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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 5

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  3. Capítulo 5 - 5 El Faro y la Bruma
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5: El Faro y la Bruma 5: El Faro y la Bruma Más allá del campo de fuerza amarillo, el mundo era una herida abierta.

Pero dentro de sus tres mil kilómetros cuadrados de resplandor, la vida se aferraba con uñas y dientes.

El territorio de los ALIADOS no era solo un bastión; era un acto de fe monumental, un grito de luz contra la oscuridad que había devorado el planeta.

Estaba dividido en nueve sectores, cada uno un órgano vital en el cuerpo de la resistencia: · Sector Omega: El corazón.

Aquí, en edificios que capturaban y refractaban la luz del domo en destellos dorados, latía el poder.

Era el dominio del General en Jefe, una figura más leyenda que hombre.

· Sector Alfa: La mente.

Laboratorios donde el aire olía a ozono y desesperación.

Hologramas de batallas futuras danzaban sobre mesas, y científicos con ojos febriles buscaban el milagro que inclinara la balanza.

· Sector Beta: El puño.

Aquí el sonido era constante: el chasquido de espadas, el estallido de energía, el grito de soldados que se forjaban a sí mismos en el dolor.

Era el rugido de desafío de la humanidad.

· Sector Gama: El paño de lágrimas.

Hospitales iluminados por la tenue luz de monitores, donde el susurro de los moribundos se mezclaba con el rítmico pitido de las máquinas.

Cada vida salvada era una victoria táctica contra la muerte.

· Sector Sigma: Los nervios.

Una catedral de silicio y estática donde operadores, con rostros pálidos bañados por la luz azul de las pantallas, escuchaban los latidos del enemigo y enviaban órdenes a través del éter.

· Sector Eco: El pulmón.

Un milagro de verde y aroma.

Bajo invernaderos de cristal, la tierra aún daba frutos.

Era el recordatorio más doloroso y hermoso de lo perdido y lo que aún podía salvarse.

· Sector Tango: Las arterias.

Almacenes kilométricos repletos de suministros, donde el sonido era el retumbar de vehículos y el eco de listas de inventario.

Era la logística de la esperanza.

· Sector Romeo: El alma.

Aquí la resistencia no era con armas, sino con violines desafinados, pinturas de paisajes que ya no existían y obras de teatro sobre un futuro que tal vez nunca llegaría.

Era el refugio del espíritu.

· Sector Zulú: El escudo.

Murallas imponentes reforzadas con aleaciones de otra era, cañones de energía que se alzaban como dedos acusadores.

Aquí, la determinación se medía en centímetros de acero y en la vigilancia incansable de sus guardianes.

Cada sector, una centena de soldados.

Cada escuadrón, una familia.

Era una sociedad bajo asedio, frágil y ferozmente bella.

— En el corazón del Sector Eco, donde el aire olía a tierra húmeda y jazmín, la esperanza tenía nombre y armadura.

Se llamaba Perla.

Joven, con el pelo corto como un casco de ébano y ojos que habían visto suficiente dolor como para dejar de ser ingenuos, pero no suficiente como para apagarse.

Frente a ella, un grupo de reclutas, rostros lavados por la luz filtrada a través de las enredaderas de los invernaderos, la miraban con una mezcla de admiración y terror.

—¡Esto —dijo Perla, y su voz, clara y firme, cortó el murmullo de las hojas— es nuestro enemigo!

Ellos son la razón por la que el mundo es un páramo.

Y nosotros, los ALIADOS, somos el último muro entre la humanidad y la extinción.

Un muchacho, no mayor de diecisiete, levantó una mano temblorosa.

—¿Por qué… por qué se llaman los Diez Terrores, comandante?

Perla asintió.

Sabía la pregunta de memoria.

—Porque cada uno se ha erigido como la encarnación de un rasgo humano llevado al extremo de la maldad.

Memoricen esto.

Sus vidas dependerán de ello.

Caminó frente a ellos, cada paso un redoble de tambor.

—Número Uno: Konrrac.

Atributo: La Avaricia.

Poder: Absorbe energía, habilidades, vidas.

Es el fundador.

Nuestro propio fundador, Salazar… era su hijo.

Por eso estamos aquí.

Para detener el legado de un padre que prefirió devorar el mundo a compartirlo.

Un susurro incrédulo recorrió el grupo.

Perla no les dio tiempo para digerirlo.

—Número Dos: Melchor.

Atributo: La Muerte.

No habla.

Porque su voz es una niebla negra que extingue la vida.

Es el silencio hecho polvo.

Guardián del Gran Desierto de Sal, donde nada vuelve a crecer.

—Número Tres: Wiber.

Atributo: La Mentira.

Puede hacer que tus cinco sentidos traicionen a tu mente.

Verás agua donde hay ácido, oírás a tus seres queridos donde solo hay bestias.

El Bosque Negro es su reino de espejismos.

—Número Cuatro: Dante.

Atributo: El Vacío.

Fuerza, velocidad, invulnerabilidad.

Pero su verdadero terror está en la mordida.

Te drena la sangre en segundos y deja un cascarón vacío que obedece sus órdenes.

Las Ruinas Sangrientas son su monumento.

—Número Cinco: Teresa.

Atributo: La Locura.

Una científica sin ética, una bioquímica que juega con la carne y la mente como un niño con plastilina.

La Torre Oscura es su laboratorio de pesadillas.

Perla hizo una pausa breve, sus dedos se cerraron inconscientemente.

—Número Seis: Marcus.

Atributo: La Ira.

Se transforma en un demonio de furia viva.

Lo que tiene de hermoso, lo tiene de destructivo.

El Volcán Edna arde con su rabia.

—Número Siete: Arianna.

Atributo: La Lujuria.

—La voz de Perla se tensó, apenas perceptiblemente—.

Control mental.

Su belleza es una trampa.

Su mirada, una prisión.

Un… buen amigo mío confió en su sonrisa.

Ahora vigila las murallas del Valle de Sodoma, con ojos vacíos y una sonrisa que no es suya.

Los reclutas se estremecieron.

Perla respiró hondo, ahogando el viejo dolor.

—Número Ocho: Utaku.

Atributo: El Miedo.

Libera esporas que no envenenan el cuerpo, sino la memoria.

Te obliga a revivir tu peor terror hasta que la mente se rompe.

La Cueva del Diablo está llena de ecos de gritos que sólo sus víctimas pueden oír.

—Número Nueve: Jairo.

Atributo: El Dolor.

Un silbido.

Eso es todo.

Un silbido que rasga los nervios, que convierte la existencia en una agonía pura.

La Tundra Fantasma es un paisaje de estatuas con rostros retorcidos en un grito eterno.

Hizo una última pausa, mirando a los rostros pálidos frente a ella.

—Número Diez: Feral.

Atributo: La Soledad.

El más nuevo.

Fuerza bruta, velocidad, regeneración.

Un rugido que aturde y unas Garras Negras que parten la realidad.

Poco sabemos de él, excepto que guarda la Montaña Solitaria.

—Un recluta, más observador, frunció el ceño—.

Comandante… si su territorio es fértil, en medio de tanta desolación… ¿no podría significar algo?

¿Que tal vez no sea como los otros?

Perla lo miró fijamente.

No con enojo, sino con la tristeza de quien ha tenido que enterrar esperanzas similares.

—Las tierras pueden ser fértiles, recluta.

Pero un jardín cultivado por un verdugo sigue siendo un jardín de sangre.

No os engañéis.

Su poder nace de la misma oscuridad.

Son la tormenta.

Y nosotros, el faro.

No podemos apagarnos.

Alzó la voz, llenando el invernadero con su convicción.

—¡Cada uno de ustedes es una chispa!

¡Juntas, haremos una hoguera que ilumine esta noche hasta el amanecer!

¡Por la humanidad!

¡¡ALIADOS!!

El grito que respondió fue joven, agudo, pero lleno de una furia pura que resonó entre las plantas.

Perla asintió, satisfecha.

Mientras los reclutas se dispersaban, su asistente, la capitana Dulce —una mujer práctica con una coleta perfecta y ojos que no perdían detalle— se acercó.

—Siempre das el discurso, Perla.

Podrías delegar.

Eres Primer Comandante ahora.

—Nadie les contará la verdad como yo, Dulce —respondió Perla, observando el horizonte dorado del domo—.

Porque nadie la ha pagado tan cara.

En ese instante, sus brazales de comunicador vibraron al unísono.

Una frecuencia de prioridad Alfa.

Un mensaje lacónico: «Cuartel Central del Sector Eco.

Ya.» El viaje fue un contraste surrealista: pasillos bordeados de vida, bajo la luz cálida de lámparas que imitaban el sol, mientras una alarma silenciosa latía en sus venas.

Al doblar una esquina, se encontraron con un hombre alto, de sonrisa amplia y ojos que, por un instante, disipaban la sombra.

—Buenos días, Perla.

Dulce.

—Era Edwiin, el Subcomandante.

Su alegría era natural, un don raro en aquel lugar.

—Edwiin —saludó Perla con un asentimiento—.

¿También te llamaron?

—Así es.

Si mi padre nos convoca a los tres… no será para un té.

—¿Tu padre?

—preguntó Dulce, sorprendida.

—El General Vikthor Senior —aclaró Edwiin, su sonrisa un poco tensa—.

Una ventaja… y una carga.

Llegaron al Cuartel Central, un edificio que parecía tallado en luz solidificada.

En la entrada, un hombre con el porte de un lobo viejo y cicatrices que hablaban de mil batallas los recibió.

Capitán Darius.

—Pasen.

Les espera —dijo, su voz un rumor grave.

Su respeto era hacia Perla, no hacia el rango.

La Sala de Control era el cerebro expuesto del sector.

Pantallas fluían con ríos de datos, mapas holográficos giraban en el aire y el zumbido de la tecnología era el latido del lugar.

En el centro, rodeado de capitanes con rostros de piedra, estaba el General Vikthor Sr.

No era alto, pero su presencia llenaba el espacio.

Tenía el cabello gris cortado al ras y la mirada de un halcón que ha visto demasiados campos de batalla.

Al ver a su hijo, su expresión no cambió.

—Primer Comandante Perla.

Subcomandante Edwiin.

Capitana Dulce.

—Los saludó a todos por igual, sin favoritismos—.

Gracias por su prontitud.

Tenemos una eventualidad.

Con un gesto, una de las pantallas principales amplió una imagen transmitida desde el Sector Zulú.

La claridad era cristalina.

Y aterradora.

Allí, en las llanuras yermas justo fuera del resplandor amarillo del domo, se congregaba una fuerza.

No era un ejército desorganizado.

Era una legión de siluetas distorsionadas, bestias de guerra y soldados con armaduras oscuras.

Y entre ellos, como torres vivientes, se distinguían varias figuras imposibles de confundir: la silueta alada de Konrrac, la sombra gélida de Dante, la masa amorfa de algo que podría ser Utaku… y otras.

Los Diez Terrores.

Todos.

—Transmisión en tiempo real del puesto de avanzada Zulú-9 —declaró Vikthor, su voz plana—.

Han reunido toda su fuerza militar.

Y están ahí.

Quietos.

Observando.

Perla estudió la imagen, su mente calculando.

—No es un acto de intimidación.

Es preparación.

Tienen un plan para romper el escudo.

De lo contrario, no se exponían así.

Edwiin cruzó los brazos, desafiante.

—Es imposible.

El domo ha resistido todo durante veinte años.

Energía, bombardeos, incluso los poderes de Konrrac.

Es impenetrable.

—Lo era —corrigió Vikthor, fríamente—.

El General en Jefe ha emitido Alerta Máxima para todos los sectores.

No subestimen a Konrrac.

Ha tenido dos décadas para pensar en cómo derribar nuestra puerta.

La tensión en la sala se volvió física, como si el aire mismo se comprimiera.

Perla miró la pantalla, fijándose en una figura más pequeña, aislada en un promontorio, mirando hacia el domo con una intensidad que traspasaba la distancia.

Pelaje negro, silueta lupina.

El Número Diez.

Feral.

Por primera vez, una duda, pequeña y traicionera, se coló en su certeza.

¿Qué estás viendo, bestia?

¿Qué esperas encontrar aquí?

—¿Órdenes, general?

—preguntó Perla, volviendo a la realidad.

Vikthor miró a cada uno de ellos.

—Preparen a sus hombres.

Revisen cada sistema de defensa del sector.

Y recen, si es que aún creen en algo.

Porque esa —señaló la pantalla con el mentón— no es una amenaza.

Es una promesa.

La promesa del fin.

Y nosotros vamos a estar aquí para recibirla.

Mientras salían, Edwiin caminó junto a Perla.

—No pasarán —murmuró, más para sí mismo.

Perla no respondió.

Miró hacia los invernaderos, hacia el verde milagroso que cultivaban.

Luego, hacia la pantalla que aún mostraba la legión de sombras.

No pensó en la esperanza.

Pensó en el amigo que había perdido, en los reclutas de rostros jóvenes, en el silbido de Jairo y en las garras negras que partían montañas.

La batalla por el alma del mundo no se libraría en un campo abierto.

Se libraría aquí, en el último pedazo de cielo que les quedaba.

Y ella, Perla, la chispa convertida en antorcha, estaría en primera línea.

Hasta el final.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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