Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 44
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44: La Tierra Que Clama Justicia 44: La Tierra Que Clama Justicia La mañana siguiente amaneció fría, cubierta por un manto de nubes grises que parecían llorar por anticipado.
Feral despertó antes del alba, con el peso de la jornada instalado en el pecho como una losa.
Retza ya no estaba a su lado, pero su calidez aún permanecía en las sábanas.
La encontró junto a la ventana, observando el cielo.
Vestía ropas sencillas, mortales, que había conseguido no sabía dónde: una camisa holgada y pantalones oscuros.
Su cabello, recogido en una trenza, la hacía parecer una mujer común.
Una mentira hermosa.
—¿No duermes nunca?
—preguntó Feral, incorporándose.
—Dormí lo suficiente —respondió ella sin volverse—.
El cielo está triste hoy.
—El cielo siempre está triste en Zulú.
Retza se giró.
Lo miró con esa intensidad suya, como si pudiera ver a través de él, más allá de su piel, hasta los rincones donde se escondían sus miedos.
—¿Estás listo?
Feral negó con la cabeza.
—No.
Pero iré de todas formas.
Ella sonrió.
Una sonrisa pequeña, cómplice.
—Esa es la respuesta correcta.
Se vistieron en silencio.
Cuando salieron, Gliel los esperaba en la entrada del refugio, apoyado contra una columna rota.
A su lado, Perla, con los brazos cruzados y expresión impenetrable.
—Leo nos pidió que los acompañáramos —dijo Gliel—.
Al menos hasta la frontera de Zulú.
—No hace falta —respondió Feral.
—No es por ti.
Es por los que viven allá.
—Gliel se encogió de hombros—.
Van a necesitar ver caras conocidas.
Alguien que les diga que esto es de verdad.
Feral asintió.
No había argumento contra eso.
Perla no dijo nada.
Solo miró a Retza con curiosidad, evaluándola.
Retza sostuvo su mirada con una calma que desarmaba.
—Supongo que eres la famosa diosa —dijo Perla al fin.
—Supongo que eres la famosa Perla —respondió Retza.
Hubo un tenso silencio.
Luego, Perla esbozó algo que podría haber sido una sonrisa.
—Que te mejores —dijo, y se alejó.
Gliel suspiró.
—Tardará en aceptarte.
A todos nos cuesta.
—Lo sé —dijo Feral—.
Vamos.
El camino a Zulú era un recordatorio constante de la guerra.
Atravesaron aldeas fantasma, casas reducidas a escombros, campos de cultivo convertidos en ceniza.
El silencio era lo peor.
Ese silencio denso, pesado, que solo dejan los lugares donde la muerte ha danzado.
Gliel caminaba en silencio, con la mirada perdida en los horizontes rotos.
Perla, unos metros detrás, usaba su poder para apartar escombros del camino, como si necesitara mantenerse ocupada.
Feral sentía el peso de cada paso.
Recordaba aquel día, cuando los Terrores atravesaron el escudo.
Recordaba a Melchor disolviendo soldados con su niebla.
Recordaba a Marcus quemando vivo al general Turot.
Recordaba a Teresa y sus mutantes devorando civiles.
Recordaba su propia huida.
—Deja de torturarte —dijo Retza en voz baja, caminando a su lado.
—No puedo.
—Puedes.
Pero no quieres.
Porque sientes que mereces el dolor.
Feral la miró.
—¿No lo merezco?
—Mereces la verdad.
El dolor es solo una parte.
—Ella tomó su mano—.
No cargues solo con lo malo.
Recuerda también lo que hiciste después.
—¿Después?
—Salvaste a ese niño.
Te negaste a matar.
Te enfrentaste a Konrrac.
—Apretó sus dedos—.
Eso también es parte de tu historia.
Feral no respondió.
Pero apretó su mano de vuelta.
Llegaron a la frontera de Zulú al mediodía.
El paisaje cambió drásticamente: la tierra estaba agrietada, reseca, como si hubiera llorado hasta quedarse sin lágrimas.
En el horizonte, se alzaban las ruinas de lo que alguna vez fue una muralla.
Gliel se detuvo.
—De aquí en adelante, es territorio de Zulú.
Nosotros no podemos pasar.
Las reglas son claras.
—Lo sé —dijo Feral.
Perla se acercó.
Por primera vez, lo miró sin hostilidad.
—Ten cuidado —dijo—.
Los de Zulú…
perdieron a muchos.
A casi todos.
No te recibirán con los brazos abiertos.
—No espero que lo hagan.
Ella asintió.
Luego, casi como si le costara, añadió: —Mi hermana vivía aquí.
En Zulú.
No sobrevivió.
Feral sintió un golpe en el pecho.
—Lo siento —dijo, y era sincero.
Perla lo miró largamente.
Luego, sin decir nada más, se giró y comenzó el camino de regreso.
Gliel le dedicó una última mirada, una mezcla de apoyo y advertencia, y la siguió.
Feral y Retza se quedaron solos frente a las ruinas.
—Vamos —dijo ella.
Y cruzaron la frontera.
El asentamiento de Zulú era un campamento de supervivientes.
Tiendas de lona, fogatas humeantes, rostros macilentos.
No había más de doscientas personas, todas con la mirada perdida o fija en el suelo.
El silencio era el mismo que en las aldeas fantasma, pero aquí era peor: aquí había gente, y su silencio acusaba más que cualquier grito.
Feral y Retza caminaron entre las tiendas.
Nadie les dirigió la palabra.
Pero los ojos…
los ojos lo seguían a todas partes.
Un niño señaló a Feral y dijo algo a su madre.
Ella lo calló de inmediato y lo escondió detrás de ella.
Su mirada era puro odio.
—Me reconocen —murmuró Feral.
—Llevas la marca —respondió Retza—.
Tu energía, tu presencia.
Saben quién eres.
Un hombre mayor se levantó de una fogata y se interpuso en su camino.
Tendría sesenta años, pero aparentaba ochenta.
Su rostro era un mapa de arrugas y cicatrices, y sus ojos…
sus ojos ardían.
—Tú —dijo, y su voz era un cuchillo—.
Tú eres uno de ellos.
Feral se detuvo.
—Lo fui.
—Lo fui —repitió el hombre con desprecio—.
¿Y eso qué significa?
¿Que ahora te arrepientes?
¿Que ahora quieres paz?
—Significa que vine a ayudar.
El hombre escupió al suelo.
—Ayudar.
—Rió, una risa amarga, sin alegría—.
¿Sabes cuántos de los míos murieron ese día?
¿Sabes cuántos hijos, cuántos padres, cuántos hermanos?
Mi hijo murió desmembrado por uno de ustedes.
Mi esposa, devorada por esas criaturas de Teresa.
Mi nieta…
—Su voz se quebró—.
Mi nieta desapareció.
Nunca encontramos su cuerpo.
Feral sintió que las palabras se atoraban en su garganta.
—No puedo devolvérselos —dijo al fin—.
No puedo pedirle que me perdone.
Pero puedo trabajar.
Puedo reconstruir.
Puedo…
intentar.
El hombre lo miró largamente.
Luego, sin decir palabra, se hizo a un lado.
—Haz lo que quieras —murmuró—.
No cambiará nada.
Feral dio un paso.
Luego otro.
Y entonces sintió algo que no esperaba: una mano pequeña tocando la suya.
Bajó la vista.
Una niña de unos siete años lo miraba con ojos grandes, inmensos.
Tenía el pelo sucio, la ropa rota, y una muñeca de trapo apretada contra el pecho.
—¿Tú mataste a mi mamá?
—preguntó.
El mundo se detuvo.
Feral se arrodilló frente a ella.
Quiso decir algo, cualquier cosa, pero las palabras no salían.
La niña lo miraba sin odio, sin rencor.
Solo con curiosidad.
Con esa inocencia cruel de los niños que aún no entienden la muerte.
—No lo sé —respondió al fin, y su voz era un susurro roto—.
No lo sé, pequeña.
Pero si lo hice…
lo siento.
Lo siento mucho.
La niña lo observó un momento.
Luego, sin más, le entregó la muñeca.
—Toma.
Era de mi mamá.
Ahora es tuya.
Para que no estés triste.
Y se fue corriendo, desapareciendo entre las tiendas.
Feral se quedó allí, arrodillado en el polvo, sosteniendo la muñeca.
Las lágrimas comenzaron a caer sin que pudiera controlarlas.
Retza se arrodilló a su lado.
No dijo nada.
Solo puso una mano en su hombro y lo sostuvo.
Pasaron horas.
Feral trabajó.
No esperó indicaciones, no pidió permiso.
Vio un muro caído y comenzó a levantar piedras.
Vio una fogata apagándose y fue por leña.
Vio a una mujer intentando cargar agua y la ayudó sin mediar palabra.
Nadie le dio las gracias.
Nadie le sonrió.
Pero tampoco lo echaron.
Retza lo observaba desde lejos, invisible para los demás, con el corazón dividido entre el orgullo y el dolor.
Verlo así, humillado, trabajando en silencio, cargando sobre sus hombros el peso de crímenes que no eran completamente suyos, era casi insoportable.
Pero sabía que debía dejarlo hacer.
Este era su camino.
Cuando el sol comenzó a ocultarse, Feral estaba agotado.
Sus manos sangraban por las piedras afiladas, su espalda ardía, su alma pesaba más que todas las rocas que había movido.
Se sentó junto a una fogata, solo.
La muñeca de la niña asomaba de su bolsillo.
El hombre mayor que lo había confrontado se acercó.
Llevaba dos tazas de algo que humeaba.
Le ofreció una.
—No es mucho.
Té de hierbas.
Es lo único que tenemos.
Feral aceptó.
—Gracias.
El hombre se sentó a su lado.
Por un largo rato, solo miraron el fuego.
—Me llamo Aron —dijo al fin.
—Feral.
—Lo sé.
Todos lo saben.
Otro silencio.
—Mi nieta…
la que te dio la muñeca.
Se llama Luna.
No habla casi nunca desde lo de su madre.
Contigo habló.
Feral lo miró.
—No me odia.
—No.
Es demasiado pequeña para odiar.
O demasiado sabia.
—Aron bebió un sorbo—.
Yo sí te odio.
Y odio a todos los que vinieron ese día.
Pero Luna…
Luna vio algo en ti.
—¿Qué?
—No lo sé.
Pero si ella confió en ti lo suficiente para darte eso…
—señaló la muñeca—, entonces quizás yo pueda intentar lo mismo.
Feral sintió un nudo en la garganta.
—No merezco su confianza.
—No se trata de merecer.
Se trata de construir.
—Aron se levantó—.
Mañana hay que reconstruir el pozo.
Si vas a quedarte, puedes ayudar.
—Me quedaré.
Aron asintió y se alejó.
Feral se quedó solo, mirando la muñeca.
Luego, sintió una presencia a su lado.
Retza, ahora visible, se sentó junto a él.
—¿Cómo estás?
—preguntó.
—Destrozado.
—Bien.
Eso significa que estás sanando.
Él la miró.
—¿Cómo puedes ser tan sabia y tan ingenua al mismo tiempo?
—Es uno de mis encantos.
Feral sonrió.
Una sonrisa cansada, rota, pero real.
Apoyó la cabeza en su hombro.
Ella lo abrazó.
—Mañana será otro día —susurró.
—Lo sé.
Y así, en medio de las ruinas de Zulú, con una muñeca de trapo en el bolsillo y el odio de un pueblo en sus espaldas, Feral comenzó su verdadera batalla.
La batalla por la redención.
— Lejos, en la oscuridad, los ojos que lo habían observado desde el primer día seguían allí.
El hombre de la foto, el que perdió a su familia.
Sostenía un cuchillo.
Y esperaba su momento.
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