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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 38

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38: El Peso Del Combate 38: El Peso Del Combate Konrrac observó a Feral con una mezcla de odio y algo más.

Algo que ni él mismo podía definir.

Sus ojos, capaces de ver la energía de todos los seres, recorrieron la figura de aquel a quien había criado durante veinte años.

El cachorro que encontró entre los escombros de la ciudadela de ciencias ahora era un hombre.

Un hombre que lo miraba como se mira a un asesino.

—Yo temía que este día llegara —dijo Konrrac, y su voz sonó extrañamente sincera—.

Cada parte de mi ser me decía que lo evitara.

Cada vez que pensaba en asesinarte, algo me lo impedía.

Un sentimiento extraño se apoderaba de mí.

Feral no respondió.

Pero sus puños se cerraron.

—Sin embargo —la voz de Konrrac se endureció— eso ya no importa.

Porque este será el día en que acabe contigo.

Así como acabé con tu madre.

Las palabras fueron como un disparo.

Feral se movió.

Konrrac solo vio un destello.

Una fracción de segundo después, su pecho explotó.

El impacto fue tan violento que su cuerpo se dobló sobre sí mismo.

Un agujero enorme, del tamaño de un puño, atravesaba su torso de lado a lado.

Sangre negra brotó a borbotones.

Konrrac cayó de rodillas, las manos intentando cubrir la herida, la respiración convertida en un estertor.

Imposible, pensó mientras el dolor recorría cada fibra de su ser.

Su ataque fue demasiado rápido.

Pero no solo eso…

siento que todo mi cuerpo se está destrozando por dentro.

Como si cada célula estuviera siendo atacada al mismo tiempo.

—¿Qué pasa?

—la voz de Feral llegó desde algún lugar por encima de él—.

¿Eso es todo?

La humillación quemó más que la herida.

Konrrac apretó los dientes.

Hizo brillar su cuerpo con una tenue luz roja, activando sus poderes de regeneración.

Los tejidos comenzaron a recomponerse, lentamente, trabajosamente.

La herida en su pecho se cerró milímetro a milímetro.

Se levantó con dificultad.

Sus piernas temblaban.

Cada movimiento era un esfuerzo titánico.

Pero se puso de pie.

Alzó el vuelo, alejándose unos metros, ganando altura.

Desde allí, miró a Feral con ojos ardientes.

—¡Maldito bastardo!

—gritó—.

¡No creas que eres superior a mí!

¡Yo soy invencible!

Levantó las manos.

Su energía se extendió como un manto sobre el campo de batalla.

Y entonces, los soldados de terracota comenzaron a moverse.

Miles.

Millones.

Miles de millones.

Todos los que habían caído durante la batalla se levantaron como si nada.

Sus cuerpos de tierra se recomponían, se unían, volvían a la vida.

El ejército se desplegó de nuevo, una marea infinita que cubría todo el horizonte.

—¡Acaben con él!

—ordenó Konrrac.

La marea se lanzó contra Feral.

Feral inspiró hondo.

Y entonces, comenzó a moverse.

Para Konrrac, lo que siguió fue un espectáculo de luz y muerte.

Feral se desplazaba entre los soldados como un relámpago con conciencia.

Sus manos y pies se convertían en destellos que impactaban una y otra vez.

Cada golpe desintegraba a docenas de enemigos.

Los soldados de terracota volaban por los aires, sus cuerpos hechos polvo antes de tocar el suelo.

Era como un baile.

Un baile de relámpagos, truenos, polvo y mutilación.

Pero Feral comenzó a sentir algo que no había sentido antes: cansancio.

Su respiración se volvió ligeramente más agitada.

Cada golpe, aunque mortal, requería concentración.

El séptimo sentido, esa capacidad de percibir y manipular la energía a un nivel profundo, demandaba un precio.

Y él lo estaba pagando.

Los soldados, por su parte, comenzaron a adaptarse.

Algunos lograron copiar sus movimientos, alcanzando velocidades cercanas a la luz.

Formaron coaliciones, grupos coordinados que atacaban desde todos los ángulos.

Por primera vez, Feral tuvo que esquivar.

Uno lo golpeó en el hombro.

Otro le rozó la espalda.

Feral sintió el impacto, menor pero real.

Aumentó la velocidad.

Sus músculos se tensaron.

Las venas brotaron en sus brazos, en su cuello, en su frente.

Millones de golpes llenaron el aire.

Una tormenta de relámpagos se desató, tan densa que parecía un muro de luz.

Los soldados de terracota volaron en pedazos, desintegrados por la furia del ataque.

Pero aún quedaban más.

Siempre más.

Feral sintió que sus piernas comenzaban a pesar.

No mucho, no de manera incapacitante, pero sí lo suficiente para notarlo.

Un ligero temblor en los músculos.

Una décima de segundo de retraso en su reacción.

Nada que un enemigo normal pudiera percibir, pero él lo sentía.

Tengo que terminar esto.

Tensó todo su cuerpo.

Cada fibra, cada músculo, cada tendón se puso al límite.

Las venas, ya brotadas, parecían a punto de estallar.

Concentró toda su energía, toda su voluntad, en un solo instante.

Y en menos de un segundo, lanzó mil millones de golpes.

El mundo tembló.

La tierra se quebró en forma de telaraña, las grietas extendiéndose por kilómetros.

Los vientos se arremolinaron en tornados furiosos.

El cielo se oscureció como si la noche hubiera decidido llegar antes.

Una tormenta de relámpagos apocalíptica se manifestó, iluminando todo con destellos cegadores.

Konrrac apenas pudo mantenerse en el aire.

La onda expansiva lo golpeó como un mazo, lanzándolo hacia atrás.

Cuando pudo enfocar la vista, el ejército de terracota había desaparecido.

No quedaba ni un solo soldado en pie.

Solo polvo.

Solo escombros.

Solo silencio.

Feral quedó inmóvil, jadeando.

Su pecho subía y bajía con violencia.

El sudor corría por su rostro, empapando su cabello.

Por un momento, tuvo que apoyar una mano en la rodilla para recuperar el aliento.

Demasiado, pensó.

Usé demasiada energía.

Pero antes de que pudiera relajarse, sintió algo.

Un brazo rodeándolo por detrás.

Un abrazo que no era de afecto.

Konrrac lo había sorprendido.

—¡Tu poder será mío!

—gritó el reptil, activando su habilidad de absorción.

Su cuerpo brilló con intensidad.

La energía comenzó a fluir…

o al menos, debería haberlo hecho.

Konrrac abrió los ojos, confundido.

Nada estaba pasando.

No importaba cuánto lo intentara, la energía de Feral no se movía.

Era como intentar absorber una montaña.

—¿Qué…?

—murmuró.

La voz de Feral llegó, calmada a pesar del esfuerzo: —Me decepcionas.

Solo sabes robar y mentir.

No puedes absorber mi energía porque yo la controlo en su totalidad.

—Se liberó del abrazo con un movimiento brusco—.

Yo decido si la dejo salir o no.

Konrrac quiso retroceder, pero no fue lo suficientemente rápido.

Feral lo agarró.

Y repitió el ataque.

Sus músculos se tensaron de nuevo.

Las venas brotaron con más fuerza que antes, porque ahora estaban al límite.

La fatiga acumulada hacía que cada fibra doliera, que cada movimiento exigiera un esfuerzo mayor.

Pero Feral ignoró el dolor.

Ignoró el cansancio.

Ignoró todo excepto al hombre que tenía frente a él.

En menos de un segundo, mil millones de golpes impactaron contra el cuerpo de Konrrac a quemarropa.

La tierra tembló de nuevo.

Las grietas existentes se ensancharon.

El cielo, ya oscuro, se volvió negro como boca de lobo.

Los vientos rugieron con furia.

Los relámpagos bailaron una danza de muerte alrededor de los dos combatientes.

Y Konrrac gritó.

Gritó mientras su cuerpo era desintegrado célula por célula.

Gritó mientras la carne se desprendía de sus huesos.

Gritó mientras, por primera vez en mil años, sintió que la muerte era real.

Cuando el ataque cesó, lo que quedaba de Konrrac cayó al suelo.

Un montículo irreconocible de carne quemada y huesos rotos.

Feral se tambaleó.

El agotamiento lo golpeó como una ola.

Sus piernas flaquearon.

Tuvo que arrodillarse, apoyar las manos en el suelo, respirar hondo varias veces.

El séptimo sentido, que hasta ahora había sido su mayor aliado, amenazaba con desvanecerse por el cansancio.

Sentía cada músculo, cada tendón, cada hueso.

Todo dolía.

Todo protestaba.

Ya está, pensó.

Terminó.

Pero su séptimo sentido, aunque debilitado, aún funcionaba.

Y lo que percibió lo heló.

La energía de Konrrac no se había extinguido.

Algo estaba ocurriendo.

Algo grande.

Algo terrible.

La tierra comenzó a temblar.

No era un temblor como los anteriores, causados por sus golpes.

Este era diferente.

Más profundo.

Más primigenio.

El planeta entero se estremecía, quejándose como un animal herido.

Grietas enormes se abrieron en el suelo, y de ellas comenzó a brotar magma.

Ríos de lava incandescente emergieron de las profundidades, iluminando la noche con su resplandor anaranjado.

El calor se volvió insoportable.

Y frente a Feral, la tierra se levantó.

Un montículo colosal emergió de las grietas.

Rocas, magma, tierra fundida, todo se fusionó en una forma gigantesca.

Cuando el proceso terminó, ante Feral se alzaba una criatura de pesadilla.

Era cuadrúpeda, con un cuerpo hecho de piedra y lava.

Su rostro era grotesco, una mueca eterna de furia y dolor.

Dos colmillos gigantescos sobresalían de su boca, y de su cabeza brotaban cuernos retorcidos.

Sobre su espalda, una montaña entera se alzaba, como si la bestia cargara con el peso de la tierra misma.

Tres círculos de piedra giraban lentamente sobre ella, uno dentro del otro, creando un patrón hipnótico y aterrador.

Desde sus pesadas patas hasta los círculos superiores, la criatura medía casi un kilómetro de altura.

Feral la miró, jadeante, agotado, con cada músculo de su cuerpo gritándole que no podía más.

Y desde lo alto de la bestia, una voz retumbó.

La voz de Konrrac, pero distorsionada, enorme, como si hablara a través de montañas.

—¿Creíste que había terminado, Feral?

—la bestia abrió sus fauces, y de ellas emergió una risa que sacudió el cielo—.

¡Yo soy el planeta!

¡Yo soy la energía de la Tierra!

¡Y ahora…

ahora verás lo que significa enfrentarse a un dios!

Feral se puso de pie.

Sus piernas temblaban.

Su respiración era entrecortada.

El séptimo sentido parpadeaba, amenazando con apagarse.

Pero sus ojos negros, los mismos ojos de su madre, miraron fijamente a la bestia.

Y no retrocedió.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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