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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 36

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  3. Capítulo 36 - 36 La Última Batalla parte 1
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36: La Última Batalla parte 1 36: La Última Batalla parte 1 En la ciudadela central del sector Omega, el aire olía a metal y determinación.

Quinientos kilómetros cuadrados de ciudad fortificada bullían con la actividad frenética de quienes se preparan para lo que podría ser su último día.

La gran muralla se alzaba imponente: cien metros de altura reforzados con siglos de ingeniería de guerra.

Su defensa electromagnética crepitaba como un escudo invisible, un zumbido constante que recordaba a todos que, por ahora, estaban a salvo.

En su base, los grandes cañones apuntaban al horizonte como centinelas dormidos.

Gliel, recientemente promovido a subcomandante, dirigía a su escuadrón en la colocación de minas alrededor del perímetro.

Cada dispositivo enterrado era una promesa de muerte para el enemigo.

—Más profundo —indicaba a un soldado—.

Tienen que detonar cuando estén sobre ellas, no antes.

En las murallas, Mark supervisaba el batallón de defensa.

Sus hombres manejaban los cañones con la precisión de quien ha practicado este momento mil veces.

Verificaban ángulos, calculaban distancias, comprobaban munición.

—Quiero que cuando den la orden —dijo Mark, con voz grave—, el cielo se cubra de fuego.

Más adentro, Perla —ahora general interina— organizaba su escuadrón de largo alcance.

A su lado estaban Toto, con su cabello letal, y Loombar, el padre de Marcus, cuyo rostro impasible no delataba emoción alguna.

Detrás de ellos, decenas de soldados cuyos poderes podían alcanzar al enemigo antes de que este llegara a las murallas.

—Esperaremos la señal —explicaba Perla—.

Cuando los de corto alcance abran brecha, nosotros cubriremos sus flancos.

Nadie dispara hasta que yo lo ordene.

¿Entendido?

—¡Sí, general!

—respondieron al unísono.

Trass comandaba el batallón de mediano alcance, hombres y mujeres entrenados para moverse entre la primera línea y la retaguardia, para tapar huecos, para ser el pegamento que mantuviera unida la defensa.

Lissa, por su parte, lideraba el batallón de corto alcance.

Con ella estaban Mila, la capitana de Alfa que había matado a Melchor; Román, el ninja que había ejecutado a Wiber; Zafira, la tigra humanoide que puso fin a Teresa; y la comandante Estella, la joven de Omega que había reflejado el ataque final de Konrrac.

Todos ellos, los guerreros más letales de los Aliados, listos para el combate cuerpo a cuerpo.

En el cuartel central, Darius y Pircer asistían a Leo en la organización de los civiles.

Bajo el mando de la capitana Dulce, la población no combatiente era conducida a los búnkeres subterráneos.

Familias enteras, niños, ancianos, heridos.

Todos miraban hacia atrás, hacia los soldados, con una mezcla de miedo y esperanza.

Lirian, la prometida de Vikthor, estaba a cargo de los sanadores y auxiliares.

Preparaba vendas, brebajes, quirófanos improvisados.

Sabía que en las próximas horas, su trabajo sería tan importante como el de los guerreros.

—Preparen todo —decía a sus ayudantes—.

Vamos a necesitarlo.

Vikthor no estaba con ella.

Aún se recuperaba en el hospital, su cuerpo destrozado por la batalla contra Feral.

Pero en sus ojos, cuando miraba hacia la ventana, había una determinación que ningún hueso roto podía quebrar.

— Las pantallas se encendieron en toda la ciudadela.

Los altavoces cobraron vida.

Y la imagen del general en jefe Leo apareció ante todos: soldados en las murallas, civiles en los búnkeres, sanadores en sus puestos.

Su voz, firme y clara, resonó en cada rincón.

—¡Buenas tardes a todos!

El silencio se hizo absoluto.

—Hoy estamos aquí dispuestos a darlo todo por nuestra supervivencia.

Hoy luchamos contra la tiranía, la opresión, el odio y la avaricia.

Contra un enemigo que no conoce piedad, que no entiende de perdón, que solo busca nuestra extinción.

Hizo una pausa.

Miró directamente a la cámara, y por un instante, cada persona que lo observaba sintió que les hablaba personalmente.

—¡Pero escúchenme bien!

¡Hoy no hay un hombre o una mujer solos!

¡Hoy somos un solo puño, un solo corazón, una sola voluntad!

¡Hoy entramos a la última gran batalla que nuestros ancestros han peleado por más de trescientos años!

En las murallas, los soldados apretaron sus armas.

En los búnkeres, los civiles se abrazaron.

En los puestos de sanidad, Lirian contuvo el aliento.

—Y le diremos a nuestro enemigo —la voz de Leo se elevó, poderosa—, le diremos que si quiere llevarse nuestras vidas, ¡tendrá que pasar por un infierno para lograrlo!

El grito que surgió de cada garganta fue uno solo.

Un estruendo que sacudió la ciudadela, que se elevó al cielo, que llegó hasta el horizonte donde el ejército enemigo comenzaba a formarse.

Fue el rugido de un pueblo que prefería morir de pie a vivir de rodillas.

— —¡El enemigo!

El grito del vigía en la muralla cortó el aire como un cuchillo.

Todos se movieron a sus posiciones.

Los cañones se ajustaron.

Los batallones se desplegaron.

En el lado sur, Mark fue el primero en verlo.

El ejército de Konrrac se extendía de horizonte a horizonte.

Una marea de criaturas de terracota que avanzaba en formación perfecta, sin prisas pero sin pausa, como un alud que todo lo aplasta a su paso.

El sol, como si no quisiera ser testigo de la masacre, comenzó a ocultarse tras las nubes.

Konrrac volaba a la cabeza, con Kawaiine en su forma bestial a su lado.

Sus ojos brillaban con la certeza de la victoria.

—Por fin —murmuró—.

La victoria está cerca.

Detrás de él, los soldados de terracota aceleraron el paso.

Sus pies golpeaban la tierra al unísono, creando un trueno constante que se escuchaba a kilómetros.

La estela de polvo que levantaban era como un manto oscuro cubriendo el cielo.

—¡Ya están a distancia de tiro!

—gritó un soldado a Mark.

Mark inspiró hondo.

Luego, con toda la fuerza de sus pulmones: —¡ATAQUEN!

Los cañones escupieron fuego.

Los proyectiles de energía electromagnética surcaron el cielo en una lluvia mortal.

Cientos, miles, decenas de miles de disparos que cubrieron el firmamento como una tormenta invertida.

El estruendo fue tan brutal que muchos soldados en las murallas tuvieron que taparse los oídos.

Los proyectiles impactaron contra el ejército de terracota.

Las explosiones iluminaron el campo de batalla.

Ondas expansivas sacudieron la tierra.

Brazos de tierra, cabezas deformes, torsos quebradizos volaron por los aires.

Cientos de miles de soldados de terracota fueron destrozados en los primeros segundos.

Pero el ejército siguió avanzando.

Los artilleros no cesaban.

Disparaban una y otra vez, con la precisión mecánica de quienes saben que cada segundo cuenta.

Los soldados de terracota caían por cientos de miles, pero los que quedaban pisoteaban los restos de sus compañeros y continuaban.

Mark cargó energía en sus manos.

Una esfera luminosa creció entre sus palmas, alimentada por su furia, por su determinación.

Cuando la consideró suficientemente grande, la arrojó como un rayo láser que barrió el frente enemigo.

El haz de energía calcinó todo a su paso.

Millones de soldados de terracota se desintegraron.

El olor a tierra quemada llenó el aire.

Pero el avance no se detuvo.

—¡Siguen viniendo!

—gritó alguien.

Los que lograron esquivar el ataque de Mark continuaron su carrera.

Algunos cayeron en las minas colocadas por Gliel, sus cuerpos estallando en pedazos.

Otros siguieron adelante, saltando sobre los cráteres, trepando sobre los escombros.

—¡Se acercan a la muralla!

—alertó un soldado.

El primer soldado de terracota tocó la muralla.

El campo electromagnético lo repelió, lanzándolo hacia atrás con violencia.

Pero inmediatamente, otro ocupó su lugar.

Y otro.

Y otro.

Comenzaron a formar torres humanas.

Soldados trepando sobre soldados, creando estructuras vivientes para alcanzar la cima de la muralla.

Su número era tan inmenso que las torres crecían a una velocidad aterradora.

Mark vio que el tiempo se agotaba.

Concentró todo su poder, toda su energía, en un solo punto.

Un enorme orbe luminoso se formó sobre su cabeza, creciendo y creciendo hasta alcanzar el tamaño de un edificio.

—¡TOMA ESTO!

—gritó, y lo arrojó.

El orbe cayó sobre la masa de soldados de terracota como un sol diminuto.

La explosión que siguió fue apocalíptica.

Una luz cegadora.

Un estruendo ensordecedor.

Una onda expansiva que derribó a los propios soldados en la muralla.

Cuando el polvo se disipó, un cráter inmenso humeaba en el campo de batalla.

Una cuarta parte del ejército de terracota había sido desintegrada.

Pero Konrrac no había terminado.

Con los ojos ardiendo en ira, levantó su brazo derecho.

Un pequeño orbe de energía roja se formó en su palma.

Pequeño, sí.

Pero denso.

Terrible.

Cargado con la furia de mil años de odio.

Lo disparó.

El rayo láser atravesó el campo de batalla en un instante.

Impactó directamente en la sección de la muralla donde estaba Mark.

La explosión fue tan violenta que el campo electromagnético colapsó al instante.

La muralla, esa mole de cien metros de altura, se desmoronó como un castillo de naipes.

—¡LA MURALLA HA CAÍDO!

—gritó un soldado, pero su voz se perdió entre el estruendo de los escombros.

Toneladas de roca cayeron sobre la ciudad.

Cañones destrozados.

Cuerpos mutilados.

Polvo y muerte.

Lissa, desde su posición, vio el impacto.

Vio dónde había caído.

Y su corazón se heló.

—¡MARK!

—gritó, pero no hubo respuesta.

No había tiempo para buscarlo.

Por la abertura en la muralla, los soldados de terracota comenzaban a entrar.

— Lissa se enfrentó a sus soldados.

Vio el miedo en sus ojos, el temblor en sus manos.

Pero también vio determinación.

—¡No teman!

—gritó, y su voz fue un látigo—.

¡Recuerden que están peleando por sus familiares!

¡Por sus hijos, por sus padres, por sus seres queridos!

Los soldados se irguieron.

—¡Primer batallón!

—Lissa señaló la brecha—.

¡ATACAD!

El batallón de corto alcance se lanzó al combate.

La entrada era un embudo, un cuello de botella donde los soldados de terracota intentaban penetrar y los Aliados resistían.

El choque fue brutal.

Golpes.

Patadas.

Mordiscos.

Espadas que cortaban.

Mazos que aplastaban.

Lanzas que perforaban.

Hachas que partían.

Cuchillos que se hundían una y otra vez.

Los soldados de terracota caían por cientos de miles.

Sus cuerpos de tierra se quebraban, se deshacían, se esparcían por el suelo.

Pero siempre había más.

Siempre.

Entonces, Konrrac hizo brillar sus ojos.

Los soldados de terracota también brillaron.

Una tenue luz roja los envolvió.

Y de repente, comenzaron a copiar las habilidades de sus oponentes.

Un Aliado lanzaba una bola de fuego; al instante, una docena de soldados de terracota lanzaban bolas de fuego de vuelta.

Un capitán se volvía intangible para atravesar filas; los soldados también se volvían intangibles.

Un guerrero generaba escudos de energía; los enemigos generaban los suyos.

La lucha se inclinó.

Los batallones de corto alcance comenzaron a caer.

Lissa se vio rodeada.

Cientos de miles de soldados de terracota la acorralaban, la atacaban desde todos los ángulos.

Ella respondía con furiosos golpes, derribando decenas con cada movimiento, pero eran demasiados.

El sudor y la sangre se mezclaban en su rostro.

—¡LISSA!

Trass llegó como una exhalación.

Sus golpes, potenciados por su velocidad, derribaron a miles en segundos.

Sus rayos ópticos barrieron hileras enteras de enemigos, calcinándolos al instante.

Pero los soldados copiaron sus habilidades.

Decenas de Trass falsos se lanzaron contra él, replicando sus movimientos, sus ataques, su velocidad.

—¡Maldición!

—gruñó Trass, luchando contra sus propios reflejos.

Yodiel apareció desde las alturas.

Sus proyectiles llovieron sobre los enemigos, causando explosiones que iluminaron la noche.

Los soldados de terracota volaron por los aires, sus cuerpos destrozados esparciéndose como lluvia de tierra.

Los tres guerreros —Lissa, Trass, Yodiel— lucharon juntos.

Durante unos minutos, fueron imparables.

Una máquina de matar perfecta que sembraba la muerte a su paso.

Pero los soldados copiaron también los poderes de Yodiel.

Y entonces, los proyectiles también llovieron sobre ellos.

Toto llegó en ese momento.

Su cabello se desplegó como un mar de navajas, destrozando a todo soldado de terracota en un radio de cien metros.

Los enemigos caían partidos, rebanados, desmembrados.

Detrás de ella vinieron más: Estella, la reflectora.

Mila, la de cuerpo de diamante.

Román, el ninja vengador.

Pircer, el padrino que mató a su ahijado.

Zafiro, la tigra.

Gliel, el rescatado.

Perla, la general interina.

Loombar, el padre impasible.

Todos llegaron.

Todos pelearon.

Y la batalla se volvió un caos indescriptible.

— Mientras los mejores guerreros de los Aliados contenían al ejército principal, grupos de soldados de terracota se dispersaron por la ciudadela.

Buscaban civiles, buscaban heridos, buscaban a quien pudieran absorber.

Llegaron al puesto de sanidad.

Lirian vio cómo se acercaban.

Con manos temblorosas, ordenó a los auxiliares que retrocedieran.

Luego, usando su poder, controló el agua de los depósitos cercanos y la lanzó contra los invasores.

Los chorros a presión derribaron a los primeros soldados.

Pero más vinieron.

Y más.

Y más.

Lirian formó una barricada con escombros, con camillas, con lo que encontró.

Detrás de ella, los heridos contenían el aliento.

—No pasarán —susurró, y en sus ojos había una determinación feroz.

Los soldados destrozaron la barricada.

Y entonces, un relámpago cayó del cielo.

Vikthor apareció como un dios vengador.

Su cuerpo, aún vendado, aún roto, aún dolorido, descargó toda su furia en forma de rayos.

Los soldados de terracota se desintegraron, sus partículas esparciéndose en el viento.

Cuando el último cayó, Vikthor se desplomó.

Lirian corrió a su lado.

—¡Mi amor!

—lo sostuvo, sintiendo cómo temblaba—.

¡No te hubieras molestado!

¡Tu salud es primero!

Él la miró.

Sus ojos, cansados pero vivos, sostuvieron los de ella.

—No me importa —dijo, y su voz era un susurro—.

No pienso perder a nadie más.

Ella lo ayudó a levantarse y, con dificultad, lo condujo al refugio.

— En el cielo, Leo luchaba.

Había creado un enorme meca de energía dorada, una construcción geométrica de luz y poder que se elevaba sobre la ciudadela.

Con él, barría hileras enteras de soldados de terracota, aplastándolos, cortándolos, desintegrándolos.

Pero los soldados copiaron su habilidad.

Decenas de mecas falsos, más pequeños pero igualmente letales, se elevaron para enfrentarlo.

La batalla en el cielo fue un espectáculo de luces y explosiones.

Los mecas chocaban, se destrozaban, se reconstruían.

Leo luchaba solo contra todos, y aunque su poder era superior, el número lo abrumaba.

Logró sellar a varios, atrapándolos en cubos de energía.

Pero mientras sellaba a unos, otros lo atacaban por la espalda.

Finalmente, consiguió reagruparse con los suyos.

Solo un puñado quedaba ya.

Los mejores.

Los más fuertes.

Pero estaban rodeados por cientos de millones de soldados de terracota, un océano de tierra y odio que los envolvía por completo.

Leo miró a sus compañeros.

Vio sus rostros cansados, sus cuerpos heridos, pero también vio en sus ojos la misma determinación que él sentía.

—Este no es el final —dijo, y su voz fue serena, tranquila—.

Nos veremos cuando todo esto termine.

Los soldados de terracota se lanzaron al ataque.

Y la batalla continuó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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