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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 37

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37: La última batalla parte 2 37: La última batalla parte 2 Leo se lanzó contra los soldados de terracota con un rugido que surgió de lo más profundo de su ser.

Los demás siguieron su ejemplo, una oleada de furia y determinación que se estrelló contra la marea enemiga.

Una armadura de energía dorada envolvió el cuerpo de Leo.

En sus manos, una alabarda del mismo resplandor tomó forma, tan sólida como el acero, tan letal como un rayo.

Con una destreza forjada en décadas de guerra, barrió con cientos de soldados en cada movimiento.

Cortaba, perforaba, desmembraba.

La geometría de su poder danzaba a su alrededor como una extensión de su voluntad.

Lissa gritaba con cada golpe.

Sus puños, potenciados por su furia, destrozaban a los soldados de terracota por decenas, por cientos, por miles.

Cada impacto era una explosión de tierra y energía, una declaración de que no se rendirían.

Trass sobrevolaba el campo de batalla como un ángel vengador.

Sus rayos ópticos barrían el suelo, calcinando todo a su paso.

Luego se lanzó en picada, golpeando a velocidad subsónica, creando ondas de choque que desintegraban a los enemigos en un radio de cientos de metros.

Un millón de soldados cayeron ante él.

Perla extendió sus brazos y su poder telequinético se desplegó como un vendaval.

Los soldados de terracota volaban por los aires, se desmembraban, se hacían polvo antes de tocar el suelo.

Nadie podía acercarse a ella.

Gliel era un fantasma.

Aparecía y desaparecía a la velocidad del pensamiento, y en cada aparición, un soldado caía.

Su teletransportación, llevada al límite, lo convertía en una pesadilla para el enemigo.

Yodiel y Loombar combatían en tándem.

El primero congelaba a los soldados con su aliento gélido; el segundo los destruía con proyectiles de energía.

Una sinfonía de hielo y destrucción.

Toto hizo emerger un mar de cabellos que segaba enemigos como una guadaña gigante.

Pero los soldados, en su número infinito, lograron atrapar sus cabellos, inmovilizándola.

Zafira, Darius y Román acudieron al instante, destrozando a los soldados que la sujetaban.

Estella y Mila eran un muro impenetrable.

Estella reflejaba cada ataque, devolviéndolo multiplicado a sus enemigos.

Mila, con su cuerpo de diamante, protegía su espalda y aplastaba a todo el que se atrevía a acercarse.

Pircer, con su don de anular poderes, hacía sucumbir a los soldados que intentaban copiar sus habilidades.

Sin energía que imitar, se desmoronaban como lo que eran: tierra sin vida.

Poco a poco, golpe a golpe, los Aliados fueron diezmando al ejército de terracota.

Los millones se convirtieron en cientos de miles, los cientos de miles en decenas.

Hasta que, finalmente, el último soldado cayó.

El silencio, por un instante, fue absoluto.

Los guerreros se permitieron un respiro.

Sus pechos subían y bajían agitados, sus cuerpos estaban cubiertos de polvo y sangre, pero estaban vivos.

Habían sobrevivido.

Pero Konrrac observaba desde las alturas con una sonrisa cruel.

—Llegó nuestra hora de entrar en acción —dijo, volviéndose hacia Kawaiine.

Extendió la mano.

Un orbe de energía roja, densa como sangre coagulada, se formó en su palma.

Kawaiine lo miró un instante, luego tomó el orbe entre sus garras.

La transformación fue inmediata y aterradora.

Su cuerpo comenzó a crecer.

Tres metros, diez, veinte, treinta, cuarenta y cinco.

Sus escamas moradas se oscurecieron hasta volverse casi negras.

Dos grandes cuernos brotaron de su frente, curvándose hacia abajo como los de un demonio antiguo.

Sus colmillos, ya afilados, se alargaron hasta sobresalir de su hocico.

Su contextura se volvió delgada y alargada, como una pesadilla hecha reptil.

Kawaiine, ahora una bestia de cuarenta y cinco metros, rugió.

El rugido fue tan poderoso que los Aliados se tambalearon.

Muchos se taparon los oídos, sintiendo que sus tímpanos estallarían.

Leo y los demás apenas pudieron mantenerse en pie.

La bestia cargó contra ellos.

Y entonces, un rayo de energía colosal impactó en su rostro.

La explosión la hizo retroceder.

Todos miraron hacia el origen del ataque.

—¡MARK!

—gritó Lissa.

Su prometido estaba allí, de pie entre los escombros, cubierto de polvo pero vivo.

Lissa dio un poderoso salto y se lanzó a sus brazos, abrazándolo con fuerza, cubriéndolo de besos.

—¡Estás vivo!

¡Estás vivo!

Pero la alegría duró poco.

Kawaiine emergió de la nube de polvo.

El ataque de Mark no le había causado daño.

Solo la había enfurecido más.

Cargó su puño con energía y lo descargó contra el suelo.

El impacto fue apocalíptico.

El suelo de la ciudadela se quebró como una telaraña gigantesca.

Grietas profundas se abrieron en todas direcciones, tragándose calles enteras.

La onda de choque derribó a los Aliados como si fueran muñecos.

El estruendo fue tan brutal que muchos perdieron la audición por segundos.

Las casas que aún estaban en pie se vinieron abajo.

Las torres se derrumbaron.

Incluso el refugio subterráneo de los civiles tembló violentamente.

Cuando el polvo se asentó, docenas de soldados yacían muertos.

Leo reaccionó primero.

Creó una docena de mecas dorados, cada uno del tamaño de un edificio, y los lanzó contra Kawaiine.

Los mecas atacaron en formación, golpeando con puños de energía, disparando rayos, intentando derribarla.

Kawaiine los destruyó uno por uno.

Sus garras desgarraban la geometría dorada como si fuera papel.

Sus colmillos partían los mecas en dos.

Su cola, ahora letal, barría con tres o cuatro a la vez.

Uno de los mecas logró aferrarse a su espalda.

Kawaiine se giró, lo agarró con ambas manos y lo partió por la mitad.

Leo cayó de rodillas, agotado.

La bestia lo golpeó con el dorso de su mano y el general salió disparado, estrellándose contra los escombros.

Quedó inconsciente.

—¡LEO!

—gritaron varios.

Lissa cargó contra Kawaiine.

Sus puños, potenciados por toda su furia, impactaron contra las escamas de la bestia.

Pero Kawaiine apenas lo sintió.

La bestia cargó su propio puño con energía roja y lo lanzó contra Lissa.

Ambas chocaron.

La explosión fue tan violenta que Lissa salió disparada como una bala, atravesando tres edificios derrumbados antes de detenerse entre los escombros.

No se levantó.

Mark, enfurecido, comenzó a lanzar orbes de energía uno tras otro.

Grandes esferas luminosas impactaban contra Kawaiine, haciéndola retroceder, pero sin causarle daño real.

Trass se unió al ataque.

Sus rayos ópticos barrieron el cuerpo de la bestia mientras él volaba a su alrededor, golpeándola a velocidad supersónica.

Patadas, puñetazos, cada golpe potenciado por su velocidad.

Kawaiine resistió.

Abrió la boca.

Energía roja se acumuló en su garganta.

Luego, un láser colosal surgió de sus fauces, derritiendo el suelo a su paso.

Trass intentó esquivarlo, pero el rayo era demasiado ancho.

Lo alcanzó de refilón y cayó, inconsciente.

Mark recibió el impacto de lleno.

Su cuerpo salió disparado y quedó inmóvil entre las rocas.

Estella se interpuso entonces.

Con su don de reflejo, atrapó el láser de Kawaiine y se lo devolvió.

La bestia recibió su propio ataque y cayó de espaldas, sorprendida.

Pero Estella también cayó.

Reflejar un ataque de esa magnitud la había dejado al borde del colapso.

Kawaiine se levantó.

Más furiosa que nunca.

Toto intentó enredarla con sus cabellos.

Miles de hebras se enrollaron alrededor de las piernas de la bestia, inmovilizándola parcialmente.

Pero Kawaiine agarró los cabellos y tiró con todas sus fuerzas.

Toto salió volando y se estrelló contra el suelo una y otra vez, hasta que soltó.

Loombar aprovechó el momento.

Su aliento gélido envolvió a Kawaiine, congelándola en un bloque de hielo gigantesco.

—¡Lo logramos!

—gritó alguien.

El hielo crujió.

Se agrietó.

Y explotó.

Kawaiine emergió, sacudiéndose los fragmentos de hielo como si fueran molestias menores.

Perla, Gliel y Darius atacaron juntos.

Telequinesis, teletransportación, y el don de Darius para encontrar debilidades.

Pero ni siquiera combinando sus poderes lograron hacerle daño.

Yodiel disparó ráfagas de energía.

Inútiles.

Uno a uno, los Aliados cayeron.

Cuando todo parecía perdido, Leo se levantó.

Dolorido, jadeante, pero de pie.

Caminó hacia Kawaiine con paso firme.

Ella lo sujetó con su mano gigantesca y comenzó a apretar.

Los huesos de Leo crujieron.

Él gritó, un grito de dolor puro que resonó en toda la ciudadela.

Sus compañeros, apenas recuperándose de sus heridas, miraban con impotencia, sin fuerzas para ayudarlo.

Konrrac se acercó, flotando, y observó la escena con una sonrisa de satisfacción.

—Mátalo —ordenó.

Kawaiine apretó más fuerte.

Leo cerró los ojos.

Y entonces, una estela de energía negra cruzó el aire.

El brazo de Kawaiine cayó al suelo, cortado limpiamente.

La bestia rugió de dolor, soltando a Leo, que cayó junto al miembro seccionado.

Todos miraron hacia el origen del ataque.

Feral estaba allí.

De pie, en forma de bestia, su pelaje oscura contrastando con la luz de los incendios.

Sus ojos miraban fijamente a Kawaiine, y en sus manos, unas garras negras humeaban.

—¿De dónde salió?

—susurró alguien.

—¿Cómo pudo cortarle el brazo?

—preguntó otro—.

¡Nuestros ataques no le hacían nada!

—¿Por qué ataca a los suyos?

—¿Será una trampa de Konrrac?

Las preguntas se arremolinaban entre los Aliados mientras Kawaiine, enloquecida por el dolor y la furia, se lanzaba contra Feral.

Él levantó una mano a la altura de su rostro.

Sus garras cambiaron.

El negro se tornó blanco, y pequeños pero notorios relámpagos comenzaron a danzar a su alrededor.

Kawaiine estaba a punto de alcanzarlo.

Feral se movió.

Fue tan rápido que nadie lo vio.

Solo percibieron un destello, un instante de luz blanca, y entonces Feral estaba detrás de Kawaiine, con el brazo extendido, como si hubiera blandido una espada.

El cuerpo de Kawaiine se partió en dos.

La bestia cayó, sus mitades separándose en cámara lenta, y un rugido final escapó de sus fauces antes de que la vida la abandonara.

Silencio.

Los Aliados miraban sin poder creerlo.

La criatura que los había aplastado a todos, que había resistido sus ataques combinados, yacía partida en dos por un solo golpe.

Konrrac rompió el silencio.

Su voz era un trueno de furia: —¡Maldito traidor!

¡¿Cómo te atreves a traicionarme de esa manera?!

¡Yo te crié!

¡Te eduqué!

¡Te di un propósito cuando no eras nada!

Feral se volvió hacia él.

Sus ojos negros brillaban con una luz que Konrrac no había visto antes.

—¿Traidor?

—dijo Feral, y su voz era calmada, terriblemente calmada—.

Yo creí en tus palabras.

Durante veinte años, creí en ellas.

Pero solo fueron mentiras.

Dio un paso hacia él.

—Tú mataste a mi madre.

Otro paso.

—Me robaste mi vida.

Otro.

—Me mentiste.

Me utilizaste.

Me convertiste en tu arma.

Konrrac apretó los puños, pero no respondió.

Leo intervino, su voz aún débil por el dolor: —¡Konrrac!

¡Tú solo sabes matar, mentir y corromper!

—Se incorporó con dificultad—.

Asesinaste a mi hermana Venecia.

¡Y le robaste su hijo!

Feral giró la cabeza.

Miró a Leo con una expresión que era a la vez esperanza y temor.

—¿Tú…

tú eres su hermano?

Leo asintió.

Sus ojos, los mismos ojos color miel que Feral había visto en sus visiones, se humedecieron.

—Sí.

Y tú eres su hijo.

—Su voz quebró—.

Eres mi sobrino.

Eres Feral.

Feral sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Tengo…

tengo familia?

La pregunta fue tan pequeña, tan frágil, que rompió el corazón de todos los que la escucharon.

Leo abrió la boca para responder.

Pero Konrrac rió.

Una carcajada que heló la sangre.

Larga, estruendosa, llena de un desprecio infinito.

—¡Ja!

¡Ja, ja, ja!

Feral y Leo lo miraron.

—¡Ya no será necesario mantener la farsa!

—Konrrac extendió los brazos, como un actor en un escenario—.

¡Sí, yo la maté!

¡Yo fui el causante de todos sus males!

¡Yo!

Su voz se elevó, triunfante.

—¡Y ahora los sepultaré aquí mismo!

¡Destruiré esta organización que mi hijo, ese estúpido Salazar, formó para detenerme!

¡Veré cómo sus sueños, sus esperanzas, todo por lo que lucharon, se desmorona bajo mis pies!

La ira cegó a Leo.

Se volvió hacia sus subordinados: —¡Prepárense!

¡Vamos a acabar con él!

Los Aliados, a pesar de sus heridas, se pusieron en guardia.

Pero Feral levantó una mano.

—No —dijo—.

Yo pelearé con él.

Leo lo miró, alarmado: —¡No tienes que hacer esto solo!

¡Juntos podemos vencerlo!

Feral sostuvo su mirada.

Y sonrió.

Una sonrisa triste, pero también llena de una determinación inquebrantable.

—Lo sé —dijo—.

Pero es lo que tengo que hacer.

Las palabras de Feral hicieron que Leo recordara a su hermana.

Recordó su valentía, su orgullo, su negativa a retroceder ante nada.

Vio todo eso en los ojos de Feral.

Asintió lentamente.

—Vamos —ordenó a los demás—.

Todos al refugio.

¡Ahora!

—¡Pero, general!

—protestó alguien.

—¡Es una orden!

¡Ya les explicaré en el camino!

Los Aliados, confundidos pero obedientes, comenzaron a retirarse.

Perla miró a Feral un instante, y por primera vez no vio a un monstruo.

Vio a un guerrero.

Asintió y se fue.

Uno a uno, fueron desapareciendo entre los escombros.

Hasta que solo quedaron dos.

Feral y Konrrac.

Frente a frente.

La ciudadela en ruinas a su alrededor.

El humo elevándose hacia el cielo nocturno.

La luna, testigo silenciosa, iluminando la escena con su luz pálida.

La batalla entre el dragón y el lobo estaba por comenzar.

El mundo contuvo el aliento.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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