a una diosa llorar era…

perturbador.

Pero también hermoso, de una manera extraña.

—¿Y cómo se puede solucionar eso?

—preguntó.

Retza negó con la cabeza.

—Yo podría hacer que ellos lo alcancen.

Podría, con mi poder, guiarlos hasta aquí.

Pero se nos prohíbe interferir en los asuntos del corazón.

Es la primera regla, la más antigua, la que ningún dios puede romper.

Feral la miró, confundido.

—¿Cómo es que ustedes, los dioses, teniendo tanto poder, no pueden hacer lo que quieran?

¿De qué sirve ser todopoderoso si no puedes usar ese poder para lo que importa?

Retza esbozó una sonrisa triste.

—Es una larga historia.

Por el momento, no es necesario que lo sepas.

—Se secó la lágrima con un gesto elegante y recuperó su compostura—.

Mejor seguimos con tu entrenamiento.

Señaló el entorno luminoso.

—En esta dimensión podrás ver el pasado que te es oculto.

La luz todo lo revela, Feral.

Todo.

Una vez que veas tu pasado y alcances la paz interior, tu entrenamiento estará casi completo.

Feral tragó saliva.

Había algo en sus palabras que le helaba la sangre, pero también lo atraía como una llama atrae a una polilla.

—¿Estás listo?

Asintió.

—Comencemos.

Necesito que te relajes.

Concéntrate en tu séptimo sentido y déjate llevar.

Feral cerró los ojos.

Respiró hondo.

Dejó que la energía fluyera en su interior, que su percepción se expandiera más allá de lo físico, más allá de lo instintivo, hasta alcanzar esa frecuencia especial donde todo era posible.

La luz de la dimensión comenzó a envolverlo.

No era una luz externa: era una luz que penetraba en su ser, que iluminaba cada rincón de su alma.

Y entonces, su mente se nubló.

— Abrió los ojos en una habitación.

Era pequeña, acogedora.

Las paredes eran de piedra blanca, y por una ventana entraba la luz del sol.

Había una cuna en un rincón, aún vacía, y una mecedora de madera junto a ella.

Caminó hacia la puerta.

La abrió.

Y la vio.

Una mujer de piel blanca como la leche, cabello rubio que caía en ondas sobre sus hombros, ojos color miel que brillaban con una luz propia.

Era exuberantemente hermosa, de una belleza que no necesitaba adornos.

Vestía una bata de seda blanca, y bajo ella, su vientre estaba redondo y pleno.

Estaba embarazada.

La mujer cantaba.

Una canción de cuna, suave y dulce, mientras acariciaba su vientre con una mano.

La melodía era simple, pero llegó a Feral como un puñetazo en el alma.

La conocía.

La había escuchado antes, en algún lugar, en algún sueño olvidado.

—Tú serás grande entre los grandes —susurró ella al vientre—.

Vencerás al mal de estas tierras, y la gente clamará tu nombre.

Gritarán con honor y gloria el nombre de…

Hizo una pausa.

Sonrió.

—…Feral.

El mundo se detuvo.

Feral sintió que el corazón le estallaba en el pecho.

Esa mujer…

esa mujer era su madre.

La mujer que lo había llevado en su vientre, que le había cantado canciones de cuna, que había soñado un futuro para él.

Quiso correr hacia ella.

Quiso abrazarla.

Quiso…

Pero la visión se rompió.

— Feral despertó en la dimensión de la luz con un grito.

No era un grito humano: era un rugido, un alarido bestial que sacudió el suelo de cristal.

—¿Qué fue eso?

—jadeó, y su voz era a la vez humana y animal—.

¿Ella era…

era mi madre?

Las lágrimas rodaban por su hocico.

Lágrimas calientes, saladas, que nunca había derramado.

—Era muy hermosa…

Retza se acercó lentamente.

No mostró miedo ante la bestia.

Extendió los brazos y lo abrazó, enterrando su rostro divino en el pelaje negro.

—Vamos —susurró—.

Concéntrate de nuevo.

Tienes que ver más.

Feral luchó contra su propia naturaleza.

Poco a poco, la bestia se retiró, y el hombre lobo volvió a ser lo que era.

Respiró hondo, se secó las lágrimas con el dorso de la mano, y asintió.

Cerró los ojos.

La luz lo envolvió de nuevo.

— La segunda visión lo llevó a un lugar de fuego y muerte.

Una ciudad en llamas.

Edificios derrumbándose, cuerpos en las calles, el olor a sangre y humo impregnando el aire.

Dos ejércitos se enfrentaban en una batalla campal, y aunque Feral no reconocía los uniformes, sabía instintivamente quiénes eran: los Aliados y los Terrores.

Pero su atención no estaba en la batalla.

Estaba en ella.

Su madre, Venecia, comandaba las tropas desde una colina.

Llevaba una armadura metálica que protegía su vientre, y en sus manos sostenía una espada que parecía hecha de luz.

A su alrededor, un grupo de guardaespaldas la protegía de cualquier ataque.

—El enemigo gana terreno —dijo uno de ellos—.

Mi general, deberíamos retirarnos.

—No —respondió ella, y su voz era firme como el acero—.

Es momento de que yo entre en acción.

Un guardaespaldas se interpuso en su camino.

—¡No, mi general!

¡Usted está en estado!

Si lucha ahora, será peligroso para el bebé.

Venecia lo miró con desprecio.

Pero no era un desprecio cruel: era la mirada de alguien que sabe lo que lleva dentro.

—Patrañas —dijo—.

Mi bebé me infunde poder.

Siento que corre por mis venas una energía que no es mía.

Algo me dice que ese poder proviene de mi hijo.

—Sonrió, y había orgullo en esa sonrisa—.

Tal parece que a él le van a gustar las peleas tanto como a mí.

El suelo tembló.

Una figura se abrió paso entre las filas enemigas, matando soldados a diestra y siniestra.

Volaba sobre los cuerpos, esquivaba ataques, respondía con descargas de energía que pulverizaban a quien se interpusiera.

Konrrac.

Los guardaespaldas de Venecia intentaron detenerlo.

Cayeron uno tras otro, sus cuerpos desmembrados esparciéndose por el suelo.

Konrrac aterrizó frente a ella, con una sonrisa de triunfo en el rostro.

—Pero mira nada más a quién tenemos aquí —dijo, y su voz era un veneno dulce—.

A la gran general Venecia.

La fiera de la guerra.

Ella no retrocedió.

Ni siquiera pestañeó.

—Así que has venido, lagartija despreciable.

Mi padre y mi hermano creen que estás en el valle de Sodoma.

Konrrac rió.

Una risa que helaba la sangre.

—Fue una jugada astuta, ¿verdad?

Era obvio que, después de destruir las ciudadelas de Arcángel, Tirinto, Magnolia y Thanis, mi siguiente movimiento sería la ciudadela de ciencias o el valle de Sodoma.

Pero la ciudadela de ciencias queda más adentro en su territorio.

El valle de Sodoma era la primera opción.

—Su sonrisa se ensanchó—.

No contaron con que yo rodearía su territorio y atacaría su principal base de operaciones.

Esta ciudadela de las ciencias.* —Mi padre y mi hermano ya vienen en camino —respondió Venecia, y su voz no tembló.

—Sí.

Pero para cuando lleguen, esta ciudadela será mía.

—Hizo una pausa—.

Y tú estarás muerta.

Ella sonrió.

—No cantes victoria todavía.

Dejó caer su pesada armadura.

El metal golpeó el suelo con un sonido sordo, y ella quedó vestida solo con una túnica ligera que dejaba ver su vientre abultado.

Konrrac abrió la boca para decir algo, probablemente un comentario burlón sobre su estado.

No pudo.

Porque Venecia se transformó.

Su cuerpo creció, se expandió, se cubrió de un pelaje blanco como la nieve.

Sus manos se convirtieron en garras enormes, sus dientes en colmillos de sable.

Cuando el proceso terminó, ante Konrrac se erguía una bestia de tres metros de altura: un oso blanco, gigantesco, con dientes que parecían cuchillos y ojos que ardían con la furia de una madre protectora.

Su rugido sacudió la ciudadela.

Las llamas titilaron.

Los soldados de ambos bandos se detuvieron un instante, sobrecogidos por el poder que emanaba de ella.

Y entonces atacó.

El primer golpe alcanzó a Konrrac en el pecho.

Salió disparado como una bala, atravesó tres edificios y se estrelló contra una muralla lejana.

Pero se levantó casi de inmediato, y la batalla comenzó de verdad.

Feral observaba todo con los ojos muy abiertos.

Su madre…

su madre era increíble.

Cada movimiento era perfecto, cada ataque calculado.

Konrrac lanzaba descargas de energía, pero ella las absorbía como si nada.

Konrrac intentaba volar para ganar ventaja, pero ella saltaba y lo atrapaba en el aire.

Konrrac usaba todos sus poderes, todos sus trucos, toda su maldad.

Y ella seguía ganando.

—¡Muere, lagartija!

—rugió Venecia, y sus garras destrozaron el pecho de Konrrac.

El líder de los Terrores cayó al suelo, gravemente herido.

Su pecho estaba abierto, sus alas rotas, la mitad de su cara hecha trizas.

Sangre negra brotaba de sus heridas mientras intentaba regenerarse.

Venecia se abalanzó para dar el golpe final.

Y entonces, ocurrió.

Un dolor la atravesó.

Un dolor tan intenso, tan súbito, que su transformación se deshizo como un castillo de naipes.

Cayó al suelo, humana otra vez, mientras su vientre se estremecía violentamente.

—No…

—susurró—.

Ahora no…

Konrrac, desde el suelo, la observó con sus ojos regenerándose.

Vio cómo ella forcejeaba con su propio cuerpo, cómo el dolor la doblegaba, cómo empujaba y gemía entre lágrimas.

Y entonces, entre sangre y gritos, llegó él.

Un pequeño cachorro.

Cubierto de un pelaje negro azabache, empapado en sangre, pero vivo.

Minúsculo.

Frágil.

Feral.

Venecia extendió una mano temblorosa hacia él.

Pero Konrrac se movió más rápido.

A pesar de sus heridas, a pesar del dolor, se levantó y caminó hacia el recién nacido.

Por un momento, Feral —el Feral que observaba la visión— pensó que lo mataría.

Vio la mano de Konrrac acercarse al pequeño cuerpo, vio la intención asesina en sus ojos.

Pero algo lo detuvo.

Konrrac miró al cachorro.

Y en ese instante, en lo más profundo de su ser corrupto, algo se movió.

Un recuerdo, quizás.

Un eco de la humanidad que había perdido.

O tal vez solo la visión de un futuro donde ese pequeño ser podría ser útil.

Cargó al cachorro en sus brazos.

—¡Dame a mi hijo!

—gritó Venecia desde el suelo, su voz desgarrada por el dolor y la desesperación.

Konrrac la miró.

El cachorro lloraba en sus brazos.

—¿Cómo lo llamarás?

—preguntó, y había algo extraño en su voz.

Algo que casi parecía curiosidad.

—¡Él se llama Feral!

—respondió ella, y era un grito y una súplica al mismo tiempo.

Konrrac asintió, como si confirmara algo.

—Tu muerte es inevitable —dijo—.

No podrás criarlo.

Así que yo me lo quedaré.

Y rió.

Una risa que heló la sangre de Feral, que lo hizo apretar los puños, que despertó en él una furia que nunca había conocido.

Venecia, al borde de la muerte, juntó sus últimas fuerzas.

—¡No te lo llevarás!

—gritó—.

¡Yo soy su madre!

¡Él es mi hijo!

Konrrac la miró con desprecio.

—Él ni siquiera sabrá tu nombre.

Extendió una mano.

Una descarga de energía brotó de ella.

Y Venecia murió.

— La visión se rompió como un espejo.

Feral despertó en la dimensión de la luz con un rugido que no era de dolor, sino de furia.

Una furia tan pura, tan absoluta, que la luz a su alrededor parpadeó.

—¡KONRRAC!

—aulló su nombre como una maldición—.

¡LO MATARÉ!

¡LO HARÉ PAGAR!

¡ME ARREBATÓ A MI MADRE!

¡ME ROBÓ MI VIDA!

¡MI NOMBRE!

¡LO ÚNICO QUE TENÍA DE ELLA!

Sus ojos eran rojos, inyectados en sangre.

Su cuerpo temblaba.

La bestia pugnaba por salir, por liberarse, por correr hacia algún lugar y destrozar todo lo que encontrara.

Retza se acercó.

No huyó.

No se escondió.

Lo abrazó con fuerza, apretando su rostro contra el pecho de Feral, sintiendo los latidos desbocados de su corazón.

—Lo sé —susurró—.

Lo sé.

Pero no ahora.

No así.

Feral quería liberarse.

Quería correr.

Quería matar.

Pero el abrazo de Retza era como un ancla.

Cálido.

Firme.

Imposible de romper.

Poco a poco, la furia se fue aplacando.

Los ojos rojos volvieron a su amarillo habitual.

El temblor cesó.

Y Feral lloró.

Lloró como no había llorado nunca.

Por su madre, a la que acababa de conocer y perder en el mismo instante.

Por su nombre, el único regalo que ella pudo darle.

Por la vida que le robaron.

Por todo.

Retza lo sostuvo en silencio, dejando que las lágrimas corrieran.

Cuando finalmente se calmó, ella creó un agujero negro.

Su resplandor rosado parecía más suave ahora, más cálido.

—Ven —dijo—.

Vamos a otro lugar.

Feral asintió.

La siguió.

Y la luz de la dimensión quedó atrás, llevándose consigo sus secretos, sus revelaciones, y el nombre de una madre que murió para que él viviera.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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