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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 41

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41: El Primer Beso 41: El Primer Beso La noche había cerrado sobre las ruinas de la ciudadela como un manto pesado.

La mayoría de los sobrevivientes dormían ya, agotados por días de escombros y duelo.

Leo había insistido en que Feral necesitaba un espacio propio, una habitación apartada con una pequeña bañera que milagrosamente aún funcionaba.

—Descansa —le había dicho—.

Mañana será otro día.

Feral no sabía descansar.

Pero el agua tibia ayudaba.

Sumergido hasta el cuello, con los brazos apoyados en los bordes de la bañera, dejó que el calor aflojara sus músculos.

Una copa de vino descansaba en el suelo, junto a una vela que proyectaba sombras bailarinas en las paredes agrietadas.

Cerró los ojos e intentó no pensar.

No pensar en Konrrac desintegrándose en luz.

No pensar en su madre, en su voz cantando una canción de cuna.

No pensar en lo que vendría después.

Pensó en Retza.

Era inevitable.

Desde que la conoció, su mente volvía a ella una y otra vez.

Su voz.

Su forma de mirarlo como si viera algo que nadie más veía.

La calma que sentía cuando estaba cerca.

¿Dónde estarás ahora?

—se preguntó.

Y entonces, la puerta se abrió.

Retza estaba en el umbral.

Su cabello oscuro caía suelto sobre sus hombros, y sus ojos —esos ojos que habían visto nacer y morir civilizaciones— lo miraban con una intensidad que le heló la sangre y le aceleró el corazón al mismo tiempo.

—Retza —dijo Feral, y su voz sonó más ronca de lo que esperaba—.

¿Qué haces aquí?

Ella no respondió de inmediato.

Cerró la puerta tras de sí con suavidad y se acercó lentamente.

Sus pies descalzos apenas hacían ruido sobre las baldosas rotas.

Se sentó en el borde de la bañera, y por un momento, solo miró el agua, las ondas que se formaban con cada pequeño movimiento de Feral.

—No podía dormir —dijo al fin.

—Yo tampoco.

Un silencio.

Largo.

Pesado.

Pero no incómodo.

Era un silencio que ambos necesitaban.

Retza metió la mano en el agua, jugando con ella, trazando círculos con la punta de los dedos.

El roce de su piel contra el agua parecía hipnotizarla.

—Lo lograste —susurró—.

Lo venciste.

—Tú me ayudaste.

—Te mostré el camino.

Lo recorriste tú solo.

Feral la observaba.

En la penumbra, con la luz de la vela bailando en su rostro, Retza parecía más humana que nunca.

Menos diosa.

Más mujer.

—Retza —dijo, y ella levantó la vista—.

¿Por qué lo hiciste?

—¿Por qué te ayudé?

—Por qué arriesgaste todo.

Dijiste que los dioses tienen reglas.

Dijiste que no podían interferir.

—Hizo una pausa—.

Tú interferiste.

Ella sostuvo su mirada.

Por un momento, Feral creyó ver miedo en sus ojos.

Miedo de verdad.

—Porque no pude evitarlo —respondió, y su voz fue apenas un susurro—.

Porque cuando te vi, cuando te tuve frente a mí en esa habitación de la montaña, supe que no importaban las reglas.

Supe que…

Se detuvo.

Apartó la mano del agua y la dejó reposar sobre el borde de la bañera, a centímetros de la de Feral.

—¿Qué?

—preguntó él, con el corazón latiéndole en los oídos.

—Que había esperado toda mi existencia para encontrar algo como esto —completó ella, sin atreverse a mirarlo—.

Algo…

alguien que me hiciera sentir viva de verdad.

El silencio volvió.

Pero ahora era diferente.

Ahora estaba cargado de todo lo que no se atrevían a decir.

Feral sintió que las palabras se agolpaban en su garganta.

Yo también.

Desde que te vi.

No sé qué me pasa cuando estás cerca.

Me aterras y te necesito al mismo tiempo.

Pero no dijo nada.

En lugar de eso, movió su mano.

Lentamente.

Lo suficiente para que sus dedos rozaran los de ella.

Retza contuvo el aliento.

—Retza —dijo Feral, y su nombre sonó como una oración—.

Mírame.

Ella obedeció.

Sus ojos se encontraron, y en ellos vieron todo lo que las palabras no decían.

Miedo.

Deseo.

Esperanza.

La certeza aterradora de que nada volvería a ser igual.

Feral se incorporó ligeramente en el agua, acercándose a ella.

El movimiento hizo que el agua chapoteara, que algunas gotas salpicaran el vestido de Retza, pero ninguna de los dos lo notó.

—¿Qué somos?

—preguntó Feral, con la voz temblorosa—.

¿Qué es esto?

—No lo sé —admitió ella—.

Pero no quiero que se acabe.

Él levantó la mano que aún no tocaba la de ella y, con una lentitud casi dolorosa, acarició su mejilla.

La piel de Retza era suave, cálida, tan humana.

Tan real.

—Tengo miedo —confesó Feral—.

Miedo de no merecer esto.

Miedo de que desaparezcas.

Miedo de…

—Lo sé —lo interrumpió ella, cubriendo su mano con la suya—.

Yo también tengo miedo.

Pero estoy aquí.

No me he ido.

—Podrían castigarte.

—Que lo intenten.

Feral sonrió.

Una sonrisa pequeña, frágil, pero real.

—Eres increíble.

—Tú también.

Y entonces, ocurrió.

No hubo un “momento perfecto”.

No hubo una declaración grandiosa.

Solo dos personas, una diosa y un hombre lobo, que se miraron a los ojos y supieron que ya no podían seguir fingiendo.

Feral inclinó la cabeza.

Retza cerró los ojos.

Y sus labios se encontraron.

El beso fue suave al principio.

Casi una pregunta.

Luego, más profundo.

Una respuesta.

Sus manos se enredaron, sus cuerpos se inclinaron el uno hacia el otro, y por un instante, el mundo dejó de existir.

No hubo guerra.

No hubo dioses.

No hubo reglas rotas.

Solo ellos.

Cuando se separaron, jadeando ligeramente, Feral apoyó su frente contra la de ella.

—No sé qué pase mañana —susurró.

—Yo tampoco —respondió Retza, con una sonrisa temblorosa—.

Pero hoy estamos aquí.

Feral sonrió.

Y la besó de nuevo.

Afuera, la noche seguía su curso.

Las ruinas de la ciudadela seguían en silencio.

Y en algún lugar, muy lejos, las reglas que Retza había roto comenzaban a cobrar conciencia de lo ocurrido.

Pero eso sería otro día.

Esta noche, solo importaba el amor recién nacido entre un hombre y una mujer que, contra todo pronóstico, se habían encontrado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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