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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 40

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  3. Capítulo 40 - 40 Un Nuevo Comienzo
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40: Un Nuevo Comienzo 40: Un Nuevo Comienzo Gritos y aullidos se escuchaban en un vacío oscuro y perpetuo.

Sonidos de agonía, de desesperación, de almas atrapadas en un limbo sin fin.

Pero entonces, una luz tenue comenzó a abrirse paso, iluminando todo aquel espacio vacío, apoderándose de cada rincón hasta que la oscuridad se desvaneció por completo.

Cuando la luz se disipó, reveló una habitación.

Era pequeña, pero estaba decorada con esmero.

Espejos en las paredes, un armario de madera en la esquina, una pequeña mesa junto a la cama con un vaso de agua y algunas vendas.

Todo tenía un aire provisional, como de quien ha construido un hogar sobre las ruinas de otro.

Feral abrió los ojos.

Se incorporó lentamente, sintiendo cada músculo protestar.

Su cuerpo era un mapa de dolores, algunos nuevos, otros antiguos.

Se miró las manos: humanas.

Se acercó al espejo y vio su rostro: piel oscura, cabello negro y despeinado, ojos que ya no eran amarillos sino de un negro profundo.

—Sigo siendo yo —murmuró, como si necesitara confirmarlo.

La puerta se abrió con cuidado.

Leo asomó la cabeza y, al verlo despierto, una sonrisa iluminó su rostro.

Entró con pasos cautelosos, evitando las grietas del suelo.

—¡Hola!

—dijo—.

¿Cómo estás?

¿Cómo te sientes?

Feral lo miró, aún confundido.

—Bien…

—respondió, y su voz sonó ronca, como si llevara días sin usarla—.

¿Dónde estoy?

—En el refugio de la ciudadela central del sector Omega.

O, bueno —Leo hizo un gesto hacia la puerta—, lo que queda de ella.

Feral parpadeó.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Han pasado tres días desde tu pelea con Konrrac.

—¿Tres días?

—Feral se incorporó del todo, ignorando el dolor—.

¿Tres días?

Leo sonrió con cansancio.

—Has dormido como un bendito.

Nosotros hemos estado despiertos todo ese tiempo, tratando de salvar los muebles.

—Le hizo un gesto—.

Ven, te enseño.

Salieron de la habitación.

El refugio era un laberinto de pasillos improvisados, paredes apuntaladas, techos que amenazaban con caer.

El suelo estaba lleno de grietas y escombros.

—Cuidado por dónde pisas —advirtió Leo—.

El suelo se nos vino encima durante los terremotos.

Hemos apuntalado lo que hemos podido, pero aún es peligroso.

Feral caminaba en silencio, observándolo todo.

Llegaron a una estancia más amplia, una especie de enfermería improvisada.

Decenas de camas ocupaban el espacio, y en cada una de ellas yacía un herido.

Vendajes manchados de sangre, respiraciones asistidas, el silencio pesado de quienes luchan entre la vida y la muerte.

—Son los sobrevivientes de la batalla —explicó Leo en voz baja—.

Se están debatiendo.

Feral recorrió las camas con la mirada.

Vio rostros jóvenes y viejos, hombres y mujeres, todos marcados por la guerra.

—Son muy pocos —dijo, y en su voz había un pesar profundo.

—¡Algunos no tuvieron tanta suerte!

—dijo una voz desde la entrada.

Feral se giró.

Vikthor estaba apoyado en el marco de la puerta, con Lirian a su lado sosteniéndolo.

Su cuerpo aún estaba vendado, su rostro pálido por el esfuerzo, pero sus ojos miraban a Feral con una intensidad que no había perdido.

Feral sostuvo su mirada.

No hubo hostilidad en la suya, solo una calma que sorprendió al propio Vikthor.

—Sé que nada cambiará lo que hice —dijo Feral con voz firme—.

Si todavía guardas rencor por lo sucedido, entonces cuando te recuperes al cien por ciento, y solo cuando eso pase, te estaré esperando.

Hubo un silencio.

Lirian apretó el brazo de Vikthor, como temiendo su reacción.

Pero Vikthor sonrió.

Una sonrisa sin alegría, pero sin odio.

—Solo quiero que sepas —dijo— que esta vez sí te mataré.

Feral también sonrió.

Una sonrisa pequeña, pero sincera.

—Te espero.

Leo puso una mano en su hombro.

—Vamos —dijo—.

Hay algo más que quiero mostrarte.

Se despidieron de Vikthor con un gesto.

Mientras caminaban hacia el ascensor, Feral sintió el peso de las palabras de Vikthor en su pecho.

No era miedo.

Era…

aceptación.

Sabía que había hecho daño, y sabía que tendría que pagar por ello de alguna manera.

Pero también sabía que estaba dispuesto.

El ascensor era pequeño y ruidoso.

Mientras subía, Feral notó que Leo lo observaba con detenimiento.

No era una mirada de amenaza, sino de curiosidad.

—¿Qué sucede?

—preguntó Feral—.

¿Qué tengo?

Leo se rió, un poco avergonzado por haber sido descubierto.

—No, no es nada.

Solo me preguntaba una cosa.

—¿Qué cosa?

Leo lo miró directamente a los ojos.

—Según sé, Konrrac era de piel blanca y cabello rubio.

Toda su descendencia heredó ese rasgo.

Mi padre, mi hermana, mi hermano, yo mismo…

todos tenemos esa piel clara, esos ojos claros.

—Hizo una pausa—.

Entonces, ¿por qué tú eres moreno?

Feral parpadeó, sorprendido por la pregunta.

—Quizás mi padre era moreno —respondió.

Leo rió de nuevo, pero esta vez con un dejo de nostalgia.

—A mi hermana le encantaban los hombres de color.

Todos sus amantes fueron de piel oscura.

Pero tu padre…

—negó con la cabeza— quienquiera que sea, no era de color oscuro.

Feral frunció el ceño.

—¿Tú no lo conociste?

—No.

—Leo negó—.

De hecho, nadie lo conoce.

La intriga se dibujó en el rostro de Feral.

—¿Pero entonces quién fue mi padre?

Leo puso una mano en su hombro.

El ascensor seguía subiendo, pero por un momento, el tiempo pareció detenerse.

—Feral, tu madre…

Venecia…

a temprana edad le diagnosticaron que era infértil.

Los médicos fueron claros: ella no podía tener hijos.

Feral sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

—¿Pero cómo…?

¿Cómo nací yo entonces?

—Ese era su más grande anhelo —continuó Leo, con la voz teñida de emoción—.

Tener un hijo.

Todas las noches la veía arrodillada, rezando.

Yo le preguntaba a quién le rezaba tanto, y ella respondía: “A quien esté escuchando”.

Hizo una pausa, recordando.

—Un día, se levantó emocionada, gritando que estaba embarazada.

Todos creímos que había perdido la razón.

Pero ella insistió.

Dijo que un ser de luz se le había aparecido en sueños.

Ese ser le dijo que había escuchado sus súplicas y que, como respuesta, le concedería su deseo.

También le dijo que su hijo estaría destinado a la grandeza.

—¿Un ser de luz?

—murmuró Feral, y en su mente resonaron las palabras de Retza sobre su padre divino.

—Claro, nadie le creyó.

¿Quién en su sano juicio creería algo así?

—Leo negó con la cabeza—.

Pero al pasar los meses, todos fuimos testigos de su embarazo.

Por eso estaba en la ciudadela de ciencias cuando Konrrac atacó.

Mi padre veía su embarazo como una anomalía que debía estudiar.

El pueblo, como un milagro.

El ascensor crujió, pero ninguno de los dos le prestó atención.

—Ella siempre hablaba de lo grande que sería su hijo —continuó Leo, y sus ojos se humedecieron—.

Me decía: “Leo, mi hijo se convertirá en una bestia como yo.

Su pelaje será negro como la noche.

Su apariencia humana será la de un hombre moreno, de piel oscura.

Y se llamará Feral”.

—Sonrió con tristeza—.

En su momento, creí que solo deliraba por el embarazo.

Pero ahora que te veo…

—sacudió la cabeza— me doy cuenta de lo incrédulo que fui.

Feral sintió que las lágrimas brotaban sin control.

Su madre no solo lo había amado.

Lo había imaginado.

Lo había soñado antes de que existiera.

Había hablado de él, de su color, de su nombre, de su destino.

Y todo se había cumplido.

—Ella…

ella me esperaba —susurró.

—Te esperaba —confirmó Leo—.

Y estoy seguro de que, dondequiera que esté, está orgullosa de ti.

El ascensor se detuvo.

Las puertas se abrieron.

Feral fue testigo de la destrucción.

Escombros por doquier.

Montañas de piedra y metal retorcido.

Ni una sola estructura en pie.

La ciudadela central, que alguna vez fue el orgullo de los Aliados, era ahora un campo de ruinas.

Pero entre los escombros, la gente trabajaba.

Perla y Toto usaban sus poderes para levantar vigas y piedras, liberando a los atrapados.

Gliel, Darius y Román se teletransportaban y movían a gran velocidad, rescatando a quienes podían.

Dulce, Pircer, Mila y Estella formaban cadenas humanas para pasar los escombros y honrar a los caídos.

Todos trabajaban juntos.

Todos ponían su esfuerzo para reconstruir sus hogares.

Cuando Feral apareció, todos se detuvieron.

Las miradas se clavaron en él.

Algunas de gratitud, otras de recelo, muchas de una mezcla indescriptible.

Era el héroe que los había salvado.

También era el terror que había matado a sus compañeros.

Feral no dijo nada.

Bajó del ascensor y, sin esperar a Leo, se dirigió hacia el lugar donde más se necesitaba ayuda.

El primero en acercarse fue Gliel.

—¡Hola!

—dijo, con una sonrisa algo nerviosa—.

¿Te acuerdas de mí?

Feral lo miró.

Recordó al hombre que había visto en el ejército de Arianna, siempre al lado de ella, siempre con esa mirada vacía de quien no controla su voluntad.

—Tú eras del ejército de Arianna —dijo Feral—.

Capa Rota, te llamaban, ¿no?

Gliel rió, aliviado.

—Es una larga historia.

Verás, yo estaba bajo el control de Arianna.

Ella me dio ese nombre.

Pero yo me llamo Gliel.

—Extendió la mano—.

Mucho gusto.

Y quiero presentarte a mi prometida.

Señaló a Perla, que estaba a unos metros, levantando escombros con su telequinesis.

Feral se acercó y extendió la mano.

—Hola —dijo.

Perla lo miró.

Sus ojos recorrieron su rostro, sus manos, su postura.

Luego, sin decir palabra, se giró y continuó trabajando.

Feral se quedó con la mano extendida, sintiendo el peso del rechazo.

Gliel se acercó, incómodo.

—Lo siento —dijo en voz baja—.

Ella no es así, de verdad.

Solo que…

guarda mucho rencor por lo de Edwiin y Vikthor.

Dale tiempo.

Feral asintió.

No dijo nada.

No había nada que decir.

Las horas pasaron.

Feral trabajó junto a ellos.

No pidió permiso, no esperó invitación.

Simplemente se puso a levantar piedras, a mover escombros, a hacer lo que había que hacer.

Poco a poco, algunos comenzaron a acercarse.

Darius y Román, curiosos por sus tácticas de batalla.

Dulce y Pircer, que lo invitaron a compartir recuerdos y risas.

Mila y Estella, que valoraron sus opiniones sobre las defensas.

Incluso Toto, después de tropezar con una roca y caer de bruces, aceptó su mano para levantarse y rió con él.

—Gracias, Feral —dijo, sacudiéndose el polvo—.

Debería tener más cuidado.

—No te preocupes —respondió Feral, sonriendo—.

Todos tenemos nuestros momentos.

Hubo discusiones, sí.

Darius y Román se enzarzaron en un acalorado debate sobre la distribución de suministros, y Feral intervino con una sugerencia que los satisfizo a ambos.

La tensión se disipó, y por un momento, todos rieron.

Cuando la noche cayó, encendieron una gran fogata en el centro de las ruinas.

Las llamas bailaban, iluminando los rostros cansados pero vivos de los sobrevivientes.

Uno a uno, fueron dando sus respetos a los caídos.

Palabras de consuelo, de recuerdo, de promesas de seguir adelante.

El silencio se llenó de emociones contenidas.

Entonces, Leo se levantó y señaló a Feral.

—Feral —dijo—.

¿Quieres decir algo?

Feral negó con la cabeza.

—No, yo…

no soy bueno con las palabras.

—¡Vamos!

—lo animó Gliel desde su lugar.

—¡Sí, Feral!

—se unió Toto—.

¡Habla!

Pronto, varios se sumaron al coro.

Feral se sintió acorralado, pero también…

querido.

Presionado por la multitud, se levantó lentamente y caminó hacia el centro, frente a la fogata.

El sudor frío cubrió su cuerpo.

Miró a todos esos rostros que lo observaban, y por un momento, las palabras se negaron a salir.

Pero entonces respiró hondo.

Y habló.

—Perdón —dijo, y su voz tembló—.

Quiero pedirles perdón por el daño que les causé en el pasado.

Sé que mis palabras no traerán consuelo a los que perdieron a sus seres queridos.

Sé que no resucitarán a los muertos.

Pero quiero que sepan…

que me esforzaré por merecer su perdón.

Hizo una pausa.

Las llamas crepitaban a sus espaldas.

—Toda mi vida me he sentido solo.

Me criaron diciéndome que mis padres me habían abandonado.

Que el mundo jamás me aceptaría por lo que soy.

Imaginen escuchar eso todos los días, una y otra vez, durante veinte años.

Su voz se quebró, pero continuó.

—Pero ahora me encuentro aquí, y me doy cuenta de que todo era una mentira.

Tuve una madre que me amó antes de que yo llegara a este mundo.

Una madre que soñó conmigo, que me puso nombre, que imaginó cómo sería.

—Señaló a Leo—.

Tengo una familia.

Y si ustedes me lo permiten…

quiero tener un grupo al cual pertenecer.

El silencio era absoluto.

—Hoy decido honrar a los caídos con este juramento.

—Levantó la mano derecha, y su voz se hizo firme—.

Prometo que daré, si es posible, hasta mi vida por el bienestar de los que están aquí presentes.

Se los juro.

Las lágrimas corrían por su rostro, pero ya no le importaba.

—Sé que no será fácil.

Pero estoy dispuesto a hacer lo que sea necesario para ganarme su confianza y redimir mis acciones.

No solo por ustedes, sino por aquellos que ya no están.

Sus sacrificios no pueden ser en vano.

Inspiró hondo, sintiendo el peso de sus palabras.

—Hoy prometo ser una mejor persona.

Un mejor aliado.

Un mejor ser humano.

—Miró a cada uno de los presentes—.

Juro que lucharé con todas mis fuerzas para protegerlos y asegurar un futuro donde podamos vivir en paz.

Cuando terminó, el silencio se mantuvo por un largo momento.

Luego, alguien comenzó a aplaudir.

Luego otro.

Y otro.

Pronto, todos aplaudían, algunos con lágrimas en los ojos, otros con sonrisas.

Feral sintió que un peso se aligeraba en su corazón.

— La noche avanzó.

La fogata seguía ardiendo, y el calor de las llamas se mezclaba con el calor de la camaradería.

Feral habló con muchos, escuchó historias, compartió risas.

En un momento, Gliel se acercó con Perla.

Ella lo miró, y aunque aún había reserva en sus ojos, también había algo más.

—Feral —dijo—.

Gliel me ha contado mucho de ti.

Aprecio que estés tratando de enmendar tus errores.

—Gracias —respondió Feral.

—Pero aún guardo rencor por lo de Edwiin y Vikthor.

—Lo miró fijamente—.

Te estaré observando.

Feral asintió.

—Lo entiendo.

No espero más.

Perla asintió y se alejó.

Gliel le sonrió a Feral antes de seguirla.

—Está bien —dijo—.

Es solo cuestión de tiempo.

Más tarde, Leo se acercó y se sentó a su lado.

—Has hecho un gran trabajo esta noche —dijo, poniendo una mano en su hombro—.

Estoy orgulloso de ti.

Feral sonrió.

—Gracias.

Me siento afortunado de estar aquí.

De ser parte de esto.

Leo asintió.

—Nosotros somos los afortunados.

Juntos, podemos enfrentar cualquier cosa.

Feral miró a su alrededor.

Vio a Gliel y Perla abrazados.

Vio a Darius y Román discutiendo animadamente.

Vio a Dulce y Pircer riendo.

Vio a Toto tropezando de nuevo, y a Mila ayudándola a levantarse.

Vio a Vikthor, sentado aparte pero observando todo con una expresión que ya no era de odio.

Vio a su familia.

La noche se cerró con abrazos y palabras de ánimo.

Y Feral, por primera vez en su vida, sintió que había encontrado un hogar.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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