Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 42
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42: El Peso De La Eternidad 42: El Peso De La Eternidad La luz entró como un ladrón silencioso, filtrándose por las grietas de la pared, dibujando líneas doradas sobre las sábanas revueltas.
Feral despertó sin saber exactamente cuándo había cerrado los ojos.
El brazo de Retza descansaba sobre su pecho, su peso era una caricia constante.
Contuvo la respiración, temiendo que el simple acto de inhalar rompiera el hechizo.
Ella dormía con el rostro vuelto hacia él, medio oculto por el cabello oscuro.
Parecía tan…
humana.
Tan frágil.
Una diosa, sí, pero en ese momento solo era una mujer que había decidido quedarse.
Feral levantó la mano con lentitud, apartando con la punta de los dedos un mechón de su rostro.
La piel de Retza era cálida.
Real.
Ella se movió ligeramente, un suspiro escapando de sus labios.
Luego, sus párpados se abrieron.
Lo miró.
Y sonrió.
—Hola —dijo, con voz aún dormida.
—Hola —respondió él.
Ninguno dijo nada más.
No hacía falta.
Feral deslizó su mano por su brazo, sintiendo la piel, el calor, la prueba de que no era un sueño.
Retza cerró los ojos un instante, disfrutando del roce.
Luego, sin mediar palabra, se incorporó ligeramente y apoyó la cabeza en su hombro.
El sol seguía entrando.
El polvo bailaba en los rayos de luz.
Afuera, el mundo seguía roto.
Pero allí, en esa cama, solo existían ellos.
—Nunca había despertado así —murmuró Feral al cabo de un rato.
—¿Cómo?
—Así.
—Buscó las palabras—.
Con ganas de que el momento no terminara.
Con miedo de moverme y romper algo.
Retza levantó la cabeza y lo miró.
Sus ojos, esos ojos milenarios, brillaban con algo que parecía asombro.
—Yo tampoco —admitió—.
Y he despertado muchas veces.
Feral sonrió.
Le acarició la mejilla, trazando el contorno de su mandíbula con el dorso de los dedos.
Ella se inclinó hacia la caricia, como una flor buscando la luz.
—Eres increíblemente hermosa —dijo él.
—Eres increíblemente torpe con los cumplidos —respondió ella, pero sonreía.
—Funciona, ¿no?
—Tal vez.
Se besaron.
Un beso lento, sin prisa.
Un beso de recién despertados, que sabía a intimidad y a promesa.
Cuando se separaron, Feral sintió que el pecho se le llenaba de algo que no podía nombrar.
Algo cálido.
Algo aterrador.
—Retza —dijo.
—¿Mmm?
—Gracias.
Ella lo miró, interrogante.
—Por quedarte.
La sonrisa de Retza se volvió más suave.
Más frágil.
—No podría irme aunque quisiera —susurró.
Y entonces, algo cambió en sus ojos.
Feral lo notó de inmediato.
La forma en que la sonrisa de Retza se tensó ligeramente.
La manera en que su mirada se desvió hacia la ventana, hacia la luz, hacia cualquier lugar que no fueran sus ojos.
—¿Qué pasa?
—preguntó.
—Nada.
—Retza.
Ella se incorporó, sentándose en la cama.
Las sábanas resbalaron, revelando sus hombros desnudos, pero no pareció notarlo.
Su mirada estaba perdida en algún punto de la habitación.
—Tengo que irme —dijo.
Feral se incorporó también, tocando su brazo.
—¿Irte?
¿Por qué?
—Porque…
—Retza respiró hondo—.
Porque si me quedo, va a ser más difícil.
—¿Más difícil para qué?
Ella negó con la cabeza, apartándose.
Se levantó de la cama, buscando su ropa entre las sombras de la habitación.
Feral la observaba, sintiendo cómo el calor de la mañana se desvanecía.
—Retza, mírame.
Ella se detuvo.
No se giró.
—Por favor.
Lentamente, se volvió.
Y Feral vio algo que no había visto antes en sus ojos: miedo.
Miedo de verdad.
—¿Qué te preocupa tanto?
—preguntó, con voz más suave—.
Dijiste que no eres libre.
Dijiste que hay reglas.
Pero ni siquiera sé de dónde vienes.
Retza sostuvo su mirada.
Por un momento, pareció a punto de hablar.
Luego, negó con la cabeza.
—Si te lo cuento…
—¿Qué?
—Vas a verme diferente.
Feral se levantó.
Dio un paso hacia ella.
Luego otro.
Hasta que estuvo lo suficientemente cerca para tomar sus manos.
—No me importa de dónde vienes —dijo—.
No me importa lo que seas.
Me importas tú.
Retza sintió que algo se rompía dentro de ella.
Las reglas.
El miedo.
El silencio de milenios.
Todo pareció hacerse añicos frente a la simpleza de sus palabras.
—Siéntate —pidió—.
Esto…
esto va a llevar un rato.
Feral asintió.
La tomó de la mano y la guió de vuelta a la cama.
Se sentaron juntos, frente a la luz de la mañana, como dos personas normales a punto de compartir sus historias.
Ninguno de los dos era normal Retza tardó en empezar.
Miraba sus propias manos entrelazadas con las de Feral, como si buscara en ellas las palabras.
—Me preguntas de dónde vengo —dijo al fin—.
Y por qué los dioses no pueden hacer lo que desean.
Feral apretó suavemente sus dedos.
Un gesto pequeño.
Un “estoy aquí”.
—Antes de mí, antes de ti, antes de todo —continuó—, existía algo que llamamos El Que Será.
No era una forma, ni un color, ni siquiera energía.
Era…
potencial.
Conciencia de sí mismo en medio de la nada.
Hizo una pausa.
—De su silencio brotó la primera chispa.
Esa chispa se llamó Edén.
El que es.
El padre de la creación.
Feral la escuchaba sin interrumpir.
En sus ojos no había incredulidad.
Solo atención.
—Edén se convirtió en espacio y energía.
Llamó a su morada Quantumversus.
Y allí fragmentó su ser en incontables partículas…
los Beyonversos.
Cada uno tejido de dos fuerzas: el Bien y el Mal.
Fuerzas abstractas, pero conscientes.
Que reconocieron a Edén como padre, y a El Que Será como señor.
Retza levantó la vista, buscando la reacción de Feral.
—¿Me sigues?
—Sí —respondió él—.
Aunque no entienda todo.
—No necesitas entenderlo todo.
Solo necesitas saber esto: de la tensión entre Bien y Mal nacieron los Godversos.
Matrices de energía que dieron forma a los doce arquetipos.
Y de ellos surgimos nosotros.
Los dioses.
Ciento cuarenta y cuatro en total.
Su voz tembló ligeramente.
—Cada uno vibra con un atributo.
Cada uno es una nota en la sinfonía del cosmos.
Yo soy Retza.
La vibración del Amor.
—Lo miró—.
Mi canto…
se entrelazó contigo desde el primer momento.
Feral sintió un escalofrío.
No de miedo.
De algo más profundo.
—Pero nuestras melodías no son libres —continuó Retza—.
De la vibración conjunta de todos los dioses nació…
el Inquisidor.
El nombre cayó entre ellos como una piedra en agua tranquila.
—Él nos ordenó.
Nos vigiló.
Nos obligó a seguir la entonación que nos dio origen.
Desde entonces, ninguno de nosotros puede hacer lo que le plazca.
Somos notas en una canción que no elegimos.
—¿Y si desafinas?
—preguntó Feral.
Retza lo miró.
Y en sus ojos, él vio la respuesta antes de que ella hablara.
—No quiero saberlo.
—Yo sí —dijo Feral—.
Porque si tú has desafiado las reglas por mí, necesito saber lo que te espera.
Ella negó con la cabeza.
—No se trata de lo que me espera a mí.
Se trata de lo que nos espera a nosotros.
A ti, Feral.
Porque ahora que has entrado en mi vida, ahora que hemos…
—buscó las palabras—.
El Inquisidor no puede verme directamente cuando estoy en tu mundo.
María y Yami me enseñaron a ocultarme.
Pero si él descubre que he…
—¿Qué?
—Que he amado.
Que he amado de verdad, con todo lo que soy, rompiendo las reglas.
Si lo descubre…
—Retza tragó saliva—.
No vendrá por mí.
Vendrá por ti.
El silencio que siguió fue pesado.
Feral procesó sus palabras.
Luego, sin soltar sus manos, dijo: —Que venga.
—Feral…
—Que venga —repitió—.
He matado a un ser que absorbió la energía de un planeta entero.
He despertado un poder que ni siquiera entiendo del todo.
He perdonado a mi asesino y he encontrado una familia.
—La miró fijamente—.
No voy a dejar que ningún inquisidor, ningún dios, nadie, me arrebate lo que he encontrado.
Retza sintió que los ojos se le humedecían.
—No sabes lo que dices —susurró.
—Sé perfectamente lo que digo.
Ella negó, pero era una negación sin fuerzas.
Como si quisiera convencerse a sí misma más que a él.
—Hay más —dijo—.
Hay mucho más.
Los mortales…
antes éramos libres de interactuar con ellos.
Hasta que un hombre se levantó.
Galdur Dragnor.
Feral frunció el ceño.
—Él y sus descendientes desafiaron a los dioses.
Liberaron su universo.
Llevaron la guerra hasta el Omniverso mismo.
Por generaciones lucharon, hasta que el Inquisidor los aplastó.
—Su voz se volvió más queda—.
El último Dragnor cayó.
Y con él, toda la rebelión.
Pero las consecuencias fueron terribles.
El Inquisidor nos prohibió descender.
Nos prohibió tocar directamente la vida de los mortales.
Solo podemos observar, y entregarles la vibración de nuestro atributo.
—Como tú entregas Amor —dijo Feral.
—Como yo entrego Amor.
Sin poder abrazar jamás.
La frase quedó flotando en el aire.
Sin poder abrazar jamás.
Y sin embargo, ahí estaban.
Sentados en una cama, con las manos entrelazadas, después de una noche de intimidad.
—Has abrazado —dijo Feral.
—Lo sé.
—Has amado.
—Lo sé.
—Y no me arrepiento —dijo Feral—.
¿Tú?
Retza lo miró largamente.
Tanto tiempo que Feral comenzó a temer la respuesta.
—No —susurró al fin—.
No me arrepiento.
Pero tengo miedo, Feral.
Miedo de que mi canto, que debería ser libre, sea solo un eco controlado.
Miedo al silencio del Inquisidor.
Miedo a la cadena invisible que nos ata.
Miedo a lo que puedan hacerte.
Feral soltó una de sus manos y le acarició la mejilla.
—Entonces enfrentaremos ese miedo juntos.
—No es tan sencillo.
—Nunca lo es.
Pero aquí estoy.
Aquí estamos.
¿O no?
Retza cerró los ojos un instante.
Cuando los abrió, las lágrimas habían comenzado a desbordarse.
—No soy libre, Feral.
Ninguno de nosotros lo es.
Somos dioses vigilados, dioses que no pueden hacer lo que desean.
Y yo, que soy Amor, he vivido milenios con la melancolía de no poder amar sin límites.
Feral las secó con el pulgar, con una ternura infinita.
—Y sin embargo —continuó ella, con voz entrecortada—, contigo, por un instante, siento que mi canto se escapa de la vigilancia.
Que mi Amor se vuelve más fuerte que el Inquisidor.
Quizás esa sea mi única libertad: amarte en secreto, aunque el cosmos me obligue a cantar otra canción.
Feral la atrajo hacia sí.
La abrazó con fuerza, sintiendo su cuerpo temblar contra el suyo.
—Entonces cantemos en secreto —murmuró contra su cabello—.
Que se joda el Inquisidor.
Que se jodan las reglas.
Yo te elegí a ti.
Y te voy a seguir eligiendo, pase lo que pase.
Retza se aferró a él como si fuera su única ancla en medio de una tormenta cósmica.
Y así, abrazados, dejaron que la mañana avanzara.
Afuera, las ruinas de la ciudadela seguían en silencio.
Pero en algún lugar, muy lejos, en las profundidades del Omniverso, algo había comenzado a prestar atención.
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