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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 43

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  3. Capítulo 43 - 43 El Peso Del Perdón
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43: El Peso Del Perdón 43: El Peso Del Perdón La luz de la mañana se filtraba por las grietas de la pared como un río dorado, bañando las sábanas revueltas y los cuerpos que aún descansaban entrelazados.

Feral no sabía cuánto tiempo había pasado desde que cerró los ojos.

El brazo de Retza seguía sobre su pecho, su peso era una caricia constante, una prueba de que la noche no había sido un sueño.

Contuvo la respiración, temiendo que el simple acto de inhalar rompiera el hechizo.

Ella dormía con el rostro vuelto hacia él, el cabello oscuro cayendo como un velo sobre la almohada.

Sus labios, ligeramente entreabiertos, dejaban escapar una respiración tranquila, profunda.

Parecía tan…

humana.

Tan frágil.

Una diosa que había decidido quedarse.

Feral levantó la mano con lentitud, con el cuidado de quien toca algo sagrado.

Apartó un mechón de su rostro, dejando al descubierto la curva de su mejilla, la suavidad de su piel.

Sus dedos trazaron una línea invisible desde su sien hasta su mandíbula, apenas rozando.

Retza se movió ligeramente.

Un suspiro.

Luego, sus párpados se abrieron.

Lo miró.

Y sonrió.

—Hola —dijo, con voz aún dormida, ronca, íntima.

—Hola —respondió él.

El silencio que siguió no fue incómodo.

Era un silencio lleno, denso, donde cabían todas las palabras que no necesitaban decirse.

Feral deslizó su mano por su brazo, sintiendo la piel, el calor, la realidad de ella.

Retza cerró los ojos un instante, disfrutando del roce, y luego se incorporó ligeramente para apoyar la cabeza en su hombro.

Afuera, el mundo seguía roto.

Las ruinas de la ciudadela, los escombros, los muertos que aún lloraban.

Pero allí, en esa cama improvisada, solo existían ellos.

—Nunca había despertado así —murmuró Feral al cabo de un rato.

—¿Cómo?

—Así.

—Buscó las palabras, esas que siempre se le escapaban—.

Con ganas de que el momento no terminara.

Con miedo de moverme y romper algo.

Retza levantó la cabeza y lo miró.

Sus ojos, esos ojos milenarios que habían visto nacer y morir civilizaciones, brillaban con algo que parecía asombro.

Como si ella también estuviera descubriendo algo nuevo.

—Yo tampoco —admitió—.

Y he despertado muchas veces.

Feral sonrió.

Le acarició la mejilla, trazando el contorno de su mandíbula con el dorso de los dedos.

Ella se inclinó hacia la caricia, como una flor buscando la luz.

—Eres increíblemente hermosa —dijo él.

—Eres increíblemente torpe con los cumplidos —respondió ella, pero sonreía.

—¿Funciona?

—Tal vez.

Se besaron.

Un beso lento, sin prisa, que sabía a intimidad y a promesa.

Cuando se separaron, Feral sintió que el pecho se le llenaba de algo que no podía nombrar.

Algo cálido.

Algo aterrador.

—Retza —dijo.

—¿Mmm?

—Gracias.

Ella lo miró, interrogante.

—Por quedarte.

Por arriesgarte.

Por…

todo.

La sonrisa de Retza se volvió más suave, más frágil.

Por un instante, Feral vio en sus ojos algo que no había visto antes: vulnerabilidad.

Miedo.

Pero también una determinación feroz.

—No podría irme aunque quisiera —susurró.

Y entonces, antes de que pudieran decir nada más, un golpe en la puerta rompió el silencio.

Feral se tensó de inmediato.

Su cuerpo, entrenado durante años para esperar lo peor, reaccionó antes que su mente.

Retza puso una mano sobre su pecho, calmándolo.

—Tranquilo —dijo en voz baja—.

No es una amenaza.

—¿Cómo lo sabes?

Ella sonrió con picardía.

—Porque si fuera el Inquisidor, no llamaría.

Feral no pudo evitar una sonrisa.

La tensión se disipó ligeramente.

Otro golpe.

Más insistente.

—¿Feral?

—la voz de Leo llegó a través de la puerta—.

¿Estás despierto?

Necesito hablar contigo.

Feral y Retza intercambiaron una mirada.

Ella asintió, y él se incorporó, buscando su ropa entre las sábanas revueltas.

Mientras se vestía, Retza permaneció en la cama, cubierta hasta los hombros, observándolo con una mezcla de ternura y diversión.

—Pareces un adolescente a punto de ser descubierto por su padre —comentó.

—Cállate —respondió él, pero sonreía.

Cuando abrió la puerta, Leo estaba allí, con el rostro serio pero no alarmado.

Detrás de él, se veía el pasillo del refugio, con sus paredes agrietadas y las luces parpadeantes.

—Buenos días —dijo Leo, y su mirada se desvió brevemente hacia el interior de la habitación, donde Retza se había incorporado, cubriéndose con la sábana con una dignidad que solo una diosa podía mantener—.

Ah.

Veo que…

interrumpo algo.

—Depende de lo que tengas que decir —respondió Feral, cruzando los brazos.

Leo carraspeó.

—El consejo se reúne en una hora.

Todos los líderes de los sectores estarán presentes.

Y tú, Feral, tienes que estar ahí.

Feral frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque no todos están contentos con tu presencia.

Porque Vikthor ha estado hablando.

Porque hay quienes exigen respuestas.

—Leo suspiró—.

Porque la guerra terminó, pero construir la paz es más difícil que ganar una batalla.

El silencio se instaló entre ellos.

Feral sintió que el peso del mundo volvía a caer sobre sus hombros.

—Iré —dijo.

Leo asintió, lanzó una última mirada hacia Retza (una mirada que era pura curiosidad, pero también respeto) y se retiró.

Feral cerró la puerta y se apoyó contra ella, exhalando profundamente.

—No va a ser fácil —murmuró.

Detrás de él, sintió los brazos de Retza rodear su cintura.

Su voz, cálida, llegó a su oído: —Nada que valga la pena lo es.

La sala era un antiguo comedor del refugio, el único espacio lo suficientemente grande para albergar a los representantes de los sectores.

Las paredes, aún marcadas por las grietas de los terremotos, habían sido cubiertas con telas improvisadas.

Una mesa larga, hecha de tablones unidos, ocupaba el centro.

Alrededor, los líderes.

Leo presidía la mesa, con su armadura de energía latiendo suavemente a su alrededor, reflejo de su estado de alerta.

A su izquierda, Lissa, con el brazo aún vendado pero la mirada firme.

A su derecha, Trass, que asentía con gravedad mientras observaba a los recién llegados.

Más allá, Vikthor ocupaba un lugar destacado.

Su cuerpo, aunque recuperado, aún mostraba señales de la batalla contra Feral: una cicatriz reciente cruzaba su mejilla, y su brazo derecho se movía con una rigidez que delataba que no estaba al cien por ciento.

Pero sus ojos…

sus ojos miraban a Feral con una intensidad que helaba la sangre.

Perla estaba sentada junto a Gliel, su mano entrelazada con la de él.

Su expresión era difícil de leer: ni hostilidad ni afecto, solo una cautelosa espera.

Darius, Román, Mila, Estella, Pircer, Toto, Yodiel, Loombar…

todos estaban allí.

Todos observaban a Feral mientras cruzaba la puerta.

Y a su lado, Retza.

La diosa había insistido en acompañarlo.

No como deidad, dijo, sino como testigo.

Nadie se atrevió a cuestionar su presencia.

—Siéntense —indicó Leo.

Lo hicieron.

El silencio era denso.

—Llevamos tres días desde la caída de Konrrac —comenzó Leo, con voz grave—.

Tres días desde que terminó la guerra.

Y en estos tres días, hemos comenzado a reconstruir.

Pero también hemos comenzado a hacer preguntas.

Miró directamente a Feral.

—Preguntas sobre el futuro.

Sobre la justicia.

Sobre cómo integrar a alguien que, hasta hace muy poco, era nuestro enemigo.

Un murmullo recorrió la mesa.

Vikthor se levantó.

Su movimiento fue lento, deliberado, como si cada articulación le costara.

Cuando habló, su voz resonó en el silencio: —Mi hijo Edwiin murió en batalla.

Murió luchando contra él.

—Señaló a Feral—.

Y no fue un accidente.

Fue una elección.

Fue asesinado.

Feral sostuvo su mirada.

No se defendió.

No dijo nada.

—No pido venganza —continuó Vikthor, y en su voz había algo peor que odio: dolor—.

Pero sí respuestas.

Sí justicia.

¿Qué garantías tenemos de que no volverá a matar?

¿Qué garantías de que su redención es real?

El silencio que siguió fue tan pesado que parecía sólido.

Feral inspiró hondo.

Y habló.

—Ninguna.

Todos lo miraron.

—No tengo garantías que darles.

No puedo demostrarles que he cambiado con palabras.

Solo puedo demostrarlo con hechos.

—Se levantó lentamente—.

Por eso acepto lo que sea que decidan.

Juicio.

Castigo.

Exilio.

Lo que sea.

Vikthor lo observó largamente.

—¿Y si decido matarte?

Feral no dudó: —Entonces te esperaré.

Como prometí.

Cuando estés al cien por ciento.

Donde quieras.

Sin poderes, si eso prefieres.

Un rumor de sorpresa recorrió la mesa.

Leo intervino: —Nadie va a matar a nadie.

Hemos perdido demasiados ya.

—Miró a Vikthor con firmeza—.

Pero Feral tiene razón: necesita ganarse su lugar.

Por eso propongo algo.

Sacó un mapa rudimentario, marcado con manchas de tinta.

—Estos son los territorios más afectados por la guerra.

El sector Zulú, devastado.

Tango, en ruinas.

Eco, sin cosechas.

Romeo, sin infraestructura.

—Señaló cada punto—.

Propongo que Feral trabaje en la reconstrucción.

Que visite cada uno de estos lugares.

Que ayude, que construya, que sangre por esta tierra.

Y cuando haya terminado, entonces hablaremos de perdón.

Vikthor frunció el ceño.

—¿Y mientras tanto?

—Mientras tanto, responderá ante mí.

Y ante un consejo de supervisión formado por representantes de cada sector.

—Leo miró a Perla—.

Perla será una de ellas.

Perla se tensó, pero asintió.

—Yo también —dijo Vikthor—.

Lo supervisaré personalmente.

Feral asintió.

—Acepto.

La mesa estalló en murmullos.

Discusiones.

Algunos apoyaban, otros se oponían.

Pero Leo levantó la mano y el silencio volvió.

—Entonces está decidido.

Feral comenzará mañana en el sector Zulú.

—Miró a los presentes—.

Reunión terminada.

La noche había caído cuando Feral y Retza regresaron a su habitación.

Él caminaba en silencio, con la mirada perdida en el suelo.

Ella lo observaba, esperando.

Cuando cerraron la puerta, Feral se dejó caer en la cama, exhalando profundamente.

—Zulú —murmuró—.

El lugar donde masacramos a tantos.

Retza se sentó a su lado, acariciando su cabello.

—Lo sé.

—Van a odiarme.

—Probablemente.

—Vikthor me odia.

—Con razón.

—¿Siempre tienes que tener razón?

—Es uno de mis dones.

Feral la miró.

Y a pesar de todo, sonrió.

—¿Qué voy a hacer sin ti?

Retza se inclinó y lo besó.

Un beso suave, cálido.

—No vas a estar sin mí —susurró contra sus labios—.

Iré contigo.

—¿Puedes?

—Puedo ocultarme.

Observar desde las sombras.

Y si alguien pregunta, diré que soy tu asistenta.

—Sonrió con picardía—.

Una diosa asistenta.

Qué degradante.

Feral rió.

Por primera vez en días, rió de verdad.

—Te amo —dijo, y las palabras salieron solas, sin pensar.

Retza lo miró, y en sus ojos, por un instante, Feral vio la eternidad.

—Yo también te amo —respondió ella—.

Y por eso, Feral, vamos a enfrentar esto juntos.

Pase lo que pase.

Se abrazaron.

La noche los envolvió.

Pero en algún lugar, muy lejos, en la oscuridad del territorio Zulú, una figura observaba el horizonte.

Un superviviente.

Un testigo de la masacre.

Sostenía una foto de su familia, asesinada por los Terrores.

Y en sus ojos, solo había odio.

Mañana, Feral llegaría a Zulú.

Mañana, comenzaría la verdadera prueba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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