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Hasta los dioses se arrodillan - Capítulo 47

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  3. Capítulo 47 - 47 La Noche En Que Los Dioses Hablaron
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47: La Noche En Que Los Dioses Hablaron 47: La Noche En Que Los Dioses Hablaron Seis meses.

Seis meses desde aquella noche en que Karim soltó el cuchillo.

Seis meses desde que Feral comenzó a construir, piedra sobre piedra, no solo muros, sino algo más frágil y más valioso: confianza.

El mundo había cambiado.

Zulú ya no era un campamento de desolados, sino un pueblo con calles trazadas, con un pozo que nunca se secaba, con niños que volvían a reír.

Luna, la niña de la muñeca, había aprendido a sonreír de nuevo.

Karim y Feral compartían a veces el té junto a la fogata, en silencios que ya no pesaban.

Y en todos esos meses, Feral había trabajado.

Había visitado Tango, Eco, Romeo.

Había levantado paredes, cavado cimientos, cargado vigas.

Había sudado, sangrado, callado.

Y poco a poco, los apodos habían cambiado: de “el Terror” a “el lobo”, y de “el lobo” a simplemente “Feral”.

Mañana sería el día.

El consejo, reunido en Omega, dictaría por fin su veredicto.

Feral sería reconocido oficialmente como ciudadano de los Aliados.

O no.

Pero fuera lo que fuese, él estaría allí para escucharlo.

Esa noche, Feral descansaba en la habitación que ahora compartía con Retza en el refugio reconstruido.

Ya no era la misma celda de antes: había una cama decente, una ventana que miraba a las estrellas, y un baño pequeño pero funcional.

Lujo, para lo que habían vivido.

El agua de la ducha caía sobre su piel oscura, recorriendo los músculos marcados por meses de trabajo físico.

Cerró los ojos, dejando que el calor relajara su espalda, sus hombros, ese nudo permanente que llevaba en el pecho desde que tenía memoria.

Cuando salió, Retza lo esperaba en la cama.

Estaba recostada sobre las sábanas, apoyada en un codo, con ese aire de diosa que ni las ropas mortales podían ocultar.

Su cabello oscuro caía en ondas sobre sus hombros desnudos, y sus ojos brillaban con esa luz que solo Feral podía ver.

—¿Listo para mañana?

—preguntó, con voz baja.

—No —admitió Feral, sentándose a su lado—.

Pero iré igual.

Retza sonrió.

Extendió una mano y recorrió con la punta de los dedos la línea de su mandíbula, bajando por el cuello, hasta posarse sobre su pecho.

—Tienes el corazón acelerado.

—Siempre lo tengo cuando estás cerca.

—Mentiroso.

—Ella se inclinó y besó su hombro, donde aún había gotas de agua—.

Eso es nuevo.

Feral la miró.

En la penumbra, la piel blanca de Retza parecía brillar, un contraste perfecto con la oscuridad de la suya.

Dos extremos.

Dos mundos.

Y sin embargo, allí estaban, entrelazados.

—Retza —dijo—.

¿Qué voy a hacer sin ti?

—No vas a estar sin mí.

Ya lo sabes.

—Pero mañana, en el consejo…

no podrás estar visible.

—Estaré en las sombras.

Como siempre.

—Ella acarició su mejilla—.

Te veré.

Te escucharé.

Y si algo sale mal…

—¿Qué?

—Bajaré del cielo y me los llevaré a todos.

Que se joda el Inquisidor.

Feral rió.

Una risa baja, ronca, que a Retza le encantaba.

—Esa es mi diosa.

—Y ese es mi lobo.

Se besaron.

Un beso lento, profundo, que sabía a hogar.

Luego, sin prisa, sus cuerpos se encontraron bajo las sábanas.

La noche los envolvió.

Esa noche no hubo prisas.

Hubo caricias que recorrían la geografía de dos pieles: la de Feral, oscura como la tierra fértil; la de Retza, blanca como la luna que los miraba desde la ventana.

Hubo susurros, hubo nombres dichos en voz baja, hubo el latido de dos corazones que, contra todo pronóstico, habían aprendido a latir al unísono.

Cuando finalmente se quedaron dormidos, enredados el uno en el otro, el mundo parecía estar en paz.

Pero la paz, en las historias como esta, nunca dura.

Feral dormía profundamente cuando Retza sintió la punzada.

No era dolor.

Era algo peor: era la certeza de que algo que no debía estar allí, estaba.

Abrió los ojos.

La habitación estaba en penumbra, iluminada apenas por la luz lejana de las estrellas.

Feral seguía dormido, su respiración profunda y regular.

Todo parecía normal.

Pero no lo era.

Retza se incorporó lentamente, sin hacer ruido.

Cerró los ojos y extendió sus sentidos divinos, esos que podían atravesar dimensiones.

Y entonces los sintió.

Dos presencias.

Inconfundibles.

Imponentes.

Kronos, el dios del Tiempo.

Kaliostros, el dios del Destino.

Estaban allí, en el mundo mortal, flotando sobre las ruinas de la ciudadela.

No la habían visto.

El don de Yami y María la ocultaba, como una capa invisible sobre su esencia.

Pero estaban allí, y hablaban.

Retza dudó un instante.

Lo sensato sería quedarse oculta, esperar a que se fueran.

Pero necesitaba saber.

Necesitaba entender.

Con el corazón latiéndole con fuerza, se materializó a unos metros de ellos, como si acabara de llegar.

—¿Kronos?

¿Kaliostros?

—dijo, con voz de sorpresa fingida—.

¿Qué hacéis aquí?

Los dos dioses se giraron.

Kronos, el dios del Tiempo, tenía forma de anciano de larga barba plateada, aunque sus ojos eran jóvenes, terriblemente jóvenes.

Kaliostros, el dios del Destino, era un hombre de belleza severa, con hilos dorados que danzaban entre sus dedos como si tejieran la realidad misma.

—Retza —dijo Kaliostros, y su voz era el crujir de pergaminos antiguos—.

No te sentimos llegar.

—He estado…

meditando en los márgenes.

—Retza sonrió con falsa naturalidad—.

¿Qué os trae al mundo mortal?

Kronos y Kaliostros intercambiaron una mirada.

—El mortal —dijo Kronos—.

Ese que llaman Feral.

Retza sintió que el corazón se le helaba, pero su rostro no se inmutó.

—¿El semidiós?

El hijo de…

—se detuvo—.

He oído hablar de él.

Causó revuelo hace unos meses.

—Más que revuelo —dijo Kaliostros, y sus dedos tejían más rápido—.

Su existencia…

es una anomalía.

Según nuestros designios, debía morir.

Él y todo su mundo.

Retza parpadeó.

—¿Cómo?

—Cuando identificamos su naturaleza semidivina, cuando vimos el peligro que representaba su linaje, el plan era claro: eliminación total.

El mundo, los mortales, todo.

Usaríamos esa energía para alimentar ciclos futuros.

—Kaliostros hizo una pausa—.

Pero algo cambió.

—¿Qué?

—No lo sabemos.

—Kronos negó con la cabeza—.

El designio se alteró.

El mortal sobrevivió.

El mundo sigue en pie.

Y ahora…

ahora el Inquisidor está interesado.

Retza tragó saliva.

—¿El Inquisidor?

¿Por qué?

—No lo dice.

No confía en nosotros.

Solo nos ordenó investigar.

Descubrir qué o quién alteró el destino.

—Kaliostros apretó los hilos—.

Pero no encontramos nada.

No hay rastros de intervención externa.

Es como si el mortal hubiera cambiado su propio destino por voluntad propia.

Y eso…

eso es imposible.

Un silencio tenso siguió a sus palabras.

—¿Y qué haréis ahora?

—preguntó Retza, esforzándose por mantener la voz firme.

—Lo que siempre hacemos.

Obedecer.

—Kronos la miró fijamente—.

Hemos enviado a Omega a supervisar un trabajo en otro sector.

Cuando termine, vendrá aquí.

Y cumplirá la voluntad del Inquisidor.

Retza sintió que el mundo se detenía.

—¿Omega?

¿El dios de la destrucción?

—El mismo.

—Kaliostros sonrió, y su sonrisa era aterradora—.

Limpiará el mundo.

Y al mortal con él.

—¿Y por qué me contáis esto a mí?

Otro intercambio de miradas.

—Porque formas parte del Consejo —dijo Kronos—.

Porque debes saber lo que se avecina.

Y porque…

—dudó— porque el Inquisidor desconfía de ti.

No sabemos por qué.

Pero lo hace.

Retza asintió, como si aceptara la información con normalidad.

—Entiendo.

Pues…

buena suerte con vuestra misión.

—No necesitamos suerte —dijo Kaliostros—.

Necesitamos respuestas.

Y si no las encontramos, tendremos que crear nuevas realidades.

Los dioses comenzaron a desvanecerse.

—Retza —dijo Kronos antes de desaparecer del todo—.

Ten cuidado.

Algo en este mundo…

algo huele mal.

Y no me refiero a los mortales.

Y se fueron.

Retza se quedó sola en la noche, temblando.

Retza no perdió un segundo.

Extendió su mente, buscando las frecuencias de Yami y María.

Las hermanas, las únicas que podían ocultarla incluso de los ojos del Inquisidor.

Las únicas que quizás podían ayudar.

—Venid —susurró—.

Os necesito.

Y vinieron.

Surgieron de la nada, como siempre.

María, con su piel blanca y su sonrisa enigmática.

Yami, la diosa de la mentira, vestida como una colegiala, con sus ojos vacíos pero atentos.

—¿Qué ocurre, Retza?

—preguntó María—.

Tu llamada era…

urgente.

—Lo es.

—Retza las miró a ambas—.

Kronos y Kaliostros estuvieron aquí.

Hablaron de Feral.

Del Inquisidor.

De Omega.

Yami frunció el ceño.

—Omega.

Ese nombre no augura nada bueno.

—Va a destruir este mundo.

Con Feral dentro.

—Retza apretó los puños—.

Necesito ocultarlo.

Necesito ocultarlos a todos.

¿Podéis ayudarme?

María y Yami intercambiaron una mirada larga, cargada de significado.

—Sabes lo que pides —dijo María—.

Ocultar a un semidiós de la mirada del Inquisidor es una cosa.

Pero ocultar un mundo entero…

eso atrae miradas.

Muchas miradas.

—Lo sé.

Pero no tengo otra opción.

Yami dio un paso al frente.

Por un instante, sus ojos vacíos parecieron llenarse de algo parecido a la compasión.

—Te ayudaremos —dijo—.

Pero debes saber que esto nos pone en peligro.

A nosotras también.

—Lo sé.

Y os lo agradezco.

—No nos lo agradezcas todavía.

—María sonrió, pero era una sonrisa triste—.

Espera a que esto termine.

Luego decides si merecíamos gratitud o reproches.

Retza asintió.

Luego, sin más, se volvió hacia la habitación donde Feral seguía durmiendo.

—Tengo que despertarlo.

Tengo que contarle todo.

—¿Estás segura?

—preguntó Yami—.

Saber la verdad…

a veces duele más que la ignorancia.

—Él merece saber.

Merece elegir.

Y entró.

Feral despertó con la mano de Retza en su hombro.

Vio su rostro, y supo de inmediato que algo iba mal.

—¿Qué pasa?

—preguntó, incorporándose.

—Levántate.

Vístete.

Hay gente que quiero que conozcas.

Minutos después, Feral estaba frente a María y Yami.

Las dos diosas lo observaban con esa mezcla de curiosidad y evaluación que ya conocía.

—Ellas son quienes me han mantenido oculta todo este tiempo —dijo Retza—.

María.

Y Yami, la diosa de la mentira.

—Encantado —dijo Feral, sin saber muy bien cómo dirigirse a unas diosas.

—El sentimiento es mutuo —respondió María—.

Aunque dudo que por mucho tiempo.

—¿Por qué?

Retza respiró hondo.

Y luego, con voz firme aunque temblorosa, se lo contó todo.

Kronos y Kaliostros.

El plan original para destruir su mundo.

El interés del Inquisidor.

La llegada inminente de Omega, el dios de la destrucción.

Cuando terminó, Feral guardó silencio durante un largo rato.

—¿Y qué propones?

—preguntó al fin.

—Que te ocultes.

Que huyas.

Las diosas pueden esconderte donde el Inquisidor no te encuentre.

—¿Huir?

—Feral negó con la cabeza—.

No.

—Feral…

—No, Retza.

Escúchame.

—Se levantó, caminó hacia la ventana—.

He pasado seis meses construyendo este lugar.

He levantado paredes, he cavado pozos, he visto a niños volver a sonreír.

Y ahora me dices que tengo que huir y dejarlos morir.

—No es dejarlos morir.

Es sobrevivir.

Para luchar otro día.

—¿Y qué día será ese?

¿Cuando ya no quede nada que salvar?

Retza se levantó también.

Su voz, por primera vez, tembló de verdad.

—No puedes enfrentarte a un dios de la destrucción.

No estás listo.

—¿Y cuándo lo estaré?

¿Dentro de cien años?

¿Mil?

—Feral se volvió hacia ella—.

He pasado mi vida huyendo, Retza.

De Konrrac, de mí mismo, de mi pasado.

Ya no quiero huir más.

—¡No es huir, es ser inteligente!

—¡Es huir!

—Feral alzó la voz, y la habitación pareció estremecerse—.

Y si huyo ahora, si dejo que Omega destruya todo esto, ¿en qué me convierto?

¿En qué me diferencio de Konrrac?

Retza sintió que las lágrimas comenzaban a brotar.

—No puedo perderte —susurró—.

No puedo.

Feral se acercó a ella.

Tomó su rostro entre sus manos, con una ternura infinita.

—Y yo no puedo vivir conmigo mismo si los abandono.

—Apoyó su frente contra la de ella—.

¿Entiendes?

Eso también sería morir.

Morir por dentro.

—Prefiero tenerte vivo y roto que muerto y entero.

—Ya estoy roto, Retza.

Llevo roto desde que nací.

Pero aquí, en este mundo, entre esta gente, he encontrado pedazos para pegarme de nuevo.

—La besó suavemente—.

No me pidas que los abandone.

Retza cerró los ojos.

Las lágrimas corrían por sus mejillas.

—Eres terco —dijo.

—Me enseñó la mejor.

—Eres imbécil.

—También.

—Y te amo.

Te amo tanto que me duele.

—Lo sé.

Yo también te amo.

Se abrazaron.

María y Yami, desde la puerta, observaban en silencio.

Yami observaba a Feral con una intensidad inusual.

María, notando su mirada, le acarició el cabello con suavidad.

—Me recuerdas a mí —susurró María.

Yami no respondió.

Pero por un instante, algo brilló en sus ojos vacíos.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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