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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 39

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39: El Fin Del Terror 39: El Fin Del Terror En el medio de los círculos de piedra que giraban sobre la colosal criatura, flotando por encima de su cabeza como una corona de pesadilla, estaba Konrrac.

Su cuerpo brillaba con la energía del planeta, sus ojos eran dos soles en miniatura, y su voz retumbó como el trueno primordial: —¡No puedes matarme!

—gritó—.

¡Yo soy uno con la tierra!

¡Tendrás que destruir el planeta si quieres acabar conmigo!

Feral sintió que las fuerzas lo abandonaban.

El séptimo sentido parpadeaba, amenazando con apagarse por completo.

Pero se obligó a mantenerse en pie.

A mirar a ese monstruo.

A su enemigo.

—¿Pero qué has hecho?

—exclamó, y su voz era un susurro comparada con la de Konrrac.

La criatura dio una pisada.

El mundo entero se estremeció.

No era una metáfora.

El planeta, el suelo bajo sus pies, las montañas a lo lejos, todo se sacudió con una violencia indescriptible.

Grietas enormes se abrieron en la corteza terrestre, extendiéndose como telarañas por continentes enteros.

El magma brotó a chorros, iluminando la noche con su resplandor anaranjado.

El cielo se tiñó de rojo sangre.

En el refugio subterráneo de los Aliados, las paredes temblaban.

Los civiles se abrazaban, rezando a dioses que quizás nunca existieron.

Leo, apenas recuperándose de sus heridas, miraba hacia arriba con los ojos llenos de impotencia.

—¡Reconstruiré este mundo a mi imagen y semejanza!

—la voz de Konrrac llenó cada rincón del planeta, cada grieta, cada espacio vacío.

Feral apretó los puños.

Sintió la furia crecer en su pecho.

Sintió el recuerdo de su madre, de sus veinte años de mentiras, de todo el sufrimiento que este ser había causado.

—¡NO LO PERMITIRÉ!

—rugió.

Tensó todo su cuerpo.

Cada músculo, cada tendón, cada fibra de su ser se puso al límite.

El dolor era insoportable, pero lo ignoró.

La fatiga era abrumadora, pero la apartó.

Concentró todo lo que le quedaba, cada gramo de energía, cada átomo de su voluntad, en un solo punto.

Sus garras se tiñeron de negro.

Un negro más oscuro que la noche, más profundo que el vacío.

—¡GARRAS NEGRAS!

—gritó con todo lo que tenía.

Y atacó.

La estela de energía negra que surgió de sus manos no se parecía a nada que hubiera existido antes.

Era enorme, tan grande que salió del planeta en un instante, surcando el espacio como si pretendiera cortar el firmamento en dos.

Atravesó a la colosal criatura de un lado a otro, perforando su cuerpo de piedra y magma como si fuera papel.

Pero no fue solo eso.

La potencia del ataque fue tal que rasgó el espacio-tiempo.

Una brecha se abrió en la realidad misma, un agujero negro improvisado que comenzó a succionar todo a su alrededor.

La criatura, ya herida de muerte, se vio desmembrada por la fuerza gravitacional.

Sus miembros gigantescos se desprendieron, giraron, fueron absorbidos.

Los círculos de piedra que giraban sobre ella se quebraron y desaparecieron en el abismo.

El planeta entero pareció desmoronarse.

Por un momento, Feral pensó que había destruido el mundo.

Pero entonces, tan rápido como había aparecido, la brecha se cerró.

La estela se desvaneció.

La criatura colosal desapareció, sus restos esparcidos por el viento.

Todo quedó en silencio.

Feral cayó de rodillas.

Su cuerpo temblaba sin control.

El séptimo sentido se había apagado por completo.

Ahora solo era un hombre.

Un hombre al borde del colapso.

Ya está, pensó.

Terminó.

Pero entonces, la voz llegó.

—¡No te dije yo que era uno con el mundo!

Feral se incorporó de golpe, tambaleándose.

Buscó a Konrrac con la mirada, pero no lo vio.

Usó su séptimo sentido, aunque cada segundo de uso le costaba un esfuerzo sobrehumano.

Y entonces lo comprendió.

Konrrac era todo.

—¡Yo estoy en el suelo!

—la voz retumbó desde abajo.

La superficie del planeta comenzó a moverse.

Grietas se abrieron, y de ellas emergió un rostro gigantesco.

El rostro de Konrrac, hecho de tierra y roca, ocupando kilómetros y kilómetros.

Sus ojos, dos cráteres humeantes, miraban fijamente a Feral.

—¡Yo estoy en el aire!

—continuó la voz.

Las nubes se arremolinaron, tomando forma.

El viento sopló con furia, y en cada ráfaga, en cada remolino, aparecía el rostro de Konrrac.

Sonriente.

Burlón.

Omnipresente.

—¡Yo soy todo, y todo soy yo!

Un terremoto sacudió el planeta.

No era un terremoto normal: era el planeta entero retorciéndose, quebrándose, muriendo.

El magma brotó de las grietas en fuentes ardientes.

El cielo se tiñó de rojo.

Y entonces, Feral sintió algo peor.

Su energía vital comenzó a disminuir.

No era solo él.

Era todo.

Todos los habitantes del planeta, cada ser vivo, estaba siendo absorbido.

Konrrac, fusionado con la tierra, estaba drenando la vida del mundo entero.

Feral cayó al suelo, sujetándose la cabeza.

El dolor era insoportable.

Pero no podía rendirse.

No ahora.

Cerró los ojos.

Concéntrate, se dijo a sí mismo.

Olvida el dolor.

Olvida el cansancio.

Tienes que ver.

Profundizó en su séptimo sentido.

Ignoró el grito de sus músculos, el ardor de sus pulmones, el martilleo en su cabeza.

Fue más allá.

Y vio.

Vio la esencia de Konrrac extendida por todo el planeta.

Cada átomo de tierra, cada partícula de aire, cada gota de agua estaba impregnada de su energía.

Era como una red infinita, una telaraña que cubría el mundo entero.

Pero también vio los nodos.

Los puntos donde la energía de Konrrac se concentraba, donde su esencia era más densa.

Eran como corazones repartidos por todo el planeta.

Si golpeo uno, los otros seguirán funcionando.

Tengo que golpearlos todos a la vez.

Pero, ¿cómo?

La respuesta llegó en un instante.

No con palabras, sino con la certeza de quien ha comprendido algo fundamental.

No golpeo los nodos.

Golpeo la red.

Abrió los ojos.

Su cuerpo, agotado, destrozado, se puso de pie.

Las piernas le temblaban.

Las manos le temblaban.

Pero estaba de pie.

Levantó los brazos al cielo.

La energía comenzó a envolverlo.

No era la energía negra de la destrucción, sino una energía blanca, pura, que irradiaba desde lo más profundo de su ser.

Sus garras se tiñeron de ese blanco cegador, y pequeños relámpagos bailaron a su alrededor.

—¡GARRAS BLANCAS!

—gritó.

Y golpeó el suelo.

El impacto fue silencioso.

No hubo explosión.

No hubo estruendo.

Solo una onda de energía blanca que se extendió desde el puño de Feral, recorriendo la tierra en todas direcciones.

Una onda suave, como un suspiro, que penetró en el suelo, en las rocas, en el magma, en cada rincón del planeta.

Y entonces, el mundo tembló.

Pero no era un temblor de destrucción.

Era un temblor de liberación.

Grietas enormes se abrieron en la corteza terrestre, pero de ellas no brotó magma.

Brotaron relámpagos.

Rayos de energía blanca que se elevaron al cielo, perforando la atmósfera, perdiéndose en el espacio.

Millones de rayos, como las raíces de un árbol invertido, purificando todo a su paso.

La cara de Konrrac en el suelo gritó.

La cara de Konrrac en las nubes se deshizo.

La presencia que lo envolvía todo comenzó a desvanecerse.

Cuando el último rayo desapareció en el firmamento, el terremoto cesó.

El silencio volvió.

Feral cayó de rodillas.

Ya no podía más.

El séptimo sentido se apagó como una vela en el viento.

Ahora solo era un hombre.

Un hombre agotado, al borde del colapso.

Frente a él, el suelo se abrió.

Un cuerpo emergió de la tierra.

Desnudo.

Frágil.

Humano.

Konrrac.

Pero no el Konrrac que Feral conocía.

Este era un anciano de piel blanca, cabello rubio y ojos azules.

Su cuerpo, sin el poder que lo había sostenido durante milenios, se doblaba por el peso de los años.

Jadeaba, temblaba, apenas podía mantenerse en pie.

—¿Qué…

qué me has hecho?

—preguntó, y su voz era un susurro roto.

Feral lo miró.

Su propia voz salió con dificultad, entre jadeos: —Con mi último ataque…

golpeé tu energía…

y la difuminé.

En otras palabras…

te quité tus poderes.

Toda tu energía.

Konrrac cayó de rodillas.

Su cuerpo, ahora mortal, ahora vulnerable, se encogió sobre sí mismo.

—Entonces…

—murmuró— este es el día que mi hijo dijo que vendría por mí.

Feral lo observó en silencio.

—¿Sabes por qué no te maté cuando eras niño?

—preguntó Konrrac, y sus ojos, esos ojos azules que alguna vez fueron terribles, ahora solo reflejaban cansancio—.

Porque me recordabas a mi hijo.

Hizo una pausa.

Una lágrima rodó por su mejilla.

—Estuve dispuesto a quemar el mundo por él.

Y en ese propósito…

me perdí.

Perdí a mi hijo.

Perdí mi humanidad.

—Miró sus manos, manos de anciano, manos vacías—.

Todo lo que hice, todas las atrocidades, fueron por él.

Y cuando ya no estuvo…

seguí haciéndolas por costumbre.

Porque no sabía hacer otra cosa.

El viento sopló suavemente entre los dos.

El mundo, devastado, comenzaba a mostrar signos de recuperación.

El cielo se aclaraba.

El magma se enfriaba.

—Este es el resultado —continuó Konrrac— de mi ceguera y mi ambición.

Perdí a mi hijo.

Perdí mi humanidad.

Y en mi intento de cambiar el mundo…

me convertí en lo que más odiaba.

Feral sintió algo en su pecho.

Algo que no esperaba.

Compasión.

Pero también recordó.

Recordó a su madre, muriendo en el suelo mientras Konrrac se llevaba a un recién nacido.

Recordó veinte años de mentiras, de manipulación, de ser usado como arma.

Recordó a los Terrores, a sus víctimas, a todo el sufrimiento que este hombre había causado.

Se puso de pie.

Sus piernas temblaban, pero se mantuvo firme.

Tensó sus garras.

—Estás listo —dijo.

Konrrac lo miró.

Y en sus ojos, por primera vez, no había odio.

No había furia.

Solo una paz extraña, como la de quien ha esperado este momento durante mucho tiempo.

—Sí —dijo—.

Pero antes…

déjame decirte algo.

Feral esperó.

—Perdóname, hijo.

Las palabras cayeron como piedras en un estanque.

Feral sintió que algo se rompía dentro de él.

Una lágrima, caliente y silenciosa, rodó por su mejilla.

—Yo te perdono —susurró.

Y en un movimiento rápido, casi misericordioso, lanzó su zarpazo a la velocidad de la luz.

El cuerpo de Konrrac explotó.

No en mil pedazos, no en una lluvia de sangre, sino en una dispersión de luz.

Pequeñas partículas brillantes que se elevaron al cielo, llevándose consigo mil años de odio, de dolor, de soledad.

Feral observó cómo se desvanecían.

—Ha caído el último terror —dijo, y su voz fue un susurro que apenas nadie escuchó.

El esfuerzo final fue demasiado.

Su cuerpo, llevado al límite más allá de lo soportable, simplemente se apagó.

Volvió a su forma humana por inercia, y cayó al suelo como un muñeco roto.

El silencio lo envolvió todo.

La brisa acarició su rostro.

El cielo, lentamente, comenzó a despejarse.

Y en algún lugar, muy lejos, los primeros rayos del amanecer empezaron a teñir el horizonte.

La guerra había terminado

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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