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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 35

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  3. Capítulo 35 - 35 El Perdón Y La Luz
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35: El Perdón Y La Luz 35: El Perdón Y La Luz Esta vez, el viaje a través del agujero negro fue diferente.

El dolor seguía presente, pero Feral lo soportó con una entereza que antes no tenía.

Como si las visiones de su pasado hubieran templado algo en su interior.

Cuando la distorsión cesó, se encontró flotando en un lugar que desafiaba toda lógica.

No había suelo.

No había cielo.

Solo una luz verde clara que lo envolvía todo, suave pero omnipresente.

Y en esa inmensidad, se alzaban tornados gigantescos, formados por un número infinito de esferas luminosas del mismo color verdoso.

Giraban lentamente, majestuosamente, como ríos de almas en movimiento perpetuo.

Algunas esferas vagaban solitarias, errantes.

Otras se agrupaban en corrientes que fluían hacia dos esferas enormes que dominaban el horizonte: una blanca y resplandeciente, otra negra como la noche.

Y más allá, tres esferas de menor tamaño: marrón, de un gris positivo y otro gris negativo.

Feral, con los ojos aún húmedos por las lágrimas de su visión anterior, preguntó: —¿Adónde me has traído ahora?

¿Y por qué me sacaste de la dimensión donde estábamos?

Retza lo miró con una ternura infinita.

Con la punta de sus dedos, secó una lágrima que aún rodaba por su mejilla.

—Tu dolor es muy grande.

Y es entendible.

Acabas de ser testigo de lo que ocurrió el día en que perdiste a tu madre.

—Hizo una pausa—.

Pero para que puedas alcanzar la paz interior, tienes que entender algo fundamental: lo que pasó ya no lo puedes cambiar.

El pasado es inmutable, Feral.

Está escrito en la fibra misma del universo.

Sin embargo…

Su voz se hizo más firme.

—Lo que sí puedes cambiar es tu futuro.

Forjándolo en tu presente.

Entendiendo quién eres y qué es lo que quieres.

Por eso te traje aquí.

Feral observó los tornados de almas, los portales lejanos.

—¿Qué es este lugar?

—El purgatorio —respondió Retza—.

El lugar donde todas las almas llegan después de la muerte.

Feral abrió los ojos con asombro.

—¿Todas?

—El cincuenta por ciento de las almas que han existido, existen y existirán en el universo están aquí ahora mismo.

—Retza señaló los tornados—.

Cuando alguien muere, su alma viaja a este lugar para ser juzgada.

No por un dios, no por un tribunal.

Se juzga a sí misma.

El peso de sus acciones, la balanza de su corazón, determina su destino.

Señaló la esfera blanca y resplandeciente.

—Si su vida fue recta, si murieron en paz, si dejaron el plano físico sin rencor ni resentimiento…

entonces sus almas atraviesan ese portal.

La dimensión de la luz.

El descanso eterno.

Luego, la esfera negra.

—Si murieron con rencor y resentimiento, si fueron malos y causaron sufrimiento…

entonces van a ese portal.

La dimensión de las sombras.

Donde el dolor que infligieron se vuelve su carcelero.

Después, la esfera marrón.

—Si su avaricia y sed de poder fueron desmedidas…

el limbo.

Donde el hambre de energía los consume por toda la eternidad.

Finalmente, señaló las dos esferas grises, una más clara que la otra.

—Y si dejaron el plano físico con incertidumbre en sus corazones, si no sintieron que cumplieron su propósito, si dejaron asuntos pendientes…

entonces pueden ir a la dimensión positiva o negativa, para reencarnar.

O pueden quedarse aquí.

Perdidos.

Vagando para siempre.

Feral observó las almas errantes, las que no se dirigían a ningún portal, y sintió una profunda tristeza por ellas.

—Es hermoso —murmuró—.

Y terrible al mismo tiempo.

—Así es la muerte —dijo Retza—.

Hermosa y terrible.

Como la vida.

Feral la miró.

—¿Y qué tiene que ver todo esto conmigo?

Retza sonrió.

Una sonrisa que era a la vez misteriosa y cálida.

—Hay alguien que quiero que veas.

Tomó su mano y lo guió a través del mar de almas.

Las esferas luminosas se apartaban a su paso, como si reconocieran a la diosa.

Finalmente, se detuvieron ante una esfera que vagaba sola, cerca de la corriente que fluía hacia el portal blanco.

Retza extendió la mano y tocó la esfera.

La luz verdera se transformó, tomando forma.

Primero un contorno, luego rasgos, luego color.

Y ante ellos apareció una mujer.

Piel blanca.

Cabello rubio.

Ojos color miel.

Era ella.

Feral sintió que el corazón se le detenía.

Quiso correr hacia ella, quiso abrazarla, quiso gritar su nombre.

Pero cuando extendió los brazos, sus manos atravesaron el cuerpo de su madre como si fuera humo.

Ella lo miró.

Y en sus ojos, Feral vio el momento exacto en que lo reconoció.

—¿…Feral?

—susurró, y su voz era exactamente como en la canción de cuna—.

¿Eres tú?

¿Eres mi hijo?

Las lágrimas brotaron de los ojos de Feral.

—Mamá…

Ella lloró también, aunque sus lágrimas eran luz que se deshacía en el aire.

—¡Mi niño!

¡Mi pequeño!

—extendió las manos, pero también a ella se le escapaba el contacto—.

¡No puedo tocarte!

Retza levantó una mano.

Un resplandor rosado envolvió a ambos.

—Ahora pueden —dijo.

Feral sintió que el cuerpo de su madre se volvía sólido bajo sus brazos.

La abrazó con todas sus fuerzas, como si temiera que fuera a desaparecer de nuevo.

Ella lo abrazó igual, acunando su cabeza contra su pecho, como cuando él estaba en su vientre.

—Mírate —sollozó ella, separándolo para observarlo—.

Mírate, eres toda una bestia.

Una bestia hermosa.

Mi bestia.

—Mamá…

—Feral lloría sin vergüenza, sin control—.

Perdóname.

Perdóname por dejarme usar por Konrrac.

Yo no sabía…

yo no sabía que él te había…

—Shhh —ella colocó un dedo sobre sus labios—.

No, hijo.

No te disculpes.

Tú eras un bebé.

Un recién nacido.

No tenías culpa de nada.

—Sus ojos se llenaron de dolor—.

Perdóname tú a mí.

Yo dejé que ese monstruo se quedara contigo.

Debí luchar más.

Debí…

—Luchaste —la interrumpió Feral—.

Te vi.

Vi cómo peleaste.

Estabas ganando.

Ella sonrió, orgullosa.

—Claro que sí.

Nadie le gana a una madre que protege a su cría.

Ambos rieron entre lágrimas.

Luego, ella se volvió hacia Retza, que observaba la escena con una sonrisa emocionada.

—Tú debes ser la diosa que lo ha estado ayudando.

Retza asintió.

—Me llamo Retza.

Soy la diosa del amor.

La madre de Feral la observó con atención.

Vio cómo Retza miraba a su hijo, vio algo en sus ojos que solo una madre podía reconocer.

—Ya veo —dijo, con una sonrisa cómplice—.

Ya veo.

Luego volvió a Feral.

—Hijo, tengo que decirte algo.

Algo importante.

Feral la miró, atento.

—Konrrac, antes de tener poder, antes de convertirse en el monstruo que es hoy…

tuvo un hijo.

Su nombre era Salazar.

Feral sintió un escalofrío.

—¿Salazar?

¿El fundador de los ALIADOS?

—El mismo.

—Ella asintió—.

Salazar creó la organización para detener a su padre.

Para redimir la sangre de su familia.

Cuando él murió, su hijo lo reemplazó.

Y así sucesivamente, generación tras generación.

Hizo una pausa.

Sus ojos se clavaron en los de Feral.

—Konrrac es tu ancestro, hijo.

La sangre que corre por tus venas es la misma que corre por las suyas.

Por eso solo tú puedes limpiar el pecado que él ha causado.

Solo tú puedes vencerlo.

Feral sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Pero esta vez no cayó.

Esta vez se mantuvo firme.

—Lo haré —dijo, y su voz no tembló—.

Lo venceré, madre.

Vengaré tu muerte.

Ella sonrió, orgullosa.

—Ese es mi niño.

Feral recordó algo.

Se volvió hacia Retza y la tomó de la mano, guiándola hacia su madre.

—Mamá, quiero presentarte a alguien.

Ella es Retza.

Ella ha hecho todo esto posible.

Me enseñó a usar mi poder.

Me mostró la verdad.

Me trajo hasta ti.

La madre de Feral observó a Retza con una mezcla de gratitud y curiosidad.

—Gracias —dijo—.

Gracias por cuidar de mi hijo.

—No tiene que agradecerme —respondió Retza con humildad—.

Él es importante para mí.

La madre arqueó una ceja.

Miró a Retza, luego a Feral, luego a Retza otra vez.

Y en sus ojos brilló esa chispa que solo las madres tienen.

—¿Ella es tu novia?

—preguntó, directa.

Feral se quedó sin habla.

—¡No, señora!

—se apresuró a decir Retza, pero sus mejillas se habían teñido de un sonrosado que no pasó desapercibido—.

Yo soy una diosa.

No…

no es apropiado…

—Ajá —la madre sonrió con picardía—.

¿Y por qué la ayudas?

¿Por qué una diosa se tomaría tantas molestias por un mortal?

Retza miró a Feral.

Y en sus ojos, por un instante, se vio algo que iba más allá de la obligación divina.

Algo cálido.

Algo profundo.

—Es importante para mí —repitió, y esta vez sonó diferente.

La madre asintió, satisfecha.

—Entonces tienen mi bendición.

Feral abrió la boca para protestar, pero ella lo interrumpió.

—Ya puedo descansar en paz —dijo, y su voz se volvió más suave, más etérea—.

Dejo a mi hijo en buenas manos.

—Mamá, no…

—Feral quiso retenerla, pero sabía que no podía.

—Te quiero, hijo.

Siempre te he querido.

Desde antes de que nacieras, ya te quería.

—Le acarició la mejilla—.

Vuela alto.

Vive.

Ama.

Y cuando todo termine…

nos veremos de nuevo.

Su forma comenzó a deshacerse, a volverse luz.

La esfera que era su alma se separó de su cuerpo, y flotó suavemente hacia la corriente que fluía hacia el portal blanco.

Feral la vio alejarse.

Quiso gritar, quiso correr tras ella.

Pero no lo hizo.

Porque sabía, en lo más profundo de su ser, que su madre por fin estaba en paz.

La esfera blanca la engulló.

Y desapareció.

Feral se quedó mirando el portal durante mucho tiempo.

Retza no dijo nada.

Solo tomó su mano y la sostuvo.

El viaje de regreso fue silencioso.

Cuando la distorsión cesó, Feral se encontró de nuevo en la Montaña Solitaria.

La misma habitación donde había despertado después de la batalla contra Vikthor.

La misma cama.

La misma ventana con vista a la luna.

Pero todo era diferente.

Retza lo observaba desde la puerta, esperando.

Feral caminó hacia la ventana.

Miró la luna, esa luna que durante años había sido su única compañía, su única confidente.

Y por primera vez, no sintió soledad.

—Toda mi vida —dijo, y su voz era un susurro—, los demás me veían como un monstruo.

Como un asesino.

Yo mismo me veía así.

Creía que era solo una bestia, un animal sin razón, sin alma.

Hizo una pausa.

Recordó los momentos de su entrenamiento, los recuerdos traumáticos que habían emergido como una tormenta.

—En medio de todo, los recuerdos me golpearon con una fuerza que no esperaba.

Cosas que había intentado enterrar en lo más profundo de mi ser.

Pero ahora…

ahora todo tiene sentido.

Se volvió hacia Retza.

Sus ojos ya no eran amarillos.

Eran de un blanco puro, luminoso, como la luz de la dimensión.

—No soy solo una bestia.

Soy una víctima de mi propio pasado, de mis propios errores.

Pero eso no significa que no pueda cambiar.

—Caminó hacia ella—.

Me has mostrado que el perdón y el amor son posibles.

Incluso para alguien como yo.

Retza sintió que su corazón divino daba un vuelco.

—No importa lo que haya hecho —continuó Feral—.

No importa cuán oscuro sea mi pasado.

Puedo encontrar la redención.

Puedo ser alguien que merece una segunda oportunidad.

Alguien que puede ser amado.

Y perdonado.

Salió al exterior.

La noche lo envolvía, pero él brillaba con una luz propia.

Alzó sus manos, y por un instante, las garras negras que siempre lo habían definido comenzaron a transformarse.

La energía blanca brotó de sus dedos.

Pura.

Limpia.

Nueva.

—¡GARRAS BLANCAS!

—gritó, y lanzó su ataque.

El rayo de energía blanca surcó el cielo como un relámpago divino.

Iluminó la noche entera, disipando las sombras, bañando la montaña en una luz cegadora.

El estruendo sacudió los cimientos de la Montaña Solitaria, y por un instante, todo el firmamento pareció responder.

Cuando la luz se desvaneció, Feral cayó de rodillas.

Su cuerpo…

estaba cambiando.

El pelaje se retrajo.

El hocico se acortó.

La postura se enderezó.

Cuando el proceso terminó, ante Retza no había una bestia.

Había un hombre.

Piel oscura como la noche.

Cabello azabache, abundante y despeinado, que caía como una melena sobre sus hombros.

Ojos oscuros, profundos, que aún conservaban el brillo blanco de su transformación.

Un metro noventa de altura, cuerpo musculoso y esbelto, proporcionado como una escultura griega.

Feral miró sus manos.

Manos humanas.

Dedos.

Uñas, no garras.

Se tocó el rostro, sintió la piel suave, los labios, la nariz.

—¿Qué…

qué pasó?

—preguntó, y su voz era más grave, más humana, pero aún reconocible.

Retza se acercó, con una sonrisa radiante.

—Espléndido.

Lograste alcanzar la paz en tu interior.

Y eso te ha permitido alcanzar tu forma humana.

—¿Mi forma humana?

—Feral negó con la cabeza, confundido—.

¡No entiendo nada!

Retza rió, suave.

—Tu madre podía convertirse en bestia solo cuando peleaba.

¿Lo recuerdas?

En la visión, se transformó para enfrentar a Konrrac.

Tú heredaste esa misma habilidad.

Pero toda tu vida…

—su expresión se suavizó— toda tu vida te hicieron creer que eras una bestia.

Que esa era tu única forma.

Tu única naturaleza.

Feral la miró, comprendiendo.

—Hoy has derribado esa creencia.

Has aceptado tu pasado, has perdonado, has encontrado la paz.

Y al hacerlo, has liberado tu verdadera forma.

—Retza extendió una mano y tocó su mejilla—.

Tu entrenamiento ha terminado, Feral.

Estás listo.

Feral se quedó en silencio, procesando.

Luego, lentamente, comenzó a tocarse.

Los brazos.

El pecho.

Las piernas.

Como un niño que descubre su propio cuerpo por primera vez.

Retza no pudo evitar reírse ante su curiosidad.

—Bueno —dijo, divertida—, yo no te veo nada mal.

Feral la miró, y por primera vez, pudo sonreír sin que sus colmillos se lo impidieran.

Una sonrisa humana.

Sincera.

Hermosa.

—Me siento extraño —admitió.

—Ya te acostumbrarás.

—Retza le guiñó un ojo—.

Ven, vámonos.

Tienes que comer.

Y tenemos mucho que planear.

Feral asintió.

Miró una última vez la montaña, la luna, el cielo nocturno.

Luego siguió a Retza.

Algo en él había cambiado para siempre.

Y el mundo, sin saberlo, estaba a punto de cambiar también.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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