Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 46

  1. Inicio
  2. Hasta los dioses se arrodillan
  3. Capítulo 46 - 46 La Noche Del Cuchillo
Anterior
Siguiente
Configuración
Tamaño de Fuente
A A 16px
Tipo de Fuente
Color de Fondo

46: La Noche Del Cuchillo 46: La Noche Del Cuchillo Tres días habían pasado desde aquella noche en que el hombre del cuchillo lloró entre sus brazos.

Tres días desde que algo, muy dentro de Zulú, comenzó a cambiar.

Pero para entender esa noche, había que entender lo que llegó antes.

El hombre se llamaba Karim.

Había sido albañil antes de la guerra, constructor de sueños modestos en un mundo que ya era bastante difícil.

Su esposa, Amina, tejía tapices que vendía en el mercado de Zulú.

Su hijo, Samir, tenía ocho años y quería ser soldado para proteger a su madre.

Su hija, Leila, apenas caminaba cuando los Terrores llegaron.

Karim no estaba en Zulú ese día.

Había ido al sector Tango a conseguir materiales para una obra.

Cuando regresó, tres días después, encontró su casa reducida a escombros humeantes.

Encontró el cuerpo de Amina bajo una viga, con Leila aún en sus brazos.

Encontró a Samir en la calle, desmembrado, irreconocible.

Encontró una foto familiar entre los escombros, milagrosamente intacta, y la apretó contra su pecho mientras el mundo se derrumbaba a su alrededor.

Durante semanas, Karim vagó por las ruinas como un fantasma.

Comía lo que encontraba, bebía agua sucia, dormía donde el agotamiento lo vencía.

No lloraba.

No podía.

El dolor era demasiado grande para las lágrimas.

Solo tenía un propósito: encontrar al responsable.

Y matarlo Pero el destino, caprichoso, puso en su camino a otro sobreviviente.

Una tarde, mientras Karim rebuscaba entre los escombros en busca de algo, cualquier cosa, escuchó un llanto.

Siguió el sonido hasta encontrar a un niño pequeño, escondido bajo una pila de maderas.

Tendría seis años, quizás siete.

Estaba sucio, asustado, pero vivo.

—¿Dónde están tus padres?

—preguntó Karim, con voz ronca por días de silencio.

El niño lo miró con ojos enormes.

—Mi mamá…

mi mamá está muerta —dijo—.

Un hombre malo la mató.

Karim sintió que el corazón se le helaba.

—¿Qué hombre?

—Uno con garras.

Como un lobo.

—El niño comenzó a llorar—.

Pero otro lobo me salvó.

Un lobo negro.

Me dijo que me escondiera y luego se fue.

Karim no entendió.

¿Otro lobo?

¿Un lobo que salvaba?

El niño, que se llamaba Darío, le contó lo que recordaba: los Terrores llegaron, mataron a todos, pero uno de ellos no quería pelear.

Ese lobo negro discutió con el líder, y luego, cuando todo era caos, lo encontró llorando junto al cuerpo de su madre y lo llevó a un lugar seguro.

—Era bueno —dijo Darío—.

El lobo negro era bueno.

Karim no supo qué pensar.

Pero se llevó al niño consigo.

No podía salvarlo, no podía darle nada, pero al menos no estaría solo.

Pasaron las semanas.

Karim y Darío sobrevivieron como pudieron, uniéndose a otros refugiados, construyendo ese campamento miserable que luego sería Zulú.

Karim seguía sin llorar, seguía sin sanar, seguía con la foto de su familia apretada contra el pecho cada noche.

Y entonces llegaron las noticias.

La batalla final.

La caída de Konrrac.

La victoria de los Aliados.

Y el nombre del héroe: Feral.

El lobo negro.

Darío lo escuchó en las conversaciones de los adultos y corrió a decírselo a Karim.

—¡Ese es!

—gritó el niño, saltando—.

¡El lobo que me salvó!

¡Se llama Feral!

Karim lo miró sin comprender.

—¿El mismo que mató a tu madre?

Darío negó con fuerza.

—No, no.

Ese fue otro.

El malo.

El que mandaba.

Feral me salvó.

Feral es bueno.

Karim sintió que el mundo se tambaleaba.

Durante semanas, había odiado a todos los Terrores por igual.

Todos eran monstruos.

Todos merecían morir.

Pero ahora…

¿uno de ellos había salvado a un niño?

¿Uno de ellos era diferente?

No podía aceptarlo.

No quería aceptarlo.

Porque si aceptaba que un Terror podía ser bueno, entonces su odio, su única razón para seguir vivo, comenzaba a tambalearse.

—No importa —dijo Karim, con voz dura—.

Todos son iguales.

Pero Darío lo miró con esos ojos infantiles, esos que ven el mundo sin filtros, y dijo: —No, Karim.

No todos.

Cuando Feral llegó a Zulú, Karim lo reconoció de inmediato.

No por su forma —era un hombre ahora, no una bestia— sino por algo en su mirada.

Algo que solo alguien que ha perdido todo puede reconocer en otro: el dolor.

Lo observó desde lejos durante días.

Vio cómo trabajaba, cómo cargaba piedras, cómo cavaba, cómo sudaba.

Vio cómo la gente lo miraba con odio y cómo él lo aceptaba sin quejarse.

Vio cómo ayudó a reconstruir el pozo, cómo bajó a las profundidades mientras todos dudaban.

Vio cómo una niña, Luna, se le acercó y le regaló una muñeca.

Vio cómo lloró cuando nadie lo miraba.

Y cada día, el odio en su pecho se volvía más confuso.

Más pesado.

Porque este hombre no parecía un monstruo.

Parecía un hombre roto, tratando de armarse de nuevo.

Pero Karim no quería ver eso.

Necesitaba odiar.

Necesitaba un culpable.

Una noche, Darío volvió a hablar.

—Karim, hoy hablé con él.

Karim se tensó.

—¿Con quién?

—Con Feral.

Me reconoció.

Me dijo que se acordaba de mí.

—El niño sonrió—.

Me preguntó si estaba bien.

Si necesitaba algo.

—¿Y qué le dijiste?

—Que tú estabas triste.

Que perdiste a tu familia.

—Darío lo miró con seriedad—.

Y él dijo…

dijo que lo sentía mucho.

Y que si pudiera devolvértelos, lo haría.

Karim sintió que algo se rompía dentro de él.

Pero no era odio.

Era otra cosa.

Algo que no quería sentir.

Esa noche, tomó el cuchillo que había guardado durante meses.

Lo afiló en silencio, con movimientos mecánicos.

Y esperó.

Esperó a que todos durmieran.

Esperó a que las fogatas se apagaran.

Esperó a que Feral estuviera solo.

Y entonces, fue hacia él.

La noche estaba fría.

Las brasas de la fogata apenas iluminaban las siluetas de las tiendas.

Karim caminó en silencio, el cuchillo apretado en la mano, sintiendo cada latido de su corazón como un martillo en el pecho.

Feral estaba sentado apartado, como siempre.

Miraba al cielo, perdido en sus pensamientos.

No se movió cuando Karim se acercó.

No se giró cuando la sombra del hombre cayó sobre él.

Solo cuando el cuchillo estuvo a centímetros de su cuello, Feral habló.

—Sabía que vendrías.

Karim temblaba.

—¿Cómo lo sabías?

—Porque si yo estuviera en tu lugar, haría lo mismo.

Un silencio.

Largo.

Pesado.

—Mi familia —dijo Karim, y su voz se quebró—.

Mi esposa, mi hijo, mi hija pequeña…

los mataron.

Los mataron ustedes.

—Lo sé.

—Tú no estabas allí.

Lo sé.

El niño me lo dijo.

Pero…

pero eres uno de ellos.

Eres lo mismo.

Feral lo miró.

En sus ojos oscuros, Karim vio algo que no esperaba: paz.

—No voy a defenderme —dijo Feral—.

Si matarme te da paz, hazlo.

No te detendré.

Karim apretó el cuchillo.

La hoja temblaba contra la piel de Feral, a punto de romperla.

—¿Por qué?

—preguntó, y su voz era un susurro roto—.

¿Por qué no te defiendes?

¿Por qué no usas tus poderes?

Podrías matarme en un segundo.

—Porque ya he matado demasiado.

Porque tú no eres mi enemigo.

—Feral tragó saliva—.

Tu enemigo es el dolor.

Y yo conozco ese dolor.

Lo llevo conmigo todos los días.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Karim.

—Mi hijo…

Samir…

tenía ocho años.

Quería ser soldado.

Mi hija…

Leila…

apenas caminaba.

—Su voz se rompió en mil pedazos—.

Yo no estaba allí.

Yo no pude protegerlos.

—No fue tu culpa.

—¡Lo sé!

—gritó Karim—.

Pero necesito que sea culpa de alguien.

Necesito odiar a alguien.

Necesito…

Se quedó sin palabras.

El cuchillo temblaba, temblaba, temblaba.

Y entonces, lo soltó.

Cayó al suelo con un sonido metálico.

Karim se desplomó, llorando desconsoladamente, golpeando el suelo con los puños.

—¡No puedo!

—gritó—.

¡No puedo matarte!

¡Porque si lo hago, seré como ustedes!

¡Seré un monstruo!

Feral se arrodilló frente a él.

No dijo nada.

Solo lo abrazó.

Y allí, en medio de las ruinas, un verdugo y una víctima se abrazaron.

Un niño llamado Darío, que había estado observando desde las sombras, sintió que algo cálido le llenaba el pecho.

Y en el cielo, las estrellas brillaron un poco más.

Cuando el sol comenzó a teñir el horizonte, Karim y Feral seguían sentados juntos, mirando las brasas moribundas.

—No te perdono —dijo Karim—.

No puedo.

No todavía.

—Lo sé.

—Pero tampoco te odio.

Ya no.

—Karim respiró hondo—.

Eres un hombre roto, como yo.

Quizás por eso el niño confió en ti.

Feral sonrió.

Una sonrisa pequeña, triste.

—Quizás.

Karim se levantó.

Miró a Feral una última vez.

—Mañana hay que reconstruir el muro del este.

Si vas a quedarte, puedes ayudar.

—Me quedaré.

Karim asintió y se alejó.

Pero antes de desaparecer entre las tiendas, se detuvo.

—Feral.

—¿Sí?

—Gracias.

Por no defenderte.

Por dejarme decidir.

Y se fue.

Feral se quedó solo, mirando el amanecer.

Sintió una mano en su hombro.

Retza, visible ahora, sentada a su lado.

—Estuviste increíble —dijo.

—No hice nada.

—Hiciste lo más difícil.

Lo dejaste ir.

Feral apoyó la cabeza en su hombro.

—Todavía me queda mucho por hacer.

—Lo sé.

Pero hoy ganaste una batalla importante.

—¿Cuál?

—La batalla contra el odio.

Y así, en el silencio del amanecer, dos almas rotas comenzaron a sanar.

— Lejos, en la tienda donde dormía Darío, el niño sonreía en sueños.

Había visto algo hermoso.

Había visto a un hombre elegir la vida.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo