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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 45

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  3. Capítulo 45 - 45 El Pozo Y La Sangre
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45: El Pozo Y La Sangre 45: El Pozo Y La Sangre El amanecer en Zulú no traía consuelo.

La luz gris se filtraba entre las nubes como si pidiera permiso para tocar esa tierra maldita.

Feral despertó con el cuerpo entumecido, la espalda protestando por las horas pasadas durmiendo sobre el suelo duro.

Retza no estaba a su lado; sabía que ella vigilaba desde algún lugar, invisible, respetando su necesidad de hacer esto solo.

Se incorporó y encontró a su lado una taza de té frío.

Alguien la había dejado mientras dormía.

Un gesto pequeño, anónimo, pero que significaba más que cualquier palabra.

Bebió el té sin importarle que estuviera frío.

Luego se puso en pie y fue a buscar a Aron.

El anciano estaba ya junto al pozo seco, rodeado de un grupo de hombres y mujeres.

Discutían sobre cómo repararlo, sobre los materiales que no tenían, sobre la falta de herramientas.

Cuando vieron acercarse a Feral, las voces se callaron.

—Aquí viene —murmuró alguien.

—Déjenlo —dijo Aron con firmeza—.

Dijo que quería ayudar.

Que ayude.

Feral se acercó sin decir palabra.

Observó el pozo: un agujero oscuro en la tierra, con las paredes de piedra derrumbadas en varios puntos.

El agua, si es que quedaba, estaba sepultada bajo toneladas de escombros.

—¿Qué necesitan?

—preguntó.

—Cuerdas.

Poleas.

Hombres que bajen.

—Aron escupió al suelo—.

Cosas que no tenemos.

Feral miró a su alrededor.

Vio los rostros demacrados, los cuerpos débiles.

Gente que apenas tenía fuerzas para mantenerse en pie, y que sin embargo había sobrevivido.

Gente que lo odiaba con razón.

—Yo bajaré —dijo.

Un murmullo recorrió el grupo.

—¿Tú?

—Una mujer, la misma que había visto cargando agua el día anterior, lo miró con desconfianza—.

¿Y si te quedas abajo?

¿Si nos quedamos sin agua para siempre?

—No me quedaré.

—¿Cómo podemos confiar?

Feral la miró a los ojos.

Vio en ellos el mismo dolor que en todos los demás.

Vio pérdida, vio miedo, vio odio.

Pero también vio algo más: un destello de esperanza, aunque fuera diminuto, aunque estuviera a punto de extinguirse.

—No pueden —admitió—.

Pero pueden darme una oportunidad.

Es todo lo que pido.

La mujer sostuvo su mirada.

Luego, sin decir nada, se hizo a un lado.

Aron asintió.

—Busquen cuerdas.

Y rápido.

Las cuerdas eran viejas, gastadas, anudadas en varios puntos.

Feral las probó con su peso, sintiendo cómo se tensaban, cómo crujían.

No confiaba en ellas, pero no había otras.

—Amarra esto a tu cintura —dijo Aron, entregándole una soga adicional—.

Por si acaso.

Feral obedeció.

Luego, sin más ceremonia, comenzó a descender.

La oscuridad lo engulló rápidamente.

El pozo era más profundo de lo que parecía, y el olor a humedad y tierra muerta se volvía más intenso con cada metro.

Las paredes de piedra estaban resquebrajadas, y en varios puntos tuvo que evitar que los escombros cayeran sobre su cabeza.

Arriba, las voces se escuchaban cada vez más lejanas.

Pronto solo hubo silencio y oscuridad.

Y entonces, sus pies tocaron fondo.

Feral encendió una pequeña llama con su poder —lo justo para ver— y evaluó la situación.

El pozo estaba obstruido por una masa de rocas y tierra.

Pero debajo, muy debajo, se escuchaba un sonido.

Un goteo.

Agua.

Comenzó a cavar.

Las horas pasaron sin que las sintiera.

Sus manos sangraban, sus uñas se rompían, pero no se detenía.

Cada piedra que retiraba era un paso más hacia ese sonido, hacia esa promesa de vida.

Arriba, sabía que lo esperaban con desconfianza, con odio, con la certeza de que fallaría.

Pero no iba a fallar.

No podía.

Cuando finalmente sus dedos tocaron la humedad, cuando la primera gota de agua fresca brotó entre las piedras, Feral sintió que algo se rompía dentro de él.

No era alegría exactamente.

Era algo más parecido a un suspiro, a un “lo logré” susurrado a nadie.

—¡Agua!

—gritó hacia arriba—.

¡Hay agua!

El eco de su voz rebotó en las paredes.

Y desde lo alto, llegó una respuesta: no palabras, sino un grito.

Un grito colectivo, de asombro, de esperanza, de algo que no habían sentido en meses.

Feral sonrió en la oscuridad.

Una sonrisa pequeña, sucia, dolorosa.

Pero sonrisa al fin.

Subir fue más difícil que bajar.

El agotamiento pesaba en sus brazos, en sus piernas, en cada músculo.

Varias veces estuvo a punto de soltarse, de caer de nuevo al fondo.

Pero no lo hizo.

Cuando finalmente emergió a la superficie, la luz lo cegó por un instante.

Parpadeó, y cuando sus ojos se ajustaron, vio las caras que lo miraban.

Ya no era odio lo que veía.

Era algo más complejo.

Alivio, sí.

Gratitud, quizás.

Pero también incredulidad.

Como si no pudieran creer que él, precisamente él, hubiera hecho algo bueno.

—El pozo está limpio —dijo Feral, jadeando—.

El agua fluye.

Necesitarán bombas, o baldes, pero…

hay agua.

Nadie dijo nada.

Por un largo momento, solo hubo silencio.

Entonces, la mujer que había dudado de él dio un paso al frente.

Lo miró largamente, con esos ojos que habían visto demasiado.

Y luego, sin mediar palabra, le ofreció una cantimplora.

—Bebe —dijo—.

Tienes sed.

Feral tomó la cantimplora.

Bebió.

El agua estaba tibia, sabía a tierra, a metal, a todo lo que no debería saber el agua.

Pero supo a gloria.

—Gracias —dijo.

La mujer asintió.

Y por primera vez, sus ojos no lo miraron con odio.

Esa noche, hubo fogata.

No una gran celebración —no había nada que celebrar, no realmente—, pero sí un fuego alrededor del cual la gente se reunió.

Alguien había encontrado unas raíces comestibles.

Otro, unos hongos secos.

Prepararon una sopa aguada, triste, pero era comida caliente.

Feral estaba sentado apartado, como siempre.

Pero esta vez, notó que las miradas que le lanzaban eran diferentes.

Algunos incluso asentían levemente cuando sus ojos se cruzaban.

Luna, la niña de la muñeca, se acercó sigilosamente y se sentó a su lado.

No dijo nada.

Solo se quedó allí, mirando el fuego.

Feral no supo qué hacer.

No sabía hablar con niños.

Pero recordó la muñeca en su bolsillo, la sacó y se la ofreció.

—Es tuya —dijo—.

La cuidé, pero es tuya.

Luna la miró.

Luego miró a Feral.

Y entonces, hizo algo que nadie esperaba: se acercó más y apoyó su cabeza contra su brazo.

Feral sintió que el corazón se le partía en mil pedazos.

Retza, desde las sombras, observaba la escena con lágrimas en los ojos.

La noche avanzó.

La fogata se apagó.

La gente se retiró a sus tiendas.

Luna se había quedado dormida contra el brazo de Feral, y él no se atrevía a moverse para no despertarla.

Finalmente, Aron apareció y tomó a la niña en brazos.

—Yo la llevo —dijo—.

Tú descansa.

Mañana hay más trabajo.

Feral asintió.

Se quedó solo frente a las brasas.

Entonces, la sombra se movió.

No era Retza.

Era algo más.

Alguien que había estado esperando, observando, acumulando odio durante días.

El hombre surgió de la oscuridad con un cuchillo en la mano.

Sus ojos eran dos pozos de locura, de dolor, de sed de venganza.

Feral lo reconoció: era el mismo que había visto el primer día, el que sostenía la foto de su familia.

—Tú —siseó el hombre—.

Tú mataste a los míos.

Feral no se movió.

Podría haberlo desarmado en un segundo, podría haberlo matado antes de que diera un paso.

Pero no lo hizo.

—Sí —dijo—.

Probablemente fui yo.

O los míos.

Da igual.

El resultado es el mismo.

El hombre temblaba.

El cuchillo temblaba.

—¡Mereces morir!

—Lo sé.

—¡Mi hijo tenía ocho años!

¡Mi esposa estaba embarazada!

—Lo sé.

—¡Cállate!

—El hombre dio un paso, el cuchillo a centímetros del cuello de Feral—.

¡No tienes derecho a decir que lo sabes!

Feral levantó la vista.

Lo miró directamente a los ojos.

—Mátame, si eso te da paz.

No me defenderé.

El hombre enmudeció.

El cuchillo seguía ahí, temblando, listo para hundirse.

Pero no se hundió.

—¿Por qué?

—preguntó el hombre, y su voz se quebró—.

¿Por qué no te defiendes?

—Porque ya he matado demasiado.

Porque si mi muerte puede devolverte algo, aunque sea un instante de paz, entonces que sea así.

El hombre lo miró largamente.

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

—No puedo —susurró—.

No puedo matarte.

Porque si lo hago…

me convertiré en ti.

El cuchillo cayó al suelo.

El hombre se desplomó, llorando desconsoladamente.

Feral se arrodilló a su lado, y sin decir nada, lo abrazó.

Allí, en medio de las ruinas, un verdugo y una víctima se abrazaron.

Y algo, muy dentro de ambos, comenzó a sanar.

Retza, desde las sombras, dejó caer las lágrimas que había estado conteniendo.

Y en el cielo, las estrellas brillaron un poco más.

— Lejos, muy lejos, en el plano divino, algo se movió.

Algo que había estado observando esta escena con interés.

El Inquisidor sonrió.

—Interesante —murmuró—.

Muy interesante.

Y su mirada se clavó en Feral como una daga.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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